Exploraciones

O’Higgins

O’Higgins, provincia de Buenos Aires (foto por Melisa Fernández Csecs)
Partido: Chacabuco. Población en 2010: 1206 habitantes. Código postal: 6748.

 

O’Higgins en Google Maps

Delicioso fragmento autocontradictorio en Wikipedia: “El pueblo cuenta con la Estación O’Higgins, inaugurada en 1886, y que actualmente sigue en funcionamiento. Es una parada del Ferrocarril General San Martín, que une Retiro con Junín (sin servicio desde junio de 2016)”. (Parece que en realidad sigue habiendo trenes de carga; lo de “sin servicio” se refiere a trenes de pasajeros.)

La estación O’Higgins en julio de 2007 (foto por Gustavo9089, bajo licencia Creative Commons Attribution-Share Alike 3.0 Unported; Wikipedia)
“Entre los pobladores que forman parte imborrable de la historia de la comunidad del pueblo, recordamos a personajes como don Roque Vázquez con su estancia; José Maggi, dedicado a la producción de lácteos y fundador de la fábrica de manteca, queso y caseína “La Universal”. También encontraremos a don Felipe Ghiggeri con su taller de herrería y carpintería, a don Jacobo Maidana con su almacén, la casa de ramos generales de Juan y Luis Astesiano, a “La Gama”, de don Carlos Cassini y un comercio de bebidas y chacinados frente a la estación que se convirtió en un comedor de campo con venta de bondiolas, salames y jamones”. (Del artículo “El Banco Provincia y los Pueblos. O´Higgins, una localidad con historia y encanto”, por Claudia Ortiz.)
Esto es pasear a través de ojos ajenos. Melisa mandó por Whatsapp la foto de arriba de todo; la foto me gustó, y me puse a buscar online.
De viaje·Exploraciones

En tren de Montreal a Nueva York (video, 1992)

En invierno, la vida de Montreal está hecha de nieve. Algo se siente en este video, aunque el frío quedó allá.

A principios de febrero de 1992 viajé en tren de Montreal a Nueva York, con la cámara Sony 8mm que tenía desde el año anterior. Desde la partida, a la mañana, hasta que se hizo de noche en el camino, grabé dos horas. Hay zonas urbanas, pero más campos nevados y bosques. Sobre todo bosques hermosos y oscuros, que según el momento pasan de a poco o con velocidad interestelar.

Acá va una edición de esas dos horas, reducidas a treinta y tres minutos. No es fácil verlo todo, me imagino, a menos que uno se deje hipnotizar por el movimiento. Me doy cuenta: video analógico, cámara en mano, no son indicadores de calidad. Así que apuesto por lo extraterrestre (no siempre, hay momentos humanos).

Mientras subía el video a YouTube me di cuenta de que ya no estamos en 1992. Quiero decir: en aquella época era difícil conseguir información; los datos estaban fijos en un lugar y uno tenía que moverse para ir a buscarlos. Y además se escondían.

Ahora puedo buscar en Google y dejar que el resultado me abrume. Resumiendo, en media hora me enteré de lo que no supe sobre ese tren durante todos estos años.

Y más videos en YouTube:
Este parte de Montreal, como el mío. Grabado en otoño de 2012, se notan enseguida las dos diferencias: de estación y de época. (También se nota que la cámara está apoyada en un trípode, y el trípode en el piso del tren: cuando el tren va rápido la imagen vibra mucho; en mi video la imagen se mueve un montón, pero de otra manera.)

Y este parte de Nueva York, así que muestra lo que yo no vi porque era de noche. Pero es invierno.

Hay más en YouTube. Y ni que hablar de lo que aparece buscando en Google Images. En comparación, siento que hace veinte años, sin Internet ni celulares, la vida estaba hecha de siglo diecinueve.

