La máquina

Escrito en colaboración con Luisa Axpe.

Había que meter un dedo en la máquina, esperar la luz verde, sacar el dedo y pasar un molinete. El encargado de seguridad, medio escondido tras los bigotes y los anteojos oscuros, se ocupaba de que nadie hiciera trampa. La identificación era necesaria, decían, por la seguridad de todos.

La cola iba despacio. Algunos dudaban antes de someter un dedo al escrutinio de los mecanismos internos de la máquina. Así como había quienes metían el índice de la mano derecha, otros, seguramente menos seguros de sí mismos, sólo confiaban al aparato el meñique de la izquierda.

Se contaban feas historias de ese sistema de identificación, pero nadie podía estar seguro de la verdad, porque nadie había visto gente rechazada.

El hombre del sobretodo gris, tercero en la fila, sacó por fin la mano del bolsillo. El puño cerrado, aunque no tanto como para suponerlo vacío, escondía algo. Ocultando sus movimientos de la vista del encargado, abrió el minúsculo paquete y reprimió un gesto de asco. El pulgar seccionado empezaba a ponerse gris, pero todavía tenía un aspecto casi normal.

Lo había ensayado muchas veces: esconder su propio pulgar dentro de la mano cerrada sobre sí misma y dejar asomar el pulgar ajeno, sin vida, como si fuera propio. Casi un truco de niños.

La mujer que estaba delante de él en la fila temblaba. Era el turno de ella. El encargado le habló con voz áspera:

-¿Otra vez acá? ¿Qué le dije ayer?

Ella trataba de responder pero los nervios se lo impedían. Alzó los brazos como pidiendo perdón, o tal vez para protegerse, pero no sirvió de nada. El encargado la empujó hacia un lado con la mano izquierda, mientras levantaba la derecha. Aparecieron dos policías armados y se llevaron a la mujer a rastras.

El hombre del sobretodo gris miró ese hueco inesperado donde había estado la mujer y pensó en dar media vuelta. Fue un momento, justo antes de que un joven que estaba tras él, distraído por los policías y la mujer que todavía no terminaban de irse, se lo llevó por delante y le hizo perder el equilibrio. Ahogando un insulto, el hombre del sobretodo gris cayó sobre el costado derecho. Abrió instintivamente la mano para frenar la caída, y el artilugio con el que pensaba engañar a la máquina salió rodando.

-¿Qué es eso? -preguntó el encargado. Otro policía se agachó velozmente y recogió el objeto-. ¡Guardias, a él!

Cuatro hombres con cara de simio llegaron dando grandes zancadas y lo levantaron en el aire, sujetándolo de ambos brazos y piernas. Al mismo tiempo, mientras lo transportaban en la dirección hacia la que habían llevado a la mujer, un hombre de guardapolvo blanco le cubrió la nariz y la boca con una gasa empapada en algún líquido de mal olor. La porción de mundo que veía desde esa posición -un techo abovedado a diez metros de altura, salpicado de claraboyas mugrientas, con un dibujo geométrico que no olvidaría jamás en su vida- se volvió negro y adquirió una cualidad aterciopelada, como mullida, hasta que ya no supo si estaba viendo el techo o el interior de sus propios ojos.

Despertó echado en el piso de una habitación desnuda, de paredes blancas. El techo era igualmente alto pero no tenía claraboyas, aunque sí una repetición exacta del dibujo geométrico. Trató de ponerse de pie y descubrió que todavía no era capaz de hacerlo. Se sentó, con la espalda apoyada en la pared.

Del lado opuesto había una única salida. La abertura estaba completamente ocupada por una máquina identificadora como la que había intentado engañar. En lugar del molinete había una puerta metálica, pero ahí estaban la luz roja y la luz verde, y sobre todo el hueco oscuro cuya única finalidad era recibir un dedo.

Se arropó con el sobretodo gris y pasó un largo rato mirando la máquina. No ocurrió nada. En la habitación no había agua, alimentos ni otro objeto que su propio cuerpo adormecido. El mensaje era claro.

La pared contra la que tenía apoyada la espalda era de un material fuerte pero no macizo. La golpeó suavemente con los nudillos y se quedó escuchando el sonido hueco. Parecía estar hecha con esos paneles que se usan en la construcción de casas prefabricadas. Era evidente que la habitación había sido agregada mucho después de la construcción del edificio. Una caja en todo el sentido de la palabra. Lo extraño era que pudiera verse el techo de mampostería con el dibujo original. Entrecerró los ojos para enfocar mejor, y descubrió un techo transparente, de vidrio o alguna materia plástica, que permitía ver lo que había más arriba.

Apenas hecho ese descubrimiento, todavía un poco embotado, alcanzó a oír un sonido rítmico que provenía de la pared. Un golpe, una pausa, un golpe. Una pausa más larga, otro golpe. Alguien, del otro lado, había oído sus primeros golpes y trataba de comunicarse.

Esperó a que la secuencia se repitiese, golpe, pausa, golpe, doble pausa, golpe, y entonces la imitó. Hubo unos segundos de silencio antes de que los golpes del otro lado reaparecieran, y cuando lo hicieron sonaban un poco más apagados. Tardó apenas un momento en darse cuenta de que ahora estaban un metro más allá, a la derecha. Se arrastró por el piso hasta donde parecía haber llegado la señal, y la imitó otra vez. Ahora casi no hubo demora: los golpes y pausas surgieron otro metro a la derecha, y un poco más tarde en el rincón donde la pared terminaba.

