Bolsa sin clasificar

Pompeya y más allá

Hace cosa de veinte años, década más, década menos, circulaba esta anécdota probablemente falsa. Alguien llamaba por teléfono al servicio técnico de su PC, porque tenía problemas con el posavasos. ¿Qué posavasos? El posavasos, hombre, ese que sale del gabinete si uno aprieta un botón.

5 800px-Cd_reader_used_as_a_cup_holder
La cuestión del posavasos, en una foto de Laurent Pele tomada de Wikipedia (bajo licencia CC-BY-SA 3.0)

Qué ignorante, pensaba uno, qué atrasado, alguien que todavía no había oído hablar de los CDs. Pero pasó el tiempo, y ahora estamos cerca del extremo opuesto. Que alguien se encuentre con ese mismo botón, esa misma bandeja, y ocurra lo que predice este otro meme que circuló hace menos tiempo:

5 lapicera_caset
Tomado de acá. Pero no lo hicieron en ese sitio, andaba por todas partes

El CD grabable y su continuador el DVD grabable siguieron el camino del diskette y el cassette de audio, y nuestros hijos (o los hijos de ellos) nunca sabrán por qué nos fascinaron tanto. Los verán como nosotros vemos esto:

5 IMG_6064
Radio de mis abuelos paternos. La conservo, ahora mismo está a un metro de mí, pero lamentablemente no funciona

Lo que todavía me sorprende de los CDs grabables es qué poco duraron. Apenas tuvieron tiempo de llegar a la madurez, a un momento de esplendor, para perder utilidad más rápidos que la luz. Miren esto, si no:

5 IMG_6463

Este es el último de una serie de tubos de CD-Rs que compré, calculo que a principios de siglo. Suena hasta gracioso, eso de “principios de siglo”. El CD-R se había hecho barato, confiable, práctico. Incomparable con los soportes que usábamos poquísimos años antes (como los cartuchos Zip, en los que cabían 100 MB de datos).

Este tubo, que todavía contiene unos diez CDs sin usar, me da la misma sensación que los restos de Pompeya. Los CDs no tuvieron tiempo ni de asfixiarse, como dice un gran título del National Geographic. Los agarró la catástrofe, el río de lava de internet, antes de que los tocara un mísero byte.

Tengo otras piezas de tecnología obsoleta. Pero ninguna como mi tan querido teléfono huevo:

5 IMG_20180622_200906731

5 IMG_6468

Una joya, un prodigio. Tan cómodo que mi mano todavía se adapta a su forma de manera automática, cariñosa. Y sin embargo, el símbolo mismo de la obsolescencia, al borde de lo ridículo. Me parece mentira haberlo usado hasta hace cuatro años y medio. ¡Solo cuatro años y medio! Una eternidad, tanto cambió todo desde ese día en que lo abandoné por uno de estos cuasi azulejos que llevamos ahora, a los que solo les cabe la palabra magia; estos retazos de milagro que acabaron por darle sentido a la clásica exageración de “tener el mundo en el bolsillo”.

5 IMG_20140203_083614590_HDR

En cualquier caso, y a la manera del posavasos de la PC, le auguro a mi teléfono huevo una próspera vida como pisapapeles.

A la deriva

Tornados

Por favor, dejá lo que estés haciendo y mirá este video de siete minutos del Weather Channel. Yo sé lo que te digo.

Bueno, si no lo viste, te lo resumo rápido: en un estudio del Weather Channel, un presentador (¿un meteorólogo?) habla del tornado que se ve en la pantalla gigante del fondo. Terribles vientos. Entonces cae un poste de electricidad, en medio del estudio, y casi le pega al presentador. Pronto, un tronco que vuela se clava en una pared del costado. Y al minuto siguiente el presentador tiene que esquivar un auto que, arrastrado por el tornado, aterriza destruido. No es todo. El presentador huye. El tornado, ya encima de nosotros, rompe la pantalla gigante, que resulta ser una ventana, y voltea la cámara. En la oscuridad, refugiado quién sabe dónde, el presentador dice unas últimas palabras.

Si la descripción te parece poco interesante, anda a ver el gif con que arranca la página donde me enteré del video de arriba (no me deja reproducirlo acá).