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La vida en Tumblr

Ayer escribí acá que YouTube se expande como un gas. A su manera, Tumblr tambien tiende a ocupar todo el espacio disponible. Pero es un espacio de otra clase, imprevisto, imprevisible. La tendencia a que en Tumblr los blogs sean temáticos está creando una nueva clase de contenido, o mejor dicho de “agregación” de contenido, con posts que siguen criterios cada día más impensados, cómicos, delirantes, o todo a la vez. La velocidad de expansión de este gas impresiona: hace un año o algo así, hablar de esto era traer una novedad; ahora todo el mundo los sigue en Facebook.

Los últimos dos tumblelogs que vi:

Here’s that bad advice you were hoping for: “Telling advice column letter writers what they actually wanted to hear”.

Screenshots of dispair: Se explica solito.
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La vida en YouTube

Con el tiempo, como un gas, YouTube va llenando todo el espacio disponible. Lo digo en buen y mal sentido. En bueno porque aparecen cosas valiosas, que me alegro de poder ver. En malo, porque contribuye a que no deje de hacer pavadas en la compu.

Por el lado bueno, comparto algunos videos que vi en los últimos días.

Video alucinado y “glitchy” sobre música electrónica alucinada y “glitchy” (vía kottke.org):

Una canción de Andrew Bird, reciente, que no conocía (me la pasó mi hijo Gabriel):

Guía para resolver el último nivel (difícil) del más reciente jueguito en Flash que me atrapó (la guía empieza con otros niveles, que ya había resuelto solo):

Reencuentro, tras un cuarto de siglo sin escucharla, con una canción de Robin Williamson (ok, esto es audio con una imagen fija, no video; para video, más abajo va una versión en vivo, incompleta, por un Robin treinta años más viejo):

Y este muestreo es así nomás, espontáneo, de memoria, porque se me acaba de ocurrir, y cubre un par de días. Si hubiera tomado notas, pasado más tiempo acumulando, permitido que YouTube recordara qué vi, la lista de buenos momentos sería más grande y variada.

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Aceituna

La blanquecina luz de la luna
que ilumina una pared de mi casa
torna de un color aceituna
a todo automóvil que pasa.

Así empieza una poesía con la que alcancé (digamos) la fama, a los nueve años, cuando gané el Primer Concurso de Poesía Infantil de Ramos Mejía.

El concurso se hizo un domingo, en la plaza principal, entre la estación y la iglesia. Había un Concurso de Pintura Infantil, que se venía haciendo cada año, y esa vez le agregaron el de Poesía.

La plaza era una fiesta de chicos con pinturitas y hojas canson, vistosos, creativos, llevados y vigilados por sus padres, que de a poco los convencían de abandonar esas manchas abstractas para hacer casitas, árboles, banderas, el retrato de la familia.

En medio del tumulto, los pequeños escritores, seguramente pocos, sin color y sin despliegue, éramos invisibles.

A los pocos días anunciaron la lista de premiados. Nueve en pintura, tres en poesía. La entrega de los premios se hizo en la sala del club que organizaba todo. Club o sociedad de fomento, no sé. Había mucha gente.

En el escenario, varios adultos y un micrófono. Empezaron llamando, uno por uno, a los ganadores del concurso de pintura. Cuando era una nena le daban una muñeca. Pero cuando era un chico le daban una pelota de fútbol. Una pelota de verdad, de cuero, número cinco.

Chico tras chico volvían a sus asientos cargados, bendecidos, con una de esas pelotas maravillosas.

En mi barrio nadie tenía una pelota así. Había una en la escuela, que yo no había tocado. Una pelota así cambiaba la vida.

Llegó el momento de los premios de poesía. Los tres premios de poesía. Yo, pequeño escritor, el primero. Subí al escenario pensando en cómo me presentaría después ante mis amigos, convertido por magia poética en dueño de la pelota. Me imaginaba las caras.

Un adulto me recibió. Otro me acercó el micrófono para que agradeciera. Y otro más se puso a mi lado con el premio en las manos. Abrí la boca. No supe qué decir.

El del premio extendió las manos hacia mí con el gesto pomposo de quien quiere hacer las cosas realmente bien.

