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El Autor
Nota de contratapa

Prólogo. Todo tiempo pasado, ¿fue mejor?

I. La zona y sus primeros ocupantes

II. La chacra de la familia Ramos Mexía

III. El arribo del primer tren

IV. El trazado del pueblo

V. Elogio de las casas quintas
[Parte 1]

[Parte 2]

VI. El progreso se hace presente
[Parte 1]

Parte 2]

VII. El pueblo se transforma en ciudad

VIII. Los servicios públicos

IX. Las instituciones
[Parte 1: Asociaciones de bien común]

[Parte 2: Instituciones educativas y culturales]
[Parte 3: Instituciones deportivas y sociales]

X. Notas dispersas
[Parte 1: Límites y barrios]

[Parte 2: Las plazas]
[Parte 3: Las calles]
[Parte 4: Nuestro paso por las aulas]
[Parte 5: Otros hechos memorables]
[Parte 6: El viejo vecindario]
[Parte 7: Conclusión]

Bibliografía

Índice de ilustraciones

 

El casco de la estancia "Los Tapiales"
El casco de la estancia "Los Tapiales", que fue propiedad de la familia Ramos Mejía. Declarado monumento histórico nacional porque "perteneció a don Martín de Altolaguirre, factor de cajas reales en 1750 e Intendente del Ejército que expedicionó a Misiones en 1783". (Fotografía del autor.)
(Haga click en la imagen para ver una versión más grande.)


"La parte de la chacra que hoy es jurisdicción de la ciudad de Ramos Mejía estaba atravesada por el Camino Real, que llevaba a la Guardia de Luján. Las carretas, las tropas y más tarde las diligencias que se trasladaban al territorio puntano o a Córdoba, y de allí al Pacífico o al Perú, debían necesariamente transitarlo, por ser el único camino existente. Luego se convertiría en la Avenida Rivadavia."

 

(*) Revista Fundación - Política y letras - Año II, Número 2, 2 de abril de 1994.

Ilustración Eduardo Gimenez
Aquel Ramos Mejía de Antaño

Capítulo II
La chacra de la familia Ramos Mexía

La familia Ramos Mexía, de la que tomó su nombre la ciudad trocando la "x" por la "j" como ha ocurrido con otros vocablos antiguos, comenzó su actuación en el Río de la Plata con la llegada a mediados del siglo XVIII de D. Gregorio Ramos Mexía, de origen sevillano. Fue una persona con una empeñosa voluntad de trabajo, pero las crónicas refieren que no pudo salir de una cierta penuria económica, a la que no fue ajena su obstinada honradez, que lo siguió hasta su muerte en mayo de 1808, a la edad de 82 años.

Don Gregorio tuvo trece hijos, siete mujeres y seis varones, de los cuales fijaremos nuestra atención en Francisco Hermógenes, por la directa trascendencia que tuvo para la historia de nuestra ciudad.

"Pancho" Ramos, como se le decía a ese hijo en el círculo de sus amistades, nació en 1773 cuando en Buenos Aires se desempeñaba como gobernador D. Juan José de Vértiz y Salcedo. A los 26 años de edad partió para el Alto Perú, en busca de mejores horizontes de trabajo, y en la ciudad de La Paz se casó en 1804 con Da. María Antonia Segurola, otro nombre que tampoco debemos perder de vista en relación con estos acontecimientos.

El matrimonio hizo que la situación patrimonial de Francisco cambiara diametralmente, porque su flamante esposa aportó como dote extensas y valiosas fincas rurales ubicadas en lo que hoy es territorio boliviano, algunas de ellas dedicadas a la explotación de la coca, para lo que se utilizaba mano de obra indígena.

A los dos años de casado regresó Francisco a Buenos Aires, acompañado de su mujer María Antonia. Hicieron la larga travesía desde el Alto Perú junto con ayudantes y 200 esclavos, en una lenta y riesgosa marcha, transportando una muy valiosa carga de barras de oro y plata y un cuantioso numerario de onzas de oro.

