Gabriel

El campo neblinoso

[31/7/2003]

El lunes pasado volvíamos de Mar del Plata en medio de la niebla. Yo quería sacar fotos del campo neblinoso, pero no podía porque estaba manejando. Mi mujer se prestó a tomar dos o tres fotos, no cincuenta como yo esperaba. Entonces le di la cámara a Gabriel, con quien comparto esta tendencia a la exageración, y se puso a disparar desde el asiento de atrás con total felicidad. Sacó cerca de cien fotos, incluyendo su campera, la mía, un bolso, el asiento de adelante, el piso del auto, el techo y todo lo que había cerca además de parte de lo que no había. También, claro, el campo neblinoso, del que van cinco ejemplos aquí abajo, sin recortes ni retoques.

Metadatos

Varios lectores de la Mágica Web

[30/7/2003]

Varios lectores de la Mágica Web pidieron un weblog personal de Gabriel. Sin llegar a tanto, acabo de preparar esta página, que reúne los posts en los que la creatividad de mi hijo es protagonista. No se trata de posts sobre él, sino de él. Por el momento, son cincuenta y cuatro. ¡Pasen y vean!

(Es la primera vez que uso el sistema de “categorías” de Movable Type, el programa con que administro este sitio. Por ahora, “Gabriel” es la única categoría que existe, y por eso no pongo una lista en la columna de la izquierda, como es usual en los blogs. Tal vez en el futuro arme otras categorías para reunir ciertos posts que podrían ganar algo estando juntos.)

[30/7/2013]

Los posts de Gabriel, aquí en MW+X, tienen la etiqueta Gabriel.

Por otro lado, estaba convencido de haber redireccionado aquellas viejas páginas de categorías generadas por el Movable Type a las nuevas de WordPress, pero veo que no. En fin. Me da un poco de vergüenza tener links podridos (pero no tanta como para ir y arreglarlas ahora).

Exploraciones

Imaginar a los personajes

[29/7/2003]

Mientras leía Harry Potter and the Order of the Phoenix tuve serias dificultades para imaginarme a los personajes.

En buena medida fue por culpa de las películas y de la invasión multimedia que nos viene acosando desde hace un par de años. Demandó todo un esfuerzo librarme del bueno de Daniel Radcliffe y recuperar algo del Harry que me había imaginado antes, y debo admitir que, por ejemplo, me han quitado mi Hermione para siempre y la han reemplazado por Emma Watson. No me molesta tanto haber perdido mi Severus Snape o mi señor Filch, pero sí mi Minerva McGonagall o mi Albus Dumbledore. En cuanto a Ron, es un caso particular: Rupert Grint nunca respondió a mi propia versión del personaje, y ciertos datos de este nuevo libro parecen darme la razón. Pero donde estaba mi retrato de Ron ahora hay un vacío, y en mi mente el personaje ya no tiene cara.

No todo es culpa de Hollywood, sin embargo. Desde el primer libro de la serie veo a Harry y sus amigos como niños de once o doce años. Es más, mientras leo yo también soy un niño de once o doce años, tengo los ojos a un metro cuarenta del suelo, y los adultos parecen grandes, serios y poco dignos de confianza. Pero ahora Harry tiene quince. Sin duda es tan alto como la mayoría de sus profesoras y algunos de sus profesores, o más. Y ni hablar de Ron, que según Rowling parece haber crecido algunas pulgadas desde el año anterior. Racionalmente, entonces, el punto de vista de Harry y compañía está situado mucho más arriba, y los adultos ya no parecen tan grandes ni tan serios, aunque sigan siendo poco dignos de confianza. Racionalmente, insisto: en la fiebre de la lectura, mi representación interna consistía en un grupo de adolescentes medio enanos corriendo desaforados entre gente oscura y gigantesca. En ningún momento pude creer que Dolores Umbridge, malvada nueva, terrible y petisa, amenazara a Harry mirándolo desde abajo.

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Tuve mi primer encontronazo fuerte con la traducción de Harry Potter al castellano. Fue en Mar del Plata, cuando empecé a leerle el primero de los libros a Gabriel. Es peor de lo que esperaba. Tropieza con las palabras. No tiene nada de la fluidez del original. Está plagada de “su” y “sus”, cuando se sabe que hay que sustituirlos por “el”, “la”, “los”, “las” cada vez que sea posible. Omite correctamente los pronombres personales, pero a veces un “he said” o un “she said” llevan alguna información adicional que hay que encontrar cómo presentar en castellano, y en esta traducción eso parece demasiado sutil. Y no hablemos de las metidas de pata, como cuando dice “equipo de televisión” en vez de, simplemente, “televisor”.

Reconozco que Harry Potter es bastante difícil de traducir. Hay muchos juegos de palabras, guiños al lector. Los nombres de los personajes, sin ir más lejos, son la pesadilla de cualquier traductor. Tendría que haber un trabajo como el ya clásico de El señor de los anillos, donde Bilbo Baggins es para todos nosotros Bilbo Bolsón, y Treebeard nada menos que Bárbol. Pero nadie se ocupó de eso, nadie habrá pensado que valía la pena.

Me pregunto cuánto de la crítica que se ha hecho aquí sobre el estilo de Rowling se debe a los defectos de la traducción.

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Ahopprrrtty

Parry Hotter

Happy Rotter

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Excelente reseña del libro en The New York Times: ‘Harry Potter and the Order of the Phoenix’: Nobody Expects the Inquisition, por John Leonard.