Claro, no está mejor hecho que unas cuantas películas y series que venimos viendo desde hace añares. Pero hay dos diferencias: la primera y principal, que no nos avisan que estamos viendo una ficción. Esto es un estudio de televisión verdadero, nos dicen las primeras imágenes; no hace falta que lo digan explícitamente, es el pacto tácito que tenemos con ese tipo de situaciones. Cuando nos damos cuenta de que hay efectos especiales, todavía creemos en el estudio real, al que pensamos que le superponen ciertos trucos. Es más tarde que descubrimos que el estudio entero es ficticio.

La segunda diferencia es que el video está hecho con el Unreal Engine, una herramienta usada para hacer juegos. Acá se ve de qué era capaz ya este motor en 2015:

Qué rara es esta época. Pasé horas mirando escenarios creados con el Unreal Engine. Pero nunca, ni siquiera de lejos, me encontré con un tornado de verdad, en persona, en la vida real.

El tornado es parte de un folklore que tenemos incorporado a través de los medios. El tornado como catástrofe, como atracción, y hasta como actitud.

4 Rojo Tornado

Esto es lo más parecido a un tornado que suelo ver en las calles de Buenos Aires. Un Volkswagen color Rojo Tornado. Sé que se llama así porque una amiga no se pudo resistir cuando le nombraron el color: “Era gris, negro o rojo tornado. ¿Qué otra cosa podía elegir?”. Tiene razón.

No debe ser casual que el auto del meteorólogo, en el video de arriba, sea rojo tornado.

En cualquier caso, los autos rojos, incluso los rojos tornado, también terminan siendo cliché. No tanto como los grises, obvio. Da la impresión de que si alguien no quiere un auto gris, tiene que ser rojo. ¿En qué momento pegamos esa curva tan equivocada? No siempre fue así:

4 Colorful vintage cars
Captura de pantalla de un resultado de búsqueda en pexels.com

No solo hay que soportar los autos en la ciudad; además, tenían que ser todos iguales.

En 2005 escribí un poema sobre los autos que pasan, que copio acá abajo. Triste como termina siendo, ahora me parece optimista en cuanto a los colores. Luego, en 2007, le hice música. Quien tuvo paciencia con el video del tornado tal vez tenga paciencia con el audio. Quien no, a lo mejor sigue leyendo. (La música no dura quince minutos como me está diciendo el reproductor en este momento; apenas cuatro.)

Pasan autos

Pasa un auto gris,
pasa un auto rojo,
pasa un auto blanco,
pasa otro auto rojo pero más oscuro que el segundo,
pasa otro auto gris pero más claro que el primero,
pasa una camioneta celeste,
pasa un auto medio turquesa
(el color de los azulejos del baño en la casa de mi infancia),
pasa un taxi amarillo y negro,
pasa otro auto gris pero más oscuro que los anteriores,
pasa un auto bordó,
pasa un auto verdoso
(antiguo, de esos que tienen el techo revestido de algún plástico negro),
pasa otro auto gris medio oscuro aunque ya no lo puedo comparar con los de antes,
pasa un auto amarillento
(el color que mi madre suele llamar “marfil”),
pasa el auto violeta que suelo ver cuando vuelvo de llevar a mi hijo a la escuela,
pasa otro auto de un rojo más puro y claro que los anteriores,
pasa otro auto blanco,
pasa un auto negro o tal vez gris muy oscuro,
pasa un colectivo de varios colores entre los que domina el celeste,
pasa un auto gris como tantos otros,
pasa un auto azul recién salido del mar,
pasa otro auto bordó,
pasa otro auto bordó más,
pasa un auto gris claro con un parche más oscuro en el guardabarros delantero izquierdo,
pasa un auto verde,
y en cada auto hay alguien que sigue de largo.

Metadatos

Dialogos entre mediadores de lectura

Me llegó el libro que tanto esperaba: Diálogos entre mediadores de lectura. Algunas reflexiones sobre literatura infantil y juvenil, compilado por Patricia Domínguez y publicado por la Editorial Universitaria de la Patagonia.

IMG_6448

El libro reúne las conferencias y ponencias presentadas durante las actividades que organizó la Cátedra Libre de Literatura Infantil y Juvenil de la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco, a cargo de Patricia Domínguez. La secretaria de Cultura de la Universidad, Susana González, coordinó y prologó la publicación.

IMG_6450

Hay textos de Cecilia Bajour, Liliana Bodoc, María Teresa Andruetto, María Cristina Ramos, Iris Rivera y una cantidad de gente que investigó, exploró, trabajó en promover la lectura. También está mi conferencia “Literatura y tecnología: cooperación y conflicto”, con la que me di el gustazo de abrir las Jornadas Regionales de Literatura Infantil que Patricia Domínguez, en el marco de su cátedra, y Susana González, como secretaria de Cultura de la Universidad, organizaron en Comodoro Rivadavia en 2016.

