Mes: marzo 2019

Serie

Camina con el agua hasta la cintura, contra la corriente. Mira un punto en el horizonte, donde el último barco se toma un tiempo infinito hasta desaparecer. Suena música de David Byrne.

Detrás está el oeste, y en el oeste una ciudad que crece sin pobladores. Los edificios se hinchan, las calles se ensanchan, la basura se expande.

Por algún motivo, tres palabras del libro que estaba leyendo le vuelven a la cabeza: evolución, devolución, revolución. Durante la lectura le parecía una combinación inteligente.

La vida es una serie de chistes de un cuadro, sin conexión entre sí.

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Imagen: EAG

Hormigas

Hay un camino de hormigas en el patio. Va desde un agujero de la pared, a la entrada del pasillo, hasta las plantas de atrás. Son unos diez metros. El camino es grueso y transitado. Nervioso, podría decir.

Estoy sentado a la sombra del tilo, y podría ignorar por completo esa actividad si no fuera que las hormigas se la pasan tocando bocina. Son unos pitidos muy agudos y muy tenues. Cada uno sería indistinguible de los ruidos suaves que me envuelven en esta mañana de sábado. Pero la suma es un chirrido estridente, de grillos enloquecidos, que perfora los tímpanos.

Hace unos minutos vinieron los vecinos a quejarse. Tengo que hacer algo, aunque no me guste, y por eso aprieto el teléfono en la mano, mientras me aclaro la garganta en busca del tono de voz adecuado para hablar con el Ministerio.

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Imagen: EAG

Paredes

Jugaba con las manos a la espalda, de manera que al poco rato todos pensamos que ocultaba algo. Nadie se atrevió a preguntar. Quienes dimos la vuelta con disimulo no encontramos nada. El misterio continuó durante horas, y después días. Farly me dijo, en voz baja, que el mundo llegaría a convertirlo en leyenda, si no fuera que todo lo que hacemos queda encerrado entre estas cuatro paredes.

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Falla

Si supiera correr estaría corriendo, pero son muchas las fallas de la educación que recibí, y el movimiento coordinado de las piernas es una. Ahora, por ejemplo, sopla el viento y trae indicios de ataque. Me haría bien, o le haría bien a mi futuro, y tal vez al tuyo, salir con rapidez de esta habitación, cruzar las calles sin mirar atrás, y llegar al refugio antes de las ocho. Sin embargo debo quedarme aquí, frente a la pantalla, ignorando las señales de todos los sentidos que no sean la vista. Y la razón es la maestra de cuarto grado, la del pelo teñido, la que se reía tanto, la que no tuvo clemencia a la hora de condenarme.

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Imagen: EAG

Corte

Faltan seiscientos kilómetros por este camino angosto, gris y sin curvas, con un cielo blanco y tan bajo que nos obliga a inclinar la cabeza. A ambos lados, junto al pavimento, hay alambres de púa y torres de vigilancia. Aceleramos, aceleramos, aceleramos, y todo lo que ocurre es que las gotas de lluvia nos lastiman más la cara. Entonces vemos, allá adelante, un camión enorme que viene en sentido contrario. Es ancho, ocupa todo el camino. Empezamos a frenar, hasta quedarnos quietos. Pero el camión, cada vez más grande, como un globo que al inflarse se convierte en hierro, no frena. Justo a nuestra derecha hay una entrada pequeña, un corte en el alambre de púa, a mitad de camino entre dos torres. La atravesamos, para entregarnos.

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Imagen: EAG

 

Imán

El imán de heladera se arrastra por la pared, ignorante de las leyes de la física, con la lentitud de las cosas sin poder, con el rumbo fijo de las cosas poderosas, a un centímetro de la línea oscura que separa los azulejos, portando el estandarte de pizzería, orgulloso a su manera, sin timidez, como si hubiera encontrado el amor de su vida.

