Mes: septiembre 2012

No reply

Mi versión instrumental de la canción de los Beatles, hecha en 1992 con el Kawai K1 y el Roland D-110. La idea fue, con la letra ausente, poner el sentido de lo que dice por encima de todo.

El mp3 se puede bajar de Archive.org.

Fragmentos de la letra que me sirven de coartada:

“This happened once before,
When I came to your door,
No reply.
(…)
I tried to telephone,
They said you were not home,
That’s a lie.
(…)
I nearly died!
I nearly died!”

Para quien no tiene (o no conoce) la versión original: es fácil encontrarla en YouTube.

El Bichonario en Cántaro

Ya está saliendo. Pronto habrá más novedades.

Un pájaro en la ventana de la cocina

¿Alguien me dice de qué especie es? (Triste esto de no entender nada de pájaros.)

Actualización: Gracias a Claudia Degliuomini (en los comentarios) y a Francisco González Táboas (por mail, vía Natalia Méndez), ahora sé que es una ratona común, Troglodytes aedon. Canta así. ¡Maravilla!

Ciudades

Música instrumental de 1989, hecha con un sintetizador Kawai K-1 y un sequencer Kawai Q-80. (Se puede también escuchar o bajar en Archive.org.) (Para quien no tenga tiempo o ganas de escuchar los 40 minutos, sugiero los temas 3, 4 y 5, no necesariamente en ese orden).

Más música de esa época, y más datos sobre cómo la hice, en la Mágica Web:

Mi abuelo paterno

Mi abuelo paterno, Eduardo Giménez, en una foto sin fecha (probablemente de los años ’20 del siglo pasado). No lo conocí. Murió el 30 de diciembre de 1942, cuando mi padre tenía 18 años. Fue obrero textil.

Maqueta de “Mis días con el dragón”

El lunes pasado estuve en el Instituto Sáenz, de Lomas de Zamora, donde más de sesenta chicos, con sus maestras, leyeron mi libro Mis días con el dragón. Me recibieron muy bien, me hicieron muchas preguntas, me dieron dos carpetas con sus dibujos del dragón, me invitaron con café y masitas. Una fiesta.

Pero hubo algo más, inesperado. Una familia, por propia iniciativa, hizo esta maqueta. Y no solo eso: me la regalaron.

Tiene unos 55 cm de ancho. Está hecha de telgopor, palitos de helado, papeles, tela…

Incluye una planta auténtica, con su maceta…

Una biblioteca…

Está el narrador (¿o el autor?) leyendo…

… mientras el dragón escucha atentamente.

Una joya. Una sorpresa. Y ni siquiera sé el nombre de quienes dedicaron tanta creatividad (y trabajo) para que yo tuviera el placer de traer este objeto único a mi casa.

Estoy muy agradecido a todos. A quienes hicieron la maqueta. A los chicos que leyeron el libro, a las maestras que los guiaron y acompañaron, a la escuela que me invitó y me trató tan bien. Y también a Daniel Lopes, de Crecer Creando, que tuvo la paciencia de llevarme, estar, traerme, y conversar en el camino.

Aceituna

La blanquecina luz de la luna
que ilumina una pared de mi casa
torna de un color aceituna
a todo automóvil que pasa.

Así empieza una poesía con la que alcancé (digamos) la fama, a los nueve años, cuando gané el Primer Concurso de Poesía Infantil de Ramos Mejía.

El concurso se hizo un domingo, en la plaza principal, entre la estación y la iglesia. Había un Concurso de Pintura Infantil, que se venía haciendo cada año, y esa vez le agregaron el de Poesía.

La plaza era una fiesta de chicos con pinturitas y hojas canson, vistosos, creativos, llevados y vigilados por sus padres, que de a poco los convencían de abandonar esas manchas abstractas para hacer casitas, árboles, banderas, el retrato de la familia.

En medio del tumulto, los pequeños escritores, seguramente pocos, sin color y sin despliegue, éramos invisibles.

A los pocos días anunciaron la lista de premiados. Nueve en pintura, tres en poesía. La entrega de los premios se hizo en la sala del club que organizaba todo. Club o sociedad de fomento, no sé. Había mucha gente.

En el escenario, varios adultos y un micrófono. Empezaron llamando, uno por uno, a los ganadores del concurso de pintura. Cuando era una nena le daban una muñeca. Pero cuando era un chico le daban una pelota de fútbol. Una pelota de verdad, de cuero, número cinco.

Chico tras chico volvían a sus asientos cargados, bendecidos, con una de esas pelotas maravillosas.

En mi barrio nadie tenía una pelota así. Había una en la escuela, que yo no había tocado. Una pelota así cambiaba la vida.

Llegó el momento de los premios de poesía. Los tres premios de poesía. Yo, pequeño escritor, el primero. Subí al escenario pensando en cómo me presentaría después ante mis amigos, convertido por magia poética en dueño de la pelota. Me imaginaba las caras.

Un adulto me recibió. Otro me acercó el micrófono para que agradeciera. Y otro más se puso a mi lado con el premio en las manos. Abrí la boca. No supe qué decir.

El del premio extendió las manos hacia mí con el gesto pomposo de quien quiere hacer las cosas realmente bien.

Y así fue que me entregaron, con ese gesto un poco condescendiente, un poco asustado, ese gesto de quien va en auxilio de un alma perdida, ese gesto de vendedor de autos usados, con ese gesto me entregaron, decía, con ese gesto cruel, cruel, tan cruel, una lapicera.

[Leí este texto en público, ayer, en la librería Eterna Cadencia, dentro de las “Postales de Infancia” del Filbita. La actividad se anunció así: “Ocho escritores compartirán un breve texto inédito en el que la lectura o la literatura son protagonistas de su niñez”. Participamos Victoria Bayona, Pablo De Santis, Ruth Kaufman, Lucía Laragione, Clara Levin, Mario Méndez, Andres Sobico y yo. Lo organizó y moderó Larisa Chausovsky. Ahí tampoco me dieron una pelota, pero igual fue un encuentro feliz.]