La última luz

Miranda y el tiempo

Miranda se para frente al hombre de la caja, apoya el índice de la mano derecha en el mostrador y entrecierra los ojos. Está pensando cómo decirlo. El momento se extiende. El cajero inclina la cabeza a un lado, mientras transcurre un segundo de más. Alguien tose en la vereda, justo frente a la puerta abierta. Se oye un bocinazo. Un avión levanta vuelo allá en el aeropuerto. Hay que imaginar que todos los relojes de la ciudad se hacen visibles de pronto, como una constelación, que los millones de relojes brillan en la oscuridad y se mueven al compás de sus portadores, unidos por los hilos del tiempo, la telaraña mayor, el tejido de las transformaciones. Hay que entender el trabajo enorme que hay tras cada segundo, la acumulación de pequeños avances y retrocesos, dudas, cavilaciones. Hay que olvidarse de las imágenes fijas, del photo finish, del electrón como esfera suspendida en el espacio, mientras Miranda levanta el dedo, suelta una parte del aire que traía en los pulmones y se deja llevar como hace siempre.

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Sexto encuentro

especie6.jpgSegregan de manera continua un hilo de baba con el que trazan figuras en el aire, entre las ramas de los árboles, curiosamente parecidas a las constelaciones clásicas. Pelean unos contra otros por nueces, bayas y raíces, pero se regalan mutuamente orugas y ciempiés. Le aúllan a la luna en cuarto menguante. Caminan de costado y son muy torpes cuando se acercan a un río. En primavera los machos se arrancan un mechón de pelo de la cola y se lo ofrecen a la hembra elegida. En verano emigran a la alta montaña, donde la baba se congela y las figuras en forma de constelación se hacen más complejas y permanentes. En otoño, la hembra devuelve el mechón correspondiente al macho elegido.

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Quinto encuentro

especie5.jpgEn verano duermen de día y de la noche reptan por la jungla amazónica, con la boca abierta, sin pasar dos veces por el mismo sitio. En invierno duermen de noche y durante el día se levantan sobre las patas traseras y deambulan sin parar a través de los bosques nevados. No salen en las fotos, pero quien ha sentido en el hombro el toque suave de sus zarpas jamás podrá olvidar. Son casi ciegos, casi sordos, casi mudos. Tienen un hocico largo y delgado, que mantienen a la altura exacta del horizonte. Su alimento favorito es una hormiga dorada que vive a diez mil kilómetros de distancia: hace millones de años que ambas especies no se encuentran.

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Cuarto encuentro

especie4.jpgComo los grillos, producen sonidos agudos frotando las alas. Pero, a diferencia de los grillos, logran una gran variedad de alturas y duraciones. El “canto” puede durar varios minutos, y es común que un ejemplar de esta especie responda al canto de otro reproduciéndolo casi igual, aunque con cambios situados de tal manera que es imposible no pensar en una parodia. El primer ejemplar suele insistir con su propio canto, poniendo énfasis en los fragmentos modificados, y entonces el segundo ejemplar puede repetir la parodia, pero alterando otros fragmentos. Los demás ejemplares de la misma zona acostumbran tomar partido por uno u otro de los contendientes, subrayando con su propio canto qué versión prefieren. Son legendarias las guerras entre distintas facciones de estos diminutos animales.

La última luz

Responsabilidad

—Tierra —grita el vigía después de tres meses de navegación.

Las dudas del capitán, que han ido creciendo durante las últimas semanas, llegan al punto más alto. Decidir es imposible. Antes que se haga demasiado tarde, ordena dar media vuelta y le deja la responsabilidad a algún otro.