IMG_6451IMG_6452IMG_6456

Al lujo de haber estado ahí, entonces, se suma la publicación del libro. ¡Felicitaciones a Patricia y a Susana, y muchas gracias!

A la deriva

Copos de nieve

Un día, Bernardo, el copo de nieve, descubrió algo tremendo.

3 Bernardo angustiado - Daniel Paz

Fue en el año 2008, cuando Daniel Paz lo incluyó en un episodio de sus F. Mérides Truchas. (El dibujo de arriba es parte de un segundo episodio, el último hasta donde sabemos, publicado en 2015.)

Lo peor es que nadie lo comprende. Hay lugares donde ni siquiera está bien visto ser un copo de nieve. Traduzco (apenas libremente) de Urban Dictionary: “Copo de nieve: Alguien que piensa que es único y especial, pero no. La expresión ganó popularidad tras la película ‘El club de la pelea’, donde se dice ‘No sos especial. No sos un copo de nieve hermoso y único. Sos la misma materia orgánica en descomposición que todo lo demás'”.

3 Fight Club
Una de las variantes del meme basado en “Fight Club”. Buscar en Google “Fight Club snowflake” para encontrar varios miles más

Todos somos copos de nieve en algún momento. Acá estoy yo mismo, haciéndome el angustiado, cual copo de nieve, hace casi cuarenta años:

3 014

Me estaba por mudar a una casa a la que había que hacerle arreglos, y la mayor fuente de angustia que podía encontrar era un par de caños viejos expuestos a la vista de todos. Qué sabía yo de dramas a los veinticinco. Bueno, sí, sabía, pero rendía más (o era más potable) hacerse el tonto.

Desde entonces, muchas personas cercanas, queridas, imprescindibles, se fueron muriendo. Las que pensaban que podía ocurrir y lo temían, y las que no. Parece que ser como Bernardo no cambia tanto las cosas.

En un terreno más liviano, mi gran encontronazo con la nieve llegó en 1992, cuando fui a Montreal a visitar a unos amigos que habían emigrado allá. Este video es bastante demostrativo de la situación:

Estoy en el auto de mi amigo, mientras él rasquetea el hielo y la nieve acumulados en los vidrios, para poder manejar. (La calidad del video es propia de la época, y de mi cámara Sony 8 mm.)

Y otro más amable, del mismo viaje:

Atención al sonido, sobre todo a los veinte segundos, cuando se comprueba que el bulto que va a la espalda de esa persona que esquía es un bebé.

Un bebé todavía no sabe pensar en sí mismo como copo de nieve. Pero nosotros somos incapaces de verlo como otra cosa.

3 baby snowflake
Saqué la imagen de una página en la que cuentan de algo que Wikipedia describe mejor: “Snowflake children is a term used by organizations that promote the adoption of frozen embryos left over from in vitro fertilisation to describe children that result, where the children’s parents were not the original cell donors”.

 

A la deriva

Navata

Saqué esta foto, una diapositiva, cerca de Posadas, Misiones, hacia 1970.

2 Río Paraná hacia 1970
Río Paraná, hacia 1970

Ahora la subí a Google Images, para ver si me mostraba algo similar. A veces, Google entiende lo que quiere:

2 Google Images
Según Google, estas imágenes son similares a la de arriba

Refinando un poco la búsqueda, llegué a este espléndido video. También hay un hombre en equilibrio sobre los troncos, que a su vez hacen equilibrio en el barco, pero con un agregado de lo más siglo XXI.

Sip, el hombre va hablando por celular. Lo que perdura es el Paraná, por supuesto, aunque el video no venga de Misiones sino del Delta.

Google no los menciona, pero es inevitable que la memoria nos lleve a los riesgos de las tardes de plenilunio. Machistas, racistas, discriminadores y graciosos como ellos solos, Les Luthiers sacan a relucir su jangada:

Impensable escribir hoy esa letra, ¿no? Enderecemos un poco las cosas con una jangada auténtica:

2 jangada
Google, que hoy no pega una, le atribuye esta foto a una página maravillosa que trata de barcos hundidos en el Paraná; en la página, esta foto no aparece

Cambiar de táctica. La búsqueda “transporte fluvial de madera” lleva sin escalas a las navatas:

2 recurso1282.jpg

“Los troncos, de grandes dimensiones, se atacaban [sic; ¿será atracaban?] unos a otros, entrelazando los maderos con ramas de sarga trenzada, creando grandes barcas, denominadas navatas, que podían tener diversas secciones, un mínimo de una y una máximo de siete. Las barcazas eran tripuladas con grandes remos por valientes chesos que se jugaban la vida luchando contra la bravura de las gélidas aguas del Aragón-Subordán, las piedras, saltos y resto de dificultades que se encontraban en su descenso”.