Y así fue que me entregaron, con ese gesto un poco condescendiente, un poco asustado, ese gesto de quien va en auxilio de un alma perdida, ese gesto de vendedor de autos usados, con ese gesto me entregaron, decía, con ese gesto cruel, cruel, tan cruel, una lapicera.

[Leí este texto en público, ayer, en la librería Eterna Cadencia, dentro de las “Postales de Infancia” del Filbita. La actividad se anunció así: “Ocho escritores compartirán un breve texto inédito en el que la lectura o la literatura son protagonistas de su niñez”. Participamos Victoria Bayona, Pablo De Santis, Ruth Kaufman, Lucía Laragione, Clara Levin, Mario Méndez, Andres Sobico y yo. Lo organizó y moderó Larisa Chausovsky. Ahí tampoco me dieron una pelota, pero igual fue un encuentro feliz.]

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El camino a la lectura en formatos digitales

Leí este texto en el 17° Foro Internacional por el Fomento del Libro y la Lectura, Resistencia, Chaco, 2012, dentro de la mesa Medios, lectura y más literatura. Fue el pasado 18 de agosto, a la mañana. Pero primero la foto:

De izquierda a derecha: Alejandra Laurencich, Mempo Giardinelli, myself, Ivan Thays, Hernán Casciari. (Foto por María Susana Ríos, del Ministerio de Cultura y Educación de Formosa.)

Hace unos días estaba en la cola de un banco, cuando oí que una persona de seguridad, una mujer, le decía a alguien que estaba detrás de mí:

—Apagá eso.

Me di vuelta, pensando que iba a ver a un ladrón, celular en la oreja, tramando con sus cómplices el asalto a la sucursal. Pero no. Era una chica, joven, que tenía en la mano un aparato como este [muestro el Kindle desde el que estoy leyendo].

—Es un libro —dijo la chica.

La mujer de seguridad la miró con la boca abierta.

—No está conectado a Internet ni nada —dijo la chica, por las dudas.

La mujer de seguridad cerró la boca y, mirando de reojo el aparato, dio media vuelta para irse. La chica insistió:

—Es un libro.

Y siguió leyendo.

*

Sobre este tema, el libro que cabe aquí adentro [del Kindle], qué significa y a dónde nos lleva, les propongo hablar.

*

En junio de 1999, cuando empezamos con Imaginaria, había poca gente conectada a Internet. Para conectarnos, llamábamos a un número de teléfono. A paso de tortuga bajábamos el mail a la computadora y nos volvíamos a desconectar. Después leíamos y escribíamos desconectados. La web se usaba poquísimo.

Casi no había banda ancha.

Tampoco existían YouTube, la Wikipedia, Twitter, Facebook, Gmail, los mapas interactivos, los documentos compartidos. Asomaba la banca online. Aparecían los primeros blogs.

De esto hace trece años. En este momento, según Cablevisión, hay cinco millones y medio de conexiones de banda ancha en la Argentina. El acceso a Internet ya recorrió una buena parte del camino que va de ser un ideal a ser un derecho.

*

En estos trece años, algunas industrias culturales vivieron cambios drásticos. Primero fue la música. La música ya se había digitalizado con la aparición de los CDs, de manera que fue fácil pasarla a la computadora, y de la computadora a la red. En junio de 1999, el mismo mes que Imaginaria, abría Napster, el primer servicio para compartir música a través de Internet. Napster cerró por cuestiones legales, pero aparecieron nuevos servicios y nuevos métodos para seguir compartiendo música. Con el tiempo, además, la música digital empezó a venderse online.

Resultado: hoy el soporte por excelencia de la música es un archivo mp3, alojado en un reproductor especial o en un disco rígido, o en algún servidor lejano.