Cuando llegaron a Buenos Aires ya se había rechazado la primera invasión inglesa y D. Santiago de Liniers ocupaba interinamente la gobernación de la ciudad en reemplazo de Sobremonte, separado de su cargo por el Cabildo.

Al año siguiente se produjo la segunda invasión inglesa, que corrió la misma suerte adversa de la primera, y en el heroico comportamiento de todo el pueblo de Buenos Aires no cabe descartar que la familia Ramos Mexía prestara su adhesión a la lucha.

Recuperada la paz, Francisco y María Antonia decidieron en 1808 aplicar parte de la fortuna que habían traído del Altiplano, producto de la enajenación de los inmuebles arriba citados. Con ese objeto adquirieron al Comisario de Guerra y Factor Juez Oficial Real D. Martín José de Altolaguirre una extensión de tierras en la zona de La Matanza, que se escrituró el 25 de octubre de 1808 ante el escribano D. Mariano García de Echaburu. En ese documento se detalla que el precio convenido fue de 32.000 pesos de plata corriente, y que la operación comprendía "una Chácara... en la que están inclusos todos sus aprovechamientos", entre ellos seis esclavos negros "los cuales se ponen a 50 pesos cada uno con derecho de poderse libertar en este precio cuando puedan". La chacra se extendía en forma de cuadrilátero desde el río Matanza hasta los montes de tala que llegaban al Palomar de Caseros, con una superficie de más de seis mil hectáreas. Entre sus límites se hallaba todo lo que hoy constituye el ejido urbano de la ciudad de Ramos Mejía.

Contaba con diversas arboledas y potreros cercados con tapias de tierra revestidas por ambos lados con tunas de penca, en el interior del establecimiento, las que deben haber originado el nombre posterior de la chacra "Los Tapiales". También incluía un amplio caserón situado frente a lo que hoy es la autopista a Ezeiza, a mil metros hacia el sudoeste de la Capital Federal. Avanzando en la cronología de los hechos comentemos que la citada casona fue declarada monumento histórico en el año 1942 y que en el año 1968, siendo su propietario un descendiente de los Ramos Mexía, D. Agustín I. de Elía, Comisionado de la Municipalidad de la Matanza en 1931 e Intendente en 1941, se declaró al predio de utilidad pública y fue expropiado para levantar en la zona el Mercado Central de Buenos Aires. Dentro de los límites de éste se conserva hoy el caserón de la chacra, bajo la tutela de la Comisión Nacional de Museos y de Monumentos y Lugares Históricos.

Cuando en 1808 los Ramos Mexía tomaron posesión de la chacra no se conocía aún el alambrado de los campos, por lo que el perímetro de aquella estaba marcado con ciento cuarenta grandes mojones de piedra. Es recién en 1845 que se instaló por primera vez en el país un cerco de alambre, y a partir de la encendida campaña de Sarmiento, instando a los hacendados rutinarios y retrógrados con su frase "¡Cerquen, no sean bárbaros!", se difundió por toda la zona rural el uso del alambrado. Los que más sufrieron por su implantación fueron los gauchos, que se vieron cercados y limitados en su libertad de desplazamiento nómade, al punto que en algunos casos arremetían cortando los alambres con un golpe de su largo y pesado facón.

Por lo demás, en los extensos campos de la chacra ya se habían extinguido los caballos baguales y las vaquerías (ganado mostrenco e indómito), descendientes por multiplicación de los primeros yeguarizos y vacunos abandonados en la pampa por los primeros conquistadores españoles. Don Francisco Ramos Mexía se ocupó de acrecentar la explotación racional de la ganadería y registró una marca para su hacienda.