Menos mal que nos lo explican desde el Valle de Hecho, en los Pirineos, porque la RAE no tiene idea de qué es una navata. Para acelerar la llegada al diccionario, busqué en Google “rae navata”, y Google aprovechó la oportunidad para presentarme al señor John Rae Navata. De veras. Hay gente para todo.

Pero yo no quería alejarme tanto de Misiones, porque tengo muchos recuerdos, buenos recuerdos. Conocí las dos puntas de la provincia. Y para quien piense que Misiones no tiene puntas, me apuro a aclarar:

  • Uno, el extremo lujoso:
2 Cataratas
Aburridos del Sheraton Iguazú Resort & Spa, no tuvimos más remedio que ir a ver cómo caía el agua (abril de 1997)
  • Otro, el Bachillerato de Orientación Polimodal 102, en las afueras de Posadas:
2 BOP 102
Hablando de microficciones (abril de 2015). Gracias al Plan Nacional de Lectura, que me mandó hasta allá, y a Silvia Zapaya, que me llevó a escuelas y un Instituto de Formación Docente, y sacó la foto.

Ahora sí, y como siempre, Google Maps es nuestro amigo:

Tendría que hacer un álbum de cada visita, para poner ambas en su justo valor. La próxima, tal vez.

Mientras, me queda la duda sobre el bueno de John Rae Navata. Lo busco. Nada significativo, salvo esta página de Google+ con su mensaje poco alentador en gris clarito:

2 It looks like you've reached the end

2 Río Paraná hacia 1970

A la deriva

Quimbombó

Wikipedia, página al azar. Caigo en Abelmoschus esculentus, planta conocida con un arcoíris de nombres: quimbombó, quingombó, gombo, molondrón, ocra, okra o bamia, candia, abelmosco.

1 Okra_flower_2
Flor de quimbombó (Wikipedia, dominio público)

Es una malvácea, así que voy a ver.

Familia genial, la de las malváceas. Para empezar, incluye al Hibiscus, que para mí será siempre rosa de la China, y sobre todo la rosa de la China que mi padre puso en el jardín que teníamos en Ramos Mejía.

1 Yo con rosa de la China
Para esta foto de 1969 me acomodé junto a una flor de nuestra rosa de la China, sin cortarla.

Pero resulta que entre las malváceas está nada menos que el algodón. Wikipedia me recibe con esta imagen maravillosa:

1 800px-Vegetable_lamb_(Lee,_1887)
El epígrafe dice: “Representación de la fabulosa planta del algodón en una ilustración del siglo XIX”. (Wikipedia, dominio público.)

El algodón lleva de cabeza a la industria textil. Mi abuelo paterno, Eduardo Gimenez, era obrero textil.

1 abuelo-eduardo
Mi abuelo paterno. Nació en Alcaudete, Jaén, no sé en qué año. Murió en Ramos Mejía en 1942.

Trabajaba en la fábrica La Emilia, San Nicolás, donde nació mi padre en 1924. Murió mucho antes de que yo naciera.

El pueblo La Emilia ahora es ciudad. Está a la orilla del Arroyo del Medio; en la orilla de enfrente empieza la provincia de Santa Fe.

En enero de 1917, La Emilia se inundó. Hay una nota épica en el diario El Norte, escrita por Daniel Erne, que empieza así:

“La Emilia es ahora un pueblo triste. Con rastros de desastres y huellas de dolor. Pero la vida continúa como una mecánica milenaria. Con sol la angustia es la misma. Las marcas que dejó el agua en las viviendas son las menos importantes porque se arreglan con dinero. Las penas del alma no tienen precio”.

Muchas cosas, aquí y ahora, no tienen precio. O casi: hoy mismo, treinta semillas de quimbombó, Abelmoschus esculentus, salen ciento cincuenta pesos en Mercado Libre.