Después fue el turno de las películas, y más o menos al mismo tiempo las series de televisión. Hacía falta más ancho de banda, porque los archivos de video son grandes. La red creció, la transmisión de datos se fue haciendo más rápida, y en el último par de años muchos nos acostumbramos a ver nuestra serie favorita al día siguiente de estrenada en su país de origen, con subtítulos creados anónimamente por aficionados. Por supuesto, esta facilidad para compartir contenido generó un conflicto intenso entre los propietarios de derechos y los usuarios que comparten sus obras. Ese conflicto, que sigue sin resolverse, recorre tribunales y legislaturas del mundo, incluida la Argentina, y entidades internacionales como la OMPI, la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual.

*

En este mismo tiempo, la industria del libro no cambió tanto. El libro clásico, en papel, siguió siendo la norma. Es más, nos resistimos con uñas y dientes a abandonarlo.

Esta supervivencia del libro tiene varias razones, de las que dos saltan a la vista:

La primera: Leer en pantalla es molesto. La experiencia de escuchar música o ver video no cambió con el tránsito de un medio a otro. O, si cambió fue para mejorar. En cambio, la pantalla de una computadora, que sigue el modelo del televisor, no ofrece ni de lejos la experiencia de tener un libro entre las manos.

La segunda razón por la que el libro en papel se mantuvo firme: Reproducir música o cine siempre requirió de aparatos. El libro, en cambio, se autocontiene. No necesitamos nada más para leerlo. Hoy no tengo cómo escuchar mis viejos discos de vinilo, ni mi colección de cassettes, ni puedo ver mi pila de videos en VHS. Sin embargo, conservo los libros que leí en mi adolescencia, en mi infancia, y alcanza con sacar uno del estante para leerlo igual que entonces. Tengo tres veces mi colección de los Beatles: en vinilo, en CD y en mp3. Pero tengo un solo ejemplar de Sandokán, el mismo que tuve toda mi vida.

Ahora bien, la pregunta del millón es: ¿siguen siendo válidas estas razones? La calidad de la experiencia de lectura y la autosuficiencia del libro en papel, ¿siguen descalificando al libro digital?

La respuesta ya se asoma, y en los próximos años va a ser cada vez más nitida: no. Con el libro va a ocurrir lo mismo que ya ocurrió con la música y con el video.

Primero, la calidad de la experiencia. Las pantallas cambiaron. Ya no son todas grandes y luminosas, ni hay que sentarse frente a ellas. Existen pantallas del tamaño de un libro de bolsillo, sin luz propia, que se llevan donde uno va y no cansan la vista.

Mi propia sensación, con casi dos años de tener este lector de libros electrónicos [el Kindle], es que no vuelvo atrás. En mi carpeta de libros leídos hay 37 títulos. Sigo leyendo libros en papel, pero es más que nada porque me los prestan. O porque algo que me resulta imprescindible leer todavía no está en formato digital.

Además, las pantallas siguen mejorando. Las que responden al tacto hacen más fácil explorar un libro, tomar notas, subrayar. Y la evolución rápida de estos aparatos no se va a detener de un día para otro. Tenemos que pensar que en dos, tres, cinco años, la experiencia de lectura va a ser todavía mejor.

Lo que no tiene solución es la autosuficiencia del libro. Que sin baterías, sin pantallas, sin conexiones, sigue siendo accesible. Pero aquí la pregunta es cuánto cuesta esa autosuficiencia. Hablo del costo de impresión, del costo del papel (tanto económico como para el medio ambiente), del costo de distribución, y también del costo de mantenimiento. Aquel ejemplar de Sandokán que tengo hace medio siglo debió ser llevado y traído, limpiado, conservado, atesorado. Todo lo cual le suma encanto a nivel personal, pero acumula un costo prohibitivo a nivel social. El libro en formato digital no ahorra solamente el papel y la distribución física. También es más económico mantenerlo.

A medida que el libro electrónico sigue su camino hacia una mejor experiencia de lectura, a medida que los catálogos crecen y el acceso a la red se universaliza, el libro en papel se va convirtiendo, cada vez más, en un artículo de lujo.

Gutenberg no logró libros más bonitos. Logró que más gente accediera a leerlos. Logró que se publicara más y con más rapidez. La tecnología de Gutenberg fue una gran herramienta para promover la lectura. Hoy ese rol transformador lo tiene el libro digital.

