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Imágenes

Gracias a la página de estadísticas de este sitio puedo ver quiénes usan mis imágenes sin copiarlas a sus respectivos servidores. Es decir, con un link directo al archivo situado en eduardoabelgimenez.com.

Admito que, no hace mucho, esa actitud me ponía loco: es que usan mi ancho de banda, usan mi trabajo, y no dan crédito. Pero ahora ha corrido mucha agua bajo el puente. Veo esas otras páginas como corriendo una aventura, y disfruto muchísimo de los nuevos usos que encuentran para lo que yo empecé. ¿El ancho de banda? En estas pequeñas dosis, es algo que estoy dispuesto a dar para obtener el placer de encontrar estas cosas:

1. Una de mis fotos de hielo capturadas de video aparece en una larguísima página medio en alemán medio en inglés. Un fragmento de la página es así:

Captura de pantalla de otro sitio

Lo que me hizo reír es que, si uno hace click con el botón derecho sobre la imagen, aparece este mensaje:

Mensaje

2. Este fragmento viene de un foro venezolano en el que se burlan de una marcha opositora. El post en cuestión usa mi imagen para mostrar la cantidad de gente que participó de la marcha.

Captura de pantalla de otro sitio

3. Por último, un fragmento del blog Cuatro espinitas tiene mi cama. Precioso nombre. Un poema en clave, dirigido a alguien. Un misterio.

Captura de pantalla de otro sitio

Como referencia, las imágenes originales están aquí: 1, 2 y 3.

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El fondo del pozo

El fondo del pozo es una novela que escribí entre la segunda mitad de 1983 y los primeros meses de 1984. Con unas 62.000 palabras, fue mi primera novela “larga”.

Tapa de El fondo del pozo, Minotauro, Buenos Aires, 1985En 1985, Marcial Souto la publicó en Minotauro. A la derecha está la tapa del libro. El dibujo, que Oscar Chichoni hizo para esa edición, reapareció luego en España, como cubierta de la primera edición en castellano de El juego de Ender, de Orson Scott Card.

La nota de contratapa decía: “En esta novela fascinante tres exploradores deberán encontrar las puertas que llevan al fondo del pozo. Cumplen órdenes del Centro, un ente universal surgido por azar que cuenta con dos eficaces instrumentos de dominación: el Consejero para guiar los actos, y el sistema del karma para premiarlos o castigarlos. La aventura se extiende por el espacio y también por la memoria, a través de leyendas, espejismos y sorpresas.”

No hubo reediciones de El fondo del pozo, y al poco tiempo el libro fue liquidado. Parece que todavía se lo puede encontrar en alguna librería de viejo, pero diría que en los últimos quince años la tarea de hacerse con un ejemplar ha sido más bien complicada.

Recuperé los derechos en 1990. Desde entonces la novela está en un cajón. Hasta ahora que decidí mostrarla otra vez, a la nueva manera, en el weblog.

Siguen los 17 capítulos de El fondo del pozo, un capítulo por post. Están escaneados del libro, pasados por un programa de OCR, y corregidos a mano. Pido a quienes encuentren errores que avisen.

El link permanente a la novela completa es este:

El fondo del pozo
por Eduardo Abel Gimenez

Índice por capítulos:

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Que lo disfruten.

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El fondo del pozo – 1

El fondo del pozo

“La prisión da a una prisión,
el pasillo abre otro pasillo.”
Henri Michaux

1

“El que abriga esperanzas pasa frío. Desabríguelas. Cubra su propio cuerpo. Cuando las esperanzas mueran congeladas, quien escriba el espectáculo será usted mismo.”
(Consejero, 10:34:21)

—El ciclo de las gotas vivas es sencillo —dice el loco—. Salen de los huevos en algún lugar profundo y se alimentan con la humedad de su madre, que ha muerto luego de la puesta. En pocas horas, las pequeñas gotas triplican su tamaño y empiezan a trepar.

A la luz de los fuegos las cosas se ven diferentes, pero después de tanto tiempo aprendimos a interpretarlas. El loco está vestido de buzo, y hace gestos de pie sobre una piedra caída entre dos escalones. Nos da la espalda. El humo le pasa por delante y por detrás, formando estrías y vetas que a cada movimiento de sus brazos se agitan y cambian de dirección, construyendo su propio juego de símbolos: banderas, espadas y fantasmas. Alrededor de la piedra hay un grupo de espectadores sentados, que escuchan como si el cuento de las gotas vivas les interesara. La posición de las cabezas y la actitud de las manos indican que la tensión viene de otra parte: la manta del loco está a sus espaldas, frente a nosotros, apoyada a medias en la piedra y a medias en un escalón. Parece que el loco la hubiera olvidado, y, por eso hay tanto público para su espectáculo. Algunos la miran más pendientes de ella que de su dueño.

A nosotros no nos importa. Nos tomamos un rato de descanso y contemplamos la escena sentados varios escalones más arriba, donde no llamamos la atención. Sabrasú sonríe, seguramente pensando en otro lugar y en otra época; debe estar en alguna de sus fantasías, porque se desconectó y ahora no nos permite pensar con él. Calibares le pone un remiendo a su manta, rota en alguna lucha. Gadma escucha al loco, que sigue con el discurso.

—Las gotas suben con entusiasmo —dice el loco—, aunque los kilómetros de roca que las separan de la superficie son un obstáculo casi insuperable.

Hace calor, pero nadie más que el loco se separa de su manta. En cualquier momento volverá a entrar el viento frío por alguna abertura, se apagarán los fuegos y habrá que abrigarse y dormir esperando el próximo verano de un día. Las horas de calor son un recreo: podemos levantarnos, estirar los brazos, pasear en medio de la multitud, hacer planes, o echarnos a descansar como ahora y distraernos con cualquier tontería. Pero las horas de calor también terminan y olvidar lo que viene después es un error que casi nadie comete. Cada prisionero llega con una sola manta, y no hay repuestos.

Otra ventaja de las horas de calor es que entonces nos dan la comida. Unos minutos antes de que el loco se subiera a su piedra oímos el zumbido que anuncia el almuerzo, y la boca se nos llenó de saliva. Nos pusimos de pie al mismo tiempo que nuestros vecinos y los vecinos de nuestros vecinos. El humo saltó con nosotros. Los fuegos respondieron con chispas. Estiramos los brazos hacia arriba y contamos hasta diez.

Las cápsulas empezaron a caer enseguida, y todos bailamos de acá para allá tratando de atajarlas. El que conseguía atrapar una se la metía eh la boca, y saltando y masticando pasamos varios minutos, hasta que terminó la lluvia. Después vino la tarea de recoger las que habían llegado al suelo, juntando y tragando primero las más próximas, luego peleando por las que estaban a mitad de camino entre dos personas, y finalmente raspando el piso de piedra para aprovechar los restos de las que se habían roto.

A nadie le preocupaba si allá arriba, en el techo, al otro lado de las nubes, alguien se divertía mirándonos. En este lugar es difícil responder a más de una consigna por vez, y en ese momento la cuestión era mover las mandíbulas, echándoles la mayor cantidad posible de material para que trabajaran.

Como siempre, el almuerzo completo llevó media hora. Nos quedamos con hambre; una prueba de que los carceleros saben hacer sus cálculos. Sabrasú, que pasa el tiempo estudiando esas cosas, piensa que un veinte por ciento de aumento en el número de cápsulas dejaría a todos conformes y evitaría peleas. Pero Calibares no está de acuerdo: a él le gusta pelear, sobre todo si se trata de pequeñas escaramuzas, un solo round, diez segundos, como ocurre en general por las cápsulas. Gadma no opina: mientras discutimos termina de raspar el suelo y se tiende boca arriba a mirar las alturas, como si esperara el postre.

Si ahora el loco consigue hacerse oír es porque después de la comida hay poco ruido. Casi todo el mundo está quieto, ocupado en su digestión, sus pensamientos o la vigilancia de sus vecinos. Los pocos que se mueven andan en silencio, apoyando los pies descalzos en el suelo erosionado por sus propias idas y vueltas. Apenas se conversa, porque aquí no se encuentran nuevos amigos, y con los viejos queda poco de qué hablar. Dentro de unos minutos volveremos a la normalidad: estómagos ejercitados, nueva energía, ganas de descargar en los demás la frustración del encierro, tres elementos que sólo requieren una excusa para pasar a la acción.
—La mayoría de las gotas —dice el loco— se irá disgregando hasta desaparecer, y las más rezagadas se alimentarán con su humedad. De este modo, una gota de cada mil tendrá la energía necesaria para emerger. Las gotas elegidas se asomarán a la superficie a fines de la primavera, tras dos meses de viaje.

Nuestra atmósfera se compone por partes iguales de humo, olor a excrementos y murmullos. De vez en cuando se oye un grito, un golpe o un disparo, o cualquier ruido extraño que parte de algún lugar ubicado más allá de nuestro horizonte de fuegos, atraviesa el aire cargado de chispas, cruza las barreras de humo y nos sobresalta. Después se ven movimientos confusos al otro lado de la fosa central, donde los escalones vuelven a subir y las hogueras forman una constelación titilante. Ocupamos una buena parte de nuestro tiempo estudiando esos fenómenos, tratando de entenderlos, elaborando teorías que algún día puedan servirnos para escapar, pero los resultados de tanto esfuerzo son pobres. Si algo sabemos de la cárcel, nos lo enseñaron nuestras exploraciones. Tal vez deberíamos prestar más atención a nuestros vecinos, a las camisas sueltas, los pantalones anchos, las barbas, las desgarraduras de la piel que se ven a través de los agujeros de la ropa, los ojos enrojecidos por el contacto irritante del aire, las miradas de reojo, la transpiración, las tácticas de ataque y defensa, las diferencias en el acento, la postura y la respiración, los preparativos para hacer el amor, las precauciones para bañarse en las corrientes de agua que bajan de los escalones superiores, los ruidos y el silencio. Pero hasta donde sabemos son demasiado parecidos a nosotros mismos para que puedan enseñarnos algo. Preferimos detenernos ante los fenómenos nuevos: el loco, por ejemplo.

—En los días siguientes —dice el loco—, las gotas exitosas se evaporarán para formar pequeñas nubes. Muchas tormentas de verano se deberán a sus hábitos sexuales. Producida la fecundación a gran altura, las gotas hembra caerán otra vez a tierra, como una lluvia fina, mientras las gotas macho se dejan llevar por el viento hasta la estratosfera.

La voz del loco tiene los armónicos y el vibrato estudiados de un locutor del Centro. Tal vez lo haya sido antes de caer en este lugar, y la Computadora Central le haya bajado un punto el karma, hasta transformarlo en candidato para cualquier castigo que el azar quisiera imponerle. Las notas más graves retumban a nuestro alrededor, golpean los escalones y saltan con la energía suficiente para llegar al techo.

