Mes: enero 2018

Historias de ratones, de Arnold Lobel

Del millón de libros que conocí haciendo Imaginaria, Historias de ratones, de Arnold Lobel, sigue siendo mi favorito. Por ahí la elección es arbitraria, pero es que a duras penas se trata de una elección: Historias de ratones me atrapó, me conmovió, me dejó diferente de lo que era, y no me lo olvido más. Esto le pasa a otra gente con otros libros, y no vamos a andar preguntándonos por qué.

Historias de ratones (Mouse Tales), de Arnold Lobel. Publicado originalmente en 1972.
Esta edición es de
Kalandraka, Pontevedra, 2000.
Llegué a este libro, como a tantos otros, gracias a Roberto Sotelo (el otro hacedor de Imaginaria, el que realmente sabía de libros). Lo eligió para reseñarlo en el número 30 de Imaginaria, en septiembre de 2000, aprovechando que Kalandraka acababa de reeditarlo. También escribió una biografía de Lobel y su bibliografía en castellano.

Pero el golpe maestro de Roberto fue conseguir autorización de Kalandraka para reproducir, entero, uno de los cuentos del libro: “El viaje”. Punto alto si los hay. Desde entonces no dejo de recomendarlo, de leérselo a quien se me cruce en el camino (con el celular, lo tengo a mano donde vaya).

El libro es una delicia, cuento por cuento. Un absurdo tierno lo recorre desde el personaje solemne de la portadilla y sus pantalones caídos, pasando por cada final inesperado, hasta el cuadro de dama antigua que posa satisfecha sobre la chimenea en el último dibujo.
 

Lo compré con la excusa de mi hijo, que cumplía cinco años, y se lo leí varias veces. Pero confieso que más veces me lo leí a mí mismo. (A él no lo impresionó particularmente. La verdad es que ahora ni lo recordaba. Somos así.)

—¡Ay! —gritó el pozo.

Y ni hace falta decir que el papá ratón que enmarca los relatos es un autorretrato nada disimulado del autor.

New York Today, de Michael George

Entre los libros cargados de recuerdos que tengo en la biblioteca están los que le traía a mi padre de regalo, a la vuelta de mis viajes. Durante los pocos años en que viajé a Norteamérica o Europa (entre 1991 y 2000, ni antes ni después), cuando iba a un lugar nuevo compraba un libro de fotos para él. Era fácil, divertido. Comprar algo para mi madre daba más trabajo.

Cuando mi padre murió, en 2009, heredé cada uno de esos libros.

En 1992 fui a Nueva York y volví con este ejemplar de New York Today, de Michael George.

En su momento (y esto lo encuentro ahora, googleando), la revista Popular Photography comentó: “Michael George’s up-to-the-minute photo portrait of protean New York… If you’re at all interested in Gotham’s culture and history, George’s terse but highly informative captions almost upstage the book’s handsome photography. Almost, but not entirely. Its sharp, vibrant pictures depict the people, vitality, and splendid architecture that make New York the capital of the world for so many”. [“El retrato al día de la proteica Nueva York, de Michael George…”]

Claro que cualquier libro informativo con la palabra “hoy” en el título se convierte con facilidad en una contradicción. “Hoy”, en 1988, cuando se publicó este libro, no es el mismo “hoy” treinta años después. Lo más obvio se ve al abrirlo. La primera foto que aparece es esta:

Es lógico. El World Trade Center, que se veía desde todas partes en la Nueva York de aquellos años, se ve en todas partes en un libro que la quiere reflejar.

No es lo único, desde ya. La gente se vestía de otra manera.

Aunque en una foto chica, a mitad del libro, aparezca un corte de pelo tan propio de este 2018 que la portadora debió haber viajado en el tiempo para hacerse fotografiar en 1988.

Los autos impresionan un poco. O mucho.

Algunos nombres también.

Si el autor y los editores pudieran viajar en el tiempo como la chica del peinado nuevo, probablemente aprovecharían para poner otra palabra para el título. Y aunque no lo hicieran, si fuera yo quien viajara en el tiempo volvería a comprar para mi padre este mismo libro.

(Además, parece adecuado recordar esto hoy, 30 de enero, día en que mi padre habría cumplido 94 años.)

Segunda fundación, de Isaac Asimov

Empiezo la semana de “libros que me hacen acordar” con este ejemplar de Segunda fundación, de Isaac Asimov, y su rara cubierta de plástico.

En los alrededores de 1970, cuando leer ciencia ficción era uno de mis dos o tres intereses obsesivos, conseguir los libros que yo quería era complicado. Segunda fundación es el que más busqué, el más difícil, el que más se hizo rogar.

