A la deriva

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7 Screenshot-2018-6-24 Archivo General de la Nación
Una de las veinte fotos que se pueden ver en el sitio del Archivo General de la Nación. Sí, a este tamaño. Nada de ampliar

Fui a curiosear el sitio del Archivo General de la Nación. Apena la escasez de material que se puede ver online. En lo que llaman “galería” hay unas veinte fotos en baja resolución, otras veinte páginas de escritos históricos, exactamente ocho videos, y en cuanto a mapas… Bueno, no, el link a mapas, en la galería, no anda. La sección “publicaciones” tiene PDFs de los libros que publicó el AGN: algunos índices, tratados sobre los distintos fondos documentales, catálogos de exposiciones, los once números de la revista Legados.

¿No hay más cosas digitalizadas? ¿O no se toman el trabajo de subirlas online?

Por suerte se me ocurrió buscar en YouTube. Ahí sí, el AGN tiene un canal con cantidades de videos: una delicia tras otra.

En 1959 yo cumplí cinco años, así que era un poco chico. Pero años más tarde me pasé muchas mañanas de domingo en el Parque Rivadavia (o Lezica), sobre todo intercambiando discos. El video es corto y genial, sobre todo la última frase del locutor en off: “estos futuros astronautas de fines del siglo XX”.

Sí, son todos varones. ¿Qué esperabas de 1959? En realidad, hay una nena. Aparece medio escondida en el segundo 15. Pero ella no mira revistas, por supuesto; está fascinada (o asustada) con la cámara.

Yo también anduve por Córdoba de mochilero, hacia 1971. Ese gesto para hacer dedo, en estos tiempos de porno omnipresente, ya no se puede hacer más. Del texto se destaca esa mochila “soliviantada por la potencia de los sueños”.

Ni hace falta decirlo: otra vez todos varones. Y bueno, las chicas no hacían eso. Pobres ellas, pobres nosotros, por tantas cosas que nos perdimos.

¿Y las fotos del AGN? En Wikimedia.org hay una categoría con 670 imágenes. Esta me era conocida:

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La locomotora La Porteña, primera en andar por Buenos Aires

Resulta que esta foto está en la historia de Ramos Mejía que escribió mi padre (libro que se puede leer entero online, siguiendo ese link).

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Página 25 de Aquel Ramos Mejía de antaño, de Eduardo Gimenez (mi padre). Ahí la foto se atribuye a un Cuaderno de Buenos Aires

Entre principios de los noventa y alrededor de 2007, antes de que uno pensara que estas cosas debían estar online, mi padre fue montones de veces al Archivo General de la Nación a buscar documentos. Era difícil encontrar algo sobre Ramos Mejía, incluso para él que tenía claro cada cosa que andaba buscando. Una sola vez fui con él al AGN, con mi camarita digital, a fotografiar la sucesión de Doña María Antonia Segurola de Ramos Mejía.

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Mi padre, por entonces con 83 años, en el Archivo General de la Nación (2007)

También lo acompañé a la Biblioteca Nacional y al Archivo Histórico de la provincia de Buenos Aires, en La Plata.

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Mi padre en el Pasaje Dardo Rocha, La Plata (2007). No le gustaba que le sacara fotos

Mi padre publicó su libro en 1995, pero después siguió investigando y escribió diez “Cuadernos de Ramos Mejía”, como los llamó: escritos más breves, de los que hacía unos diez o quince ejemplares artesanalmente, para distribuir en ciertas bibliotecas. Una culpa comparto con el AGN, aunque en dosis mucho menor: tampoco esos “Cuadernos” están online. En vida, mi padre no quiso que los subiera. Ahora, a casi nueve años de su muerte, podría empezar a hacerme cargo del tema.

Volviendo entonces al AGN: hay que recordar que en estas cosas Google Images suele ser nuestro amigo. La búsqueda “archivo general de la nación argentina” fotos (con la palabra “fotos” fuera de las comillas) da resultados más o menos infinitos.

7 archivo general de la nación argentina fotos - Google Search

Mientras seguimos lamentándonos por la falta de material digital, y solo porque nos gusta sufrir, podemos darnos una vuelta por las decenas de miles de fotos de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos (en Flickr). O la colección online del British Museum, con más de un millón de registros que incluyen imágenes.

O bueno, que no todo sea protestar. La Biblioteca Nacional tiene un montón de material online. El Instituto Ravignani, también. Y hay más. La cosa es tener paciencia para andar buscando.