Gadma nos toca un brazo para que prestemos atención, y señala algo que ocurre junto al relator. Una mujer acaba de ingeniárselas para que el borde de su manta cubra el borde de la manta del loco. Desde su puesto, Sabrasú alcanza a ver cómo la mujer estira un brazo por debajo hasta tocar su presa. Es la señal de que algo importante va a ocurrir. Mentalmente intentamos una apuesta, pero resulta un fracaso: estamos de acuerdo en que no conseguirá robar la manta. Hay demasiados interesados a su alrededor para que se lo permitan.

Dentro del traje de buzo, el loco sigue hablando.

—Las gotas fecundadas se reunirán en charcos, lagunas y ríos con el agua común, y serán arrastradas poco a poco al subsuelo o al mar. Allí comenzarán una nueva travesía, esta vez hacia abajo, hasta alguno de los sitios que la especie eligió hace millones de años para desovar, e iniciarán un nuevo ciclo.

La temperatura es importante. Unos pocos grados más y nadie querría encender un fuego. Estaríamos a oscuras. Sería difícil moverse, atacar, defenderse de atacantes más resistentes que nosotros. En cambio, unos pocos grados menos y cada fuego sería el centro de una batalla; en cuanto alguien encendiera un trozo de leña, estaría rodeado de otros prisioneros, decididos a ganarse un lugar junto a las llamas sin fijarse en el precio. Los carceleros son inteligentes: nos dan motivos para pelear, pero no para que pasemos todo el tiempo peleando; nos someten a torturas continuas, pero no hasta el punto en que nos resignemos a morir. Les interesa que conservemos algo de iniciativa, para destruirnos de un modo más doloroso.

Es lo que ocurre con la mujer y su intento de robo: empieza a tirar de la manta del loco, mientras simula escuchar su relato. Pero un hombre que está a su lado saca un hacha del bolso y le corta el brazo con un golpe preciso y profesional. La sangre brota del interior de las mantas. Los alaridos tapan la voz del loco, que sigue hablando como si no se diera cuenta de nada. Nos alegramos de no haber apostado.

Calibares deja su trabajo de costura y aprieta los puños.

—Hacía falta un poco de acción —dice.

Sabrasú comprende la tensión del momento y acepta que pensemos juntos. Ahora las mantas en disputa son varias. Todo el grupo que rodeaba al loco se ha puesto de pie, y unos luchan contra otros mientras la mujer se arrastra en círculos. Cuatro o cinco personas se enfrentan al del hacha, que salta hacia atrás, pierde pie y rueda escalones abajo. Algunos habitantes de los alrededores se acercan a ver qué ocurre, y parecen dispuestos a hacer un poco de ejercicio. Juntamos nuestras posesiones y nos alejamos varios metros, para observar la batalla con tranquilidad.

En medio del resplandor de los fuegos, los luchadores no parecen mucho más reales que las espadas y las cuerdas que forma el humo a su alrededor. Alguien abraza el cuello de su oponente, y el humo abraza el suyo. Alguien salta sobre un cuerpo caído, y el humo lo acompaña en sus subidas y bajadas. Mientras dos mujeres se sujetan mutuamente por las muñecas y se patean las rodillas, varias cintas de humo se enroscan entre ellas como si quisieran separarlas. El reflejo de un cuchillo se confunde con las chispas que saltan de los fuegos, y todas esas luces intermitentes parecen estrellas contra el fondo de una nebulosa oscura.

La lucha se extiende como si fuera otro fuego. A cada metro que avanza, lo que encuentra en su camino empieza a retorcerse. Al espectador tocado se le enciende la cara, se le sacuden los brazos, y entra en acción como un trozo de leña.

En nuestra posición, escalones arriba, estamos bastante seguros. Es más probable que la batalla crezca hacia abajo, según la ley de gravedad. Y no es que nos neguemos a pelear. Cuando es necesario sacamos nuestras propias armas y atacamos y nos defendemos como cualquiera; mejor, porque nosotros podemos pensar juntos y los demás no, una ventaja que aprendimos a valorar luego de entrar a la prisión. Pero conviene evitar lo que sólo puede dar pérdidas: nuestras pertenencias son más que las del promedio y queremos conservarlas; tanto interés en ellas tal vez se deba a que nos recuerdan épocas mejores, pero además sentimos que perderlas sería perder la esperanza de escapar.

Aunque no luchemos, nos gusta mirar. Cada uno lo hace a su modo: como diría Dindir, así conservamos el nivel de entropía lo más bajo posible. Calibares se agita y sacude los brazos, y necesita nuestro control para no tentarse y salir a dar golpes. Gadma tensa los músculos, pero se queda quieta y solamente los ojos se le mueven de acá para allá. Sabrasú disfruta con la mezcla entre realidad y fantasía, porque le recuerda la época en que la realidad y la fantasía se entretejían de tal modo que ninguna de las dos lo amenazaba, y él se dedicaba a estudiarlas como si fueran lo mismo. No importa que después ambas cosas hayan cambiado de rumbo, complicando todo como si hubieran construido un laberinto de espejos. En cierto modo, esa complicación favoreció a Sabrasú, porque le dio mucha más fantasía y mucha más realidad para estudiar.

La batalla, mientras tanto, se va haciendo difícil. Al principio los luchadores trataban de esquivar los excrementos acumulados desde el último invierno, pero las sucesivas pisadas y caídas los fueron convirtiendo en una película que recubre todo y donde es fácil resbalar. Algunos sacaron palos encendidos de los fuegos para usarlos como armas, y a medida que se apagan la oscuridad aumenta. Otros caen en las corrientes de agua más próximas, y escapan con la ropa mojada para tratar de secarla antes que llegue el invierno.

De pronto hay un cambio. Se produce un claro alrededor del loco, que sigue de pie sobre su piedra, y vemos que la mujer del brazo cortado, el hombre del hacha y la manta del loco han desaparecido. Los demás tienen sus propias mantas bien protegidas, arrolladas en un brazo o atadas alrededor de la cintura, y no queda nada importante por lo cual luchar. Los que trataban de entrar en la batalla ahora tratan de salir. Varios combatientes se alejan doloridos, y no hay nadie que los detenga. Otros continúan sus duelos personales cada vez más dispersos, sobre todo porque no saben cómo separarse. Unos pocos hacen esfuerzos por no dejar de respirar. Los últimos golpes ya no van dirigidos a ganar una manta, ni a herir al adversario. Las rápidas miradas hacia arriba, hacia las nubes que brillan con luz propia lo demuestran. Esos golpes simulan caer sobre los carceleros, sobre los que observan desde el techo.

De este modo la batalla termina por desgaste. El mismo humo se aquieta: intenta un último paso y termina su ballet, inclinándose para el saludo final ante un público que no lo tiene en cuenta. Cuando termine el próximo invierno, gracias a la medicina milagrosa de los carceleros, no quedarán restos de la lucha, ni en el escenario ni en sus protagonistas. Sabrasú se tapa la cara con las manos, como hace cada vez que descubre de qué modo terminan las fantasías, y se vuelve a desconectar. Calibares recuerda su manta y trata de seguir cosiendo, pero las manos le tiemblan: tendrá que esperar un rato. Gadma sigue observando, porque para ella todo tiene interés; sea lo que sea, terminará ocupando una página más en sus carpetas. Los tres, por separado, pensamos lo mismo: hubo un momento, un instante clave en que pudimos evitar todo esto, una última oportunidad que no supimos reconocer. Estábamos atados por el contrato y por nuestra vida en el Centro, pero con un poco de intuición, en ese segundo especial, habríamos hecho lo correcto: dar media vuelta, justo antes de empezar a descender por el pozo de Guirnalda.

La mayoría de los espectadores vuelve a sus puestos alrededor de la piedra, y la voz del loco se oye otra vez con claridad.

—Algo que la ciencia no ha logrado comprender —dice el loco—, es cómo consiguen las gotas vivas pasar inadvertidas luego de caer a tierra. Es imposible diferenciarlas del agua común, y no olviden que se trata de gotas adultas, que están gestando millones de huevos en su interior. Un verdadero misterio.

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El fondo del pozo – 2

El fondo del pozo

2

“La cuerda, si se rompe, se convierte en dos cuerdas. Usted es una cuerda. No resista cuando no puede. Rómpase. Disminuya su tamaño. Es una estrategia: multiplíquese hasta llegar a proporciones subatómicas, y cada vez será más fuerte.”
(Consejero, 75:117:91)

—Qué buena idea —dijo Calibares.

—Tuvo el Centro —siguió Sabrasú.

—Al darnos vacaciones —terminó Gadma.

Esto fue hace mucho tiempo, antes de que nos enviaran a este lugar donde la gente lucha por una manta y el verano dura diez horas. Éramos exploradores del Centro, principiantes pero con un contrato que nos daba derechos y obligaciones, y creíamos en todo lo que nos habían dicho, pero más en lo que queríamos creer. Acabábamos de llegar a Guirnalda, y ahora andábamos á lomo de burro, dando vueltas y vueltas por las laderas de la montaña, asomándonos a los precipicios más famosos del planeta por el solo hecho de tener algo que informar después.

Todavía pensábamos que el pozo no era más que una colección de leyendas. Nadie nos había dicho que pensáramos otra cosa. Por lo tanto, nos asombraba la atención que le prestaban el Centro y la Computadora Central, suficiente para incluir a Guirnalda en el Sorteo y enviarnos a explorar. Tampoco entendíamos por qué nos habían elegido a nosotros: sabíamos lo que se cuenta en las reuniones sobre los auténticos exploradores, y habíamos tenido la experiencia de conocer a D
indir; nos parecía que jamás igualaríamos sus hazañas. Aunque el Centro los eligiera al azar, ese azar debía estar bien dirigido.

Como siempre, cumplíamos las órdenes sin discutir, pero nada nos impedía tener nuestras propias teorías. Y teníamos dos para explicar la situación: o el Centro se había equivocado, o había usado el pozo como excusa para otorgarnos un descanso. Fuera como fuese, razonábamos sobre el tema como razona cualquiera: prestando más atención a las alternativas favorables y olvidando en lo posible las otras. Y así habíamos elegido la mejor de todas, porque la ilusión de tener las primeras vacaciones de nuestras vidas nos ponía contentos. Entonces dejábamos que los burros nos llevaran a su gusto por el camino retorcido de la montaña, mientras cantábamos canciones del Centro e inventábamos nuevas leyendas sobre el pozo, todavía más disparatadas que las viejas. Habíamos comprado algo de equipo, pero no el que íbamos a necesitar. Nos quedaba alimento para una sola comida. Habíamos olvidado las copias del contrato en la nave, y sólo nos importaba una cláusula: la que nos permitía volver sin hacer nada, en caso de que no encontráramos el objetivo de la expedición.

