Experimento de escritura

Empieza el experimento.

A la derecha de la pantalla se refleja una ensalada iluminada que está en la pared de atrás. Una foto de ensalada. Una ensalada de luz, que simula pepinos, rabanitos, morrones, cebollla y algo verde que no puedo identificar porque la pantalla no es un buen espejo y porque en parte me lo tapa el hombro derecho.

Hay gente. Hay ruidos.

Conversaciones de las que no entiendo ni una palabra. Un hombre y una mujer a las 2200, ella medio escondida tras una columna y entregada a su celular. Él hojeando algún suplemento de los diarios que provee el lugar.

Dos mujeres a las 0000. La que está de espaldas a mí tiene el brazo izquierdo hacia atrás, doblado en ángulo muy agudo, con el antebrazo apoyado en el respaldo de la silla. Me habrá sentido describiéndola, porque ahora lo sacó. Gesticula con ambos brazos, hablándole a su compañera que no llego a ver desde acá.

Una pareja mayor (pero no mucho mayor que yo) a las 0200, sentados uno junto al otro en la mesa para cuatro. Tanto él como ella tienen un abrigo (o piloto para la lluvia) en el respaldo de la silla. Los dos abrigos son exactamente del mismo tono terracota, o zanahoria pasada. Ella se suena la nariz. Están gorditos, como yo.

Dos hombres jóvenes a las 1700, es decir casi detrás de mí. Cada uno tiene una netbook, los vi al entrar, antes de sentarme. Hay papeles sobre la mesa. Esto lo digo de memoria: hay papeles sobre la mesa, además de las cosas que les habrán puesto acá en el bar. Es una oficina.

Se paran las mujeres de las 0000. Son bonitas ambas, más la que no podía ver con su remerita blanca.

Una mujer acaba de bajar por la escalera que está a las 1900. “No hay luz en el baño”, dijo. Como estaba ocupado describiendo a otra gente, no sé qué le contestaron.

Suena la radio, una locutora y un locutor. No entiendo nada de lo que dicen, nada. Levanto la vista y veo que los dos televisores que flanquean la entrada están encendidos y sintonizan TN. Fútbol. La imagen no coincide para nada con el tono de los locutores de la radio.

Se sentó un hombre en la mesa que está justo delante de mí. Me da la espalda. Lee el diario. Está en la silla de la izquierda en la mesa para cuatro, y colgó el paraguas en el respaldo de la silla de la derecha. Esa mesa queda entre la mía y la que ocupaban las dos mujeres que se fueron.

Hay música en la radio, mientras el mozo de negro (con algunas rayas rojas) le trae un café al recién llegado.

Tengo mi propio café con leche, que todavía no toqué. Vasito de agua. Vasito de (supuesto) jugo de naranja. Una sola medialuna de manteca. Una sola porque me siento lleno.

“Una Seven Up”, dice el mozo.

La mujer que avisó sobre la falta de luz en el baño es la misma que estaba medio oculta por una columna, a las 2200, enfrascada en el celular. No la vi levantarse. Pero si la vi volver, hace un momento, a su silla. Se echó hacia atrás. Ahora la columna la tapa por completo.
Pausa para atender el café con leche y la medialuna. Voy muy rápido, llevo aquí unos doce minutos y escribí todo lo que está arriba.

*

La seven up era para otro hombre que vino a sentarse en la mesa que sigue a la pareja (mayor) de las 1400. Pelado. Debe tener mi edad. Un poco más. Flaco. Una sevenup a esta hora, las nueve y media de la mañana… No sé cómo me caería.

Empecé a escribir sobre los ruidos, pero no nombré la calle. La avenida: Cramer. Crámer. La ruidosa. Dos 113, uno tras otro, acaban de doblar a metros de la entrada, por la calle Echeverría. Esto debe ser una nota para la posteridad. Hola, Eduardo, dentro de unos años, ¿cómo estás?: estoy sentado en el bar Opíparo II, antes llamado A Tempo, en Crámer y Echeverría, en la esquina de mi/tu nueva casa, donde antes vivían mis/tus padres. Estoy probando el consejo de un libro de autoayuda para escritores que está leyendo Natalia, del que me habló anoche en su casa, durante una charla larga.