*

Ahora bien, ¿qué hacemos con el conflicto, que ya nombré, entre autores y lectores que comparten libremente su obra?

La respuesta de la industria, primero la musical, luego la audiovisual y ahora la editorial, es primero retacear la oferta, y luego dificultar la copia.

Al retacear la oferta se supone que no habrá digitalización, y que el producto físico (CD, DVD, libro en papel) tendrá una vida más larga. Esto deja la digitalización en manos de los usuarios, de manera que la oferta gratuita, de archivos compartidos libremente, arranca con ventaja.

La copia se dificulta con sistemas de protección, y también con leyes y tratados comerciales más restrictivos. Hasta hoy, nada de esto ha conseguido detener el flujo de archivos compartidos libremente.

Muchos músicos, artistas, escritores, comparten la respuesta de la industria, convencidos de que, de otro modo, se quedarían sin ingresos.

Claro, es complicado instaurar otros métodos para que autores, editores y demás componentes de esta industria sigan teniendo de qué vivir. Pero esos métodos existen. Hay ideas, propuestas, modelos que ya están probando su viabilidad.

Por ejemplo, los sistemas de abono. Spotify es un servicio que, en muchos países, ofrece toda la música que uno quiera escuchar por una tarifa mensual baja. Netflix hace lo mismo con películas y series.

Otro modelo, compatible con el anterior, es el de las sociedades de gestión colectiva, que recaudan fondos compulsivamente. Ocurre con la música. SADAIC se presenta en los conciertos y cobra, para luego pagar a los autores y compositores que son socios. (Cierto, el sistema es imperfecto, o más que imperfecto. Habrá que mejorarlo.)

Si se asignara a los creadores y editores de toda clase de obras un porcentaje de lo que pagamos por conectarnos a Internet, quedaría resuelta una buena parte del problema.

Estas son solo algunas de las ideas que circulan. Sin duda van a aparecer otras.

En resumen, tenemos por delante dos opciones:

Una: aprovechar esta oportunidad, única en la historia, de que toda persona tenga acceso a toda obra creada y por crearse, a bajísimo costo, de manera inmediata.

Dos: desaprovecharla.

*

Hace unos años, conversando con la vicedirectora de la escuela de mi hijo, le propuse un símil.

Imaginemos, le dije, que de pronto los seres humanos podemos volar. Así nomás, sin límite, con poco esfuerzo, a la altura y por la distancia que queramos. Sería un sueño, ¿no?

Pues bien, los fabricantes de ascensores pondrían el grito en el cielo. Y las aerolíneas. Y se acabaría la seguridad, porque cualquiera podría volar por encima de cercos y vallas, aterrizar en balcones y terrazas. Atravesar fronteras. Sonará ridículo, pero habría una intensa presión, por parte de industrias y diversos grupos afectados, para limitar el vuelo a un metro de altura. Un metro, ni un poquito más. Es eso o el caos, se escucharía decir. Es eso o el final de la civilización. Cierto, el vuelo universal e indiscriminado traería muchos inconvenientes. Habría que ajustar muchas cosas, adaptarse a muchas cosas. Pero ¿podríamos aceptar que se nos impida volar?

Concedido: la comparación es exagerada, y solo se puede extender hasta cierto punto. Pero vale como visión, borrosa seguramente, de lo que significaría la libre circulación de los bienes culturales.

*

Volviendo al comienzo:

En 1999, Imaginaria empezó hablando sobre los libros en papel, entre otras cosas porque, en el campo de la literatura infantil y juvenil, había pocos libros en formatos digitales. Trece años más tarde, en 2012, Imaginaria sigue hablando sobre los libros en papel, entre otras cosas porque en nuestro campo sigue habiendo pocos libros digitales.

Estoy seguro de que dentro de trece años esto habrá cambiado.

Y estoy seguro de que, con ayuda de las nuevas tecnologías, estaremos leyendo más, los chicos estarán leyendo más. Y todos, no exclusivamente pero en buena medida, leeremos en una pantalla.