La aldea apareció en un recoveco del camino, cerca de la cima, cuando nos reíamos de una leyenda particularmente ridícula que Sabrasú acababa de contar. No sabíamos que la montaña estaba habitada. Tardamos bastante en descubrir que era una aldea, y no otro montón de rocas. Había ocho o diez casas de piedra que apenas se distinguían del terreno, dos corrales con burros y llamas parecidos en color y textura a sus dueños, un depósito hecho con bloques de hormigón, y un mirador que se inclinaba sobre el abismo de tres mil metros. Era como las otras aldeas de Guirnalda, excepto por la altura a que la habían construido, y por sus habitantes: en vez de la mirada triste y más bien rencorosa de los otros, mostraban los ojos brillantes y sonreían.

Cuando entramos en la aldea los pobladores estaban encerrados en sus casas, salvo uno que parecía de guardia.

—Necesitan buena soga —dijo en cuanto nos vio.

Gadma preparó su cámara y empezó a sacarle fotos.

—Buenas tardes —respondió Calibares—. ¿Usted es de aquí?

—Sí —dijo el poblador, que se había acercado a nosotros—, y tengo la soga ideal para lo que quieren.

—¿Cómo sabe lo que queremos? —dijo Sabrasú.

El poblador ensanchó la sonrisa.

—Un buen chiste —dijo.

Nos pareció simpático, así que bajamos de los burros y lo seguimos hasta que entró a su casa, ubicada junto al depósito. Salió un minuto después, con una llave más grande que su mano, tallada en madera. Caminó hasta el depósito, abrió la puerta con la llave y nos gritó desde adentro que esperáramos.

—Una forma curiosa —dijo Sabrasú.

—De recibir —siguió Gadma.

—A las visitas —terminó Calibares.

Había algo raro en el poblador, más allá de su recibimiento, y más allá de que nuestra información no incluyera a los habitantes de la cima. Pero no sabíamos qué, y de todos modos esa sensación de extrañeza que nos producía no bastaba para inquietarnos. Sumergidos en nuestra seguridad cuidadosamente edificada a lo largo del viaje, sin la ayuda del Consejero y sin una idea precisa de la situación en que estábamos, los tres metimos las manos en los bolsillos, aspiramos hondo y disfrutamos del paisaje de postal que teníamos delante.

El sol de Guirnalda bajaba con rapidez, pero todavía estaba alto. Nos alegramos de haber hecho la mayor parte del trayecto el día anterior, desde la ciudad hasta bien arriba de la montaña; ese día habíamos tenido tiempo de desayunar, almorzar, detenernos para que Gadma sacara sus fotos, y así y todo estábamos en la cima a una hora ideal, con un largo rato por delante para apreciar el panorama.

El suelo de Guirnalda es un cuadriculado de sembradíos, de modo que ahora nos parecía un tablero. Algo lógico, porque creíamos estar jugando. A la derecha, medio oculta por una roca, estaba la ciudad en la que habíamos descendido. Tiene el mayor puerto de Guirnalda, compuesto por un edificio chato y angosto, y una plataforma de tierra apisonada y un almacén de ramos generales donde habíamos comprado nuestro escaso equipo. Gadma desistió de fotografiarla, porque ya lo había hecho centenares de veces desde todos los puntos de la montaña, y empezaba a parecerle una escena repetida. En cambio, fotografió las piedras, el mirador, un burro con Sabrasú detrás, a Calibares con dos burros detrás, la cima de la montaña a pocos metros por arriba nuestro, el cielo y las nubes que pasaban por debajo.

En Guirnalda se cuenta que los dioses construyeron la montaña sólo para tener dónde instalar el pozo, porque no se atrevían a invadir el reino subterráneo de otros dioses, tal vez más poderosos. También hay quien dice que al principio la montaña no existía, y el pozo empezaba al nivel de la llanura; pero los dioses del subsuelo, molestos por ese agujero que atravesaba sus dominios, lo extirparon con montaña y todo, como quien extirpa un tumor.

A nosotros se nos había ocurrido una alternativa, inspirados por la cerveza amarga de a bordo, durante las horas interminables del viaje por el espacio:

—Al principio existía el pozo —empezó Gadma.

—Sostenido en el aire por el esfuerzo de los dioses —siguió Calibares.

—Un vacío dentro de otro —dijo Sabrasú.

—Luego de un tiempo, los dioses se cansaron —Gadma.

—Y construyeron la montaña a su alrededor —Calibares.

—Para que hiciera el trabajo por ellos —Sabrasú.

Pero lo que más nos divertía era pensar en dos grupos de dioses, unos aéreos y otros subterráneos, empujando y empujando para quitar espacio a sus adversarios, retorciendo y abollando la superficie que los separaba. Los aéreos acreditarían una victoria en cada valle y cada túnel, mientras que los subterráneos ganarían batallas con montañas y erupciones. En ese caso, el destino de nuestra expedición era un ejemplo de empate: los dioses subterráneos habían conseguido elevar la montaña más alta y más perfecta de Guirnalda, pero los dioses aéreos la habían perforado de arriba abajo con el pozo más profundo y más notable del universo.

En un terreno diferente del de las leyendas, y tal vez a causa de ellas, en todas partes de la galaxia hay gente que quiere conocer Guirnalda. Sin embargo, no existen empresas de turismo que organicen excursiones a la montaña, ni hoteles colgados de las laderas. Los visitantes, que son pocos porque Guirnalda está apartado de las rutas y los viajes espaciales resultan demasiado caros, se conforman con que los trasladen a algunos de los lujosos albergues construidos en torno a la montaña, a dos o tres kilómetros de la base, y con pasar una semana o dos meses en ese paraíso artificial diseñado para ellos. Según el informe que nos había dado el Centro, del que obtuvimos nuestros conocimientos sobre Guirnalda, esto se debe a que los turistas prefieren evitar el peligro, y la cima de la montaña es un lugar poco confortable, suspendida sobre laderas verticales y golpeada por los vientos más fuertes del planeta. Pero nosotros habíamos encontrado una senda fácil que llevaba hacia arriba, y ahora, casi en la cima, no sentíamos ni una señal de los vientos anunciados, de modo que a cada minuto que pasaba más nos convencíamos de que ahí no había nada extraordinario. Lo más probable, pensábamos, era que los peligros fueran un invento de los guirnaldeses, que los usaban para proteger su principal secreto: la inexistencia del pozo, la falsedad de las leyendas y, por lo tanto, la falta de atractivos de su planeta, salvo algunos paisajes de ésos que siempre salen mejor en las postales.

No sólo el viento estaba ausente sin aviso. Según las leyendas, se suponía que debíamos notar la presencia de poderes ocultos, de dioses terribles, capaces de sacudir el universo con un estornudo, sin que importara a qué mitología pertenecían. Pero no había nada, excepto el ruido del aldeano que revolvía algo en el depósito, la aldea acurrucada entre las piedras y la mirada tonta de los burros de Guirnalda, cuya única habilidad, diseñada por ingenieros genéticos, es la de soportar una atmósfera con poco oxígeno. Si los dioses existían, debían estar muy lejos.

—La verdad —pensamos— es que los dioses no parecen necesarios.

En ese momento recibimos la primera sorpresa importante. Tal vez nuestra herejía había ofendido a algún habitante de las leyendas, porque oímos un trueno que nos hizo vibrar todo el cuerpo. El susto nos desconectó. Los burros perdieron la calma para la que estaban adiestrados y se pusieron a dar saltos, arrojando partes de nuestro equipo por los cuatro costados. No había nubes de tormenta, ni en el cielo ni entre nosotros y los sembradíos de abajo.

—Calibares avisó —dijo Calibares—. Debimos subir en helicóptero.

—En Guirnalda no hay helicópteros que puedan llegar tan alto —contestó Sabrasú.

—De todos modos ya es tarde —dijo Gadma, tironeando de los burros.

Gadma era especialista en hacer que los burros le obedecieran, probablemente porque les gustaba su voz de contralto. Pero ahora le llevó un par de minutos conseguir que se quedaran quietos, y justo entonces el segundo trueno terminó de agotar su paciencia: fue tan fuerte como el primero, y tuvo el mismo efecto sobre los burros.

—Basta —gritó—. Esto no figura en el contrato.

—¿Qué cosa? —preguntó Sabrasú, desorientado por nuestra desconexión—. ¿Los truenos?

—No —dijo Gadma—, los burros. Que haya que calmarlos a cada ruido que oyen.

—Tal vez es por esto que no hay helicópteros —supuso Calibares—. La Sociedad Protectora de Animales de Guirnalda…

—¿Tan segura está Gadma de que no figura en el contrato? —dijo Sabrasú—. El Centro no suele olvidar ningún detalle.

—Gadma no vio nada sobre burros —dijo Gadma.

—Pero hay una cláusula que se puede aplicar —dijo Sabrasú—. Escuchen —empezó a recitar—: “Los firmantes se comprometen a cumplir la Ordenanza General Sobre Animales de Paseo, de Carga y de Tiro.”

—¿Y qué dice esa Ordenanza? —preguntó Gadma, mientras sujetaba las riendas de un burro que quería saltar al abismo.

Sabrasú se rascó atrás de una oreja, haciendo memoria.

—En los territorios no pertenecientes al Centro —dijo después—, le da prioridad a la reglamentación local.

—Gadma no conoce la reglamentación local —protestó Gadma.

—Preguntemos a los pobladores —propuso Calibares.

Los pobladores no tenían ganas de ayudar. Seguían encerrados en sus casas y ni siquiera se asomaron. No había otro remedio que seguir luchando con los animales, aunque no supiéramos si teníamos la obligación de hacerlo. Sabrasú no era muy hábil con los burros, así que se dedicó a juntar los bultos desparramados. Calibares gritó tanto como Gadma, pero su voz aguda tenía el privilegio de poner a los burros mas nerviosos de lo que estaban.

Cuando la situación quedó bajo control, el vendedor salió del depósito arrastrando un rollo gigantesco de soga gruesa y, por lo que podíamos ver, bien construida.

—¿Qué fueron esos truenos? —preguntamos los tres al unísono.

El hombre hizo un gesto de indiferencia.

—El pozo —dijo—. Le gusta llamar la atención.

—¿El pozo? —dijo Calibares, poco convencido.

No hubo tiempo para hacer más comentarios. El poblador había dejado la soga frente a nosotros, y se dedicaba a exaltar sus virtudes. Tenía algo en la voz, en su modo de hablar, en los gestos que hacía, tan convincente que no podíamos cambiar de tema.

—Muy barata —terminó—, no pierdan la oportunidad. De pronto conseguimos conectarnos otra vez. Pensando juntos nos era más fácil contrarrestar las habilidades de vendedor del aldeano.

—Todavía no sabemos —observó Calibares.

—Si la vamos a necesitar —siguió Gadma.

—Así que no compraremos —terminó Sabrasú.

El poblador nos miró intrigado, y luego volvió a sonreír. Pensamos que debía quedarle todavía otro argumento de venta. La sonrisa se convirtió en una carcajada Un argumento muy bueno, nos dijimos. Cuando dejó de reírse levantó un brazo y señaló hacia el otro lado del depósito.

—Si quieren saber —dijo—, vean allá.