Cuando el 151 pasa rugiendo por la avenida me hace temblar el estómago.

¿Se olvidó el paraguas? Digo, el hombre que estaba aquí frente a mí. Se levantó, fue hacia la caja, lo perdí de vista, y el paraguas quedó aquí. Pero no parece que se haya ido, ¿o sí? Cuando el mozo se acerque le voy a decir…. Tal vez. A ver ahora… Sí, se lo olvidó nomás. Se lo dije al mozo, dijo “Uh”, se lo llevó a la caja. Vi el paraguas pasar por encima del mostrador.

Acaba de estacionar un camión de caja blanca justo frente a la ventana que está a mi derecha. A mi derecha hay otra hilera de mesas. Después la ventana. Después la vereda muy angosta de Echeverría. Después la caja blanca del camión, que acaba de cambiar la distribución de luz del lugar.

Sirenas en Cramer. Pero estaba escribiendo, no vi qué era. Supongo que policía.

Es un poco agotador escribir sobre lo que me rodea. Pienso en la escritura, miro la pantalla, pero levanto los ojos para mirar y vuelvo a bajarlos. Tiempo real, velocidad. TN: “Premetro interrumpido.”

En la radio está ese ruido especial de alguien que habla por teléfono. Suena todo más nervioso en la radio, perdieron el tono sereno de hace un rato.

El supuesto jugo de naranja es de verdad horrible.

Pierdo impulso, claro. Hace media hora que estoy acá, tal vez un par de minutos menos. Supongo que quedan diez minutos de batería (no traje el cable porque es incómodo, prefiero andar liviano aunque para esta laptop la liviandad es un concepto incomprensible).

TN sigue con el premetro.

Me voy. Pensando, digo, me quiero ir, pensar en otra cosa, abstraerme. Esa es otra forma de encarar esto: dejarme llevar por la corriente interna. Pero ahora mismo esa corriente está interrumpida como el premetro, tengo las antenas orientadas al exterior, me molestan e interrumpen los ruidos, y también el reflejo repentino de la bandeja plateada del mozo, que pasa entre mi mesa y la de adelante en ruta a levantar la mesa de al lado, vacía desde que llegué pero plagada de tazas, vasos, miguitas.

Alud. La palabra alud. Aludir. La palabra aludir. Paludismo. Boludo. Botulismo. ¿La vivienda de hielo de los esquimales en los crucigramas? No me sale. Qué cosa las palabras que se borran. Vamos, ¿cómo se llama eso? Uf, quiero acordarme y no me sale. Me acordé por alud, pienso que esta palabra que no recuerdo se parece a alud, pero no hay caso… ¡Iglú! Je. Iglú. Alivio. Aludio. Iglud. Igludir. Igludismo. ¡Bolud!

Igludismo tiene algo, es una palabra que merece sentido. Si no estuviera empezando a mirar la hora para irme, tal vez podría pensar en inventarle algo. (Qué forma retorcida de escribir.)

En un rato me espera Rafael, a las 10.10 de este jueves. Son las 9.47.

Qué distinta suena la radio cuando hay publicidad. Otro locutor, más entusiasta, como si la vida tuviera sentido.

Auto verde por Echeverría. Camión de La Serenísima. Camioneta de “Oxy Net”.

Proyecto: contar la gente que pasa por la calle, separando en mujeres y hombres. Tesis: pasan más mujeres. Pero no estoy seguro, tal vez es porque tiendo a mirar mucho más a las mujeres, y no necesariamente por lindas ni nada. A todas las mujeres. Los hombres son mucho menos interesantes, hay mucho menos que ver.

