La vida del remisero

[4/9/2002]

—Yo ando siempre a la misma velocidad explica el remisero. Hasta las tres de la madrugada, eso significa que voy demasiado rápido. Después de las tres, que voy demasiado lento.

Esquiva una 4×4 y sigue:

Antes iba a Ezeiza a ciento cuarenta. Sin peligro, porque estaba solo en la autopista. Ahora, con el precio del gasoil, no puedo pasar de cien porque consume mucho.

Pasamos un semáforo anaranjado. Le ofrezco un chicle, pero la lengua no se le queda pegada.

El problema dice es la madrugada de los domingos. Pasan todos a ciento setenta, a doscientos, y además están borrachos.

Sonríe, recordando una anécdota de esas que debe haber contado a cada pasajero en los últimos diecisiete años.

Estaba parado en un semáforo rojo. Cuando el semáforo cambió no hice nada. El pasajero me preguntó por qué me quedaba ahí, y entonces pasó delante de nosotros un taxi, como una bala. Recién después arranqué. “¿Cómo sabía que venía ese taxi”, me preguntó el pasajero. Le contesté que lo había visto dejar pasajeros a unos metros de la esquina, y estaba seguro de que iba a pasar el semáforo aunque ya hubiera cambiado.

Estamos llegando a destino. Le queda tiempo apenas para un comentario final:

Es que yo fui taxista muchos años. Los conozco bien. Me mira, no por el espejito sino cara a cara, dándose vuelta. Pero nunca hice esas cosas, por supuesto.

Author: Eduardo Abel Gimenez

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