En la zona y desde las últimas décadas el indio había dejado de incursionar. Pero se recordaba que en 1740 (Acta del Cabildo del 24 de noviembre de 1740) los pampas habían llegado muy cerca de Buenos Aires, enfrentando a unos vecinos a siete leguas de la misma, en el pago de La Matanza.

La parte de la chacra que hoy es jurisdicción de la ciudad de Ramos Mejía estaba atravesada por el Camino Real, que llevaba a la Guardia de Luján. Las carretas, las tropas y más tarde las diligencias que se trasladaban al territorio puntano o a Córdoba, y de allí al Pacífico o al Perú, debían necesariamente transitarlo, por ser el único camino existente. Luego se convertiría en la Avenida Rivadavia.

A principios del siglo pasado el Camino Real no era más que un derrotero en el desierto, con algunas postas y muy escasas poblaciones a su vera, formado por las huellas de las caballadas y las carretas. Evoquemos el paraje de la chacra "Los Tapiales" que ahora constituye el centro de la ciudad de Ramos Mejía, en momentos en que una nutrida tropa de carretas de paso para Cuyo hacía allí el obligado alto de la marcha para la comida. La caravana integrada por varias decenas de vehículos se detenía a un costado del Camino Real, en medio de la llanura y sin otra compañía que las aves y algunos perros cimarrones.

Con sus ruedas de dos metros y medio de diámetro, entoldados con cueros vacunos, el grueso pértigo y los pesados yugos sobre la cerviz de los bueyes, constituían verdaderos vagones para carga y pasajeros. Juntamente con los troperos conductores montados a caballo, empuñando la larga picana, ofrecían un colorido y bullicioso espectáculo, con los mugidos, los gritos y las voces del arreo.

Anticipándose al grueso de la caravana, una o dos carretas con víveres y leña para el viaje habían llegado al lugar de la detención un tiempo antes para preparar la comida, que por lo general incluía carne al asador, o tasajo, galleta, mazamorra o locro, vino y mate. Algunos pasajeros sustituían ese limitado menú, o lo complementaban, con determindas viandas que llevaban en su equipaje.

Para el mate se calentaba el agua en grandes pavas apoyadas en un trípode de hierro, y una vez alcanzada la temperatura necesaria, se distribuía el líquido en las pavitas individuales de cada carreta. A aquellas grandes pavas, ennegrecidas por el humo de la leña o del excremento seco de los bueyes se las denominaba las tiznadas.

Bajo el pavimento de la actual avenida Rivadavia, de la capa asfáltica que hoy la cubre, ¿no quedará enterrada alguna reliquia, algún vestigio de aquella caravana? Quizá una bombilla o una calabaza olvidadas luego de las largas mateadas a la sombra de las carretas, o alguna moneda de plata potosina con la efigie de Fernando VII. Dejemos librado a nuestra imaginación desarrollar esta hipótesis.

Otro derrotero que cruzaba la chacra "Los Tapiales", a poca distancia del Camino Real, también en lo que sería nuestra ciudad, es el que hoy se denomina Avenida Gaona, y que desde la primera mitad del siglo XIX se conoció como "Camino de Gauna". El nombre de este camino sería en homenaje al militar salteño Eduardo Gauna, muerto en el combate de Suipacha. Para otros sería en recuerdo del coronel salteño Calixto Gauna, que la recorrió a caballo proveniente del norte argentino, trayendo unos documentos para la primera Junta Gubernativa instalada en mayo de 1810. Algunos aseguran en cambio que la denominación corresponde al nombre del propietario, hacia 1810, de los terrenos por donde comenzaba el camino, en la zona que hoy es el parque del Centenario, en la Capital Federal.

