Diario

Cambio

[9/5/2002]

—Cambio.

—Cambio.

—Cambio.

—Cambio.

El sonido cuadrafónico era producto del conjunto de arbolitos, un bosque en realidad, que se había reunido en la esquina. Como suelo ser tan metido, le dije a uno:

—Perdón, pero ¿por qué está todo el mundo haciendo cola en este lugar y allá a la vuelta no hay nadie?

Es que realmente estaba todo el mundo ahí, media cuadra de gente con la paciencia por el suelo pero todavía digna.

—Es que allá a la vuelta no tienen pesos —me contestó otro de ellos, el de pulóver rojo, de pie junto al primero.

—Por eso estamos acá —dijo el primero.

—Adentro venden, afuera compramos —pretendió aclarar el otro.

—Nadie tiene pesos —exageró apenas el primero.

Entonces debió haber una señal oculta, un acontecimiento paranormal, algo a mis espaldas o fuera de mi entendimiento, porque los dos se dieron vuelta, me enfocaron fríamente con sus nucas y se olvidaron de mí, o pretendieron olvidarse. Yo, sin dólares ni pesos y ya ni siquiera curioso, seguí caminando.

(…)

Entré a una librería que está por cerrar, sobre Cabildo. “Liquidación definitiva”, dicen sin piedad los letreros rojos. Como daba la casualidad de que llevaba dos libros nuevos en el bolsillo de la campera, lo primero que hice fue acercarme al mostrador, donde había un hombre y una mujer.

—Miren —dije, mientras abría el bolsillo—, acabo de entrar y quería…

No es que haya hecho una pausa: debo decir que mantuve el ritmo. Pero tengo que anotar las dos caras de sospecha que me enfrentaron. Hay tantos locos, hay tanta gente rara, tantos ladrones, tanta violencia, la crisis es tan grave, estamos tan mal, es tan peligroso. Muchos mensajes cruzados había en esas caras. Más que mantener el ritmo la verdad es que me apuré un poco:

—…avisar que tengo dos libros que no son de acá, por las dudas de que ustedes los tengan.

Saqué los libros, los puse sobre el mostrador. El hombre los miró durante varios segundos, mientras la sospecha se diluía muy lentamente. No eran libros que pudieran tener, pensé en ese momento: ambos fueron impresos afuera, uno es difícil de conseguir, el otro directamente no fue importado porque hay edición local. La mujer perdió interés en mí.

—Puede ser que estén —dijo el hombre con desgano—, pero no importa. No importa. —Y como no era suficiente, hizo un gesto con la mano que podía significar una despedida y repitió una vez más: —No importa.

Me desanimé. Aunque no tanto. Guardé mis dos ejemplares y fui camino al verdadero desánimo: el que me provocaron los libros en venta.

Hay de todo, pero el ejemplar típico es más o menos así. Tiene las puntas un poco torcidas, la tapa un poco rayada con un poco de polvo. La etiqueta blanca dice “Antes x pesos”, donde x es un valor ridículo, indignante; y “Ahora y pesos”, donde y es otro valor ridículo e indignante, aunque un poco menos, algo así como el doble de lo que pagaría por un volumen que de verdad me interesara.

Dejando de lado los libros-libros, me dediqué a los no-tan-libros. Guías Michelin, revistas de computación, historietas. Caramba. Encontré un par de Calvin & Hobbes que podía haber comprado. Pero se habían humedecido en algún sótano perverso, seguramente bajo un baño público abierto las 24 horas donde nadie entraba a limpiar ni siquiera los lunes a la mañana, con los caños podridos por la edad y la vergüenza, bajo esas baldosas grises con regueros amarronados por la insistencia del tiempo. Por su parte, los Lucky Luke ni siquiera eran de Goscinny.

Salí con los mismos libros con que había entrado. No muy lejos seguía el concierto:

—Cambio.

—Cambio.

—Cambio.

—Cambio.

(…)

En el camino de vuelta me vino una frase a la cabeza, una de esas frases estúpidas que se forman solas y no se quieren ir, tal vez porque combinan lo verdadero con ese dragón interno que todo lo quema. Tanto insistió que pensé en anotarla cuando llegara a casa:

“Hasta los bebés parecen más tristes.”

Pero no la anoté, no me atreví. Era demasiado. Ahora apenas si puedo escribirla entre comillas, acolchada, en sordina. El relato de la cosa, no la cosa en sí.

[9/5/2012]

El recurso de repetir “—Cambio” de esa manera viene directamente de un fragmento de Gelatina, el primer texto que publicó Mario Levrero:

“La calle de las prostitutas no estaba lejos.

“—Señor.

“—Señor.

“—Señor.

“—Señor.

“—Señor.

“—Señor.

“—Señor.”

Nuevo link para Lucky Luke (Wikipedia, claro).

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