Notas al paso

Notas al paso: La zanja

Están haciendo una zanja a lo largo de Vidal para poner unos caños de plástico negro que no tengo idea de qué llevarán en el futuro. La zanja va por la mitad de la vereda. Avanzan a razón de una cuadra por semana, excepto en temporada de lluvia o cuando la Cofradía de Creadores de Zanjas convoca a un retiro espiritual.

La gracia está cuando viene alguien caminando en dirección opuesta, y tenemos que ponernos de acuerdo sobre cuál de los dos salta al otro lado de la zanja. Ahora salto yo y al mismo tiempo salta el otro, entonces doy un paso al frente y el otro vuelve a saltar hacia el otro lado. Pero al próximo encuentro decido no saltar y el otro decide lo mismo, y luego, preocupados, saltamos al mismo tiempo dos veces, una hacia allá y otra de nuevo hacia acá. Y así hasta golpearnos la nariz mutuamente.

En una esquina hay un policía que toca el silbato. Cada vez que toca, todos los peatones tenemos que saltar al otro lado de la zanja. También la vieja que camina con la espalda encorvada. En la primera etapa sólo se trata de saltar como uno quiera, pero después hay que empezar a hacerlo con los dos pies juntos, o sin pisar las líneas que hay entre baldosas, o con los ojos cerrados. El que no salta, o el que se cae, recibe una mirada horrible de quien resulta ser jefe del policía que toca silbato, un hombre de negro, con sombrero, medio oculto tras un árbol.

En la vereda del autoservicio han puesto varios cajones vacíos, a la manera de una pista de slalom. Sólo puede pasar una persona por vez, condición que hace cumplir celosamente una bella coreana que habla con voz muy aguda y mucho acento. Hay que tener una coordinación a toda prueba para no caer en la zanja o tropezar con un cajón, sobre todo mientras uno estudia los ojos de la coreana esperando un momento infinitamente breve de contacto visual.

Por su parte, el perrito blanco mueve la cola.

(De la Mágica Web, 19/5/2005.)

7 Zanja

Notas al paso

Notas al paso: Irritación

Hay días en que la ciudad se despierta hábil para irritarme. Estoy desprevenido, y la ciudad sale con la furia de olas y tormentas a erosionar mis defensas. Son pequeños detalles, casi no los puedo describir, pero me doy cuenta cuando me siento abrumado por el odio ante algo menor, como el conductor oculto tras esos vidrios oscuros del Mercedes Benz nuevo que pasa a cinco centímetros de mi codo derecho. O el portero que tarda un momento más que de costumbre en apartar la manguera con que está lavando la vereda (y esto ocurre nada menos que a las ocho menos cinco de la mañana, una hora frágil y perversa como niña protagonista de animé), de manera que me imagino mojado de los pies a la cintura volviendo a casa a cambiarme.

Esto es más común luego de las noches de insomnio, claro.

(De la Mágica Web, 11/3/2005.)

6 Irritable

Notas al paso

Notas al paso: Misterios de la vida

El hombre que está antes que yo en la ferretería pide:

—Medio kilo de clavos de una pulgada. Medio kilo de clavos de dos pulgadas. Y veinte clavos de tres pulgadas y media.

El ferretero se va detrás de una mampara a preparar el pedido. Como si nada, ignorante del modo en que me complica la vida, sin saber que quizás nadie logre jamás despejar el enigma de mi cabeza, el cliente agrega:

—Es que estamos arreglando una heladera.

(De la Mágica Web, 27/7/2005.)

5 Ferretería copy

Notas al paso

Notas al paso: Auto limpio

Llevo el auto a lavar, después de mucho tiempo. Cuando lo traigo de vuelta sube Gabriel al asiento de atrás, como siempre (Gabriel es mi hijo, tiene diez años), y enseguida me dice:

—El auto me gustaba más cuando estaba sucio.

—¿De veras? —Mientras arranco pienso un poco—. Claro, lo que pasa es que ahí atrás tenías restos de cada caramelo, cada galletita, cada chocolatín que te comiste en los últimos meses. ¡Al lavar el auto se llevaron tu memoria!

Gabriel se mueve, hace algo que al principio no entiendo. Escarba, digamos.