1 30-semillas-de-okra-verde-quimbombo--D_NQ_NP_807160-MLA25554789779_042017-O
Foto del artículo en venta en Mercado Libre.
Cuentos solitarios

Nombres

Hay una gotera lenta, en alguna parte, allá arriba, por encima de la oscuridad que me rodea. Estoy contando las gotas que caen. Voy por la diecisiete, aunque olvidé las anteriores. No sé cuándo empecé a contar, así que no puedo confiar en el cálculo. No sé nada, en realidad, y por lo tanto no puedo confiar en nada. Excepto que estoy en la oscuridad y hay una gotera lenta, y la gota que acaba de caer es la número dieciocho.

Estoy sentado. No hay respaldo, por lo menos hasta donde me atrevo a probar. Algo me retiene las manos a la espalda, probablemente esposas. Nunca tuve las manos esposadas. Me dan ganas de llorar pero las lágrimas no salen, y entonces pienso otra vez en la gotera, y esta gota es la número veintitrés, aunque no soy consciente de haber pasado por las cuatro anteriores.

Delante de mí se abre una puerta, con un chillido de animal. Se forma un rectángulo blanco brillante, tan luminoso que, finalmente, me saltan las lágrimas. Entrecierro los ojos, miro a un lado, vuelvo a mirar al frente. Veinticuatro gotas. En medio de la luz se forma la figura de una persona, que avanza y cierra la puerta tras de sí con otro chillido. Oscuridad otra vez, pero breve, porque la persona enciende una linterna y me apunta a los ojos. Es hora de cerrarlos del todo.

—Tu nombre es —dice esa persona con voz de mujer, y pronuncia mi nombre.

—Sí —contesto—. Por favor, apague la linterna.

La apaga. Hay un silencio largo, excepto por la gota veintiséis. La veinticinco cayó entre el momento en que se cerró la puerta y el momento en que se encendió la linterna.

—No —dice la mujer—. No es ese. Tu nombre es —y ahora sí pronuncia mi nombre.

Digo que ahora sí porque me doy cuenta de que el otro no era mi nombre, aunque yo lo creyera. Mi nombre real es este otro, este que la mujer me acaba de devolver. Debería sentirme agradecido, pero no. Odio a esa mujer, la odio con todas las fuerzas y quisiera decírselo.

La gotera se está acelerando. Ahora cayeron las gotas veintisiete y veintiocho. No sé por qué las sigo contando, pero no lo puedo evitar. También muevo los pies, sin ruido, tratando de encontrar un ritmo que acierte con la próxima caída de una gota. Lo hago desde el comienzo, desde aquel diecisiete del principio de los tiempos, hasta ahora sin lograrlo.

La mujer camina hacia mi izquierda. Muevo la cabeza para acompañar los pasos, tratando de imaginar su forma. Anda con total seguridad, como si pudiera ver sin luz, o conociera el sitio de memoria. Sube dos escalones, me doy cuenta porque el ruido de los zapatos es diferente, y da tres pasos más, hacia mis espaldas. Hay dos chasquidos consecutivos, el de la gota treinta y el de un interruptor.

Me duele la cabeza. Es algo nuevo, un dolor repentino que parte de la base de la nuca y en un segundo se divide en dos ramas, me recorre los parietales y se une a sí mismo en el centro de la frente. Inclino la cara hacia adelante, inclino también el cuerpo, escondo la cabeza entre las rodillas y luego la vuelvo a levantar porque necesito aire. Miro hacia arriba, y entre la gota treinta y uno y el dolor queda espacio para temer que algo caiga desde allá arriba, desde la oscuridad donde no sé qué hay, y me entre en los ojos. Así que abajo otra vez, otra vez hacia las rodillas, con los ojos cerrados. El dolor se va.

Antes dije el principio de los tiempos, pero sigo sin saber nada de ese momento. Primero habrá existido la gotera, y luego los números necesarios para contar las gotas. Sin embargo, las gotas no se cuentan a sí mismas, hace falta alguien que las cuente, y será por eso que estoy aquí.

Treinta y dos. Por el ruido, parece que las gotas cayeran sobre mi cabeza. Están ahí, exactamente en mi cenit, próximas. Pero no siento nada.

Aparece un resplandor rojizo, de manera que vuelvo a abrir los ojos. Se encendieron luces a mi derecha. Estoy en un espacio enorme, una especie de depósito. Primero hay una serie de bultos negros, iluminados a contraluz, que no puedo identificar. Luego veo varias cámaras de filmación, algo que parece una grúa pequeña, gente de espaldas, también a contraluz, que maneja aparatos. Por detrás de todo está el living de una casa, al que le falta la pared del frente. Dentro del living hay gente. Actores. Son los más iluminados, y los únicos a quienes la luz les da en la cara. Están hablando, pero no entiendo lo que dicen. Cae la gota treinta y tres.

