Principios de novela 2

La sombra del torturador, de Gene Wolfe

Es posible que yo ya tuviera entonces cierto presentimiento de mi futuro.

El portal cerrado y herrumbrado que se levantaba ante nosotros con hilos de niebla ribereña enhebrando las puntas de hierro como senderos de montaña, ha quedado ahora en mi memoria como el símbolo de mi exilio. Ésa es la razón por la que he empezado a escribir esta crónica describiendo el portal, y cómo luego tuvimos que echarnos al agua, y como yo, Severian, aprendiz de torturador, estuve a punto de morir ahogado.

—El guardián se ha ido. —Así le habló mi amigo Roche a Drotte, que ya se había dado cuenta.

Dudando, el muchacho Eata sugirió que diéramos un rodeo. Levantó el delgado brazo pecoso y señaló los mil pasos de muralla que se extendían entre las casas bajas y ascendían por la loma hasta que finalmente se unían a los muros altos de la Ciudadela. Era un camino que yo tomaría, mucho más tarde.

—¿E intentar atravesar la barbacana sin salvoconducto? Llamarían al maestro Gurloes.

—Pero ¿por qué se iría el guardián?

—No interesa. —Drotte sacudió el portal—. Eata, ve si puedes escurrirte entre las barras.

Drotte era nuestro capitán, y Eata introdujo un brazo y una pierna entre las estacadas de hierro, pero pronto fue evidente que el cuerpo no podría seguirlos.

—Alguien se acerca —susurró Roche. Drotte tiró bruscamente de Eata.

Miré calle abajo. Una luz de linternas se mecía en la niebla entre un ruido de voces y pasos apagados. Yo habría querido esconderme, pero Roche me detuvo diciendo:

—Espera, veo picas.

—¿Crees que es el guardián que vuelve?

—Son muchos —comentó sacudiendo la cabeza.

—Una docena de hombres cuando menos —dijo Drotte.

Todavía mojados por el Gyoll, aguardamos. En los recodos de mi mente aún estábamos allí, temblando de pies a cabeza. Así como todo lo supuestamente imperecedero tiende a su propia destrucción, los instantes que en un momento nos parecen más fugaces se recrean a sí mismos…, no sólo en mi memoria (que en última instancia no pierde nada) sino también en mi corazón palpitante y en mis cabellos erizados, que se renuevan una y otra vez, así como nuestra comunidad se reconstituye cada mañana con las agudas notas de sus propios clarines.

Así empieza La sombra del torturador (The Shadow of the Torturer. Volume One of The Book of the New Sun), de Gene Wolfe, traducido por Rubén Masera y Luis Domènech. Minotauro, Barcelona, 1989.

3 La sombra del torturador

Principios de novela 2

El Señor de la Luz, de Roger Zelazny

Los prosélitos lo llamaban Mahasamatman y decían que era un dios. Sin embargo, optó por dejar de lado el Maha- y el -atman y llamarse Sam. Nunca dijo ser un dios. Pero nunca negó ser un dios. Dadas las circunstancias, admitir cualquiera de las dos cosas no hubiera traído ningún beneficio. Sí, en cambio, lo traía el silencio. Lo envolvía, pues, un aura de misterio.

Fue en la estación de las lluvias…

Fue en la época en que arrecian las aguas…

Fue en la temporada de las lluvias cuando las oraciones de los monjes se elevaron,
no mediante la pulsación de nudosas cuerdas o la rotación de las ruedas, sino mediante la gran máquina de orar del monasterio de Ratri, diosa de la Noche.

Las plegarias de alta frecuencia penetraron y sobrepasaron la atmósfera hasta internarse en esa nube dorada llamada el Puente de los Dioses, que ciñe el mundo entero, y sólo se ve por las noches como un arco iris de bronce: el sitio donde el sol cambia de rojo a naranja al mediodía.

Algunos monjes no creían que esta técnica oratoria fuera muy ortodoxa, pero el constructor y operador de la máquina era Yama-Dharma, caído de la Ciudad Celestial, quien, según se decía, hacía siglos había construido el carro de trueno del Señor Shiva, ese artefacto que volaba por el cielo vomitando estelas de llamas.