Exploraciones

Propiedad Intelectual vs. Resto del Mundo

James Joyce, foto
probablemente en
dominio público

El primer día de cada año se festeja el ingreso al dominio público de la obra de autores muertos setenta años antes. Esta vez es el turno de James Joyce, Virginia Woolf y otros. Es decir que ahora se puede reproducir libremente la versión original de sus libros. La versión original, sin aditamentos, modificaciones, notas, que pudieran haberse hecho después y que siguen teniendo “dueño”. Por supuesto, las traducciones no están incluidas.
Está bien que ahora se pueda bajar el Ulysses (no el Ulises) sin culpa. Pero el dato es irrelevante. El 99,99999999% de la producción intelectual humana sigue atrapado bajo leyes que no están hechas para esta época.
Lo que sigue es un conjunto de observaciones dispersas sobre el estado actual de la “propiedad intelectual” y cómo afecta al mundo.

Portada del Quijote,
dominio público

1.
El Quijote está en el dominio público. En 2004, con motivo del cuarto centenario de la obra, la Real Academia Española hizo una edición especial, con un texto revisado cuidadosamente. Fue un placer leerlo. Pues bien: el texto de ese Quijote, el de la Real Academia, el revisado, no está en el dominio público. No se puede reproducir, ni siquiera sin fines de lucro.
Valga la aclaración para aquietar la corriente de felicidad de quienes piensan en un Ulysses devuelto al mundo.

2.
Pasemos a quienes escriben en el presente.
A muchos autores poco o nada conocidos (como yo) les preocupa la “desprotección” de su obra. En especial, que cualquier sitio de la Web pueda copiársela.
Esos autores están sufriendo el engaño de décadas de propaganda. Lo mejor que le puede pasar a su obra es que se difunda.
Muchos no tienen obra publicada por la que hayan cobrado. Otros sí la tienen, pero sus libros se venden poco, o ya les han pagado por reproducir un texto en una revista y ahora no tienen nada más que cobrar. ¿De qué sirve que la obra esté escondida? ¿Acaso no sería posible que con mayor difusión el próximo libro sea más fácil de publicar comercialmente, gane más lectores, dé más plata? En otras palabras: el autor se pone feliz si alguien lo lee, aunque sea gratis. Pero quiere reservarse del derecho de autorizar a otro la difusión de su obra… aunque sea gratis.
(No digo que cada autor deba subir su obra a la Web y regalarla. Digo que pensemos un poco antes de indignarnos cuando alguien sube una obra nuestra. Muchas veces nos está haciendo un favor.)

Donald por Carl Barks, © Disney

3.
Hay libros, música, películas, todavía protegidos por el copyright, que siguen dando plata. ¡Bien! ¡Que sigan! No me molestaría tanto que El señor de los anillos, la discografía de los Beatles o el pato Donald sigan dando plata por cuatro siglos.
El problema es que, para que esas obras sigan dando plata, se está enterrando todo lo demás.
Imaginen un sistema en el que el copyright no fuera automático, o no se extendiera automáticamente de modo casi indefinido. Imaginen que un heredero de Tolkien, Paul McCartney o el CEO de Disney, para prorrogar sus derechos, tuvieran que decir: “Sí, me interesa que esta obra sea protegida, porque sigo ganando plata.” Ok, entonces, que esa obra siga protegida, y que siga ganando plata. Al mismo tiempo, millones y millones de otras obras, que no dan plata, o que no tienen dueño, o cuyos dueños no se ocupan o no se interesan, esos millones y millones de obras podrían pasar al dominio público sin que nadie perdiera nada. Y haciendo que todos los demás ganemos mucho (aunque no sea en plata).
Hasta ahora la necesidad, o la conveniencia, de los pocos que pueden lucrar con una obra es lo que dicta la ley para todas las obras.

