Mirando gente

Comida

Padre e hijo van en el subte, sentados uno junto al otro. El chico tiene tres o cuatro años. Escucho el diálogo:

—¿Esta noche qué querés comer?

—Choclo.

—Pero no, hijo, el choclo no es una comida. Una comida es pizza, empanadas, hamburguesa.

—[Algo que no entiendo.]

—Pancho también puede ser. ¿Qué querés, entonces?

El chico viene muy atento. Ahora piensa un momento antes de contestar.

—Empanadas.

—Muy bien, hijo. Comemos empanadas.

Mirando gente

Bananas y lentejas

Pesó las bananas
en la balanza.
Le puso una etiqueta
al kilo de bananas.
Sin hablarme.
Le pedí unas rodajas
de calabaza.
Se volvió hacia el dueño
del supermercado:
—Dice que quiere
rodajas de calabaza.
Se fue a su puesto
en la fiambrería.
Sin hablarme.
Sin mirarme.

Eso fue ayer, con la nueva vendedora de fiambres del supermercado de acá a la vuelta, que estaba de suplente en el mostrador de la verdulería, a tres metros de su puesto habitual. El dueño del supermercado cortó las rodajas de calabaza y me las vendió. Tuve que rechazarle explícitamente una que estaba podrida.

La vendedora de fiambres tiene un piercing en la nariz, blanco, redondo, un moco que sale por el lado equivocado. Es joven. Da pena que haya entrado a trabajar en ese lugar feo, con tanta gente que grita y música que patea las orejas. Ayer andaba hecha un zombie, pero hoy parecía despierta: hablaba con un tipo sobre algo que no entendí. No le hablé. No la miré.

Una mujer protestaba por la música, a los gritos, pero en broma.

Es la primera vez en mi vida, creo, que compré lentejas y las puse en remojo. Fuego lento, una salsa Arcor de las que compro siempre, curry. Así me explicó Gabriel. Mañana hago el guiso, para probar. Le voy a poner papas y chorizo colorado, como hacía mi vieja. Papas ya tenía. El chorizo colorado lo compré recién (sin hablarle).

¿Por qué será que algunas lentejas flotan?

Mirando gente

Gente en el subte

Las dos quinceañeras, de pie junto a la puerta, chupan sus chupetines como si nunca hubiesen oído hablar de pornografía.

*

—Señoras y señores pasajeros, colaboren comprando estas lapiceras —dice el vendedor. Y olvida agregar: —Así tengo para hacerme otro tatuaje.

*

La pelirroja que está sentada junto a mí es muy flaca y muy bonita. Va a bajar en la próxima estación, así que se pone de pie. Se envuelve en un tapado negro, enorme, y luego envuelve el tapado en una especie de chal, también negro, también enorme, y se cuelga al hombro un bolso enorme y negro. Por fin se va por el pasillo, convertida en gorila.