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Encuestas

El mundo ya no es como lo conocíamos. Así lo demuestran algunas encuestas recientes, cuyos resultados son, por lo menos, inesperados.

La consultora Ring-o-mancer, en su periódica encuesta telefónica, entrevistó a 37.600 personas de todas las edades, niveles educacionales y económicos, repartidas entre las 24 provincias del país. De los varios resultados que ofrece la empresa, destaca el hecho de que el 98,5% de los encuestados tiene teléfono. (El 1,5% restante no sabe/no contesta.) Por otro lado, el 95,8% estaba en su domicilio al momento de recibir la llamada (4,2% no sabe/no contesta).

Aún más amplia y abarcadora fue la encuesta realizada por CTVTodo. En diversos programas de televisión, repartidos entre todos los canales de aire de Buenos Aires, se emitió una convocatoria a que los televidentes respondieran dos preguntas, mediante mensajes de texto enviados a cierto número. Se obtuvieron 35.781 respuestas a la primera pregunta, y 33.932 a la segunda. El detalle:

  • Primera pregunta: ¿Tiene televisor? Afirmativo: 99,4%. No sabe: 0,5%.
  • Segunda pregunta: ¿Tiene celular? Afirmativo: 99,9%. No sabe: 0,1%.

(Por razones obvias, la opción “no contesta” no se tomó en cuenta.)

Lo que se desprende de ambas encuestas, sorprendiendo a la mayoría de los expertos en comunicaciones, es que ya bien entrado el siglo XXI la televisión supera al teléfono entre los medios de comunicación (99,4% a 98,5%), pero el celular (comparativamente un recién llegado) supera a la televisión con el 99,9%. Esto era impensable durante la mayor parte del siglo XX.

Por último, la consultora Y Pensar Que Fue Un Árbol intentó realizar una encuesta desde los diarios impresos. Lamentablemente, la cantidad de respuestas (por correo tradicional) no fue suficiente para que se consideraran representativas de la población en su conjunto.

(Consideramos poco serio el aporte del blog PickAPix/BitAByte, que sostiene sin fundamento científico que todos sus lectores usan Internet.)

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Julio Viernes

Escritor francés, nacido un viernes de julio. Autor de novelas de aventuras ideales para el fin de semana. Algunas de sus obras:

Vieja al centro de la Tierra. Relato escalofriante sobre la crueldad a que son sometidas algunas ancianas, sobre todo en los volcanes de Islandia.

Veinte mil lenguas de viaje submarino. Recorrido por los océanos en un insospechado medio de transporte. Delicioso.

Miguel Strogoff, correo del azar. Descarnada denuncia sobre el funcionamiento del servicio postal en Rusia.

Cinco semanas en lobo. Travesía del continente africano a lomos de un animal que jamás se había visto en ese continente.

De la tierra a la lona. Historia de la evolución del picnic, desde los tiempos primitivos en que los sandwiches se llenaban de mugre, hasta llegar a las comodidades de la vida moderna.

La vuelta al mundo en ochenta tías. El derrotero de un hombre que decide visitar a toda su extensa parentela.

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Philip K. Duck

Escritor y pato estadounidense, compañero inseparable de Donald Duck. A diferencia de su amigo, se mantuvo alejado de la atención de cineastas e historietistas. En cambio, dedicó su vida a narrar las aventuras de Donald (reales, imaginadas, o ambas cosas a la vez) en varias decenas de novelas. Entre las más célebros podemos citar:

The duck in the high castle, ucronía en la que Donald triunfa sobre Mickey Mouse en la guerra por la celebridad y por lo tanto el mundo resulta muy diferente del que conocemos.

Do androids hunt for electric ducks?, donde Donald llega a dudar de su auténtica patidad en una Tierra donde la mayoría de las creaciones de Disney se han extinguido.

Uduck, novela en la que el mundo real y el mundo de los dibujos animados se entremezclan y llegan a intercambiarse.

Otros títulos incluyen The three ducks of Palmer Eldritch; A scanner duckly; Galactic duck-healer; Flow my tears, the duck said; Martian duck-slip; Duck in the sky; Dr. Bloodmoney or how we got along after the duck; Ducks of the Alphane moon; The game-players of Duckburg; The transmigration of Donald Duck; etc. Tras su muerte se publicaron varias novelas anteriormente inéditas, entre las cuales debemos mencionar The man whose ducks where all exactly alike y Confessions of a duck artist.

