Diario

Me levanto

[15/5/2002]

Me levanto a eso de las siete menos cuarto. Voy al baño. Me lavo la cara. Me pongo los lentes de contacto. Me cepillo los dientes. Voy a mi oficina, que es la habitación que está justo frente al baño. Con la única luz del monitor, veo la temperatura en Clarín, donde siempre anda mal. Luego veo la temperatura en La Nación, donde siempre anda bien. Vuelvo al dormitorio. Le digo buenos días a mi mujer, cuyo despertador suena a las siete menos diez. Mi mujer hace algún gesto vago e intenta responder sin mucho éxito. Le aviso qué temperatura hay. Le pregunto si va a desayunar café y tostada. Me dice que sí. Voy al living a abrir las cortinas. Como todavía es de noche, prendo la luz. Una de las cuatro lamparitas está quemada. Entro a la cocina. Tomo mis pastillas de la mañana. Hago el desayuno. Leche con Nesquik para Gabriel, un minuto de microondas, pero la saco unos segundos antes para que no se caliente tanto. Tortilla dietética de manzana con clara de huevo para mí, dos minutos de microondas. Tostada de pan integral para mi mujer, con la tostadora entre el tres y el cuatro porque va con otra tostada, que tal vez algún día Gabriel se decida a comer. Dos cafés grandes, instantáneos, con edulcorante. Saco la mermelada y la manteca de la heladera. Pongo dos servilletas de papel, porque Gabriel no usa. Voy al dormitorio de mi hijo a despertarlo. Le hablo, le acaricio la espalda. Levanto la persiana, aunque en esta época del año es todavía de noche. Me siento en el borde de su cama. “Hola, Gabriel, buen día. La leche está lista. Hay que levantarse para ir temprano a la escuela.” Mi hijo responde apenas. Luego un poco más. Luego otro poco más. Para entonces mi mujer ya está en el baño. Ayudo a Gabriel a ponerse de pie y a enfilar hacia la puerta. Tambaleándose, va al baño chico. Me siento en la mesa del living. Revuelvo otra vez la leche con Nesquik. Viene Gabriel, la toma de una vez, sin parar, y se acuesta en el sofá. Tomo un trago de mi café. Como unos bocados de mi tortillita de manzana. Viene mi mujer, nos saluda a los dos y se sienta frente a mí. Nada de esto es feo ni aburrido; más bien, resulta tranquilizador. Mi rutina favorita. A partir de ahí no siempre es igual, ya es posible que haya variantes.

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