Dimos la vuelta al edificio, y ahí estaba la boca del pozo. A primera vista no era nada impresionante, pero bastó para quitarnos el buen humor que conservábamos a pesar de los burros. Estaba en lo que parecía el patio trasero de la aldea, tenía unos diez metros de diámetro y la habían rodeado con una valla para que los chicos y los animales no se cayeran. De adentro venía un aire caliente, con ese olor un poco metálico que sale de algunas estufas.

En cuanto la vimos, lo primero que se nos ocurrió fue retroceder.

—No se asusten —dijo el aldeano, amenazando con otra carcajada—. Hay truenos muy de vez en cuando. Gadma apuntó su cámara y sacó varias fotos en cualquier dirección antes de poder enfocar el pozo. Las manos le temblaban, y terminó sentándose en una piedra, con la excusa de que se le había acabado la película y tenía que cambiarla. Sabrasú se puso a hablar sobre la costumbre que tiene la realidad de no parecerse a las leyendas, y sin embargo darles vida a cada momento. Finalmente, Calibares se acercó al borde, apoyó una mano en la valla y se inclinó hacia adelante para mirar dentro del pozo.

—No se ve nada —dijo—. Habrá que bajar.

—Habrá que bajar —repitió Gadma, todavía luchando por abrir su cámara.

—Lo dice el contrato —aseguró Sabrasú.

Así nos despedimos de las vacaciones que habíamos imaginado, del merecido descanso en el ambiente agrícola de Guirnalda, de la ilusión de tener un buen karma que nos cambiara las esperanzas. Como dice el Consejero, a las esperanzas hay que desabrigarlas para cubrirse uno mismo; y las sogas se deben romper cuando es necesario.

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El fondo del pozo – 3

El fondo del pozo

3

“Todo se mueve. Si usted se queda quieto, verá pasar su propio cadáver. Elija. Seguir la corriente no es lo mismo que dejarse llevar.”
(Consejero, 0:23:57)

Con más experiencia hubiéramos tenido otra actitud, pero era nuestra primera expedición, y había que aprender sobre la marcha. Hasta entonces habíamos llevado una vida tranquila de empleados administrativos, copiando números a mano porque las computadoras estaban ocupadas en otra cosa, barriendo pisos porque el personal de maestranza no tenía tiempo, manejando planillas según procedimientos establecidos siglos atrás, sin conocer su sentido ni importancia. Algo muy diferente de lo que enfrentábamos ahora, con otra clase de riesgos y otra clase de respuestas posibles.

En aquella época ingenua lo único que pedíamos era que todo siguiera igual. La mayor parte del tiempo la oficina era un lugar suficiente para contenernos, un rincón protegido para que Sabrasú edificara sus teorías, Calibares planeara excursiones que nunca llevaría a cabo, y Gadma registrara todo en su memoria de papel. Consultábamos cada día al Consejero, meditábamos sobre sus recomendaciones, y volvíamos a zambullirnos en la marea de formularios a medio llenar.

Cuando la oficina no bastaba salíamos a los pasillos del edificio, un universo tan grande como lo que se puede esperar de cualquier universo, a reunirnos con habitantes de otros rincones iguales al nuestro. Todos aparecíamos con un paquete de planillas bajo el brazo y la cabeza llena de ideas. Nos encontrábamos por casualidad en un salón del Centro o en un bar del Centro y discutíamos sobre el azar y la Computadora Central, sobre nuestros trabajos y sobre los trabajos desconocidos que estarían haciendo otras personas en otras sucursales del Centro. Esas discusiones eran tan capaces de ponernos a prueba como la más audaz de las expediciones que diseñaba Calibares y que jamás llevábamos a la práctica, o por lo menos eso creíamos. Cuando surgía una teoría realmente nueva sobre el funcionamiento del Centro, que se oponía a todas las conocidas, el revuelo sacudía hasta los cimientos del edificio, y salíamos disparados en todas las direcciones a buscar pruebas para confirmarla o refutarla. Nunca encontrábamos nada definitivo, porque el Centro sabe guardar sus secretos, pero el simple deporte de buscar era suficiente. No nos preocupaba si la nueva teoría seguía el camino de las viejas, perdiendo brillo y consistencia con el paso de los días, hasta que otra teoría venía a reemplazarla, del mismo modo en que no nos preocupaba dejar de lado cada proyecto de Calibares. Era parte de las reglas del juego, y en esa época, antes de convertirnos en exploradores, mucho antes de caer en este lugar donde un loco se pone a hablar de las gotas vivas, creíamos que ese juego era el único posible.

No sabíamos para qué servía nuestro trabajo, pero si lo hacíamos estaba claro que el Centro lo necesitaba. El Centro no suele dar explicaciones. Es inútil buscar un sentido a las pequeñas acciones, los deberes cotidianos; en el organismo del Centro cualquier agente es una enzima ciega que sólo sabe catalizar la conversión de algo en otro algo apenas distinto, sin enterarse jamás de que esa transformación tenga consecuencias. Como dice el Consejero, 9:44:85: “El tamaño es el mensaje. Lo pequeño habla de cosas pequeñas. Lo grande de cosas grandes. Mídase. Los centímetros que cuente en su cuerpo son lo que usted comunicará durante toda su vida.” Pero confiábamos en que nuestro papel ayudaba al Centro a mover las estrellas y los planetas. En todo caso, ahora, en Guirnalda, no estábamos mejor, porque tampoco comprendíamos la utilidad de sumergirnos en el pozo, y sin embargo íbamos a hacerlo.

Por encima de todo, en la oficina nos sentíamos seguros. Teníamos techo, nos daban de comer, había lugar para nuestros pensamientos de enzima. Y de pronto nos había llegado una orden para presentarnos en el puerto más próximo. Ese día, por primera vez en muchos años, dejarnos el trabajo sin terminar, cambiamos la rutina establecida, salimos del edificio aunque era lunes y subimos al tren que lleva al puerto haciendo cálculos e hipótesis distintas de las que nos habían ocupado hasta entonces. Conociendo algo del Centro como creíamos conocer, lo más liviano que debíamos esperar era un traslado imprevisto. Quedaba por saber qué clase de traslado, y si se debía a un alza de nuestro karma o a una baja. Por de pronto, y como medida de precaución, supusimos lo peor. Si las mutaciones biológicas son casi siempre desfavorables, es muy probable que una mutación en el Centro resulte fatal.

—La culpa es de Sabrasú —dijo Gadma en el tren—, que anda siempre haciendo preguntas, buscando explicaciones, como si el Centro tuviera que justificarse, o una hormiga reclamara el derecho de cuestionar al hormiguero.

—No —dijo Sabrasú—. La culpa es de Calibares, que pasa el tiempo pensando en pasillos que no le pertenecen, metiendo la nariz en los rincones, planeando excursiones a lugares a los que nadie lo invitó.

—No —dijo Calibares—, la culpa es de Gadma, que no sabe hacer nada mejor que poner por escrito nuestros pensamientos y nuestros descubrimientos, para que nada se pierda, sin darse cuenta de que todo se transforma y sus papeles nos pueden comprometer.

En realidad, la culpa podía ser de Dindir, que también se las había ingeniado para apartarnos de la rutina, entrando en nuestro mundo como un elefante enloquecido y saliendo de nuevo sin dejarnos siquiera la posibilidad de descubrir qué se había roto. O tal vez no hubiera culpa, sino un fluir de acontecimientos que no sólo no podíamos prever sino que pertenecían a un nivel de existencia inalcanzable para nosotros.

Así llegamos al puerto, sin ponernos de acuerdo, y una vez allí nuestra comprensión de lo que ocurría no mejoró. En cuanto nos vieron llegar, nos hicieron firmar el contrato sin darnos tiempo para leerlo, nos metieron en la nave y nos lanzaron a un universo desconocido, mayor y al mismo tiempo más pobre que el otro.

Sabíamos que ése es uno de los métodos favoritos del Centro, si se puede hablar de métodos, pero no habíamos imaginado que nos pudiera tocar a nosotros. Durante los primeros días a bordo sólo fuimos capaces de mirarnos las caras y rogar para que la broma terminara pronto. Ni siquiera pudimos consultar al Consejero, porque en el apuro lo habíamos olvidado: un error grave, que nos privaba del apoyo más importante.

Mientras tanto, la nave seguía su curso a toda velocidad. No podíamos influir en ella, porque estaba programada de antemano, y en todo caso no hubiéramos sabido cómo hacerlo. Era nuestro primer viaje fuera de Varanira. Más todavía, era la primera vez que veíamos una nave espacial. Nos amontonábamos ante la consola de mando, donde se encendían y se apagaban luces pequeñas y alarmantes, oíamos los suspiros y los crujidos que cada tanto delataban el funcionamiento de la maquinaria, mirábamos las estrellas en la superficie de la pantalla y las estrellas no nos decían nada.

Después empezamos a leer y releer el contrato, lleno de cosas nuevas y sorprendentes, y a revisar la biblioteca de la nave, de donde surgían datos que nunca habíamos soñado. Y así fuimos descubriendo que el Centro nos había cambiado de categoría. Éramos auténticos exploradores, incluidos en el Sorteo, y un planeta llamado Guirnalda con un pozo lleno de leyendas nos esperaba al final del viaje.

—Lo que no dicen en ninguna parte —observó Sabrasú—, es si se trata de un premio o de un castigo.

—Para el Centro ambas cosas pueden ser lo mismo —dijo Gadma.

—Entonces pensemos que es un premio —dijo Calibares.

A partir de ese momento la travesía se dividió en dos etapas: durante la primera pasamos el tiempo estudiando el material de la biblioteca, aprendiendo de memoria las leyendas sobre el pozo de Guirnalda y nuestros nuevos deberes; durante la segunda terminamos de convencernos de que habíamos tenido suerte, de que una situación tan absurda no podía responder sólo a lo que decían los pápeles. Y así habíamos llegado a Guirnalda creyendo que el Centro nos había favorecido graciosamente, como si eso pudiera ocurrir alguna vez. Tras un aterrizaje automático y perfecto, habíamos comprado el equipo más inadecuado que existía: ropa de verano, anteojos de sol, crema para las manos; y habíamos pasado los mejores momentos que podíamos recordar, hasta que el mismo pozo nos hizo ver quién se había equivocado en realidad. Nuestra única excusa era que no teníamos al Consejero para que nos ayudara a ver mejor.

Ahora estábamos junto a la boca del pozo, y teníamos que poner en práctica nuestra supuesta habilidad de exploradores.

—Pero es un pozo como cualquier otro -dijo Calibares, alejándose de la valla—. Tal vez lo exploremos en un par de horas.

Sabrasú puso una mano sobre el hombro del poblador.

—¿A cuánto dijo, la soga?

Volvimos a la puerta del depósito, decididos a comprar el equipo necesario, y esperando que los pobladores nos asesoraran. Pero no tuvimos que decir nada, porque estaban ansiosos por vender. Además, daba la impresión de que se turnaban, porque en cuanto pagamos la soga y el vendedor se encerró en su casa, salió una mujer con otra llave de madera y un cuenco en la mano.