—Mm —digo, probando si aún tengo voz.

Nadie me oye. Espero a que haya caído la gota treinta y cuatro antes de hacerlo un poco más fuerte.

—Mmm.

Algo me raspa en la garganta y me da tos. Uno de los que manejan aparatos, el más próximo, se vuelve hacia mí y hace un gesto con las manos. Quiere que me calle.

Empiezo con un susurro:

—Socorro.

No es suficiente. Subo apenas el volumen:

—Socorro.

Tampoco. Cae la gota treinta y cinco. Los actores siguen su rutina. Mis manos siguen esposadas. Aspiro hondo y digo con voz plena, sin gritar:

—Socorro.

El hombre que antes se había dado vuelta camina hacia mí con paso rápido.

—No puede estar acá —dice en voz baja—. ¿Quién lo dejó entrar?

—No sé —contesto.

Saca un aparato de la cintura y pulsa un botón.

—Hay un intruso —le dice al aparato, sin alzar la voz, y lo vuelve a poner en su sitio. Me mira otra vez—. Van a venir a buscarlo —dice—. No haga ruido.

Regresa a su puesto. Han caído algunas gotas más, porque la cuenta interior va por el treinta y nueve, pero no las conté conscientemente. Entonces recuerdo a la mujer que vino antes y miro a mi alrededor. Ya no está. A la luz crepuscular de las lamparitas lejanas puedo ver los escalones que subió, puedo ver el interruptor. Pero ni rastros de la mujer. Cuarenta gotas.

Se abre la puerta, entra la ráfaga de luz y con la luz dos personas apuradas. Una de ellas me cubre la cabeza con una capucha, la otra se asegura de que mis manos sigan esposadas. Susurran entre ellos: son dos hombres. Pero hablan en un idioma que no conozco. Sacuden un poco el banco en que estoy sentado, me levantan, me vuelven a sentar. Hay mucho movimiento y casi ningún ruido, pero no parece que vayamos a ninguna parte, porque la gotera sigue sobre mí, persistente entre los susurros y las sacudidas.

Cuarenta y ocho gotas, y entonces me sacan la capucha. Estoy en un cuarto gris de paredes descascaradas, iluminado por tubos fluorescentes. Frente a mí hay un escritorio con tapa de fórmica. Al otro lado del escritorio, un policía de bigotes, calvo, me mira con las manos cruzadas frente a él. Dejó la gorra a un lado, sobre una pila de papeles. Una corriente de aire mueve el papel de arriba, que se iría volando si la gorra no lo mantuviera en su sitio. Cae la gota cuarenta y nueve, allá en el techo. Cae la gota cincuenta. Todos tenemos mucha paciencia.

—Su nombre es —empieza por último el policía, y dice otro nombre, diferente de los que usó antes la mujer. Pero él es quien tiene la razón: lo que dice es mi nombre, y no entiendo cómo lo sabe.

—Sí —respondo.

Cincuenta y una gotas. La gotera se sigue acelerando. Si al principio era un tac … … … tac … … … tac, ahora es un tac … tac … tac. El policía agarra el papel que se movía bajo la gorra y lo pone frente a su propia barriga, que ahora veo que sobresale como una sandía. Mientras sujeta el papel con una mano, con la otra abre un cajón, busca una lapicera, y empieza a tomar notas. Parece que estuviera describiendo mis rasgos, porque de vez en cuando me mira y luego vuelve a escribir: observa mi pelo y escribe, observa mi oreja izquierda y escribe, observa mi cuello y escribe. No hace preguntas, lo cual parece bastante apropiado porque no creo que tenga respuestas para darle.

Yo trato de hacer coincidir mis meñiques, uno contra el otro, tarea mucho más difícil de lo que parece. Con las manos aún esposadas a la espalda y los dedos apuntando hacia abajo, toco índice con índice, mayor con mayor, anular con anular, y cuando quiero tocar meñique con meñique el de la mano derecha queda más atrás que el de la izquierda. Empiezo otra vez, índice contra índice y así, hasta que los meñiques fallan de nuevo. Esto se repite intento tras intento, gota tras gota, mientras el policía hace su trabajo.

Pasa un rato largo. La cuenta va por ochenta y siete, y no estoy nada seguro de cómo llegué a ese número, cuando el policía se incorpora, mira a alguien que está detrás de mí, y la capucha vuelve a taparlo todo.