Aunque estaba en desgracia, Yama aún era juzgado el más poderoso de los artífices, si bien era indudable que los Dioses de la Ciudad lo condenarían a la muerte verdadera si se enteraban de la existencia de la máquina de orar. Por otra parte, era indudable que los Dioses de la Ciudad lo condenarían igualmente a la muerte verdadera sin la excusa de la máquina de orar, en el caso de que llegaran a apoderarse de él. A Yama, en última instancia, le incumbía arreglar ese asunto con los Señores del Karma, pero nadie dudaba de que llegada la hora encontraría una salida. Tenía la mitad de años que la Ciudad Celestial, y no pasaban de diez los dioses que recordaban la fundación de esa morada. Se sabía que Yama conocía las modalidades del Fuego Universal aún mejor que el Señor Kubera. Pero estos eran Atributos menores.

Se lo conocía sobre todo por otra cosa, aunque pocos hombres la mencionaban. Alto pero no en exceso, corpulento pero no pesado, se movía con lentitud y fluidez. Vestía de rojo y hablaba poco.

Atendía la máquina de orar, mientras el gigantesco loto metálico que había erigido en la cima del techo del monasterio daba vueltas y vueltas.

Un leve aguacero bañaba el edificio, el loto y la jungla al pie de las montañas. Hacía seis días que emitía kilovatios de plegarias, pero la estática impedía que lo escucharan en Las Alturas. Ya sin aliento, llamó a las deidades más notables de la fertilidad eléctrica, invocándolas por sus Atributos más prominentes.

El rumor del trueno fue la única respuesta, y el pequeño mono que lo ayudaba ahogó una carcajada.

—Tanto tus plegarias como tus maldiciones, oh Señor Yama, alcanzan el mismo resultado —comentó el mono—. Es decir, ninguno.

—¿Y te llevó diecisiete encarnaciones llegar a esa verdad? —dijo Yama—. Ahora entiendo por qué eres todavía un mono.

—De ningún modo —dijo el mono, que se llamaba Tak—. En mi caída, menos
espectacular que la tuya, hubo cierta malicia personal de parte…

—¡Basta! —dijo Yama, volviéndole la espalda.

Tak advirtió que quizás había puesto el dedo en la llaga. En busca de otro tema de conversación, fue a la ventana, se encaramó sobre el vasto antepecho y observó el cielo.

—Hay una hendidura en las nubes, hacia el oeste.

Yama se acercó, miró adonde le indicaban, frunció las cejas y asintió.

—Sí —dijo—. Quédate donde estás y avísame.

Se acercó a una consola de controles.

El loto metálico dejó de girar y enfrentó el retazo de cielo desnudo.

—Muy bien —dijo Yama—. Tenemos algún contacto.

Así empieza El Señor de la Luz (Lord of Light), de Roger Zelazny, traducido por Carlos Gardini. Minotauro, Buenos Aires, 1979.

2 El Señor de la Luz

Principios de novela 2

La intersección de Einstein, de Samuel Delany

Hay en mi machete un cilindro hueco, agujereado, desde la empuñadura a la punta. Cuando soplo en la boquilla del mango, sale música por la hoja. Cuando tapo todos los agujeros el sonido es triste, áspero como algo áspero que aún puede llamarse suave. Cuando descubro todos los agujeros el sonido canta alrededor, y trae a los ojos destellos de sol en el agua, metal triturado. Hay veinte agujeros. Y desde que toco música me han llamado tonto de muy diferentes modos; más a veces que Lobey, mi nombre.

¿Cómo soy?

Feo y mostrando los dientes casi todo el tiempo. Nariz enorme y ojos grises y boca ancha apretados en una cara pequeña y parda, apropiada para un zorro. Todo arañado de pelos que son hilos de bronce. El pelo me lo corto casi de raíz con el machete, cada dos meses. Vuelve a crecer rápido. Lo que es raro, pues ya cumplí veintitrés años y aún no me salió la barba. Tengo figura de bolo; los muslos, las pantorrillas y los pies de un hombre (¿gorila?) del doble de mi estatura (que es de aproximadamente uno ochenta), y caderas proporcionadas. Hubo una erupción de hermafroditas el año en que nací, y eso es lo que me llamaron los doctores. De algún modo tengo mis dudas.

Como digo, soy feo. Mis pies tienen dedos casi tan largos como los dedos de las manos, y los mayores están en semioposición. Pero esperen; una vez le salvé la vida a Pequeño Jon.

Estábamos escalando la Cara de Berilio, resbalando en aquella roca vítrea cuando Pequeño Jon perdió pie y quedó suspendido de una mano. Yo me sostenía con las dos manos, pero estiré un pie y tomé a Pequeño Ion de la muñeca y tiré de él hasta que pudo pisar en algo.

Así empieza La intersección de Einstein (The Einstein Intersection), de Samuel Delany. Traducción de Marcial Souto. Minotauro, Buenos Aires, 1973.

1 La intersección de Einstein