—Prueben —dijo, acercándonos el cuenco.

—Buenas tardes —dijo Calibares, que a pesar de todo no dejaba de saludar—. ¿Qué es?

—Mi especialidad —dijo la mujer—. Prueben.

El cuenco estaba lleno de un líquido gomoso, parecido a la savia. Al ver que dudábamos, la mujer se lo llevó a la boca y tragó una parte del líquido. Primero vimos dos dientes amarillos, y luego una lengua roja que lamía los labios con placer.

Calibares era nuestro guía y tenía que mostrarse decidido, así que antes de pensarlo dos veces agarró el cuenco y probó su contenido.

—Muy bueno —dijo después, poniendo una cara a la que había que creerle.

—Cinco tragos por día bastan —dijo la mujer—. Lo más liviano en alimentos —volvió a mostrar sus dientes amarillos—. Diez kilos les alcanzarán para treinta días, y los van a necesitar. Muy barato, además.

La amenaza de pasar un mes dentro del pozo no nos gustó, pero la mujer tenía la misma habilidad del hombre para convencernos, y compramos. La mujer trajo del depósito un par de odres, cada uno con cinco kilos del líquido, y se fue corriendo con el dinero. Apareció un chico, sin llave, con la cara sucia y los ojos entrecerrados, como si hubiera estado mucho tiempo en la oscuridad.

—Tengo el plano —dijo.

—Buenas tardes —dijo Calibares, mientras Gadma se empezaba a reír—. ¿El plano de qué?

—Del pozo —el chico estaba sorprendido de nuestra ignorancia—. ¿De qué otra cosa se puede tener un plano?

Gadma había cambiado la película de su cámara, y estaba otra vez sacando fotos. Sabrasú se inclinó junto al chico y le pidió que nos mostrara su plano.

—Lo tengo que dibujar —dijo el chico—. Le vendí el último ejemplar a la expedición de ayer.

Nos miramos.

—No sabíamos —dijo Sabrasú.

—Que ayer hubo otra expedición —siguió Gadma.

—¿De dónde venía? —preguntó Calibares.

—Todos los días hay expediciones —dijo el chico—. A veces tres juntas. Yo qué sé de dónde vienen —hizo una pausa para pensar—. Supongo que del Centro.

La información era importante, seguramente más de lo que el chico podía imaginar. Sabíamos, por Dindir y por relatos dispersos que nos habían ido llegando, que el Centro jamás envía dos expediciones al mismo lugar. De algún modo, las distintas sucursales parecen ponerse de acuerdo para no encimar sus regiones de influencia: sin duda, es una tarea de la Computadora Central, aunque Dindir preferiría hablar de la ley del mínimo esfuerzo, y hacer algún paralelo con la biología. Tal vez el chico estaba equivocado. Si no, debía haber algo en el pozo que justificara ese interés extraordinario. En todo caso, nos sentíamos un poco molestos por la noticia.

—El Centro —dijo Gadma.

—Debió informarnos —siguió Calibares.

—Que no somos los únicos —terminó Sabrasú.

—¿Y ustedes por qué hablan así? —dijo el chico.

No era momento para ponernos a explicarle. Finalmente, fue Calibares quien nos sacó del dilema, con un pensamiento suyo, no compartido por los tres.

—Está bien —dijo—. Tampoco sabíamos que la montaña estuviera habitada —alzó los hombros—. Si el Centro no lo puso en el contrato ni en la biblioteca es porque no debía ponerlo. Ya veremos a qué se debe todo esto.

—Bien dicho —aseguró el chico, alzando los hombros como Calibares—. Y por lo que veo, no siempre hablan así.

Hacía un rato que Gadma había dejado de reírse.

—¿Dónde está la expedición de ayer? —le preguntó al chico.

El chico volvió a alzar los hombros.

—Ahí abajo, me imagino. Donde están todas.

—¿En el pozo? —preguntó Sabrasú.

Antes que el chico pudiera contestar se oyó un silbido que venía de las casas.

—Esperen un segundo —dijo el chico, y se metió corriendo en una construcción pequeña y sin ventanas. Nos llegó el ruido de un golpe y un grito. Después el chico volvió a salir, agarrándose la cabeza con las manos. Había cambiado de actitud. Cuando llegó donde estábamos nosotros parecía a punto de llorar—. ¿Quieren el plano o no? —dijo.

—Primero queremos que contestes nuestras preguntas —insistimos.

—Lo único que sé es vender planos —dijo el chico—. ¿Me voy, o piensan comprar?

—Compramos —aceptó Calibares en nuestro nombre.

El chico levantó una ramita del suelo y nos la mostró.

—Con esto puedo dibujar en la tierra —dijo—. Pero ustedes tienen que pagar primero.

Un rato más tarde nos habían convencido de dejar los burros en el interior de un corral, y teníamos cantimploras compradas a los pobladores, una linterna comprada a los pobladores, y un hueso muy raro en forma de X, enhebrado con cuentas de colores en un collar que Gadma se colgó del cuello, comprado a los pobladores con la promesa de que lo íbamos a usar en el momento menos pensado. El plano había sido el único gasto inútil, porque no habíamos entendido nada, y el chico había desaparecido de la vista antes de que pudiéramos pedirle más explicaciones. El collar, por lo menos, le gustaba a Gadma.

Cuando terminaron de vendernos todo lo que quisieron, salieron uno tras otro de sus casas y se reunieron alrededor de la boca del pozo. Tuvimos la impresión, al verlos juntos por primera vez, de que habíamos sido víctimas de un operativo comercial planeado cuidadosamente. Algunos todavía estaban contando el dinero que habíamos pagado por sus artículos.

—Menos mal que el Centro cubre los gastos —dijimos.

En realidad, aunque nuestro nuevo equipo iba a servirnos, no era lo que habíamos imaginado. Ante la posibilidad de un descenso largo y difícil nuestra fantasía galopaba, y nos hubiera gustado tener mochilas autopropulsadas, cinturones antigravitatorios, cabinas inflables, computadoras, radar, cascos de entretenimiento, trajes monomoleculares, y un montón de otros artefactos que no sabíamos si existían o no, pero que seguramente resultarían útiles. De todos modos no podíamos quejarnos, porque las condiciones de nuestro trabajo anterior habían sido las mismas: rodeados por la tecnología más moderna, estábamos condenados a usar elementos prehistóricos. Y la costumbre nos había hecho creer en la justificación del Centro para ese estado de cosas: cuanto más complejo es el instrumental que se usa, más componentes pueden fallar: un lápiz es más confiable que una máquina de escribir electrónica.

Junto al pozo, las madres trataban de alejar a sus hijos de la valla, mientras los hombres nos miraban y un par de viejas hacían gestos complicados con las manos, que debían tener algún significado religioso, como todo acto incomprensible de una cultura primitiva. Todos llevaban puesta la misma sonrisa, hasta los chicos, como si los hubieran entrenado en algún curso de ventas.

Era evidente que esperaban que empezáramos ya mismo a descender por el pozo. Nos acercamos a un viejo con cara de sabio y una cicatriz en la frente.

—Bajaremos mañana al amanecer —le dijimos—. ¿Dónde podemos pasar la noche?

El viejo sacudió la cabeza y movió las manos en un gesto de pesadumbre.

—Lo lamento —dijo—, pero no podemos hospedarlos. Deberán partir ahora mismo, antes que oscurezca.

—No tenemos por qué apurarnos —contestamos—. Preferimos dormir entre las rocas, si es necesario, con tal de empezar la tarea bien descansados.

—Encontrarán mejores comodidades en el pozo —dijo el viejo. Al ver nuestras caras de asombro, agregó: —Hay lugares ideales para dormir, protegidos de las inclemencias del tiempo.

Nos tocó a nosotros sacudir la cabeza.

—Mañana —insistimos.

El viejo con cara de sabio nos miró uno por uno, y no pudimos dar media vuelta para juntar nuestras cosas y ver dónde pasaríamos el resto de la tarde. Con su mirada y su sonrisa a medias, le bastaba para obligarnos a escucharlo un poco más.

—Un momento para cada cosa, y cada cosa en su momento —dijo—. Si hay algo que todos debemos respetar, es la correspondencia precisa entre el transcurso del tiempo y el transcurso de nuestras acciones —dejó de sonreír y miró hacia el pozo—. El pozo está abierto, dispuesto a recibirlos. Nos ha dado señales, y pronto llegará la señal decisiva. Ustedes mismos la presenciarán. No osen desafiar al orden universal ni al espíritu del pozo rechazando su invitación.

Nos quedamos unos segundos en silencio. El viejo volvió a mirarnos, y el pozo seguía eructando su olor metálico y caliente.

—Hay algo parecido en el Consejero —dijo luego Sabrasú—. 29:18:43: “Un reloj bien ajustado está en armonía con el universo. Se mueve al compás del equilibrio cósmico. No actúa de más ni de menos. Sea un reloj bien ajustado. Actúe en el momento exacto. Ni antes, ni después.”

Silencio, otra vez. La acción correcta en ese momento preciso hubiera sido dar media vuelta, correr montaña abajo, atravesar los sembradíos hasta la ciudad, aprender el modo de poner en marcha la nave y escapar de Guirnalda para siempre. Pero no podíamos saberlo. El Consejero no lo prohibía, pero, como siempre, se podía interpretar de distintos modos. Y el viejo de la cicatriz en la frente nos tenía bajo su control.

Juntamos nuestros bultos y los arrastramos hasta la valla.

—Lo mejor es que se vayan de a uno —dijo el viejo—. El primero se ata a la soga y…

—Y los demás lo bajan de a poco —siguió Calibares, que parecía ofendido por la repentina intromisión del viejo en su papel de guía—. Después se recupera la soga, y le toca a otro.

El viejo movía la cabeza de arriba abajo, sin dejar de sonreír. La cicatriz se le puso roja. Pero la tensión de un momento antes había desaparecido: ahora teníamos una tarea precisa por delante, y todo lo que importaba era dar los pasos necesarios para llevarla a cabo.

—Los bultos van al final —agregó el viejo, y esta vez Calibares optó por ignorarlo—. Luego soltamos la soga, para que puedan usarla de nuevo.

Calibares dijo algo que nadie llegó a oír, y ató una punta de la soga a la valla.

—Como guía —dijo, pronunciando con cuidado la palabra “guía” y señalándose a sí mismo—, el primero será Calibares.

Armó una especie de arnés con la otra punta de la soga, según la técnica aprendida en la biblioteca de la nave, se lo calzó alrededor de los hombros y la cintura, y se asomó al borde.

—Cuando llegue —dijo—. Calibares les avisa con un grito.

Gadma no tenía apuro, y Sabrasú tampoco, así que no dijimos nada. Nos pusimos los guantes que también habíamos comprado a los pobladores, agarramos la soga y nos preparamos para descolgar a Calibares.