Me ponen de pie entre dos, cada uno alzándome de un brazo. Sin soltarme, me hacen caminar. Damos unos pasos, giramos, damos unos pasos más, volvemos a girar, y así sucesivamente. Me doy cuenta de que estamos andando en círculos, pero no veo razones para protestar. La gota número cien llega como si fuera un alivio. Siento un modesto renacer mientras cuento ciento uno, ciento dos, ciento tres.

Cuando se cansan de dar vueltas me acuestan en una camilla, boca abajo. Oigo un chasquido y noto que tengo las manos libres. Oigo el ruido de las esposas, también ellas liberadas, que caen al suelo. Pero dejo los brazos a ambos lados del cuerpo, para no abusar de la suerte.

—Va a sentir un pinchazo —dice una voz femenina con tono neutro.

La profecía se cumple en un punto del antebrazo derecho, del lado de adentro, a unos centímetros por encima de la muñeca. Me clavan algo y lo dejan ahí, y luego ponen una cinta adhesiva para que permanezca en su sitio. Pero sigo sin ver nada. Ciento seis. Oigo pasos que se alejan. Me parece que estoy solo, pero entonces alguien me quita la capucha. No hay diferencia: el sitio está a oscuras. Y, salvo la gotera, en silencio. Quien me quitó la capucha se aleja sin hacer ruido. Ciento siete gotas, siempre en el cenit.

Tengo ganas de hacer pis.

Doy vuelta la cabeza y me doy cuenta de que no todo es oscuridad. Hay una línea de luz pálida, a la altura del suelo. Es la parte inferior de una puerta.

Tengo que ir con cuidado. Primero me pongo boca arriba y espero. Ciento ocho gotas. Ciento nueve. Luego me siento. Las piernas me cuelgan por el borde de la camilla. Ciento diez, ciento once gotas. Es un gusto tener las manos apoyadas en las rodillas. Tableteo un poco con los dedos. Ciento doce gotas.

De pronto recuerdo algo que ha quedado sin resolver. Levanto las manos y las pongo a la altura de los ojos, palma contra palma, con los dedos separados. No puedo verlas, pero la posición es más cómoda que a la espalda, con las esposas puestas. Junto índice con índice, mayor con mayor, anular con anular, y casi sin darme cuenta también meñique con meñique. Al primer intento.

Ciento quince gotas. Me deslizo hasta el suelo y levanto los brazos. Siento un tirón del antebrazo derecho, y un momento después oigo el estrépito de algo metálico que cae. Me había olvidado del pinchazo y sus significados. Ahora tengo que esperar por si viene alguien.

Ciento dieciséis gotas. No viene nadie. Debo esperar más. Ciento diecisiete gotas. Ciento dieciocho. Qué números tan largos.

Con mucho cuidado me quito la cinta adhesiva y la aguja, vuelvo a alzar los brazos y empiezo a andar hacia la puerta. No hay nada que se interponga en el camino. Acaricio la puerta del centro hacia los bordes, y luego hacia abajo, hasta que mi mano izquierda da con el picaporte. Sin mover esa mano, acerco la otra y la uso para girar el picaporte con lentitud. La puerta se abre lo suficiente para que yo asome un ojo al mundo exterior.

Hay un pasillo de paredes blancas, poco iluminado. Está vacío. Parece parte de un hospital. Enfrente hay otra puerta, con el número 123, justo la cantidad de gotas que conté hasta ahora, en caracteres metálicos. A la derecha de esa puerta hay un matafuegos colgado de la pared, y un poco más allá empieza una hilera de asientos negros, de plástico, unidos entre sí por tubos de metal.

Ciento veinticuatro gotas, y las ganas de hacer pis me obligan a moverme.
Abro la puerta del todo, asomo la cabeza fuera de la habitación y miro en ambas direcciones. Ahora estoy seguro de que estoy en un hospital. El pasillo sigue pocos metros hacia la izquierda, muchos metros hacia la derecha, y en ambos extremos termina en otro pasillo transversal. No hay más ruidos que el de la gotera y los míos.

Me miro a mí mismo. Estoy cubierto con una bata blanca de mangas cortas que me cubre hasta los pies, sin bolsillos. En los pies, un par de pantuflas blandas. Sin necesidad de ver, me doy cuenta de que no tengo ropa interior. Tampoco tengo reloj, pero no siento que me haga falta.