4.
Hay quienes piensan que la liberación de tantas obras al dominio público sería una terrible competencia para las grandes empresas que lucran con el copyright. Eso sería suficiente para que se opusieran a cualquier cambio que no extienda y amplíe el alcance de las leyes.

Ian Anderson,
copyright desconocido

5.
Hace poco se aprobó en Europa una extensión del tiempo durante el cual las grabaciones de audio están protegidas, que era de solo cincuenta años. (Las grabaciones, no la autoría de las obras grabadas, que ya estaba protegida por más tiempo.) Si eso no se aprobaba, las grabaciones de los Beatles pronto estarían por pasar al dominio público. Es decir, se podría hacer una edición propia de un disco de ellos, pagando solo derechos de autor.
Entre los defensores más visibles de esa extensión estuvo Ian Anderson, el frontman de Jethro Tull. Uno de mis héroes de juventud.
Un argumento esgrimido para extender la protección fue que algunas estrellas de rock están envejeciendo y si dejan de cobrar royalties por sus grabaciones se quedan sin ingresos. Lo dijo Ian Anderson, y le hicieron caso.
No se me ocurre mucha gente que cincuenta años después siga cobrando por el equivalente a tocar en un disco. ¿Los actores de cine cobran por sus actuaciones de 1960 (si no tienen un contrato muy especial, que no sé si existirá)? ¿Y los actores de teatro?
Pero bueno, digamos que Ian Anderson y los músicos que lo acompañaron en el maravilloso Stand Up de 1968 merecen cobrar por esa grabación hasta que se mueran. Y que sus hijos, nietos, biznietos y demás también merezcan cobrar. Está bien.
¡Pero que eso no sumerja en la oscuridad a todas las demás grabaciones que se hicieron en el último medio siglo!
¿Qué necesidad hay de que toda grabación existente, hasta la más recóndita y olvidada, quede “protegida”, y por lo tanto no se pueda copiar, reeditar, samplear? ¿No es un precio demasiado caro para que Ian Anderson y compañía sigan cobrando?

6.
Las grandes empresas discográficas y las grandes productoras de cine presionan para que las leyes de propiedad intelectual se hagan cumplir a rajatabla, y también para que se dicten nuevas leyes, más restrictivas. Ejemplos: la ley Hadopi en Francia, la ley Sinde en España, el proyecto de ley SOPA en Estados Unidos. Ok, tienen derecho a defender sus intereses, y los accionistas esperan ganar más plata, bajo amenaza de vender las acciones y pasarse a otro rubro.
El problema es que ese modelo de negocio, válido para ese conjunto de empresas, acaba afectando a toda la producción intelectual, su uso, su desarrollo, su evolución. Que una empresa proteja las películas de Tom Cruise y otra empresa proteja los discos de Britney Spears me parece fantástico. Lo que no vale es que se dicten leyes que repriman a todo el mundo y ahoguen al resto de los productos intelectuales, para que esas empresas se salgan con la suya. En todo caso, habría que pensar en otro método.

Lawrence Lessig
(fundador de Creative Commons)
foto por Joi Ito, licencia CC BY 2.0

7.
Eso ocurre por un lado. Por el otro, cantidades crecientes de escritores, músicos, cineastas y demás han dejado de buscar formas de “proteger” su obra de la copia. Al contrario, están buscando formas de proteger su obra de las leyes de copyright. Para que nadie pueda ir preso, jamás, por copiar su libro, su disco o su película. Para alentar la reproducción, la difusión, el reúso. Para que el mundo vuelva a la normalidad.
Los programadores han logrado una maravilla que todavía no se reproduce en otras ramas del arte: el software open source, de código abierto. Software gratuito, que cualquiera puede usar, modificar, redistribuir. Con el agregado de una condición genial: quien modifica una obra (y no se limita a usarla privadamente) debe distribuir su modificación de la misma manera.
Creative Commons se ha ocupado de llevar el concepto, adecuándolo, al resto de la producción intelectual. Su eficacia está probada, pero sigue muy lejos de compensar el daño que hacen las leyes antiguas y las empresas que buscan hacerlas más antiguas todavía.