—No, todavía no —gritó una de las viejas que habían estado haciendo gestos.

—Escuchen —dijo el viejo de la cicatriz—. La señal anunciada.

Nos quedamos todos quietos, los aldeanos también, y prestamos atención. Se oía la brisa entre las rocas, y a nuestros burros que no conseguían habituarse al corral. . Gadma estaba tensa, esperando otro trueno. Sabrasú, que de golpe tenía cara de estar muy preocupado, abrió la boca para decir algo, pero el viejo de la cicatriz le pidió silencio. Pensábamos juntos, pero lo que preocupaba a Sabrasú no pertenecía a nuestro pensamiento común: debía depender de su memoria personal, o tal vez fuera algo que los otros dos rechazábamos en algún nivel por debajo de la conciencia.

Nuestro pensamiento común estaba ocupado en otra cosa. De pronto comprendimos qué era ese elemento extraño que habíamos encontrado en el poblador que nos vendió la soga, y que luego habíamos visto repetido una y otra vez en el resto, incluidos el chico del plano y el viejo de la cicatriz. Era algo que estaba aparte de su capacidad como vendedores, e incluso del control que el viejo parecía ejercer sobre nosotros. Se trataba de una contradicción, que nuestros nuevos conocimientos, adquiridos en la biblioteca de la nave, nos permitían detectar. Por un lado, los aldeanos daban la impresión de estar aislados de toda cultura que no fuera la suya; sus productos tenían un sello distintivo, algo que los diferenciaba de otros productos, incluso los que provenían de otras aldeas de Guirnalda; sus caras, sus cuerpos y sus ropas también eran característicos: rostros de piedra y madera, brazos macizos, polleras largas de cuerda trenzada. No se habían mezclado ni siquiera con sus vecinos más próximos, desde hacía mucho tiempo. Y sin embargo, por otro lado, hablaban el Idioma sin ningún acento, sin deformaciones. O, mejor dicho, con el acento y las deformaciones propias de Varanira, nuestro propio planeta. El Idioma, gracias al Centro, es de uso corriente en todos los mundos conocidos, o por lo menos eso se suele creer. Pero cada pueblo, cada rama de cada pueblo, le da su toque particular, su pronunciación, sus palabras especiales. Que los aldeanos hablaran exactamente igual que nosotros era una casualidad inconcebible hasta para las normas del Centro, o el indicio de alguna otra cosa, tal vez igualmente inconcebible.

Tratábamos de pensar una explicación razonable, con poca colaboración de Sabrasú, que seguía preocupado por sus propias razones, cuando empezaron a sonar los violines: la señal prevista por el viejo.

Aparentemente estaban en algún lugar del pozo, tal vez a miles de metros de profundidad, y tocaban una música solemne, excepto por algún acorde grotesco que de vez en cuando jugaba entre las notas. La brisa dejó de soplar, y los burros de dar coces. Los violines eran lo único que se oía, y fueron ganando nitidez hasta que nos pareció que estábamos en la pantalla de un cine: el único lugar donde la música reemplaza a los ruidos habituales. El paisaje inmóvil, la boca del pozo abierta en medio de la escena, la ronda de aldeanos, todo tomó un color rojizo. La situación hubiera sido más lógica si en vez de estar dentro del cuadro nos hubiéramos encontrado de pronto en las butacas de alguna platea guirnaldesa.

Esto no figuraba entre las leyendas que conocíamos. Los pobladores habían cerrado los ojos, y se balanceaban al compás de la música. La tentación de imitarlos se hizo cada vez más fuerte, pero nos resistimos: había algo indigno en que un grupo expedicionario del Centro, por poca que fuera su experiencia, se balanceara al compás de unos violines en la cima de la montaña mas famosa de Guirnalda.

Un rato después los violines empezaron a alejarse, como si alguien moviese el control del volumen, y a los dos minutos ya era imposible oírlos. Las cosas recobraron su color normal, y la ilusión terminó. No había ningún cine, ni plateas, ni pantalla, ni empleados esperando el intervalo para vender golosinas. Aspiramos hondo, mientras el viento empezaba a soplar, más suave que en las leyendas pero más fuerte que la brisa anterior. Los burros tardarían un poco más en salir del hechizo.

Los pobladores abrieron los ojos y aplaudieron.

—El pozo les da la bienvenida —explicó el viejo de la cicatriz, inclinando la cabeza—. Ahora pueden continuar. El espectáculo nos había sorprendido, pero podía haber sido de mejor calidad. Los pobladores también debían tener su tecnología escondida, y se complacían en engañar a los visitantes simulando fenómenos mágicos. Nos imaginamos al sonidista y al iluminador escondidos en alguna de las casas de ventanas cerradas, los parlantes ocultos dentro del pozo, las luces disimuladas entre las piedras. En el Centro habíamos visto audiovisuales parecidos. Seguramente los pobladores querían justificar los precios altos de sus productos dando algún servicio adicional.

Lo que habían conseguido, en realidad, era tranquilizarnos. Se nos ocurrió que el aparente aislamiento de su cultura era una pantalla, un disfraz de los que se suelen usar para atraer a los turistas. En ese caso era más comprensible que hablaran el Idioma, y en una versión similar a la nuestra. Quedaban algunos detalles por justificar, pero la explicación nos bastaba por el momento. Tal vez, si hubiéramos profundizado un poco más, nos hubiésemos dado cuenta del error. Es probable que aún entonces nos quedara una última oportunidad para escapar.

Empezamos a movernos, pero Sabrasú se quedó donde estaba, rascándose atrás de una oreja. Nuestra preocupación conjunta había desaparecido, pero todavía quedaba la suya, la privada, que no conocíamos. Lo miramos para que nos dijera qué le pasaba. Los aldeanos también lo miraron.

—Sabrasú tiene una pregunta —dijo al final—, y no sabe la respuesta —se rascó un poco más—. La soga nos permitirá descender, pero ¿cómo vamos a subir otra vez?

Los pobladores sonrieron y se aflojaron, como si algo los hubiese aliviado.

—Más abajo encontrarán otras salidas —dijo una mujer.

—Es cierto —dijo el viejo de la cicatriz—. No necesitarán subir.

Pero Sabrasú no estaba conforme.

—Lo que piensa Sabrasú —dijo— es por qué no entramos al pozo más abajo, si hay otras entradas. Por qué debimos venir hasta la cima.

—Lo dice el contrato —aseguró un chico, que no era el del plano.

—Sí, pero… —empezó Sabrasú, y se detuvo—. ¿Cómo lo saben?

Los aldeanos se movieron inquietos, y algunos tosieron. El viejo de la cicatriz miró enojado al chico que había hablado. Luego se dirigió a nosotros y volvió a sonreír.

—Ustedes son muy desconfiados —dijo—. Todos los contratos dicen lo mismo. El de ustedes no puede ser una excepción.

—Tiene razón —dijo Calibares, moviendo la cabeza de arriba abajo—. Todos los contratos se parecen en algo.

—Y además debemos obedecer al nuestro —intervino Gadma—, aunque no nos guste.

El viejo aplaudió.

—Una sabia reflexión —dijo.

Sabrasú dejó de rascarse, sonrió, y los tres, plenamente conectados, nos palmeamos mutuamente los hombros.

—No ganamos nada —nos dijimos a nosotros mismos— cuestionando lo que el Centro sabe hacer mejor que nosotros.

—Bien dicho —confirmó el viejo con cara de sabio.

—Sin embargo —agregamos, ahora menos alegres—, debimos haber traído una copia de nuestro contrato.

—No la necesitarán —dijo el viejo, impaciente—. Y ahora sigan con su tarea, que todos tenemos mucho que hacer y el pozo se cansa de esperar.

—Una sola pregunta más —pidió Sabrasú—, que no molestará a nadie. ¿Cuánto tiempo nos llevará explorar el pozo?

El viejo de la cicatriz pensó un momento antes de responder.

—No son buenos exploradores —dijo después—, si antes de empezar se preocupan por el final.

Le dimos la razón una vez más, y así terminamos de caer en la trampa. Gadma le sacó una foto a Calibares, que posaba con el arnés recién construido, y empezamos la maniobra de bajarlo.

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El fondo del pozo – 4

El fondo del pozo

4

“Detrás de cada acontecimiento hay un truco de espejos. Nada es, todo parece. Escóndase, si quiere. Espíe por las ranuras. Alguien estará preparando otra ilusión. Las diferencias entre personas son las diferencias entre las ilusiones que perciben.”
(Consejero, 121:6:33)

—El Centro es un montón de sucursales —decía Dindir—. Se extiende uniformemente en todas direcciones. Vaya uno donde vaya, no podrá llegar más adentro ni más afuera de lo que ya está. Para entenderlo, piensen en la superficie de una esfera; infinitos puntos, todos con las mismas propiedades.

—¿Y los exploradores? —preguntábamos—. ¿No salen del Centro, acaso?

—Los exploradores llevamos el Centro con nosotros.

Dindir venía de otro planeta, y tenía ideas diferentes de las nuestras. Era difícil discutir con ella, porque no hablaba como la gente que conocíamos. En Coracor, la sucursal del Centro donde había nacido, no sabían nada de la Computadora Central. Ni siquiera tenían al Consejero. Y sin embargo Dindir era agente del Centro, enviada por los caprichos del Sorteo a explorar Varanira, nuestro planeta. Dindir llegó con sus compañeras de expedición, Balibar y Hecher, un día que el Consejero nos había augurado dudas y contradicciones. Dejaron la nave en el puerto más próximo, entraron al edificio, y una semana más tarde todavía no podían creer lo que veían. Nadie les había dicho que en Varanira hubiera una sucursal del Centro. Tenían un contrato que las obligaba a inspeccionar lo que encontraran, de modo que no hubo obstáculos para que recorrieran nuestras oficinas, nuestros salones y nuestros pasillos.

Todos estábamos ansiosos por saber cómo era el Centro en Coracor, porque así podríamos aprender algo más de nosotros mismos, pero eran pocos los que tenían la suerte de conocer personalmente a las visitantes, y los demás debíamos conformarnos con información de segunda o tercera mano. Ya nos habíamos resignado a esa situación, cuando Dindir se nos acercó por su propia voluntad.

Estábamos caminando por la costanera, como solíamos hacer los domingos, en perfecto cumplimiento de las normas. Se suponía que un poco de ejercicio y aire libre favorecía la salud de los agentes, de modo que una vez por semana abandonábamos nuestro reino de cuatro paredes y salíamos por una puerta lateral del edificio. Todavía andábamos con los ojos entrecerrados para defendernos de la luz del sol, cuando oímos una voz detrás de nosotros.

—Buenos días ——dijo—. Soy Dindir.

