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Wilbur

—No está mal, Wilbur. Pero, para mi gusto, la cocina es demasiado chica.

Fuentes: The modern home; a book of British domestic architectvre for moderate incomes; a companion volvme to “The British home of to-day”, de Walter Shaw Sparrow y otros (1906); y Encyclopédie d’histoire naturelle; ou, traité complet de cette science d’après les travaux des naturalistes les plus éminents de tous les pays et de toutes les époques: Buffon, Daubenton, Lacépède, G. Cuvier, F. Cuvier, Geoffroy Saint-Hilaire, Latreille, De Jussieu, Brongniart, etc., de Jean Charles Chenu y Eugène Desmarest (186-?-187-?).

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Arthur

—Otra vez está lloviendo. Cómo me gustaría ir a la playa. ¿Me oís, Arthur? Decí algo.

Fuentes: Encyclopédie d’histoire naturelle; ou, traité complet de cette science d’après les travaux des naturalistes les plus éminents de tous les pays et de toutes les époques: Buffon, Daubenton, Lacépède, G. Cuvier, F. Cuvier, Geoffroy Saint-Hilaire, Latreille, De Jussieu, Brongniart, etc. (186-?-187-?) y The English Review (1015-1921)

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Encuestas

El mundo ya no es como lo conocíamos. Así lo demuestran algunas encuestas recientes, cuyos resultados son, por lo menos, inesperados.

La consultora Ring-o-mancer, en su periódica encuesta telefónica, entrevistó a 37.600 personas de todas las edades, niveles educacionales y económicos, repartidas entre las 24 provincias del país. De los varios resultados que ofrece la empresa, destaca el hecho de que el 98,5% de los encuestados tiene teléfono. (El 1,5% restante no sabe/no contesta.) Por otro lado, el 95,8% estaba en su domicilio al momento de recibir la llamada (4,2% no sabe/no contesta).

Aún más amplia y abarcadora fue la encuesta realizada por CTVTodo. En diversos programas de televisión, repartidos entre todos los canales de aire de Buenos Aires, se emitió una convocatoria a que los televidentes respondieran dos preguntas, mediante mensajes de texto enviados a cierto número. Se obtuvieron 35.781 respuestas a la primera pregunta, y 33.932 a la segunda. El detalle:

  • Primera pregunta: ¿Tiene televisor? Afirmativo: 99,4%. No sabe: 0,5%.
  • Segunda pregunta: ¿Tiene celular? Afirmativo: 99,9%. No sabe: 0,1%.

(Por razones obvias, la opción “no contesta” no se tomó en cuenta.)

Lo que se desprende de ambas encuestas, sorprendiendo a la mayoría de los expertos en comunicaciones, es que ya bien entrado el siglo XXI la televisión supera al teléfono entre los medios de comunicación (99,4% a 98,5%), pero el celular (comparativamente un recién llegado) supera a la televisión con el 99,9%. Esto era impensable durante la mayor parte del siglo XX.

Por último, la consultora Y Pensar Que Fue Un Árbol intentó realizar una encuesta desde los diarios impresos. Lamentablemente, la cantidad de respuestas (por correo tradicional) no fue suficiente para que se consideraran representativas de la población en su conjunto.

(Consideramos poco serio el aporte del blog PickAPix/BitAByte, que sostiene sin fundamento científico que todos sus lectores usan Internet.)

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Julio Viernes

Escritor francés, nacido un viernes de julio. Autor de novelas de aventuras ideales para el fin de semana. Algunas de sus obras:

Vieja al centro de la Tierra. Relato escalofriante sobre la crueldad a que son sometidas algunas ancianas, sobre todo en los volcanes de Islandia.

Veinte mil lenguas de viaje submarino. Recorrido por los océanos en un insospechado medio de transporte. Delicioso.

Miguel Strogoff, correo del azar. Descarnada denuncia sobre el funcionamiento del servicio postal en Rusia.

Cinco semanas en lobo. Travesía del continente africano a lomos de un animal que jamás se había visto en ese continente.

De la tierra a la lona. Historia de la evolución del picnic, desde los tiempos primitivos en que los sandwiches se llenaban de mugre, hasta llegar a las comodidades de la vida moderna.

La vuelta al mundo en ochenta tías. El derrotero de un hombre que decide visitar a toda su extensa parentela.

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Philip K. Duck

Escritor y pato estadounidense, compañero inseparable de Donald Duck. A diferencia de su amigo, se mantuvo alejado de la atención de cineastas e historietistas. En cambio, dedicó su vida a narrar las aventuras de Donald (reales, imaginadas, o ambas cosas a la vez) en varias decenas de novelas. Entre las más célebros podemos citar:

The duck in the high castle, ucronía en la que Donald triunfa sobre Mickey Mouse en la guerra por la celebridad y por lo tanto el mundo resulta muy diferente del que conocemos.

Do androids hunt for electric ducks?, donde Donald llega a dudar de su auténtica patidad en una Tierra donde la mayoría de las creaciones de Disney se han extinguido.

Uduck, novela en la que el mundo real y el mundo de los dibujos animados se entremezclan y llegan a intercambiarse.

Otros títulos incluyen The three ducks of Palmer Eldritch; A scanner duckly; Galactic duck-healer; Flow my tears, the duck said; Martian duck-slip; Duck in the sky; Dr. Bloodmoney or how we got along after the duck; Ducks of the Alphane moon; The game-players of Duckburg; The transmigration of Donald Duck; etc. Tras su muerte se publicaron varias novelas anteriormente inéditas, entre las cuales debemos mencionar The man whose ducks where all exactly alike y Confessions of a duck artist.

Se ha dado una feroz controversia entre quienes afirman que Philip K. Duck es una creación de Carl Barks, y quienes sostienen que Carl Barks es una creación de Philip K. Duck.

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La historia verdadera de Candelaria y Arandela

Candelaria y Arandela eran dos hermanitas que vivían en un bosque. Su casita estaba en la copa del roble más grande. Subían por una escala de cuerdas, que izaban cada noche para protegerse de los animales que salían a cazar al ponerse el sol.

Candelaria era la más hermosa. Arandela tenía cara de tonta. Candelaria iluminaba el bosque con sus ojos dorados de elfa. Arandela abría muy grande la boca para hacer honor a su nombre. Candelaria sabía encontrar las manzanas más grandes y los hongos más deliciosos. Arandela se distraía aplastando insectos entre las manos: paf, otro puré de mosca.

Una mañana, a fines del invierno, Candelaria y Arandela bajaron de su casita y se internaron en las profundidades del bosque. Iban al río, que en los últimos días había acabado de descongelarse. Cada una cargaba dos recipientes para el agua. Los de Candelaria eran de cristal, puros como el aire del amanecer, limpios como la frente de su portadora. Los de Arandela eran de barro mal cocido, y encima uno se le cayó a mitad de camino y se hizo mil pedazos.

Cuando llegaron al río, ambas se inclinaron hacia el agua para llenar sus recipientes. Fue entonces que el ogro del bosque, que hacía tiempo las venía siguiendo, corrió hacia ellas y las empujó a la corriente.

Candelaria gritó, se sacudió, intentó por todos los medios mantener la cabeza por sobre el agua, pero su esfuerzo fue inútil: al poco tiempo, la bellísima niña se alejaba corriente abajo, el cuerpo ya sin vida.

Arandela, en cambio, sabía nadar.