Mirar gente

Malabares

Ayer a la tarde había dos malabaristas en un semáforo de Figueroa Alcorta. Salían corriendo al centro de la avenida en el momento justo en que los autos se detenían sin ganas, o tal vez un poco antes, y empezaban a revolear tres pelotas cada uno. Se reían mucho, se hacían bromas entre ellos, se tiraban una pelota de vez en cuando. A último momento se acercaban a los autos a pedir monedas, pero esa era la parte menos divertida, la que hacían por obligación. Luego, cuando los autos detenidos se ponían en marcha otra vez y los otros autos, los que venían del semáforo anterior, se acercaban a setenta por hora con un odio inhumano, corrían hacia la vereda en un final hollywoodense. Pero todavía les quedaba tiempo para dirigirse un grito, una risa, otro pelotazo.

Ninguno de los dos tendría más de ocho años.

[Texto de 2003.]

7 malabares
Pelotas de malabarista. Foto por Richard Leonard en Flickr, bajo licencia CC BY 2.0
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En el subte

  • Ese hombre alto y gordo, de bigotes, medio calvo, con remera blanca y pantalones de gimnasia, pasa silbando el arrorró.
     
  • Es una mujer común, salvo por esa horrible cicatriz en el cuello, esa cosa sin forma por debajo y un poco por detrás de la oreja. Hasta que mueve la cabeza y resulta ser un aro, un arete, un pendiente que termina en una piedra color salmón.
     
  • Viene por el andén corriendo bajito: la espalda bien derecha, los brazos quietos a los costados, solo corre la mitad de abajo de las piernas, arrastrando los pies.
     
  • Hay un sargento de la policía en el siguiente grupo de asientos. Miro mejor. Hay unas jinetas de sargento, tres segmentos amarillos, en una prenda color azul oscuro. Miro mejor. Hay un chico de pelo largo que lleva una remera con tres rayas amarillas en las mangas.

 

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Esos dos

Estaban en el sector infantil de Burger King, pero no habían llevado niños para justificarse. Él entraba en los cincuenta y en la calvicie. Ella tal vez en los cuarenta, pero quién sabe bajo ese pelo negro planchado sobre la cara, la figura delgada y la voz gruesa. Se habían sentado en una de las pocas mesas que hay frente al pelotero y el laberinto, dentro de la gran pecera vidriada del fondo, en el primer piso.

Cuando entramos a la pecera, mi familia y yo, ellos eran los únicos ocupantes. Pusimos en una mesa nuestros paquetes de proteínas, grasa y almidón, hicimos ruido de papel, de pajitas que perforan plástico, de servilletas. Ellos hablaban de cosas importantes.

—Mi padre todavía no puso su parte —decía ella.

—Pero entonces no llegás —él.

—Cien o ciento cincuenta me tiene que dar, para el alquiler.

Hablaban con voces de urgencia, densas. A él le resbalaban un poco algunas letras. Mi hijo tomaba un traguito de su Fanta. Yo comía papas fritas. Mi mujer inclinaba la cabeza para medir la situación.

Él debe haber ofrecido ayuda, porque ella contestó:

—Pero no, vos tenés tus propios problemas económicos.

—Ya sabés quién soy yo —respondió él, categórico.

Estaban ubicados en un ángulo de noventa grados uno con respecto al otro, y nosotros en diagonal con ellos, a unos cuatro metros. Vino otro chico, tal vez de tres años, a mostrarnos dos pedazos de algo anaranjado en las manos: caramelo, partes de un juguete de Cajita Mágica, quién sabe. Finalmente se los metió en la boca y se fue.

—A mi vieja se le ocurrió que vivamos los tres juntos —dijo ella.

—Pero tu padre y tu madre se odian —hizo él su parte de teleteatro.

—Ella dice que a mi padre lo arregla con cinco o diez pesos por día.

Él se iba acercando a ella.

Mi mujer, que los tenía a su espalda, se sentía incómoda. Después de todo estábamos en el lugar destinado a las familias con chicos, el sitio protegido, privado, rodeado especialmente con vidrios para cuidarlo del salvaje mundo exterior.

Decidimos mudarnos. Haciendo ostentación de movimiento, levantamos nuestra bandeja, nuestros vasos y paquetitos, nuestras servilletas, y nos fuimos a una mesa libre justo afuera del recinto infantil.

Mi hijo comió, jugó, se fue al pelotero. Unos minutos después lo siguió mi mujer, para verificar su bienestar. Volvió indignada:

—Además están fumando —dijo.

Primera vez que hablábamos de esos dos. Me di vuelta para mirar (ahora era yo quien los tenía a la espalda) y sí, había una nube de humo a su alrededor. Ya se estaban tocando las manos, también.