—¡No se llevaron todo! —dice después, y me muestra el celofán que envolvía un sorbete de caja de Gatorade.

—Ah, no, es trampa —contesto.

—También hay un papelito de caramelo de miel.

—¡Pero qué vergüenza! —protesto—. Voy a pedir que me devuelvan la plata proporcional. Si había ciento veintitrés papelitos y dejaron dos, eso significa que me deben…

—Como tres centavos.

—Y sí, voy a reclamarlos.

—Pero no tenés en cuenta que también lavaron por afuera.

—Cierto. Un centavo y medio entonces.

—¿Vas a reclamar por un centavo y medio?

—Sí, claro.

Hay una cuadra de silencio, mientras sigo manejando, y entonces Gabriel remata:

—No te olvides de mi comisión por haber encontrado los papelitos.

(De la Mágica Web, 1/10/2006)

4 Auto limpio

Notas al paso

Notas al paso: A las cinco

A las cinco en punto de la madrugada abro los ojos a la oscuridad del insomnio. No se ve nada, pero se oye:

  • En la mesa de luz, a mis espaldas, el primer libro de la pila da un paso de baile.
  • Alguien ajusta un caño dentro de la pared.
  • Alguno de los monstruos que viven en la pieza de Gabriel va a esconderse al placard.

(De la Mágica Web, 7/5/2003.)

3 A las cinco

Notas al paso

Notas al paso: Me dijo

—Se oían los tiros, anoche, no menos de ocho o diez. Tres tipos asaltaron un negocio en Vidal y Juramento y un patrullero los corrió hasta acá, hasta Echeverría y Crámer. Ahí hirieron a dos. El tercero se fue corriendo y lo agarraron por Crámer y Roosevelt. En la vereda de Freddo también quedó herido un viejo que paseaba el perro.

Me lo cuenta mi padre durante el almuerzo, entre un bocado de pollo y otro de ensalada. Mi madre mueve la cabeza de arriba hacia abajo y otra vez hacia arriba. Después comenta:

—Y a mí me dijo que eran cohetes.

(De la Mágica Web, 12/3/2003.)

2 Me dijo

Notas al paso

Notas al paso: Encuentro

En medio del desfile de gente desconocida que recorre la avenida Crámer viene un hombre que me resulta vagamente familiar. La barbilla hacia adelante, el pelo gris peinado sobre la frente, la mirada con algún rencor antiguo que no se puede descifrar. El problema es que no sé si debo saludarlo o no. Está fuera de contexto: podría ser un vecino de mi edificio, y entonces el saludo sería obligatorio, pero también podría ser alguna de esas personas que cruzo con cierta frecuencia pero con quienes no hay relación alguna. Por un momento le veo en la expresión la misma duda: sus ojos se detienen en mí una décima de segundo extra, ese momento clave del posible reconocimiento que no termina de cuajar.

Ambos seguimos caminando, uno hacia el otro, usando lo que podría llamar carriles paralelos en la vereda. La tensión dura varios metros, un tiempo ilimitado a la velocidad del pensamiento pero que en el reloj no puede ser más que dos o tres segundos. Entonces, de pronto, caigo: es el dueño de ese lugar donde venden unas empanadas horribles, digo “venden” pero en realidad no deben vender nada, y si alguien les compra después seguro que vuelve a preguntar cómo demonios pueden hacer algo tan incomible. Es ese tipo al que sólo una vez le hablé, justamente para pedirle empanadas de las que luego me arrepentí inmensamente, pero al que veo casi cada día, camino a la casa de mis padres.

Qué alivio el reconocimiento, qué suerte evitar ese movimiento de cabeza incómodo que según el caso se pueda interpretar como saludo o como tic, esa señal de desorientación que luego vuelve como material de pesadillas. Y es un reconocimiento sin saludo, claro, porque el saludo no corresponde. Es algo, tal vez lo único, en que estamos de acuerdo, y si lo pienso bien no deja de ser una forma diferente de saludo. Él también sigue de largo, pasa junto a mí como yo junto a él. De ahí en más nos ignoramos.

(De la Mágica Web, 27/3/2003.)

1 Encuentro
(La foto es de junio de 2003. No fue este señor el del encuentro de arriba.)