¡Cuánto lo necesitaba! No solo porque era de Asimov, que me fascinaba, y tampoco por ser parte de la colección Nebulae, que consumía con entusiasmo. Había leído los primeros dos de la trilogía, Fundación y Fundación e Imperio (¿no es curioso que el tercer libro de una serie tenga la palabra “segundo” en el título?), y el último, inconseguible, se había convertido en un objeto mítico.

Llevó años. Calculo que habrá sido hacia 1975 que lo vi, en un estante de ciencia ficción de la librería El Túnel, que estaba sobre Corrientes. Venía cubierto por ese plástico amarillo, duro, cortado a medida por el dueño anterior.

Lo compré temblando, convencido de que la situación era propia de un universo paralelo. Lo empecé a leer diez minutos después, en un vagón de la línea A del subte. Lo seguí leyendo en el 136 que me llevaba a Ramos Mejía. Lo terminé ese mismo día.

Qué paciencia. La traducción, como corresponde a Nebulae, es un espanto. Esos “boletines de móviles figuras”… ¡Números, Francisco Cazorla Olmo! ¡Eran números!

Casi ilegible en la traducción, el texto es de todos modos puro Asimov, escrito a fines de los cuarenta. “Burbuja de acero”, “silencioso brotar de las partículas del átomo”, “los calculadores”, “las complicaciones técnicas que entretejen los caminos del espacio”.

En el tiempo que pasó desde entonces dejé de ser fan de Asimov, aprendí a leer en inglés, me obsesioné con otras cosas. Pero este ejemplar, el del plástico amarillo, sigue en un estante de mi biblioteca y en un estante (también polvoriento) de mi cabeza.

Aquel Ramos Mejía de antaño

Aquel Ramos Mejía de antaño es el libro que escribió mi padre, Eduardo Gimenez, sobre la ciudad donde vivió la mayor parte de su vida (y donde viví hasta los veinticinco años). Es un libro de historia y también la mirada personal de quien vio mucho de lo que cuenta. La mayor parte es investigación propia: mi padre buscó fuentes, recorrió archivos, museos, habló con gente.

Se puede leer online.

El libro salió en 1995, en edición de autor. Fue mi primera experiencia en armar un libro (¡en PageMaker!) para mandarlo a imprenta. El dibujo de la tapa es de mi padre, y para el diseño seguí sus instrucciones al pie de la letra.

Se hicieron quinientos ejemplares. Muchos se vendieron, algunos fueron a bibliotecas y otros lugares de acceso libre. No hubo reediciones. Está agotado desde hace veinte años.

Hacia el año 2000 hice una primera versión del libro en la web, con permiso de mi padre que no usaba ni usaría computadora en toda su vida. Esa versión envejeció, como todo lo digital. Ahora acabo de rearmar el libro íntegro en un nuevo sitio, buscando mejorar la legibilidad y la calidad de las imágenes (hasta donde lo permiten).

En la foto de abajo se luce la Avenida de Mayo, vista desde Rivadavia, en 1930. (Fotografía del diario La Prensa, incluida en el capítulo VI del libro.

Taller de escritura para ilustradores

Febrero de 2018 (digo, para no crear confusión en el futuro; ¿no es cierto que pasa todo el tiempo, cuando uno anda por la web, eso de preguntarse si será ahora lo que se anuncia o si fue, tal vez, el siglo pasado?). Informes e inscripción: tallerdosmeninas@gmail.com.

El regalo de los Reyes Magos según El Libro Feroz

La librería especializada en LIJ El Libro Feroz publicó en Facebook estas lindas fotos de El regalo de los Reyes Magos. Dicen: “Hoy compartimos el clásico cuento de O.Henry que realza el poder del amor frente a las carencias y las penurias económicas, en una exquisita versión de Eduardo Abel Gimenez y con el maravilloso plus de las ilustraciones de María Wernicke”.

La Ciudad de las Nubes en Infobae

Entre varios libros hermosos, Daniela Azulay recomienda en Infobae uno mío: La Ciudad de las Nubes.

Caras nuevas (7)

Hice esta serie de collages, y unos cuantos más, hacia 1990. Algunos, en la casa de Jorge Varlotta y Alicia Hoppe en Colonia. Me tenían paciencia. Mi primer sitio en la web, en Geocities, se llamó Alien Places y, entre otras cosas, incluyó estos collages. (Todavía mantengo online, en magicaweb.com, ese viejo Alien Places, al que se le nota la época: lo empecé en 1996. Pero no pongo el link porque Google lo tiene listado como “malware” y todavía no encuentro la razón.) Ahora hice nuevos escaneados, de mejor calidad; estas imágenes son mucho más grandes y fieles a los originales que las anteriores.

Caras nuevas (6)

Caras nuevas (5)