Se ha dado una feroz controversia entre quienes afirman que Philip K. Duck es una creación de Carl Barks, y quienes sostienen que Carl Barks es una creación de Philip K. Duck.

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La historia verdadera de Candelaria y Arandela

Candelaria y Arandela eran dos hermanitas que vivían en un bosque. Su casita estaba en la copa del roble más grande. Subían por una escala de cuerdas, que izaban cada noche para protegerse de los animales que salían a cazar al ponerse el sol.

Candelaria era la más hermosa. Arandela tenía cara de tonta. Candelaria iluminaba el bosque con sus ojos dorados de elfa. Arandela abría muy grande la boca para hacer honor a su nombre. Candelaria sabía encontrar las manzanas más grandes y los hongos más deliciosos. Arandela se distraía aplastando insectos entre las manos: paf, otro puré de mosca.

Una mañana, a fines del invierno, Candelaria y Arandela bajaron de su casita y se internaron en las profundidades del bosque. Iban al río, que en los últimos días había acabado de descongelarse. Cada una cargaba dos recipientes para el agua. Los de Candelaria eran de cristal, puros como el aire del amanecer, limpios como la frente de su portadora. Los de Arandela eran de barro mal cocido, y encima uno se le cayó a mitad de camino y se hizo mil pedazos.

Cuando llegaron al río, ambas se inclinaron hacia el agua para llenar sus recipientes. Fue entonces que el ogro del bosque, que hacía tiempo las venía siguiendo, corrió hacia ellas y las empujó a la corriente.

Candelaria gritó, se sacudió, intentó por todos los medios mantener la cabeza por sobre el agua, pero su esfuerzo fue inútil: al poco tiempo, la bellísima niña se alejaba corriente abajo, el cuerpo ya sin vida.

Arandela, en cambio, sabía nadar.

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Nombres

Nombres para tu bebé terminados en “sio”:

  • Alesio
  • Ambrosio
  • Anastasio
  • Cesio
  • Dionisio
  • Disprosio
  • Gervasio
  • Gimnasio
  • Gomasio
  • Hortensio
  • Magnesio
  • Malasio
  • Melanesio
  • Nemesio
  • Nicasio
  • Polinesio
  • Potasio
  • Simposio

Nombres para tu bebé terminados en “cio”:

  • Amancio
  • Anuncio
  • Aparicio
  • Batracio
  • Beneficio
  • Benicio
  • Bonifacio
  • Calcio
  • Comercio
  • Constancio
  • Crediticio
  • Dalmacio
  • Despacio
  • Desperdicio
  • Desprecio
  • Ejercicio
  • Estropicio
  • Fabricio
  • Ficticio
  • Florencio
  • Fulgencio
  • Gentilicio
  • Horacio
  • Hospicio
  • Ignacio
  • Indalecio
  • Indicio
  • Inocencio
  • Juicio
  • Lucio
  • Mauricio
  • Menosprecio
  • Natalicio
  • Negocio
  • Occipucio
  • Orificio
  • Pancracio
  • Paramecio
  • Patricio
  • Poncio
  • Prepucio
  • Propicio
  • Prudencio
  • Reacio
  • Resquicio
  • Silencio
  • Soponcio
  • Tercio
  • Terencio
  • Tiburcio
  • Trapecio
  • Venancio
  • Vitalicio

Es otro servicio público de Ximenez2.blogspot.com.

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Jimmy y Colleen irrumpen en el show de Stan Star & The Overheated

A las doce en punto de la noche, Jimmy y Colleen se abrieron paso como pudieron hasta la última puerta que llevaba al escenario. Hasta ellos llegaba el estruendo de la música de Stan Star & The Overheated, que hacía vibrar el piso y las paredes. A su alrededor se amontonaba un sinfín de managers, asistentes, hombres de seguridad, groupies y demás integrantes de la fauna que rodea a las bandas exitosas. Tras ellos, a los tropezones, venía el reportero del Daily Views, dos policías, el padre de Colleen, seis perros afganos y la bruja de Charlotte, que por alguna razón los seguía a todas partes.

A todo esto, la actividad solar seguía en aumento. En el lado diurno de la Tierra regiones enteras se declaraban en emergencia, mientras el amanecer llevaba en su avance una ola de tormentas, cortes en las comunicaciones y otros desastres. Una sonda posada en Mercurio, achicharrada por el creciento flujo electromagnético, dejaba de transmitir.

