Sin cara

por Eduardo Abel Gimenez
Estoy aburrido frente a la tele, con el control remoto en la mano. Un presentador lee las noticias.
-El mercado de valores ha tenido un día tranquilo, en el que… -está diciendo, pero no le dejo terminar la frase. Con la rapidez que da la práctica, pulso un botón del control remoto. De inmediato, el presentador salta sobre su escritorio y se arranca la corbata-. ¡Pero esto no va a quedar así! -grita. Le crecen las cejas, se le amarillean los dientes. Bajo el saco que ya se está quitando a jirones tiene una camisa sucia de explorador.
Pulso otro botón. La decoración en tonos cálidos y apagados se disuelve en un río de llamas, o lava, algo rojo y amarillo que fluye de izquierda a derecha. Hay gritos distantes. El explorador, que ahora cuelga de una rama, hace un esfuerzo sobrehumano y salta sobre una roca. Rueda sobre sí mismo. Cae al otro lado, donde no hay llamas, y se pone en pie de inmediato.
Frente a él hay una mujer. Está atada al tronco de un árbol. Pulso un botón más, y el pecho de la mujer crece, se hace más alto, mientras la pollera se le rasga estratégicamente hasta la parte más interna y más secreta del muslo.
En este momento llega mi esposa del trabajo. El ruido de la llave en la cerradura me obliga a pulsar otro botón, de manera que el pecho de la mujer retrocede al nivel anterior y la pollera se convierte en pantalones anchos.
-No creo en ti -dice el explorador-, me estás tendiendo una trampa.
Mi esposa se acerca al sofá, nos damos un beso corto. Ella trae su propio control remoto en la mano, y mientras se sienta ya está pulsando botones. Por detrás de mis protagonistas, un joven abogado de traje negro desciende por unas escaleras de mármol y sonríe a cámara.
-Le ruego que se calme, amigo -pide al explorador, que ya está amenazándolo con un cuchillo que ha conocido sangre-. Tengo cobertura policial, así que le convendrá cambiar de actitud.
Mi hijo, que ha oído la entrada de su madre, viene corriendo por el pasillo. Él también enarbola un control remoto, y apenas saluda con dos palabras cuando pone en marcha el pulgar. Nadie es más rápido que mi hijo. La cámara se eleva, y resulta que a la distancia aparece un personaje dibujado, con los pelos largos en un extraño arabesco que le envuelve la cara, que eleva su puño derecho hacia el cielo. Grita:
-¡Invoco el poder de Krun-ka-món! -o algo así.
Todos, el explorador, el abogado y la mujer, que ya no está atada, se dan vuelta. La pantalla se pone azul. El cielo es un remolino. Hay una lluvia de rayos, y los tres personajes corren a protegerse bajo el toldo de una tienda cercana. Ahora todos están dibujados.
-¿Qué comemos? -pregunta mi mujer, mientras pulsa otro botón. El abogado saca un celular y lo abre. Los rayos siguen cayendo.
-No sé -digo, mientras muevo el pulgar sobre el teclado. Un rayo arranca el celular de las manos del abogado-. ¿Por qué me preguntás?
-Es tu turno de cocinar -dice mi mujer. El abogado, que no ha dejado de sonreír y además acaba de recuperar su composición de carne y hueso, saca un arma y apunta a la cabeza del explorador.
Mi hijo, que se cansa pronto de las cosas, tira el control remoto a un rincón del sofá y se va otra vez a su computadora, donde es dueño de todos los destinos. Los rayos se acaban de inmediato. Yo hago cálculos rápidos y me doy cuenta de que mi mujer tiene razón. También dejo el control remoto y me pongo de pie.
-Voy a ver qué hay -digo.
Mientras camino hacia la cocina, el abogado de ojos celestes y traje negro se acomoda tras un escritorio de color marfil y empieza a leer las noticias.
¿Cómo sigue la secuencia?
III, VII, XII, XVI, XXI, XXV, …
(La gracia está en que tengo una única solución a la que se llega con dos criterios muy diferentes. Se puede agregar un solo miembro más a la secuencia manteniendo ambos criterios, y luego divergen.)
Lo más difícil fue conseguir el primero. La gente pasaba de largo, pensando en otras cosas, mirando vidrieras o mirando a otras personas, porque no hay nada que les guste tanto como mirarse a sí mismos en los demás. Hasta que alguien, un hombre joven de saco y corbata, se dejó atraer por la luz plateada que salía del pozo y se detuvo junto a la valla protectora, estirando el cuello y alzando las cejas para ver mejor.
En segundo lugar cayó un hombre mayor, que venía caminando lentamente y vio la oportunidad de descansar un poco. Se paró junto al primero, lo miró a los ojos en busca de una explicación que no llegó, y luego se inclinó también hacia el pozo, que ahora mostraba una luz verdosa.
