El agua resbala

El agua resbala por la pared y cae en la escalera que debo bajar. Todo es blanco menos yo. A mi espalda queda un reguero de talco y madres que tratan de limpiarlo con trapos húmedos. Hay muchas cosas inútiles, pero el día que haga la lista empezaré diciendo que a mi tacho de basura le falta el fondo.

Siempre supe

Siempre supe que la escalera tenía trece escalones. Hasta que debí subir, y entonces tuvo dieciocho.

Te devuelvo el libro que me prestaste

Te devuelvo el libro que me prestaste, con el valor agregado de las horas de insomnio, la mancha de chocolate en la página 147, la estadía entre Expiación y Milenio negro, la mirada de la chica del subte que quería adivinar, el descubrimiento de que doblás las hojas para marcar por dónde vas, el tiempo perdido, el tiempo ganado, el tiempo que empatamos.

El pueblo está preocupado

El pueblo está preocupado por la falta de frío, el árbol que se seca, los perros sin patas, la mezcla de nubes que tuvimos ayer, el color de los zapallos, la humedad que sale por las paredes de la iglesia, el celofán, la malaria, el molino de viento, la suba del alquiler, la velocidad de los gansos salvajes que han venido de otro continente, el sombrero del alcalde, las faldas de la hija del panadero, el camino que lleva al cerro, la piedra amarilla, las orejas del caballo blanco, el aljibe y las sombras chinescas.

Estoy esperando que me atiendan

Estoy esperando que me atiendan, sentado en el sillón verde oscuro, frente a la mesita donde se apilan los folletos. A mi derecha hay una ventana alta, por la que sólo veo una pared con otra ventana igual a la mía, que sin duda pertenece a la oficina de al lado. Me acomodo en el borde del asiento y me echo hacia atrás, hasta apoyar en el respaldo los hombros y la cabeza. Dejo caer el brazo izquierdo por fuera del apoyabrazos, hasta que los dedos rozan la parte inferior del sillón y entran en el hueco que dejan las patas. Ahí encuentro un material blando y rugoso, fácil de atrapar con los dedos. Tiro y se desgarra, sin ruido. Tiro un poco más, arranco un pedazo y no me atrevo a mirarlo. Con un giro de la mano lo arrojo hacia atrás, donde tal vez nadie lo vea. Arranco otro pedazo. Ahora encuentro una especie de algodón basto, un relleno hecho de fibras suaves y ásperas a la vez, según por donde las toque. También es fácil de arrancar, aunque tiende a quedarse pegado a los dedos. Sale un trozo, sale otro, y sigo tirando todo hacia atrás, mientras miro por la ventana esa otra ventana por la que ahora se asoma alguien, me saluda con un movimiento de cabeza y vuelve a meterse adentro sin darme tiempo a responder. No hay caso. No me atienden. Tendré que hacer algo al respecto.

Hay una flecha clavada

Hay una flecha clavada en la torre de madera, arriba, cerca de la ventana del último piso. Un pájaro la estudia como posible soporte, pero se queda en el árbol. La torre se inclina hacia este lado. Algo duele, como siempre, pero no es la flecha.

Parte de mí

Foto por Eduardo Abel Gimenez

Diseño nuevo en Imaginaria

Hay diseño nuevo en Imaginaria.

Me metí a investigar CSS, en particular para un diseño de tres columnas. Lo hice. Lo probé en IE 6.0 y en Firefox, y me pareció suficiente porque no había cosas raras. Lo publiqué. De inmediato, me escribieron que se veía mal, no sé en qué plataforma. ¿Cómo resolví el problema, rápido y sin fallas? Metí el paquete en una bonita, clásica y nunca bien ponderada tabla, y todo arreglado. No perdí nada de lo logrado con los estilos, y el sitio dejó de aparecer “roto”.

El estado actual del sistema de CSS es desesperante. El diseño de un sitio mejora mucho en aspectos decisivos, pero es tan difícil de implementar para todas las combinaciones de browser y sistema operativo que ahuyenta a cualquiera. Por ejemplo, las especificaciones, hasta la versión 2, no toman en cuenta que haya columnas: parece casi una distracción de quienes armaron el estándar que las columnas sean posibles. Y hay muchas maneras en que el contenido puede romper el diseño más cuidado.

Me parece espléndido lo que se puede hacer con las listas, con la tipografía, con los espacios en general. Pero por más discurso semántico que se saque a relucir, no veo la conveniencia de que todo, todo, todo esté hecho en CSS. Al menos hasta que haya un consenso sobre la versión 3 y cada browser la implemente.

Calvin & Hobbes

Como si hiciera falta, aquí va otra maravillosa demostración de que Calvin & Hobbes es la tira más genial de la historia. No es sólo Calvin, no es sólo su Hobbes. Cuando el padre (u otro personaje “secundario”) pasa al frente, también se produce un momento inolvidable. “Well, we men are better at abstract reasoning. Go tell her that.” ¡Jua!

Las fotos que salen mal (1)

Estamos en Temaikén. Un grupo de gente excitada se amontona frente al sitio donde viven los suricatas. Vale la pena: uno de ellos, de acuerdo con su comportamiento típico, está muy erguido sobre una piedra alta, oteando el horizonte para descubrir cualquier peligro que se acerque. Por algún motivo, el montón de humanos gritones no le parece peligroso.

Es mi oportunidad. Mientras Gabriel tironea para otro lado, renunciando a no acercarme más porque la gente no lo permite, levanto la cámara y disparo. El paseo sigue. Horas más tarde, al ver las fotos del día, me encuentro con esto:

Foto por Eduardo Abel Gimenez

¡Le acerté al suricata! Está ahí, ¿no lo ves?, justo en el centro. Es esa cosita de color ratón que aparece contra esas piedras de color ratón más claro. No, bueno, mucho no se distingue. Mala suerte que las piedras tengan casi el mismo color, y que la cámara no tenga zoom, y que no haya sombras estratégicas que…

Ah, la gente. Claro: la gente mira para otro lado. Si por lo menos todos aparecieran mirando hacia esa rayita vertical casi imperceptible. Pero no, nadie mira al pobre bicho que se esfuerza ahí arriba, están todos interesados en alguna otra cosa, algo que la cámara pasó de largo. De siete humanos claramente visibles, ninguno mira al suricata vigía. Tal vez por eso no le parezcan peligrosos. Pero ¿no te resultan interesantes las expresiones, las actitudes? No, entiendo: hay sólo una cara visible, media cara; y otra más, de perfil, sobre un fondo confuso, a la sombra de una gorra (sí, ahí había sombras, ¿te das cuenta?). El resto son nucas, o fragmentos de nucas. Y una espalda blanca. Y un brazo con remera verde.

Tal vez la composición lo salve todo: las tres franjas horizontales claramente delimitadas, cielo-piedras-gente, las nubes en un ángulo levemente distinto de la madera en que todos se apoyan, a su vez distinto del ángulo de las piedras. El centrado casi exacto de ese animalito que no se ve… ¿Poco afortunado, dijo alguien? ¿Feo? ¿Todas las casualidades en contra?

Vamos, que insisto en lo principal: el bicho está ahí. En serio. Acá abajo va un fragmento de la foto, píxel por píxel, para probarlo. Lo que pasa es que a veces, muchas veces, hay fotos que salen mal.

Foto por Eduardo Abel Gimenez