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Fuente: Wikipedia
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Desde chico que me río de la forma en que hablaba Woodstock (Emilio por estos pagos) en la tira Peanuts:

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Fragmento de una tira de Peanuts, por Charles Schultz, publicada el 29 de mayo de 1982

Gracias a que Snoopy le entendía todo, sabemos que ahí arriba Woodstock cuenta que una flor lo miraba fijo y de pronto le gruñó.

Esto del personaje que entiende lo que nosotros no distinguimos del ruido se repite en Star Wars, con R2D2 y su lenguaje de radio mal sintonizada, del que C-3PO no se perdía una palabra.

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R2D2 generador de burbujas, un juguete que representa al pelo el lenguaje del robot

Supongo que en algún momento alguien habrá pensado lo mismo de la madre de mi hijo y yo, cuando conversábamos así: ella en inglés, yo en castellano.

Carl Sagan y compañía estaban convencidos de que una civilización extraterrestre encontraría sencillo descifrar esto:

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Placa de las sondas espaciales Pioneer 10 y 11

En la práctica, las cosas no son tan simples. La comprensión de otro lenguaje nos trae tantos problemas que la traducción es una de las mayores pesadillas que existen.

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Ir a la página de donde viene esta imagen para ver mejor los carteles y leer una descripción del problema

Lo más triste es que Douglas Adams se murió antes de decirnos cómo conseguir su Babel Fish, el pececito que te metés en el oído y desde ahí te permite entender “cualquier forma de lenguaje”.

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Pompeya y más allá

Hace cosa de veinte años, década más, década menos, circulaba esta anécdota probablemente falsa. Alguien llamaba por teléfono al servicio técnico de su PC, porque tenía problemas con el posavasos. ¿Qué posavasos? El posavasos, hombre, ese que sale del gabinete si uno aprieta un botón.

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La cuestión del posavasos, en una foto de Laurent Pele tomada de Wikipedia (bajo licencia CC-BY-SA 3.0)

Qué ignorante, pensaba uno, qué atrasado, alguien que todavía no había oído hablar de los CDs. Pero pasó el tiempo, y ahora estamos cerca del extremo opuesto. Que alguien se encuentre con ese mismo botón, esa misma bandeja, y ocurra lo que predice este otro meme que circuló hace menos tiempo:

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Tomado de acá. Pero no lo hicieron en ese sitio, andaba por todas partes

El CD grabable y su continuador el DVD grabable siguieron el camino del diskette y el cassette de audio, y nuestros hijos (o los hijos de ellos) nunca sabrán por qué nos fascinaron tanto. Los verán como nosotros vemos esto:

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Radio de mis abuelos paternos. La conservo, ahora mismo está a un metro de mí, pero lamentablemente no funciona

Lo que todavía me sorprende de los CDs grabables es qué poco duraron. Apenas tuvieron tiempo de llegar a la madurez, a un momento de esplendor, para perder utilidad más rápidos que la luz. Miren esto, si no:

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Este es el último de una serie de tubos de CD-Rs que compré, calculo que a principios de siglo. Suena hasta gracioso, eso de “principios de siglo”. El CD-R se había hecho barato, confiable, práctico. Incomparable con los soportes que usábamos poquísimos años antes (como los cartuchos Zip, en los que cabían 100 MB de datos).

Este tubo, que todavía contiene unos diez CDs sin usar, me da la misma sensación que los restos de Pompeya. Los CDs no tuvieron tiempo ni de asfixiarse, como dice un gran título del National Geographic. Los agarró la catástrofe, el río de lava de internet, antes de que los tocara un mísero byte.

Tengo otras piezas de tecnología obsoleta. Pero ninguna como mi tan querido teléfono huevo:

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Una joya, un prodigio. Tan cómodo que mi mano todavía se adapta a su forma de manera automática, cariñosa. Y sin embargo, el símbolo mismo de la obsolescencia, al borde de lo ridículo. Me parece mentira haberlo usado hasta hace cuatro años y medio. ¡Solo cuatro años y medio! Una eternidad, tanto cambió todo desde ese día en que lo abandoné por uno de estos cuasi azulejos que llevamos ahora, a los que solo les cabe la palabra magia; estos retazos de milagro que acabaron por darle sentido a la clásica exageración de “tener el mundo en el bolsillo”.