El mozo saluda con un beso a una mujer que acaba de entrar y que viene a sentarse en la mesa que está a mi espalda, a las 1800.

Estoy a punto de bajar la persiana. Hasta mañana.

(Uau. 1334 palabras. Algo menos de cuarenta minutos.)

[18 de marzo de 2010. El primer día de un experimento de escritura que consiste en salir de casa, ir a un bar o a cualquier otro sitio y escribir durante una hora (que reduje a 40 minutos). El objetivo: destrabarse.]

Susto

Estaba leyendo por primera vez Galápagos, la novela de Kurt Vonnegut, y de pronto, al comienzo del capítulo 28, apareció un personaje llamado Eduardo Ximénez. ¡El susto que me pegué!

Estaba medio dormido, supongo. Era de noche, me había acostado, y si no fuera porque la novela se negaba a soltarme, hubiera dejado de leer antes de llegar hasta ahí. Pero bueno, leí, tropecé con el nombre, me sobresalté.

Vengo usando Ximenez como seudónimo desde hace años. No solo en este blog, también en varios juegos (World of Warcraft, Glitch…). Nunca lo acompaño con mi primer nombre, pero eso no impidió que me reconociera de inmediato.

En la novela, Eduardo Ximénez es un aviador que, por azar, rescata a seis niñas caníbales que se convierten en casi las únicas antecesoras de la futura humanidad. Por suerte, y hasta ahora, nada de eso se parece a mi vida. Así que no creo que Vonnegut me estuviera enviando un mensaje hace casi treinta años.

(Imagen: Wikipedia.)

En Ñ, por Fernando Calvi

Fernando Calvi dedica su página en la revista Ñ a mi libro La Ciudad de las Nubes, y a mí. Así empieza:

La página completa se puede ver en el blog de Fernando. Es muy buena, y además un gustazo.

Presentación de libros: Mis días con el dragón

Como se puede ver, escribí el segundo de estos libros (contando de izquierda a derecha), Mis días con el dragón. Se presenta el 2 de marzo a las 18:45 en la Sala Augusto Cortazar de la Biblioteca Nacional. Después voy a poner algo más por aquí.

Mis días con el dragón es el tercer libro mío que aparece en pocos meses, luego de La Ciudad de las Nubes y El viajero del tiempo llega al mundo del futuro (que también llega en estos días). Nunca tuve una racha de publicaciones como esta. Escribí los tres durante 2010 y 2011.

MW+X: Hace diez años en la Mágica Web

Hoy hace diez años que empecé mi primer blog, “La Mágica Web”. Era el año 2002, cuando todo estaba en crisis (yo incluido), Facebook y YouTube no existían, y la Web no se parecía para nada a lo que es ahora. Todavía se decía “weblog”, y había que explicar que era, y también había que estar un poco loco para hacer algo así.

Ahora, exactamente diez años después, empiezo a publicar “MW+X – Hace diez años en la Mágica Web”. Desde hoy, aparecerán día a día los mismos posts de entonces, con comentarios, agregados, notas, actualizaciones, cuanto haga falta y se me ocurra una década más tarde y más viejo. Para empezar: las noticias de aquel día, el aspecto que tenían los diarios en la Web, la primera película de Harry Potter, una página de secuencias de humor mudas por Douglas… Pronto las cosas irán cambiando.

En MW+X escribí un artículo con más información sobre los porqués, la historia, los cambios.

El viajero del tiempo llega al mundo del futuro

Está llegando, y trae dibujos maravillosos de Fernando Calvi.

Atinadamente, la contratapa advierte: “Pablo, un estudiante de física, queda encerrado por error dentro de una máquina del tiempo a medio construir y viaja a 1950. Cuando logra regresar al año 2012 descubre con asombro el mundo del futuro… ¡tal como lo imaginaban sesenta años atrás! Allí lo esperan muchas sorpresas, y hasta una doble de la chica que le gusta.

Esta novela combina y descombina el tiempo, el espacio y la materia en una aventura atrapante.”