A pesar de los esfuerzos del personal de seguridad para protegerla, la puerta cedió a la presión de tanta gente que empujaba, y de pronto Jimmy y Colleen se encontraron en el extremo izquierdo del escenario. Todo era un caos, como solía suceder en los shows de Stan Star, pero peor que de costumbre. Mientras la música seguía a todo volumen y las luces se desorbitaban para crear efectos cada vez más espeluznantes, un técnico luchaba contra una gigantesca máquina de humo que no quería dejar de arrojar su nube blanca sobre el bajista. En una fila continua, los fans trepaban a los parlantes y desde allí se echaban de cabeza sobre la multitud. Alguien se balanceaba de aquí para allá en una cuerda que colgaba de las alturas, y a cada vuelta, con los pies por delante, hacía una nueva perforación en la enorme pantalla que cubría la parte posterior del escenario. El propio Stan Star, con el soporte del micrófono entre las piernas y el micrófono aferrado con los pies, giraba sobre sí mismo en el piso y cantaba “One step closer to hell” con su característico aullido rasposo.

Más allá, la multitud que colmaba el estadio saltaba, arrojaba gorras y zapatillas al aire, gritaba en sintonía con Stan Star y se dejaba atravesar por los focos de luz ardiente como si fueran rayos X.

A pocos pasos de Colleen, la cantante de coros, que venía agitando su melena roja y saltando sobre un pie como si bajo ella el infierno estuviera realmente cerca, se quedó inmóvil de pronto, y empezó a caer hacia adelante. Alguien alcanzó a atraparla antes de que golpeara el suelo, y entre dos la arrastraron fuera de la vista de la multitud.

Colleen, que no había dejado de correr, descubrió que la inercia la llevaba al puesto que había ocupado la cantante de coros, y se encontró imprevistamente bajo un foco azul que le iluminaba la cara. Siguiendo un impulso, acercó la boca al micrófono y se puso a cantar, apenas un instante después de que la verdadera cantante abandonara su misión.

Desde mucho antes de su investigación actual, antes de que los acontecimientos la trajeran a este improbable lugar, Colleen era fan de Stan Star. Sabía todas las canciones de memoria. De manera que no le costó nada asumir el rol, y pareció que nadie de la banda se daba cuenta.

Mientras tanto, Jimmy se echó a un lado de la puerta que acababan de atravesar y sacó el Control del bolsillo trasero del pantalón. Lo encendió, desplegó la antena y lo empezó a apuntar a los integrantes de la banda, uno tras otro.

El reportero del Daily Views le dio una trompada a uno de los policías, que intentaba arrebatarle el teléfono móvil. El otro policía saltó sobre el padre de Colleen para impedirle que entrara al escenario, y los diversos empleados de la banda luchaban por mostrar que tenían las cosas bajo control, aunque ni ahora ni nunca eso hubiera sido cierto. Los perros afganos iban detrás de los fans que trepaban a los parlantes; tal vez les ladraran, tal vez los mordieran, pero el nivel de ruido y adrenalina impedían que alguien se diera cuenta. La bruja de Charlotte, que esquivaba todo con notable habilidad, estiró una mano en dirección a Colleen, pero como estaba a varios metros de distancia no tenía la más mínima posibilidad de alcanzarla.

Lejos del estadio, todos los canales de televisión y los sitios de noticias mostraban la ola gigante que se acercaba a París, por sobre la tradicional campiña francesa. En esa región acababa de amanecer., con lo que el agua de la ola adquiría una tonalidad casi pasional Lo más espectacular era el video en directo de un avión de acrobacias, cuyo piloto maniobraba enloquecidamente entre los techos de las casas, donde a veces era posible distinguir la cara desesperada de un granjero, y la cima de la ola, que a doscientos metros de altura avanzaba sin que nada la pudiera detener.

La canción terminó, y casi sin pausa empezó a sonar “Let’s go down below”. Stan Star, ahora de pie, corría de un lado al otro. Colleen, más segura en su nuevo rol de cantante, se puso a bailar como para que nadie se extrañara tanto de verla allí.

Jimmy, acurrucado en un rincón, terminó de chequear al tecladista, a los dos guitarristas y al baterista. Entonces apuntó el Control a Stan. Colleen, que lo miraba de reojo, quiso decirle que no, que Stan Star no podía ser quien buscaban, ¡justo él!, pero entonces notó que Jimmy se quedaba tieso y levantaba la mirada con horror.