El pozo era igual a esas bocas redondas que suele haber en las calles, esas entradas a cloacas y otros mundos subterráneos. Lo habíamos rodeado con una valla de metal, porque no queríamos que nadie se cayera: podía estropear el acto. Desde un segundo piso al otro lado de la calle, medio oculto tras una cortina opaca, yo podía verlo todo con precisión y medir los tiempos de cada paso.
Una mujer delgada y bien vestida, que traía varias bolsas de plástico de las que dan en los shoppings, fue la tercera. Se acercó al hombre joven, le preguntó algo, y luego se asomó ella también al pozo. De la fuente de luz, ahora rojiza, subía una especie de antena con pelos, como una pata de araña amplificada, que asomó cosa de medio metro, se curvó en dirección contraria a los curiosos y se quedó quieta.
Para entonces era lógico que los curiosos aumentaran rápidamente en número. A la luz ahora amarilla, frente a la segunda pata de araña que ya estaba apareciendo, un chico de colegio secundario y un cartonero se pusieron codo con codo dándome la espalda. Los siguieron dos mujeres mayores, que venían juntas, y una nena que traía un perrito. Las patas de araña se trenzaron en una pelea, mientras la luz se hacía más intensa. Vinieron una mujer joven, otro hombre mayor, una pareja que se abrazaba, un empleado de McDonalds, alguien en bicicleta que tuvo que quedarse un poco más lejos.
Junto a las patas de araña surgió un globo rojo con luz propia, que palpitaba como un corazón, en la cima de una vara dorada. El globo se alzó hasta la altura de los ojos de los curiosos.
Ahí empezó el ruido, o la música, como lo quieran llamar. Ni una cosa ni la otra, en realidad. Algo que impulsó a la gente a mirar hacia abajo, y que atrajo una segunda ronda de curiosos, que trataban de abrirse paso entre los hombros de los primeros.
Era mediodía, por eso había tanta gente en la calle. Los que iban a comer, los que venían a comer, los que buscaban comida tropezaban unos con otros, y todos tropezaban con esa pequeña multitud que rodeaba el pozo y trataban de unirse a ella como hace cualquiera cuando encuentra algo novedoso.
El globo rojo subió otros dos metros, de manera que todos pudieran verlo, y empezó a expandirse. El ruido, la música, subió de volumen: rugidos con mucho eco, tambores lentos, lluvia. La gente que se quedaba a ver llenó la calle de lado a lado.
Alcé la vista hacia una ventana del edificio que estaba frente al mío, también en el segundo piso. Allí había una persona, que hizo una señal con la cabeza, a la que respondí con otra señal.
Entonces volví a mirar mi control remoto, alejé los pulgares de los botones verdes que había estado pulsando hasta ese momento, y mientras sostenía el aparato en la mano izquierda usé el índice de la derecha para apretar, con fuerza, con rabia, por fin tras tantos preparativos, el botón rojo.
Esperan algo, camuflados en la oscuridad, casi invisibles, como hacemos todos.


Tal vez queden tres segundos, pero todavía no lo sé. Está nublado. El portero dijo que va a llover. Sin embargo, hace un rato vi un retazo de azul hacia el sur. Puede ser que venga algo de viento y barra las nubes y el calor. Camino junto a la pared, esquivando las baldosas flojas. Unos metros más adelante, dos policías aburridos charlan. La pared es gris, rugosa. Está cubierta de inscripciones, firmas, nombres, un ecosistema de aerosoles que lucha por un fragmento de superficie. Un poco por encima de mi cabeza está la primera hilera de ventanas, todas opacas, altas, vacías. La vereda es angosta. No hay árboles.
Dos segundos. Una chica en uniforme de colegio viene en dirección contraria. Camina rápido, imitando los movimientos de FTV. Los policías vuelven la mirada hacia ella, sin interrumpir la frase que están diciendo. Se oye el ruido del motor, fuerte, agresivo, pero todavía no nos damos cuenta. Llevo las manos en los bolsillos. La derecha rodea la cámara, la izquierda el celular. La campera está pesada, con tanta electrónica en su interior, y eso sin contar los documentos, las llaves, los papeles inútiles.
Un segundo. Ahora es cuando empezamos a sospechar. El motor se impone sobre todo lo demás, acompañado por un aullido de neumáticos. La chica de uniforme mira hacia su derecha, yo miro hacia mi izquierda, los policías se callan. La pared no hace nada. Sigue nublado, la lentitud de los cielos no llega a resultados con la rapidez de los humanos. Alguien grita, fuera de este reducido grupo de personajes en los que he venido pensando. Cada corazón late una vez más.
Cero segundos. El ruido no ha tenido tiempo de llegar cuando la luz nos atraviesa.
En un universo en expansión, donde la materia se distribuye en un volumen de espacio cada vez mayor, es lógico que mis bolsillos estén cada vez más vacíos.
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