Cuando el libro esté disponible, voy a poner más. Por ahora, un saludo del perro-robot de la contratapa:

agreste: juguetes, video y música

agreste (así, con minúscula) es un proyecto de Cecilia Afonso Esteves y Micaela Marinelli. Lo describen como “una colección de juguetes de formas simples, basada en el encanto de lo pequeño y la potencia de lo mínimo.” Y también con un fragmento de poesía de Juan L. Ortiz:

“Mi hijo se duerme aquí,
a mi lado, sobre el pasto.
Y entró en el sueño entre
un lujo agreste de juguetes:
la danza de los reflejos
encendiendo y apagando
un temblor de pececillos”

El primer “kit” de la colección, llamado ríos y esteros, ya está a la venta (en una edición numerada de 100 ejemplares). Hay otros en camino. En el kit vienen:

– bolsita-paisaje de tela para jugar y guardar
– 9 personajes de madera (carpincho, sapo, yacaré, irupé (3), juncos (2) y sauce llorón).
– un impreso en papel con anécdotas de cada uno de ellos.

La animación de arriba es un trabajo de Cecilia con Juan Manuel Costa. Y a mí me pidieron componer y tocar la música, cosa que hice con mucha alegría.

Quien quiera bajar la música en formato mp3, puede hacerlo así: click en este link con el botón derecho, y elegir la opción “guardar enlace”. (El mp3 está alojado en archive.org.)

Wikipedia contra los proyectos de ley que pueden destruir Internet

Hoy la Wikipedia en inglés se ve así. Learn more.

Si lo dice el Banco Ciudad, debe ser cierto

Así son las cosas que uno no puede inventar. La captura de pantalla muestra cómo se ve, en la lista de mails, uno del Banco Ciudad que me llegó hace un rato:

Traduciendo a un idioma que no le debe tanto al publicitarish (o publicitariés): si consumís más, volás más lejos. Parece lógico, ¿no?

(¿Nadie lee lo que escriben los creativos publicitarios antes de mandárselo a trillones de personas?)

(De paso, ¿nadie registra que, mientras el creativo te dice cosas como “Vení, flaco, acercate”, el gerente anuncia que “Estimado cliente, usted podrá concurrir”? Ambos codo a codo, en la misma página web.) (Las frases del paréntesis anterior están dadas a modo de ejemplo. Debe entenderse que no corresponden literalmente a algo visto en la Web del Banco Ciudad o de otros bancos, pero casi.)

El cursor, víctima de los campos minados

Estoy harto de las páginas Web en las que uno no sabe dónde poner el cursor porque por todas partes se despliegan cosas, se disparan audios, se agrandan publicidades.
La cuestión es peor cuando uno ve un video y, por lo tanto, la página en general pierde el foco: después hay que hacer click en algún lado para recuperarlo, pero ¿dónde? Uno busca ese pixel libre que queda entre dos avisos, o entre la barra de scroll y la última columna de cosas que se mueven.
Cuando aparece una página tranquila, con espacios vacíos, el alivio es físico, se siente desde el estómago.
¿Será posible que den más plata las páginas inundadas de publicidad agresiva, animada, que se agranda y achica en la pantalla? Y si dan más plata, ¿hasta cuándo va a durar eso? ¡Porque hasta el sitio del banco considera que me tiene que distraer con gifs animados a un paso de donde tengo que poner el monto de una transferencia!
El colmo es cuando el propio contenido toma esa actitud agresiva, se modifica al pasar uno el cursor por arriba. O no, el colmo es cuando un aviso, que se superpone a lo que quiero leer, tiene esa X para cerrarlo pero la X no funciona, no cierra, no exit, no way out, y el aviso se queda todo el tiempo que quiere hasta que supone que mis ojos no tuvieron otro remedio que mirarlo y entonces sí, se desplaza para dejarme ver el texto infame, mentiroso, mal escrito que hay abajo.