




por Eduardo Abel Gimenez
La silla de madera, débil tras mucho tiempo de humillaciones, se inclinó a un lado.
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Casi siento placer, mientras entreveo una galería infinita de puertas que se abren, mostrando cada una de ellas un problema mayor que el anterior.
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Ahora sí, faltaba abrir los ojos para crear el mundo.
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El perro lo miraba con unos ojos que se hacían cada vez más húmedos, a medida que las paredes lo apretaban y lo extendían hacia los costados, pero no importaba cuánto adelgazara, mantenía su forma: en algún momento terminaría siendo una superficie infinita a manera de perro interminable, encerrada entre dos superficies infinitas.
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En la cocina, el ayudante que lleva un gran cuchillo siempre consigo está dispuesto a pasar unos minutos acodado en una mesa, charlando.
Escribí estas palabras varias veces, buscando otras que me gustaran más, pero no las encontré.
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Los montones de objetos inútiles, las cosas que no habían completado el camino entre la novedad y el desperdicio, se agazapaban en los rincones, preparándose para saltar
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Moví las manos en abanico hasta que las muñecas crujieron y la tensión bajó.
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La pila de papeles se desparrama por mi cabeza y no puedo pensar.
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—Rumores, rumores —dice el oficial, echándose hacia atrás en su sillón—, todos son rumores en esta ciudad.
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