Colleen miró hacia Stan Star. En la tela de su camisa negra, en medio de su espalda, había aparecido un agujero, y de allí salía una nubecilla de humo rojo, que contrastaba salvajemente con el humo blanco de la máquina descarriada. Colleen gritó, pero no porque la canción lo exigiera.

El reportero del Daily Views, que había logrado librarse del policía, empezó a sacar fotos con su teléfono. El flash, que en realidad era apenas distinguible en medio de las luces del show, pareció enfurecer a Stan Star. O tal vez fuera otra cosa. La cuestión es que Stan arrojó el micrófono por el aire y saltó en dirección al reportero. El reportero retrocedió un paso, con lo que fue a dar contra el padre de Colleen, que repartía puñetazos a un lado y al otro y exigía a los gritos que le devolvieran a su hija, aunque nadie pudiera oírlo en medio del estruendo. Charlotte, aún de pie, seguía señalando a Colleen, pero ahora miraba en dirección al público, como si temiera que algo fuera a pasar.

Ni Colleen ni su padre, ni Jimmy ni el reportero, ni los perros afganos, tenían forma de saber que, justo en ese instante, la primera bomba nuclear destruía Ciudad del Cabo. Otros misiles atravesaban océanos, llanuras y cordilleras en una trama siniestra que en cuestión de horas se cobraría millones de vidas.

Ahora también salían nubes de humo rojo de los hombros de Stan, de sus orejas, de las rodillas. Jimmy se aferraba al Control. Colleen gritaba de espanto. La banda seguía tocando, como si todo fuera normal. La multitud de espectadores redobló la energía con que saltaba y festejaba.

Al fondo del estadio, justo donde la bruja de Charlotte estaba mirando, una tribuna gigantesca, que contenía más de diez mil personas, cedió ante la presión extra y cayó al suelo. El tecladista, que por algún motivo también miraba hacia allí, dejó de tocar y se quedó como congelado. Pero nadie más en el escenario se dio cuenta de lo que ocurría. Stan Star se dedicaba a estrangular al reportero del Daily Views, que había perdido el teléfono bajo el cuerpo del segundo policía, cuya cabeza el padre de Colleen pateaba una y otra vez como si esperara respuesta. Las personas de seguridad parecían hipnotizadas por lo que ocurría con Stan, y no atinaban a hacer nada.

Pero Jimmy no había soltado el Control, de manera que la transformación de Stan seguía avanzando. La estrella de rock, o quien había sido la estrella de rock, tenía la ropa hecha jirones, y por todo el cuerpo la piel le estallaba en nubes de un escarlata fosforescente. Por último soltó al reportero y saltó hacia el borde del escenario, donde abrió los brazos y se dejó caer hacia la multitud.

Ahora sí, la banda en pleno abandonó los instrumentos. El estruendo se apagó de pronto, como si alguien hubiera quitado el aire. Todo el mundo estaba gritando, pero los oídos, tras la repentina disminución en la cantidad de decibeles, lo interpretaban todo como un silencio profundo.

Jimmy dejó caer el Control y corrió hacia Colleen, pero en su camino se interpuso el bajista de la banda, quien se había dado cuenta de que Colleen no era la cantante habitual y la estaba aferrando por el cuello con ambas manos. El padre de Colleen, con agilidad poco característica, dio un salto hacia adelante y empezó a lanzar puntapiés hacia las rodillas del bajista.

La acción pareció hacerse más lenta, como si la atmósfera, tras haberse ido con el estruendo, acabara de ser reemplazada por mercurio. Los espectadores ya no saltaban ni miraban al escenario, sino que corrían unos sobre otros buscando una salida. El policía vivo disparaba su pistola reglamentaria en todas las direcciones. Los perros afganos habían desaparecido de la vista. La bruja de Charlotte abría los brazos en cruz y se elevaba por sobre el escenario. Si esto hubiera sido una película, la cámara también habría empezado a alejarse lentamente hacia arriba, desde el punto de vista de la bruja de Charlotte, mostrando de a poco el resto del escenario, luego el estadio con la tribuna caída y el pantano de cadáveres, la ciudad donde se iban apagando las luces y, kilómetro a kilómetro, el lado oscuro de la Tierra, hasta encontrar el primer rayo de sol en un horizonte lejano.

A la mañana siguiente, el planeta ya estaba en poder de los zombis.