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Imagen: EAG

Música

El barco se desliza sobre la ola gigante como si estuviera sonando música de Bach. Hay un trenzarse de espuma y velas, de agua y madera, a imitación de las voces en contrapunto de una partita.

Pero al capitán no le gusta Bach. Está furioso mientras aferra el timón como si todavía tuviera control de lo que ocurre, cuando sólo le sirve para mantenerse en pie. La gorra apenas deja verle las cejas gruesas y negras, y la nariz apenas deja verle los labios delgados y blancos.

El capitán está solo. El barco también. Incluso el mar está solo, a su manera descomunal, autista.

Algo trascendente va a pasar.

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Imagen: EAG

Bots en Twitter

(El lector patidifuso comparte piezas sorprendentes encontradas en la web.)

Según parece, el quince por ciento de las cuentas de Twitter son bots: cuentas automatizadas que generan tweets sin intervención humana. Muchas se dedican a desparramar fake news, a mandar spam, a meter ruido de todas las formas posibles; son de las que más se habla. Pero hay una pequeñísima parte de esos bots que hacen la vida mejor, como los que vienen a continuación. (La mayoría, recomendados por Natalia Méndez, que me hizo conocer esto de los Twitter bots.)

BoschBot: Cada media hora tweetea un fragmento al azar de “El jardín de las delicias”, de Hyeronimus Bosch.

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BruegelBot: Lo mismo, una vez por hora, a partir de obras de Pieter Bruegel el Viejo.

7 Bruegel

También están los que generan arte propio. Son divertidísimos los “Tiny…” que construyen a partir de emojis o caracteres comunes, como estos:

Tiny Forests (uno cada seis horas):

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Tiny Star Field (uno cada tres horas):

7 Tiny Star Field

Tiny Gallery (uno cada seis horas):

7 Tiny Gallery

Algunos son literarios, o “literarios”: toman fragmentos de la obra de alguien, o generan al azar la obra propia. Como casi todo, la mayoría está en inglés:

Magic Realism Bot (una frase aleatoria cada cuatro horas):

7 Magic Realism

Ro Bot Dylan (no parece que funcione todo el día; más bien agota una canción diaria, o algo así):

7 Ro Bot Dylan

La poesía es (¡en castellano!; textos aleatorios un par de veces por día):

7 La poesía es

También están Hourly Fox (una foto de zorro por hora), Bad Science (frases absurdas que suenan “científicas”), Soft Landscapes, Emoji AquariumPor cada palabra (las palabras del diccionario, alfabéticamente, una por hora), y los que uno consiga encontrar buscando cosas que le interesan.

¿Por qué me tomé el trabajo de capturar pantallas de estos bots? Porque en la web, y especialmente en las redes sociales, nunca se sabe cuánto duran las cosas. Cuando es posible, prefiero que lo que nombro se pueda ver, aunque el original haya desaparecido. En el peor de los casos, digamos que lo hago para mi colección personal.

Propiedad intelectual y derechos humanos

(El lector patidifuso comparte piezas sorprendentes encontradas en la web.)

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Quienes venimos interesados en los problemas de la propiedad intelectual desde hace veinte años o más estamos acostumbrados a encontrar solo textos en inglés. Propiedad intelectual y derechos humanos. Hacia un sistema de derechos de autor que promueva los derechos culturales es el libro de Beatriz Busaniche (publicado en 2016) que rompió el hechizo. Hay que leerlo.

(Resumí lo que pienso sobre el tema en un artículo de este blog, en 2012: “Propiedad Intelectual vs. Resto del Mundo”. No lo actualicé, y desde ya que no dice todo lo que habría que decir.)

Hacer cola

(El lector patidifuso comparte piezas sorprendentes encontradas en la web.)

[vimeo 4633517 w=640 h=512]

Este video, ya clásico, muestra todo lo malo que puede pasar cuando uno hace cola. Empezando por la actitud de uno mismo. Seth Stevenson describe así el lado subjetivo del asunto: “1) Cuando hacemos cola, nos aburrimos. 2) Odiamos que una espera que prevemos corta se haga larga. 3) Lo que odiamos de verdad verdadera es que alguien llegue después que nosotros y lo atiendan antes”. (El artículo, buenísimo, está en Slate, en inglés.)