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En cualquier caso, y a la manera del posavasos de la PC, le auguro a mi teléfono huevo una próspera vida como pisapapeles.

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Tornados

Por favor, dejá lo que estés haciendo y mirá este video de siete minutos del Weather Channel. Yo sé lo que te digo.

Bueno, si no lo viste, te lo resumo rápido: en un estudio del Weather Channel, un presentador (¿un meteorólogo?) habla del tornado que se ve en la pantalla gigante del fondo. Terribles vientos. Entonces cae un poste de electricidad, en medio del estudio, y casi le pega al presentador. Pronto, un tronco que vuela se clava en una pared del costado. Y al minuto siguiente el presentador tiene que esquivar un auto que, arrastrado por el tornado, aterriza destruido. No es todo. El presentador huye. El tornado, ya encima de nosotros, rompe la pantalla gigante, que resulta ser una ventana, y voltea la cámara. En la oscuridad, refugiado quién sabe dónde, el presentador dice unas últimas palabras.

Si la descripción te parece poco interesante, anda a ver el gif con que arranca la página donde me enteré del video de arriba (no me deja reproducirlo acá).

Claro, no está mejor hecho que unas cuantas películas y series que venimos viendo desde hace añares. Pero hay dos diferencias: la primera y principal, que no nos avisan que estamos viendo una ficción. Esto es un estudio de televisión verdadero, nos dicen las primeras imágenes; no hace falta que lo digan explícitamente, es el pacto tácito que tenemos con ese tipo de situaciones. Cuando nos damos cuenta de que hay efectos especiales, todavía creemos en el estudio real, al que pensamos que le superponen ciertos trucos. Es más tarde que descubrimos que el estudio entero es ficticio.

La segunda diferencia es que el video está hecho con el Unreal Engine, una herramienta usada para hacer juegos. Acá se ve de qué era capaz ya este motor en 2015:

Qué rara es esta época. Pasé horas mirando escenarios creados con el Unreal Engine. Pero nunca, ni siquiera de lejos, me encontré con un tornado de verdad, en persona, en la vida real.

El tornado es parte de un folklore que tenemos incorporado a través de los medios. El tornado como catástrofe, como atracción, y hasta como actitud.

4 Rojo Tornado

Esto es lo más parecido a un tornado que suelo ver en las calles de Buenos Aires. Un Volkswagen color Rojo Tornado. Sé que se llama así porque una amiga no se pudo resistir cuando le nombraron el color: “Era gris, negro o rojo tornado. ¿Qué otra cosa podía elegir?”. Tiene razón.

No debe ser casual que el auto del meteorólogo, en el video de arriba, sea rojo tornado.

En cualquier caso, los autos rojos, incluso los rojos tornado, también terminan siendo cliché. No tanto como los grises, obvio. Da la impresión de que si alguien no quiere un auto gris, tiene que ser rojo. ¿En qué momento pegamos esa curva tan equivocada? No siempre fue así:

4 Colorful vintage cars
Captura de pantalla de un resultado de búsqueda en pexels.com

No solo hay que soportar los autos en la ciudad; además, tenían que ser todos iguales.

En 2005 escribí un poema sobre los autos que pasan, que copio acá abajo. Triste como termina siendo, ahora me parece optimista en cuanto a los colores. Luego, en 2007, le hice música. Quien tuvo paciencia con el video del tornado tal vez tenga paciencia con el audio. Quien no, a lo mejor sigue leyendo. (La música no dura quince minutos como me está diciendo el reproductor en este momento; apenas cuatro.)

Pasan autos

Pasa un auto gris,
pasa un auto rojo,
pasa un auto blanco,
pasa otro auto rojo pero más oscuro que el segundo,
pasa otro auto gris pero más claro que el primero,
pasa una camioneta celeste,
pasa un auto medio turquesa
(el color de los azulejos del baño en la casa de mi infancia),
pasa un taxi amarillo y negro,
pasa otro auto gris pero más oscuro que los anteriores,
pasa un auto bordó,
pasa un auto verdoso
(antiguo, de esos que tienen el techo revestido de algún plástico negro),
pasa otro auto gris medio oscuro aunque ya no lo puedo comparar con los de antes,
pasa un auto amarillento
(el color que mi madre suele llamar “marfil”),
pasa el auto violeta que suelo ver cuando vuelvo de llevar a mi hijo a la escuela,
pasa otro auto de un rojo más puro y claro que los anteriores,
pasa otro auto blanco,
pasa un auto negro o tal vez gris muy oscuro,
pasa un colectivo de varios colores entre los que domina el celeste,
pasa un auto gris como tantos otros,
pasa un auto azul recién salido del mar,
pasa otro auto bordó,
pasa otro auto bordó más,
pasa un auto gris claro con un parche más oscuro en el guardabarros delantero izquierdo,
pasa un auto verde,
y en cada auto hay alguien que sigue de largo.

