La hora del payaso

No es este un soneto

No es este un soneto, que quede claro,
por más que lo simule sin respeto,
por más que empiece con este cuarteto
y rime quede claro con descaro.

No es este un soneto, sería muy raro
porque con esas formas no me meto.
Tanta rima me pone en un aprieto,
tanto medirse me resulta avaro.

Por más que ahora parezca puntilloso,
ya sé que no podré salir airoso:
una falla pequeña es lo que importa.

Porque el último terceto es tramposo:
sin aviso y de un modo bochornoso
se corta.

La última luz

La última luz

Hay que caminar hasta la última luz y ahí doblar a la izquierda. Se pone completamente oscuro. En adelante sólo hay una sucesión de piedras y agujeros que hay que atravesar tanteando el suelo paso a paso. No sé cuándo, pero en algún momento vas a tropezar con una pared más alta que lo más alto que puede llegar tu brazo. Ese es el final del recorrido. No intentes seguir por los costados porque no los hay.

Más tarde vas a sentir que te tocan las rodillas, los codos, los tobillos, los hombros. No hagas nada, aunque sí te estará permitido hablar. Podés decir lo que quieras, siempre que no los nombres. Se enojan mucho si alguien los nombra.

Terminado el reconocimiento, te van a invitar a volver atrás. Por más tentador que resulte, tenés que rechazar la invitación. Van a insistir. Vas a seguir negándote. Por último habrá un suspiro, y no sabrás si es tuyo o de ellos. La pared se abrirá en dos.

A partir de entonces vas a estar solo.