Nos dimos vuelta, sorprendidos. No había duda de que era ella: respondía a la descripción que nos habían hecho. Tenía la apariencia típica de los exploradores, con su cuerpo alto y musculoso, el mameluco azul manchado de sustancias de otros mundos, la tira de plástico que decía “Coracor” en el pecho, la piel oscurecida y cuarteada, el acento extranjero. Decían que en su historia había más de veinte expediciones, y al verla no era difícil creerlo: estaban detalladas en sus cicatrices, sus marcas y su modo de caminar. Dindir era la demostración de que, si el azar domina el Sorteo, ese azar está bien dirigido: en principio, cualquiera puede salir sorteado e ir a parar al planeta cuya bolilla haya salido con la suya; pero así como jamás sale el mismo planeta en dos Sorteos diferentes, los exploradores más hábiles son elegidos una y otra vez. Teóricamente, Dindir no tenía más posibilidades que nosotros de que volvieran a elegirla, pero, hasta donde sabíamos en ese entonces, ella seguramente haría otras veinte expediciones, y nosotros seguiríamos llenando formularios dentro del edificio y saliendo a caminar por la costanera cada domingo.

—No se asusten —dijo, al ver nuestras caras—. Pasaba por acá, tropecé con ustedes y me dieron ganas de charlar un rato.

La excusa era débil, pero en ese momento le creímos. Estábamos demasiado asombrados de tenerla para nosotros solos, y nuestra experiencia todavía no nos había enseñado a desconfiar.

—Para nosotros es un honor —dijo Gadma.

—Tener la compañía —siguió Calibares.

—De alguien tan importante —terminó Sabrasú.

—Me siento halagada —dijo—, pero no es para tanto.

Era común que quienes nos oían por primera vez hablar a nuestro modo peculiar hicieran algún comentario al respecto, y estábamos hartos de dar explicaciones. Sin embargo, Dindir no dijo nada. Debimos deducir que ya sabía algo de nosotros, pero el entusiasmo nos lo impidió.

—¿Cómo va la exploración? —preguntamos, un tanto formalmente.

Dindir alzó los hombros.

—Es un trabajo lento —dijo—. Todavía nos falta mucho para comprender ese edificio de ustedes, y además nos queda el resto del planeta. Ni siquiera sabemos si vale la pena tanto esfuerzo.

—¿Por qué?

—La exploración de un planeta sirve para abrir el camino a una nueva sucursal del Centro. Pero en Varanira ya tienen su sucursal.

—Si salió en el Sorteo por algo será.

Dindir nos miró fijo durante un segundo, y tardó en contestar.

—Sin duda —dijo después, distraída.

No sabíamos qué más decir, y anduvimos varios minutos en silencio, mirando a Dindir con disimulo. A Dindir le faltaba el ojo izquierdo: uno de los tantos rastros que le había dejado en el cuerpo su vida de exploradora. Cuando pensaba ponía la cabeza de modo que nos apuntaba con la órbita vacía. No era una situación cómoda. De algún modo, esa ausencia de mirada nos hacía sentir desnudos. A través de ese agujero nos contemplaba la sabiduría de otros mundos.

Caminábamos hacia el sur, con el río a la izquierda. Al otro lado del río, la ciudad se veía gris y chata, empezando por unos ranchos de chapas distribuidos al azar en medio del barro, y siguiendo por las casas iguales y ordenadas en hileras interminables. A la derecha, en cambio, estaba el edificio: dos kilómetros de hormigón, de cien metros de altura, sin una sola ventana. El edificio representaba lo que conocíamos, el mundo en que habíamos aprendido a vivir. Enfrente, la ciudad era territorio extranjero, regido por otras normas, habitado por otra gente, alejado del Centro por mucho más que un río de aguas turbias, que hubiéramos podido vadear en diez segundos.

—Dicen que Coracor es muy diferente de Varanira —comentamos luego, buscando el modo de sacarle información a Dindir.

—No tanto —dijo Dindir—. Todos los mundos se parecen. Hay ciudades, ríos, montañas, mares.

—Nos referimos al Centro. La sucursal de Coracor…

—Las diferencias están en la superficie—nos interrumpió—. Ustedes tienen su edificio, nosotros tenemos algo como eso —señaló la ciudad—. Ustedes tienen su anarquía, nosotros tenemos autoridades, pero en los dos casos las que gobiernan son las normas establecidas. En el fondo, Varanira y Coracor son lo mismo.

Miramos la ciudad, sin entender el criterio de Dindir. Por las calles se arrastraba gente sucia y debilitada por la mala comida. Había unos pocos vehículos con motor, que cabeceaban y rugían esquivándose en las esquinas, arrastrando con ellos a unos pasajeros apurados por hacer sus cosas sin importancia. Los gritos de los vendedores ambulantes cruzaban, incluso los domingos, el sector de ranchos y el río, acompañados por el olor a podrido que despedía la ciudad en conjunto. De nuestro lado, en cambio, el edificio daba una impresión de limpieza, solidez y eficacia que se correspondía con la imagen que teníamos del Centro. Aunque en el edificio no hubiera jefes reconocibles, la anarquía no estaba ahí sino enfrente, al otro lado del río.

De todos modos, había asuntos más importantes que discutir, diferencias más profundas que a nuestro modo de ver hacían a Coracor incomparable con Varanira.

—Ustedes no conocen a la Computadora Central —dijimos.

—No la necesitamos —dijo Dindir.

—Tampoco tienen al Consejero.

—No nos serviría de nada.

—Y no usan el sistema del karma.

—Sabemos cómo reemplazarlo.

De pronto la charla se había convertido en una especie de acusación de nuestra parte, y no queríamos seguir en ese tono, de modo que nos callamos. Pero Dindir no parecía ofendida: siguió hablando de un modo indiferente, como si el tema no le interesara o estuviera aburrida de repetir lo mismo ante cada varanir que se le cruzaba en el camino.

—No hace falta que creamos en esas cosas —dijo— para ser como ustedes. Trabajamos en lo mismo, del mismo modo. Tenemos normas, algoritmos, Sorteo, y algún tipo de soporte físico para que todo eso se mantenga unido. Es lógico que haya pequeñas diferencias, porque son necesarias. Si no las hubiera, el Centro no podría hacer nada. La entropía ya es bastante alta en el Centro: queda poca energía que se pueda transformar en trabajo. Por eso a veces se necesita tanta gente y tanto esfuerzo para llevar a cabo una pequeña acción. Si las diferencias desaparecieran, la entropía sería máxima, y ya no habría trabajo posible.

—Sí, pero —empezamos, y dejamos la frase sin terminar. ¿Qué debíamos hacer? Si queríamos reunir nueva información sobre Coracor, entonces lo mejor era cambiar de tema. Pero no nos gustaba la idea de ver atacados de ese modo los principales componentes de nuestro mundo. Los elementos que Dindir llamaba “pequeñas diferencias” tal vez no significaran nada para los habitantes de la ciudad, al otro lado del río, pero nosotros no concebíamos la vida sin ellas. Estábamos obligados a defenderlos de la incredulidad de Dindir—. Aunque Dindir no esté de acuerdo —dijimos finalmente—, el Centro no sería lo que es sin la Computadora Central. Ni podría conservarse a sí mismo sin el Consejero. Ni tendría la lealtad de sus agentes sin el sistema del karma.

Dindir se rió. Su risa era oscura y nerviosa, y parecía salir de la órbita vacía.

—¿Pueden demostrar todo eso? —preguntó.

—No hay que demostrarlo —dijimos—. Es evidente por sí mismo.

—Para mí no.

De vez en cuando nos cruzábamos con otros habitantes del edificio que habían salido a tomar sol. Todos miraban a Dindir con curiosidad, y algunos hasta trataban de unirse a nuestro grupo para participar en la discusión. Pero Dindir parecía tener ganas de hablar sólo con nosotros, porque no les prestaba atención, o, si insistían, los espantaba con un gesto especial del lado izquierdo de la cara.

—Muy bien —dijimos—. Lo vamos a demostrar.

Éramos ingenuos. No se nos ocurrió pensar que en la última semana Dindir ya había discutido el tema con otras cien personas. En realidad, Dindir no daba señales de haber oído antes las mismas palabras que usábamos nosotros. Era buena actriz, y tenía paciencia para llegar a su verdadero objetivo.

A nuestro modo de ver, había un solo camino para convencerla, y decidimos empezar por donde correspondía.

—Al principio —dijimos—, cuando el Centro no existía, la Computadora Central comprendió que tenía un papel que cumplir en el universo: dar forma a lo informe. Entonces…

—¿Y quién dio forma a la Computadora Central? —interrumpió Dindir.

—Eso no interesa.

—Primera falla —dijo. Volvió a reírse, y nos atravesó con la mirada de su ojo sano—. Sigan.

—Entonces trabajó con lo que había a su alcance, planetas, pueblos, leyes físicas y matemáticas, construyendo una estructura que ordenara lo existente —nos entusiasmamos, a pesar de las barreras de Dindir: había pocas oportunidades para probar nuestros conocimientos de la historia—. Así fue surgiendo el Centro, entre…

—¿Y el azar, dónde queda?—volvió a interrumpir Dindir.

—Ése es el toque de genio de la Computadora Central —contestamos—. Su intención era que el Centro perdurase, pero ¿cómo podía conseguirlo, enfrentando los imprevistos que pudieran surgir en los siguientes millones de años? Ninguna estructura resiste tanto, a menos que incorpore los imprevistos a su propio funcionamiento. Pero esa tarea sólo es posible para una gran inteligencia, dueña del mayor de los poderes.

—Supongo que la Computadora Central cumplía esos requisitos —Dindir torció la boca, para mostrarnos que la historia le resultaba inverosímil.

—Y los sigue cumpliendo —dijimos—. La Computadora Central construyó el Centro de manera que el azar no pudiera destruirlo, y para eso usó el mismo azar como principal materia prima. Dicho de otro modo, puso las semillas y dejó que germinaran según las leyes que la estadística determinara. El resultado fue un organismo inmune a los accidentes, precisamente porque está formado por accidentes.

—Todavía no encuentro la evidencia de lo que dicen. ¿Dónde están esas semillas que puso la Computadora Central? Muéstrenme una, y aceptaré todo lo demás.

Sabrasú alzó el portafolios que siempre llevaba consigo, y lo entreabrió para que Dindir viera el contenido: dos tomos grandes, forrados en cuero, con miles v miles de hojas de un papel finísimo.

—El Consejero es una de las semillas más importantes —dijimos, mientras Sabrasú volvía a cerrar el portafolios—, y sigue germinando día a día, consulta a consulta. La Computadora Central lo escribió para orientarnos, para que tuviéramos en todo momento su pensamiento con nosotros. Y también es un ejemplo de cómo usó el azar para alcanzar su objetivo —hicimos una pausa, disfrutando de antemano con lo que seguramente iba a ser nuestro primer triunfo—. Cada vez que lo consultamos, el azar determina qué consejo, entre los más de dos millones de consejos diferentes, es el que debemos aplicar. Tiramos la moneda hasta obtener la sección, el capítulo y el versículo que corresponden, y leyendo y meditando sobre la respuesta recibimos la lección apropiada para el momento, directamente de la Computadora Central.