8.
El copyright se inventó cuando cualquier copia requería la producción de un objeto físico. Sobre todo, la copia de un texto escrito. La música tardó mucho en recibir esa protección, porque se reproducía ejecutando instrumentos: en todo el mundo, la música popular se transmitía sin pasar por un formato físico, y sin que la ley la alcanzara. La radio, la fotografía, la televisión, el cine, no existían. Y cuando existieron, la ley los fue protegiendo.
Hasta 1970, más o menos, las leyes de copyright solo afectaban a quienes querían lucrar con obras ajenas, haciendo ediciones no autorizadas por los autores. Por ejemplo, obligaba a una editorial a pagarle al autor para editar un libro. De manera que la ley le hablaba a muy poca gente. La copia personal, hecha para uso privado, era casi inexistente: las obras, en general y en la práctica, eran incopiables.
Entonces fueron apareciendo el cassette de audio, la fotocopia, el VHS. Las grandes empresas trataron de limitar esas tecnologías (y la fotocopia todavía hoy sigue despertando grandes inquinas). Pero la gente, en general, siguió con poca necesidad de preocuparse. Todos hicimos por entonces cassettes con antologías de canciones. Todos grabamos una película en VHS. El resultado solía ser deplorable, por la pérdida de calidad que implicaban esas copias.
Internet lo cambió todo, como sabemos. Pero ese cambio drástico tiene un aspecto que pocas veces se describe de esta forma: las leyes de propiedad intelectual pasaron a afectarnos directamente a todos los habitantes del planeta. Como si todos nos hubiésemos comprado una imprenta, una fábrica de discos, una copiadora de negativos. Ya no se trata del imprentero pícaro que saca ejemplares no autorizados. Se trata del hijo del vecino que baja canciones y series de televisión.
Además, ahora la copia es indistinguible del original. Y la copia de la copia también, para siempre.

De xkcd, por Randall Munroe,
licencia CC BY-NC 2.5

9.
Esta es la situación, ahora que tenemos Internet y copias inmediatas e indistinguibles del original:
Es como si de pronto todos los seres humanos aprendiéramos a volar y se nos aplicara, de un plumazo, la ley de aeronavegación.
No tengo idea de lo que dice la ley de aeronavegación. Si abro las alas de esta forma, y me elevo por entre esos edificios, ¿puedo ir preso?
Pero además, y sobre todo: ¿tiene sentido que me apliquen a mí la misma ley que a un Boeing 747?
Las leyes de copyright, y más en general las de propiedad intelectual, son complejas, poco intuitivas. Como poco intuitivo es el concepto mismo de propiedad intelectual. Y sus objetivos fueron trazados mucho antes de que alguien imaginara las posibilidades de Internet y el mundo digital.
Ya es hora de que esas leyes de otra época caduquen, y se escriban nuevas.
Cómo tendrían que ser esas nuevas leyes no lo sé. Hay gente más capacitada que está pensando al respecto con el criterio de reducir las restricciones, despenalizar a las personas, separar el producto comercial del que no lo es, dar al autor varias opciones con respecto a la distribución de su obra. Y sobre todo aprovechar las tecnologías digitales, explotarlas en vez de ahogar y prohibir sus usos.
Claro que en este proceso no participan, en general, los gobiernos ni las grandes empresas.

*
Nota:
Hice esfuerzos razonables para determinar el copyright de las imágenes, y por usar imágenes sin vulnerar derechos de otros. Estoy bastante seguro de casi todas. De la foto de Ian Anderson no logré establecer el origen ni el estado de los derechos. Tanto en ese caso como en el de Donald, estrictamente, no tengo derecho a reproducir las imágenes acá. La costumbre indica que si el dueño de los derechos respectivos me exige que las saque, las saco.
La diversidad de situaciones dadas para este pequeño conjunto de obras ayuda a demostrar lo complejo que es el tema de la propiedad intelectual así como está hoy.
Por último, siempre vale la pena aclarar que no soy abogado.