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Copos de nieve

Un día, Bernardo, el copo de nieve, descubrió algo tremendo.

3 Bernardo angustiado - Daniel Paz

Fue en el año 2008, cuando Daniel Paz lo incluyó en un episodio de sus F. Mérides Truchas. (El dibujo de arriba es parte de un segundo episodio, el último hasta donde sabemos, publicado en 2015.)

Lo peor es que nadie lo comprende. Hay lugares donde ni siquiera está bien visto ser un copo de nieve. Traduzco (apenas libremente) de Urban Dictionary: “Copo de nieve: Alguien que piensa que es único y especial, pero no. La expresión ganó popularidad tras la película ‘El club de la pelea’, donde se dice ‘No sos especial. No sos un copo de nieve hermoso y único. Sos la misma materia orgánica en descomposición que todo lo demás'”.

3 Fight Club
Una de las variantes del meme basado en “Fight Club”. Buscar en Google “Fight Club snowflake” para encontrar varios miles más

Todos somos copos de nieve en algún momento. Acá estoy yo mismo, haciéndome el angustiado, cual copo de nieve, hace casi cuarenta años:

3 014

Me estaba por mudar a una casa a la que había que hacerle arreglos, y la mayor fuente de angustia que podía encontrar era un par de caños viejos expuestos a la vista de todos. Qué sabía yo de dramas a los veinticinco. Bueno, sí, sabía, pero rendía más (o era más potable) hacerse el tonto.

Desde entonces, muchas personas cercanas, queridas, imprescindibles, se fueron muriendo. Las que pensaban que podía ocurrir y lo temían, y las que no. Parece que ser como Bernardo no cambia tanto las cosas.

En un terreno más liviano, mi gran encontronazo con la nieve llegó en 1992, cuando fui a Montreal a visitar a unos amigos que habían emigrado allá. Este video es bastante demostrativo de la situación:

Estoy en el auto de mi amigo, mientras él rasquetea el hielo y la nieve acumulados en los vidrios, para poder manejar. (La calidad del video es propia de la época, y de mi cámara Sony 8 mm.)

Y otro más amable, del mismo viaje:

Atención al sonido, sobre todo a los veinte segundos, cuando se comprueba que el bulto que va a la espalda de esa persona que esquía es un bebé.

Un bebé todavía no sabe pensar en sí mismo como copo de nieve. Pero nosotros somos incapaces de verlo como otra cosa.

3 baby snowflake
Saqué la imagen de una página en la que cuentan de algo que Wikipedia describe mejor: “Snowflake children is a term used by organizations that promote the adoption of frozen embryos left over from in vitro fertilisation to describe children that result, where the children’s parents were not the original cell donors”.

 

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Navata

Saqué esta foto, una diapositiva, cerca de Posadas, Misiones, hacia 1970.

2 Río Paraná hacia 1970
Río Paraná, hacia 1970

Ahora la subí a Google Images, para ver si me mostraba algo similar. A veces, Google entiende lo que quiere:

2 Google Images
Según Google, estas imágenes son similares a la de arriba

Refinando un poco la búsqueda, llegué a este espléndido video. También hay un hombre en equilibrio sobre los troncos, que a su vez hacen equilibrio en el barco, pero con un agregado de lo más siglo XXI.

Sip, el hombre va hablando por celular. Lo que perdura es el Paraná, por supuesto, aunque el video no venga de Misiones sino del Delta.