—Es curioso —dijo Dindir, simulando interés—. Por supuesto, no creo ni una palabra. Pero me gustaría ver al Consejero en acción. ¿Cómo hacen para consultarlo? ¿Hay que preguntarle algo?

—Depende —contestamos—. Hay dos tipos de consulta. Cuando se trata de la consulta diaria, no hay que hacer preguntas. El Consejero nos habla de lo que él quiere, refiriéndose a la cuestión que más le interese a la Computadora Central. Si queremos que responda a un tema en particular, entonces debemos formularlo claramente, para que ni él ni nosotros tengamos dudas, y así se refiere exclusivamente a ese tema.

—Yo quiero hacerle una pregunta —dijo Dindir—. ¿Me lo permiten?

—Es él quien debe permitirlo.

—Bien —Dindir nos enfrentó con su ojo ausente durante un minuto entero—. La pregunta es ésta: ¿es verdad lo que dicen ustedes?

Nos pusimos nerviosos. No sabíamos cómo podía actuar el Consejero ante una consulta que ponía en duda su propia autenticidad. Tal vez se negara a responder.

—¿Qué pasa? —dijo Dindir, al ver que no reaccionábamos.

—La pregunta no está clara ——dijimos, más que nada por ganar algo de tiempo para pensar.

—Lo diré de otro modo. No creo en la Computadora Central. No creo en el Consejero. No creo en el sistema del karma. Querido Consejero, ¿quién tiene razón? ¿Ellos o yo? ——el tono burlón de Dindir nos molestaba, pero no se lo reprochamos—. Díganme qué tengo que hacer para que conteste.

A nuestro alrededor se juntaba cada vez más gente. Ahora estábamos rodeados de curiosos, que no se atrevían a acercarse demasiado por respeto a Dindir, o por miedo, pero cuya presión sentíamos. No estábamos dispuestos a someter al Consejero a las dudas de Dindir ante tantos testigos: si algo salía mal, la culpa caería sobre nosotros.

—Mejor vamos a otro lugar —le propusimos a Dindir, improvisando sobre la marcha—. El Consejero funciona mejor en un ambiente resguardado.

—¿A dónde quieren ir? —preguntó Dindir. El ojo sano se le encendió de alegría, como si hubiera estado esperando este momento.

—Donde Dindir prefiera, siempre que estemos solos.

—Vamos a su oficina, entonces —dijo, y empezó a caminar hacia la puerta más próxima.

No pudimos responder. Nos parecía increíble que una de las exploradoras de Coracor quisiera entrar a nuestra oficina y discutir allí con nosotros, como si fuéramos personajes dignos de atención. La situación incómoda en que Dindir nos había puesto con el Consejero pasó a segundo plano, y atravesamos la muralla de curiosos tras ella. Entramos al edificio, y nos permitió que la guiáramos por pasillos y salones hasta nuestro nicho privado, ubicado en una de las regiones más apartadas y descuidadas de todo el edificio. Hicimos el recorrido en silencio, y tuvo el buen gusto de no comentar las manchas de las paredes ni los desniveles del piso, que aumentaban a medida que nos acercábamos a nuestro lugar de trabajo.

La oficina también era dormitorio. Vivíamos allí, y sólo salíamos a la hora de comer, o para encontrarnos con otros agentes y mantener esas reuniones que eran la sal de nuestra vida. Como todos los domingos, habíamos dejado las camas a la vista, y cuando entramos seguidos por Dindir nos apuramos a meterlas en las paredes. Un minuto mas tarde ya habíamos extraído los escritorios y las sillas, y el lugar había recobrado su apariencia característica de los días de semana. Cada uno de nosotros se acomodó tras su propio escritorio, y ofrecimos a Dindir uno de los dos asientos que quedaban, que habíamos colocado en un lugar donde los tres podíamos verla de frente. A pesar del equipo de refrigeración central, hacía calor. Quedaba muy poco espacio libre.

Sabrasú abrió el portafolios otra vez, sacó los dos tomos del Consejero y los puso delante de Dindir.

—Lo único que hay que hacer es tirar la moneda —dijimos. La moneda estaba en un sobre, bajo la tapa del primer tomo del Consejero. Calibares la buscó y se la dio a Dindir—. De un lado tiene un uno, y del otro un cero. Se tira siete veces, y se anotan los resultados de derecha a izquierda. Así se forma un número binario de siete cifras, con un valor entre cero y ciento veintisiete. Ese valor indica en qué sección del Consejero está la respuesta pedida. Luego se tira la moneda otras siete veces, para obtener del mismo modo el capítulo que corresponde. Y después otras siete veces, para llegar al versículo, el consejo propiamente dicho, que será uno determinado entre los ciento veintiocho que hay en cada uno de los ciento veintiocho capítulos de cada una de las ciento veintiocho secciones.

—¿Ya puedo empezar? —dijo Dindir. No parecía impresionada.

—Cuando Dindir quiera.

Ahora ya no podíamos echarnos atrás. Quedaba por ver qué hacía el Consejero con nuestra culpa.

Dindir eligió un papel en blanco y un lápiz de nuestros escritorios, y empezó a tirar la moneda. No tuvo necesidad de volver a preguntar sobre el mecanismo de la consulta. Anotó el resultado de cada tiro hasta obtener la sección, luego el capítulo y finalmente el versículo. Sabrasú se inclinó sobre ella para ver qué había salido.

—Consejero, 87:93:51 —anunció. El número no nos decía nada: era uno de los tantos versículos que jamás habíamos visto. Pasamos las páginas del segundo tomo hasta encontrarlo, y lo leímos rápidamente para nosotros mismos antes de mostrárselo a Dindir. No supimos si sentir alivio o no. El versículo decía: “La taza se rompe. Para eso son las tazas. No hay otro sentido. Ponga su ladrillo en la obra. Invente un dormitorio. Terminará siendo escombros. Lo real es efímero, y es real mientras no se demuestra lo contrario.”

Cuando Dindir lo leyó se puso a reír más fuerte que antes, hasta que empezó a toser. Su ojo sano echó una lágrima, que trazó una línea retorcida sobre la cara llena de cicatrices.

—Está muy claro —dijo cuando se aclaró la garganta, mientras nosotros seguíamos mudos—. Lo que se rompe, lo que se hace escombros, es esa creencia de ustedes. ¿Se dan cuenta? El Consejero no sirve para nada. La Computadora Central no existe. Y se acabó.

—Dindir se equivoca —dijimos, tratando de improvisar una respuesta. Estábamos acostumbrados a meditar largamente sobre los versículos del Consejero antes de llegar a una conclusión, pero ahora no había tiempo. Teníamos que responder ya mismo—. El versículo se refiere a las dudas de Dindir, que se hacen pedazos ante la fortaleza del Consejero —sabíamos que nuestro argumento no era del todo sólido, pero tal vez bastara para salvarnos del peligro—. Dindir olvidó interpretar las últimas frases. Significan que la prueba destroza la conjetura. La conjetura permanece en pie mientras no aparece la prueba que la refuta.

—Esto es absurdo —dijo Dindir—. Se puede interpretar cualquier cosa.

—No es cierto —dijimos, cada vez más seguros de nosotros mismos—. La interpretación de Dindir se contradice consigo misma. Dindir desconfía del Consejero, y no le cree nada, excepto cuando dice de sí mismo que miente. ¿Cómo entender semejante selectividad? ¿Cuál es el criterio para diferenciar lo verdadero de lo falso?

—Muy ingenioso —dijo Dindir—. Así que el Consejero no puede decir de sí mismo que es un fraude. Para eso, ni siquiera me hubiera molestado en consultarlo.

—El Consejero no puede decir eso. Para empezar, porque no es ningún fraude. Y luego, porque caería en la paradoja de “Esta frase miente”: si miente dice la verdad; si dice la verdad, miente.

Dindir cerró el Consejero de un golpe y nos devolvió la moneda.

—No vamos a ninguna parte —dijo—. No me demuestran nada.

Por lo menos, ahora no se reía. Pero no perdía su aire de estar jugando a algo que no terminábamos de entender.

—Nosotros creemos que sí. Pero Dindir es demasiado… —nos detuvimos: íbamos a decir “ciega”, y justo en ese momento su órbita inútil quedó frente a nosotros. Dindir estaba pensando.

—Hagamos otra prueba —dijo luego—. ¿Puedo formularle una pregunta diferente?

—Por supuesto —dijimos antes de pensarlo dos veces, y nos arrepentimos enseguida: si habíamos evitado el peligro una vez, no había razón para volver a enfrentarlo—. ¿Cuál es la pregunta?

—¿Tengo que decirlo en voz alta?

—Sí —mentimos, para tener mejores oportunidades de defendernos después.

—De acuerdo. Mi pregunta es: ¿podremos, mis compañeras y yo, alcanzar el objetivo de nuestra expedición? Nos sentimos aliviados. La pregunta no era tan comprometedora como temíamos. Dindir volvió a tirar la moneda hasta obtener el versículo que correspondía a la situación. Una vez más, Sabrasú se encargó de leerlo.

—Consejero, 44:8:103: “Lo que está bajo tierra sale a la superficie. El ocultamiento es el enemigo. La verdad resplandece. Quien no la conoce, la evita. Quien la vislumbra, resplandece con ella.”

Dindir escuchó con atención, moviendo la cabeza de arriba abajo, los brazos cruzados sobre el pecho.

—Eso significa que… —dijo para sí misma, y se interrumpió. Esperamos, pero no agregó nada. El silencio duró algunos segundos. Luego Dindir volvió a reírse, se golpeó las rodillas con las manos y cambió de tema—. Mejor terminemos con su historia —dijo—. Estábamos en que la Computadora Central les envía mágicamente sus órdenes a través del Consejero. ¿Cómo sabe que ustedes van a cumplirlas?

No comprendíamos lo que había ocurrido, pero nos alegró salir de esa zona oscura en que Dindir nos había metido, y enseguida olvidamos la cuestión.

—No lo sabe —contestamos—, ni nos obliga a hacerlo. No le importa.

—¿Y así maneja el Centro? —Dindir debía tener ganas de burlarse—. No creo que se pueda llegar muy lejos de ese modo.

—No necesita obligar a nadie. Cada agente elige libremente lo que hace. Pero si no cumple las órdenes, o mejor dicho los consejos, su karma irá empeorando. Pronto será tan malo que ya no habrá consejos que cumplir. La Computadora Central dejará de dirigirse a él, y tarde o temprano quedará fuera del Centro.

Dindir empezó a reírse otra vez, pero luego pareció decidir que no valía la pena.

—En cambio —dijo, imitando nuestro tono de voz—, si el agente cumple las órdenes, perdón, los consejos, su karma mejorará. La Computadora Central le dirá “confío en ti, hijo”, y todos seremos felices.

—Dindir aprende rápido —dijimos.