
Lo que importa es si son partes de uno. Un grano, por ejemplo, no es parte de uno. Se saca con un pellizco, o con un golpe de uña, y listo. Claro, se lleva con él una parte de uno, una gota de sangre, pero es el precio, se sabe.
En cambio, un lunar sí es parte de uno, permanece, se queda donde está, no es fácil sacarlo por cuenta propia.
El problema es que de noche, a medias dormido, no parece fácil distinguir un grano de un lunar, y uno se rasca y piensa que se está quitando de encima algo intruso, algo ajeno, temporario, y termina reconociendo la derrota a medida que las pesadillas empeoran, hasta que a la mañana siguiente descubre la verdad y ve el lunar, la parte de uno, lo permanente, lastimado.
Los pelos están en el borde. Los de la cabeza, por ejemplo, destinados a caer en la peluquería, son parte de uno pero en lenta despedida. Los de la cara son ambivalentes: tienen una raíz que es parte de uno, pero lo que crece, lo que se rebana con la máquina de afeitar, es distante ya mucho antes de caer. Otros pelos no: los del brazo, conocidos, los del dorso de cada dedo de la mano, esos que se queman cuando uno prende la hornalla, son partes de uno aunque estén en riesgo.
Las uñas, claro. La disgregación del cuerpo.
Las cosas que dan asco, pero no mientras están adentro sino apenas salidas, apenas cortado el cordón umbilical.
Las partes que duelen. Las partes amputadas.
Las partes imaginarias, incorpóreas, abstractas (tres categorías diferentes que se superponen), como el tacto de algo que hace mucho no se toca, el recuerdo disparado por un olor, la percepción presente de uno mismo cuando era chico.
La sensación fría, al aspirar bien hondo, del aire que llega a la parte más alta de los pulmones, cerca de las clavículas.
La necesidad imperiosa de volver a escuchar, ahora mismo, The Rain Song.
Lo que uno es o pudo ser, o podrá ser, o ya dejó. El miedo. La pena. Y las cosas que, a pesar del tiempo, uno no se perdona.
¿Pareceré más a tono con los tiempos si empiezo a escribir mi nombre eDuardo?
Tres cabezas asoman en fila por sobre los asientos del ómnibus, delante de mí, y se balancean de forma sincronizada siguiendo las irregularidades de la ruta, a izquierda, a derecha, a izquierda, a derecha, como tres títeres manejados por una sola mano, como al compás de una música que no se oye, como esquivando balas sin mucho ánimo, y todo se parece en algo a una película cómica francesa.
*
—¿A dónde?
—A dieciocho al mil doscientos.
—Usted no es de acá, ¿no?
—No, ¿por qué?
—Acá no se dice mil doscientos, se dice doce cero cero.
—No sabía. Es el tipo de cosas que mis amigos no me enseñan.
—Yo lo entiendo porque viví en Buenos Aires ocho años.
—¿Ah, sí? ¿Cuándo?
—En el ochenta y seis, ochenta y siete. Pero mi mujer quedó embarazada y quiso tener el hijo
acá.
Después el taxista montevideano da una pequeña vuelta de más y termina cobrándome tarifa nocturna a plena luz del sol.
*
“Papelitos con sueños anotados, agarrados con un clip.”