El lado matemático está bien descripto (como siempre) en Wikipedia, aunque la versión en castellano (como siempre) no sea elegante: Las colas “se forman debido a un desequilibrio temporal entre la demanda del servicio y la capacidad del sistema para suministrarlo. En las formaciones de colas se habla de clientes, tales como máquinas dañadas a la espera de ser rehabilitadas. Los clientes pueden esperar en cola debido a que los medios existentes sean inadecuados para satisfacer la demanda del servicio; en este caso, la cola tiende a ser explosiva, es decir, a ser cada vez más larga a medida que transcurre el tiempo. Los clientes puede que esperen temporalmente, aunque las instalaciones de servicio sean adecuadas, porque los clientes llegados anteriormente están siendo atendidos”.

Los casos concretos (reales o simulados) son lo más informativo, y muchas veces resultan contrarios a la intuición. John D. Cook propone esta situación en un banco: atender a cada cliente lleva un promedio de 10 minutos; los clientes llegan a razón de 5,8 por hora (es decir, entre uno y otro pasan algo más de 10 minutos); hay un solo cajero. ¿Se formará una cola? ¿Cuánto tardará cada cliente, en promedio, en ser atendido?

La intuición, feliz, responde rápido: si entra un cliente y lo atienden en diez minutos, se va antes de que llegue el próximo. Por lo tanto, no se forma cola.

Cuéntenselo al osito del video. Cook describe la respuesta verdadera: en promedio, cada cliente deberá esperar casi cinco horas para que lo atiendan.

¡Cómo! ¡Qué estafa! La explicación está en que los clientes no llegan espaciados regularmente, además de que el tiempo de atención es de diez minutos solo en promedio. No me metí a hacer los cálculos (están por arriba de lo que entiendo de matemáticas; Cook no los desarrolla, solo dice con qué criterios se hacen). Creámosles a quienes saben, incluyendo la barbaridad de que, en la situación descripta, la cola promedio sería de 28 personas.

Cook lo resuelve, por supuesto, con otro cajero. Y ahí entra la función central de la teoría de colas: calcular la mayor eficiencia con el menor costo posible. Es decir: al banco no le conviene que haya cajeros que se pasan la mayor parte del tiempo sin hacer nada; pero tampoco le conviene tener a la gente esperando horas (se van a otro banco). Con dos cajeros en vez de uno, el tiempo promedio de espera pasa a ser de 3 minutos. Problema resuelto.

Mi propia experiencia, en este último tiempo, fue en el supermercado Carrefour que está cerca de casa. La atención en las cajas fue siempre lenta; un plomazo esperar. Según la hora, podía haber dos, tres, cuatro colas, y era imposible decidir en cuál ponerse. Me vi en la situación del osito cada vez que pisé el lugar.

Hace unas semanas, el sistema cambió. Unificaron las colas en una sola. Cuando una cajera (casi siempre cajeras, aunque hay algún varón) queda libre, llama a la persona siguiente. La primera impresión fue mala: la cola era más larga que antes; se perdía tiempo entre el llamado de la caja y el momento en que el cliente empezaba a poner sus cosas en el mostrador. Pero enseguida se hizo evidente la mayor rapidez del sistema nuevo.

Sin entrar en números, el sistema de cola única optimiza los tiempos de espera y la utilización de las cajas; a nadie se atiende antes que a otro que ya estaba.

La cola única, por supuesto, no es idea nueva. Resulta que hay un artículo en el New York Times que narra el mismo cambio de sistema que vi en Carrefour, pero en Whole Foods (USA), en 2007.

Agradezco al gran Jason Kottke por los links de este post, tomados de uno suyo. (El osito no, ya lo tenía; para Wikipedia, sustituí la versión en inglés por la versión en castellano.)