*

En la nueva zona que ocupábamos había más fauna de fin de semana céntrico. Para empezar, estábamos en el camino a los baños, de modo que veíamos un ir y venir de personajes. Pasó por ejemplo una chica dark, zapatos negros, medias negras, pollera larga negra, tapado negro, mochila negra con la leyenda The Cure. A la ida la vi de espaldas, pero a la vuelta le descubrí la cara muy blanca con el pelo negro a ambos lados y en el centro exacto una boca más roja que la sangre arterial.

Pasó un hombre de bigotes, con el pelo atado de tal forma en la nuca que parecía el mango de una sartén pequeña.

Pasó un grupo de chicas, la mayor tal vez de doce años, con jeans ajustados, haciendo los mayores esfuerzos que la edad les permitía para alcanzar un simulacro de seducción femenina. Por poco que lograran, el hombre de seguridad, uno bajito que llevaba una bandera argentina en el hombro derecho y un palo negro en la cadera izquierda, se dio vuelta para observarlas de la cintura para abajo.

Una empleada del lugar iba seguido a verificar los baños. Entraba en el de mujeres, a la izquierda, y luego empujaba un poco la puerta del de hombres, a la derecha, mientras al parecer miraba en otra dirección. No entendí lo que hacía hasta que llegó mi propio turno de ir al baño. Cuando abrí la puerta me di cuenta de que era posible ver en el espejo si había gente en mingitorios o inodoros. Luego, al salir, me tomé el trabajo de mirar en la misma dirección que la empleada: había otra puerta con una placa que decía “Privado”. Resulta que esa placa, de metal plateado, era otro espejo perfecto; al empujar la puerta, mirando fijamente la placa, la empleada tenía una imagen instantánea del interior del baño, a través de dos espejos enfrentados.

*

Pasamos un rato largo allí, mientras mi hijo jugaba en el pelotero con los otros chicos que fueron llegando. Tomamos café con torta de chocolate. El espacio vidriado se llenó de gente. Había más ruido. Pero los dos del comienzo seguían en su sitio, sin ojos ni oídos más que para sí mismos. La última vez que miré, antes de irnos, se estaban besando. De una buena vez.

5 Burger King
Foto por Patrickroque01 (modificada), bajo licencia CC BY-SA 4.0
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Bananas y calabaza

Pesó las bananas
en la balanza.
Le puso una etiqueta
al kilo de bananas.
Sin hablarme.
Le pedí unas rodajas
de calabaza.
Se volvió hacia el dueño
del supermercado:
—Dice que quiere
rodajas de calabaza.
Se fue a su puesto
en la fiambrería.
Sin hablarme.
Sin mirarme.

Eso fue ayer, con la nueva vendedora de fiambres del supermercado de acá a la vuelta, que estaba de suplente en el mostrador de la verdulería, a tres metros de su puesto habitual. El dueño del supermercado cortó las rodajas de calabaza y me las vendió. Tuve que rechazarle explícitamente una que estaba podrida.

La vendedora de fiambres tiene un piercing en la nariz, blanco, redondo, un moco que sale por el lado equivocado. Es joven. Da pena que haya entrado a trabajar en ese lugar feo, con tanta gente que grita y música que patea las orejas. Ayer andaba hecha un zombie, pero hoy parecía despierta: hablaba con un tipo sobre algo que no entendí. No le hablé. No la miré.

Una mujer protestaba por la música, a los gritos, pero en broma.

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Ojos de papel

En Plaza Francia, el músico de la guitarra, el micrófono, el amplificador y los parlantes termina de cantar “Muchacha (ojos de papel)”. Mientras prepara la siguiente canción, se pone a bromear:

—Pobre flaco —dice—, escribió la canción a los catorce años y no sabía cómo era una mina.

Plink, plonk, hace la guitarra. El músico se ríe y sigue:

—“Ojos de papel”, “corazón de tiza”, “pechos de miel”, “voz de gorrión”. ¡Una verdadera cagada! Catorce años debía tener el flaco, y ni idea de cómo era una mina.

Casi nadie se ríe, y menos ella, que debe guardar algún secreto.

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(Texto y foto de 2003)
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Comida

Padre e hijo van en el subte, sentados uno junto al otro. El chico tiene tres o cuatro años. Escucho el diálogo:

—¿Esta noche qué querés comer?

—Choclo.

—Pero no, hijo, el choclo no es una comida. Una comida es pizza, empanadas, hamburguesa.

—[Algo que no entiendo.]

—Pancho también puede ser. ¿Qué querés, entonces?

El chico viene muy atento. Ahora piensa un momento antes de contestar.

—Empanadas.

—Muy bien, hijo. Comemos empanadas.

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