Google no los menciona, pero es inevitable que la memoria nos lleve a los riesgos de las tardes de plenilunio. Machistas, racistas, discriminadores y graciosos como ellos solos, Les Luthiers sacan a relucir su jangada:

Impensable escribir hoy esa letra, ¿no? Enderecemos un poco las cosas con una jangada auténtica:

2 jangada
Google, que hoy no pega una, le atribuye esta foto a una página maravillosa que trata de barcos hundidos en el Paraná; en la página, esta foto no aparece

Cambiar de táctica. La búsqueda “transporte fluvial de madera” lleva sin escalas a las navatas:

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“Los troncos, de grandes dimensiones, se atacaban [sic; ¿será atracaban?] unos a otros, entrelazando los maderos con ramas de sarga trenzada, creando grandes barcas, denominadas navatas, que podían tener diversas secciones, un mínimo de una y una máximo de siete. Las barcazas eran tripuladas con grandes remos por valientes chesos que se jugaban la vida luchando contra la bravura de las gélidas aguas del Aragón-Subordán, las piedras, saltos y resto de dificultades que se encontraban en su descenso”.

Menos mal que nos lo explican desde el Valle de Hecho, en los Pirineos, porque la RAE no tiene idea de qué es una navata. Para acelerar la llegada al diccionario, busqué en Google “rae navata”, y Google aprovechó la oportunidad para presentarme al señor John Rae Navata. De veras. Hay gente para todo.

Pero yo no quería alejarme tanto de Misiones, porque tengo muchos recuerdos, buenos recuerdos. Conocí las dos puntas de la provincia. Y para quien piense que Misiones no tiene puntas, me apuro a aclarar:

  • Uno, el extremo lujoso:
2 Cataratas
Aburridos del Sheraton Iguazú Resort & Spa, no tuvimos más remedio que ir a ver cómo caía el agua (abril de 1997)
  • Otro, el Bachillerato de Orientación Polimodal 102, en las afueras de Posadas:
2 BOP 102
Hablando de microficciones (abril de 2015). Gracias al Plan Nacional de Lectura, que me mandó hasta allá, y a Silvia Zapaya, que me llevó a escuelas y un Instituto de Formación Docente, y sacó la foto.

Ahora sí, y como siempre, Google Maps es nuestro amigo:

Tendría que hacer un álbum de cada visita, para poner ambas en su justo valor. La próxima, tal vez.

Mientras, me queda la duda sobre el bueno de John Rae Navata. Lo busco. Nada significativo, salvo esta página de Google+ con su mensaje poco alentador en gris clarito:

2 It looks like you've reached the end

2 Río Paraná hacia 1970

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Quimbombó

Wikipedia, página al azar. Caigo en Abelmoschus esculentus, planta conocida con un arcoíris de nombres: quimbombó, quingombó, gombo, molondrón, ocra, okra o bamia, candia, abelmosco.

1 Okra_flower_2
Flor de quimbombó (Wikipedia, dominio público)

Es una malvácea, así que voy a ver.

Familia genial, la de las malváceas. Para empezar, incluye al Hibiscus, que para mí será siempre rosa de la China, y sobre todo la rosa de la China que mi padre puso en el jardín que teníamos en Ramos Mejía.

1 Yo con rosa de la China
Para esta foto de 1969 me acomodé junto a una flor de nuestra rosa de la China, sin cortarla.

Pero resulta que entre las malváceas está nada menos que el algodón. Wikipedia me recibe con esta imagen maravillosa:

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El epígrafe dice: “Representación de la fabulosa planta del algodón en una ilustración del siglo XIX”. (Wikipedia, dominio público.)

El algodón lleva de cabeza a la industria textil. Mi abuelo paterno, Eduardo Gimenez, era obrero textil.

1 abuelo-eduardo
Mi abuelo paterno. Nació en Alcaudete, Jaén, no sé en qué año. Murió en Ramos Mejía en 1942.

Trabajaba en la fábrica La Emilia, San Nicolás, donde nació mi padre en 1924. Murió mucho antes de que yo naciera.

El pueblo La Emilia ahora es ciudad. Está a la orilla del Arroyo del Medio; en la orilla de enfrente empieza la provincia de Santa Fe.

En enero de 1917, La Emilia se inundó. Hay una nota épica en el diario El Norte, escrita por Daniel Erne, que empieza así:

“La Emilia es ahora un pueblo triste. Con rastros de desastres y huellas de dolor. Pero la vida continúa como una mecánica milenaria. Con sol la angustia es la misma. Las marcas que dejó el agua en las viviendas son las menos importantes porque se arreglan con dinero. Las penas del alma no tienen precio”.

Muchas cosas, aquí y ahora, no tienen precio. O casi: hoy mismo, treinta semillas de quimbombó, Abelmoschus esculentus, salen ciento cincuenta pesos en Mercado Libre.

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Foto del artículo en venta en Mercado Libre.