Cuando interrumpimos la relación sobre la chacra de los Ramos Mexía para referirnos a los dos caminos de nuestro pasado, que también son presente, ya se habían instalado en el caserón de "Los Tapiales" D. Francisco Hermógenes y su esposa. Ocurridos los sucesos de mayo de 1810 adhirieron en forma inmediata a los principios de la Revolución, colaboraron pecuniariamente y D. Francisco ocupó un puesto en el Ayuntamiento, primero como Juez de Menores y luego como Alférez Real. Según Carlos Ibarguren, D. Francisco era una personalidad singular "...que ejerció sobre las tribus indígenas un ascendiente extraordinario. Místico y luchador, fue un apóstol cristiano a su manera, que predicaba una original interpretación de los Evangelios. Su influencia sobre los caciques fue tal que éstos lo designaron como plenipotenciario para concertar un tratado de amistad con el gobierno de Buenos Aires, el que fue representado en esa negociación por el general Martín Rodríguez".

Estas facetas de su actividad le acarreaban desavenencias políticas con el gobierno de turno y con las autoridades eclesiásticas, y problemas económicos con otros hacendados, lo que determinó que a principios de 1821 fuera confinado por las autoridades en "Los Tapiales". Esta medida agobió su ánimo, deterioró su salud y apresuró su muerte, ocurrida el 5 de mayo de 1828, a los 55 años de edad. Dejemos que sea José María Pico (*) quien nos relate un episodio singular ocurrido en esas circunstancias: "El mismo día de la muerte de Ramos Mexía su familia inició trámites para darle descanso en un sepulcro edificado en el parque de su chacra. Dos días con sus noches pasaron sin lograrse el consentimiento para la inhumación. Transcurría ya la tercera noche y Ramos Mexía continuaba entre cuatro hachones en una de las estancias de su casa. Imprevistamente, cuando ya clareaba, ocho indios pampas, de los que llegaron con él desde el desierto y acampaban desde entonces en `Los Tapiales', entraron silenciosamente en el cuarto del túmulo, tomaron la caja en la que Ramos Mexía yacía y marcharon con ella hasta el portalón. Allí la posaron en una carreta y detrás de ella formaron cortejo con toda la indiada que estaba de guardia. El indio boyero movió su picana, chillaron los ejes y la lerda carreta inició su marcha, entre cercos de tunas y plantas esbeltas, con rumbo al desierto. Los indios amigos montados en pelo, con el sol ya alto, cruzaron el río Matanzas y en señal de honra y a sones de duelo siguieron al carro que escoltado entonces por cañas tacuaras y gritos de teros, se perdió a lo lejos."

La chacra quedó a partir de allí en manos de la viuda, María Antonia Segurola, en momentos difíciles en que se abatían sobre el país la anarquía y las luchas entre unitarios y federales. Gobernaba la provincia de Buenos Aires el coronel Manuel Dorrego, a quien el destino le deparaba meses más tarde el drama de Navarro, donde sería fusilado el 13 de diciembre de 1828.

Al producirse los enfrentamientos de Puente Márquez entre federales y unitarios, y luego en el alzamiento de los "Libres del Sur" en Dolores, los hijos de Ramos Mexía se incorporaron a las fuerzas de Lavalle. Esto determinó la confiscación por Rosas de la chacra "Los Tapiales", situación que duraría de 1840 a 1853. Recuperada la propiedad, D. María Antonia encontró su chacra perturbada por el vandalismo y los cuatreros.

Para esa época, de los cinco hijos que había tenido de su matrimonio con D. Francisco Hermógenes, uno había sido degollado en Córdoba hacia 1840, luego de la batalla de Quebracho Herrado en la que había caído prisionero, y dos (Matías y Ezequiel) habían regresado del exilio a Buenos Aires. De los otros dos descendientes, su hija Marta se había casado con Francisco B. Madero, y Magdalena, con Isaías de Elía. Es importante recordar estos nombres porque están vinculados específicamente a la historia de nuestra localidad. De ello nos ocuparemos en los capítulos siguientes.

 
I. La zona y sus primeros habitantes


Copyright © 1995-1999 by Eduardo Gimenez. Todos los derechos reservados.
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