Ciento veintisiete gotas. La gotera ahora hace tac tac tac, y sigue su marcha a velocidad creciente. Salgo hacia la izquierda, por donde el pasillo termina pronto, y camino hasta el pasillo siguiente, que sigue en ambas direcciones. La gotera, por algún motivo, me acompaña. Allá tampoco hay nadie. Giro a la derecha y camino rápido hasta una puerta doble, de vaivén, que da a unas escaleras.

No se ve ninguna indicación de que haya baños cerca. Atravieso la puerta, dejo que se cierre y me asomo por el hueco de las escaleras. Aquí la luz es aún más tenue que en los pasillos. Sigo solo. Me pongo frente a un rincón, detrás de la puerta, levanto la bata con ambas manos por encima de la cintura, echo los hombros hacia atrás, las caderas hacia adelante y aflojo los músculos. El chorro oscurece un triángulo isósceles de pared blanca, y enmascara las gotas ciento cuarenta y cinco a ciento cincuenta y dos. Pero las cuento sin necesidad de oírlas, porque ahora la velocidad de la gotera me permite seguir el ritmo con bastante precisión.

Suelto el borde de la bata y bajo las escaleras. La gotera ahora hace tatatatata. Empieza a ser difícil contar número por número, y entonces me decido a contar sólo las gotas pares, ciento cincuenta y ocho, ciento sesenta, ciento sesenta y dos.

La planta baja está tan desierta como el piso de arriba. Hay mostradores, sillones, espejos, ascensores, y nadie que los use o los atienda. Frente a las escaleras se ve una pared de vidrio, y más allá la oscuridad. Seguro que es el exterior, y seguro que es de noche.

Me acerco a un mostrador para mirar al otro lado. Hay unos papeles, una lapicera, un teléfono. Estiro el brazo para levantar el tubo, pero no llego a hacerlo. ¿A quién puedo llamar? No recuerdo el número de nadie.

Giro hacia la pared de vidrio y camino. Ciento noventa y cuatro, noventa y seis, noventa y ocho, doscientos. Hay un movimiento a mi derecha, y me doy cuenta de que acabo de pasar frente a un espejo. Me detengo. Ahora podría volver un paso atrás y mirarme, reconocerme, saber más de mí. Pero es más importante la pared de vidrio, la negrura de la noche que está al otro lado. Es más importante la gotera que ya hace tttttttttt.

Me rindo. No tengo más remedio que estimar el número de gotas, porque están cayendo demasiado rápido para contar una por una. Voy de cinco en cinco omitiendo pensar en los centenares. Treinta, treinta y cinco, cuarenta.

En medio de la pared de vidrio hay una puerta. Lo único que la identifica es un letrero chico que dice EMPUJE. Antes de abrirla miro hacia afuera, pero solo veo el cemento del primer metro de suelo. Después está todo negro. Empujo y me asomo al exterior.

En cuanto saco la cabeza ocurren dos cosas. Un golpe de aire frío me hace parpadear y cerrar la boca. Y la gotera se termina. Vuelvo a meter la cabeza adentro. La gotera continúa. Ochenta, noventa, trescientos, diez, veinte. Ahora suena a rrrrrrrrrrr. Esto no puede seguir así por mucho tiempo. Saco la cabeza al silencio, la meto otra vez, cincuenta, cuatrocientos, cuatro cincuenta, y entonces abro la puerta del todo, salto al exterior y la cierro detrás de mí.

Sin la gotera el mundo es más solitario, y también más grande. Se oye el viento en los árboles, pero todo es invisible. Doy un paso y me paro en el borde del mundo. Más allá no hay luz.

Estiro los brazos al frente y doy otro paso. Estoy en un camino de polvo de ladrillo. Es inconfundible, por el tamaño de las piedritas que se me clavan en las pantuflas blandas.

Sigo andando con cuidado, arrastrando un poco los pies, tanteando al frente con las manos. Noto que llevo la cabeza echada hacia atrás, la mirada fija en un punto alto, y me obligo a bajarla, como si así pudiera ver algo. Tras un rato me detengo otra vez y me doy vuelta para mirar atrás. A lo lejos está la pared de vidrio, pequeña, luminosa, y tras ella la planta baja del hospital. Vuelvo a mirar al frente.

Me encuentro con la luz de una linterna, a varios metros de distancia, que me ilumina la cara. Cierro los ojos, alzo un poco más las manos.

—Tu nombre es —dice una voz cascada, la de un anciano. Y pronuncia mi nombre, el cuarto, el verdadero.

7 Nombres