En ese rincón había un agujero muy estrecho, a diez centímetros del suelo, y en cuanto hubo dado los golpes correspondientes por el agujero apareció un tubo de plástico negro, del tamaño de los que vienen con un rollo fotográfico. No pudo ver qué lo empujaba del otro lado, porque en cuanto agarró el tubo el agujero quedó tapado con algo.

Sostuvo el tubo en la mano, lo sopesó, lo agitó junto al oído. Había algo adentro, algo blando, ni liviano ni pesado. Volvió a mirar en dirección a la máquina identificadora y sintió que ya sabía de qué se trataba.

Dudó antes de abrir el envase. Algo, en el orden del terror, le impedía satisfacer la curiosidad. Sin embargo, supo enseguida que no tenía opción. Tironeada por su pulgar, la tapa saltó con un ruido de botella descorchada. Pensó en los efectos especiales con que tratan de imitar en la radio los sonidos de la vida real, y que terminan por reemplazar a los verdaderos en la memoria colectiva.

El contenido del tubo estaba enrollado en algo que podía ser una servilleta de papel o uno de esos rectángulos de papel higiénico de los baños públicos, con una inscripción hecha a mano. No tenía alternativa: aunque no quisiera enterarse de qué clase de objeto se trataba, no podía dejar de leer el mensaje. Lo desenvolvió, y se encontró con lo que esperaba.

Leyó el mensaje, escrito con nerviosismo: “Soy la mujer que estaba delante de usted en la fila. Como se imaginará, no puedo usar esto; ya es tarde. Pero usted quizás tenga una oportunidad de hacerlo”. Por lo visto, no había sido el único en tratar de sortear la máquina con un dedo cadavérico.

Se puso de pie. Tenía una sensación eléctrica en la espalda y en los dedos de las manos, la corriente de una esperanza. Miró hacia los costados, hacia arriba, hacia adelante. Aspiró hondo. Avanzó hacia la máquina identificadora. Tomó el dedo mutilado entre el pulgar y el índice y lo acercó al agujero.

Entonces se detuvo, porque un pensamiento molesto acababa de crear un cortocircuito en su interior. ¿Cómo sabía esa mujer que él estaba allí? ¿Sería ella, realmente, quien le había pasado el tubo de plástico a través de la pared?

Con un movimiento rápido guardó el dedo en el tubo, el tubo en un bolsillo del sobretodo, y se echó en un rincón alejado de la máquina. Primero escondió la cara entre las manos, luego la alzó hacia el techo. Le habían tendido una trampa. Hasta ese momento no tenían otra cosa para acusarlo que la posesión de un dedo de cadáver. No era suficiente. Querían un delito mayor, querían que intentara pasar la máquina para tener con qué atraparlo para siempre.

Sacó el tubo del bolsillo y, gateando, lo llevó al hueco de donde lo había sacado. Cabía perfectamente, era como si hubieran hecho el agujero con una matriz del tubo. Ya no tenía ninguna duda: la escena había sido preparada de antemano. Lo introdujo hasta que la base redonda formó un solo plano con la pared. Después, lentamente, lo empujó hasta el otro lado.

Ésa era la actitud. Una provocación abierta. Nada tenía ya que ocultar, y nada de lo que hiciera cambiaría su destino. Animado por una energía repentina, se puso de pie. En dos pasos largos y rápidos estuvo frente a la máquina, y sin titubear introdujo donde correspondía su propio dedo índice. El de la mano derecha.

La puerta se abrió de par en par. Al otro lado había una luz enceguecedora. Imposible distinguir nada. Retiró el dedo, que no había sufrido ningún daño. Dio un paso y se apoyó en el marco de la puerta, tratando de acostumbrarse a la claridad. Luego, con mucha precaución, dio otro paso.

Fue gracias a esa prudencia que consiguió esquivar el primer disparo. Pero los siguientes dieron en el blanco.

Oralidad

Foto por Eduardo Abel Gimenez

Foto por Eduardo Abel Gimenez

Foto por Eduardo Abel Gimenez

Foto por Eduardo Abel Gimenez

Foto por Eduardo Abel Gimenez

Foto por Eduardo Abel Gimenez

La nave espacial

La nave espacial tiene el aspecto de un Fiat 600 viejo y destartalado. Pero me han avisado sobre ese detalle de la misión, así que no pierdo la confianza. Saco las llaves del bolsillo y con una de ellas abro la puerta del conductor. Adentro la similitud sigue siendo notable: asientos de algún material indefinido con colores también indefinidos, mandos que a primera vista parecen inadecuados. Polvo, papeles de caramelos, una mancha de café.

Me siento frente al volante, con las piernas plegadas en ángulo agudo, y cierro la puerta. Por debajo de estos controles antiguos y sencillos se ocultan maravillas de la tecnología más avanzada. La ilusión se mantiene incluso cuando meto la llave en su sitio y hago contacto: lo que se oye es un antiguo motor de combustión interna, seguramente grabado digitalmente, mientras los verdaderos propulsores, sin duda ocultos bajo el piso, son silenciosos. Hasta la vibración de la carrocería imita la de un auto maltrecho. No puedo imaginar la cantidad de microchips y nanocomponentes necesarios para lograr ese efecto.

De tres pedales que hay en el piso aprieto el de la izquierda, y usando lo que parece una palanca de cambios pongo primera marcha. Suelto de a poco el pedal de la izquierda, mientras con el otro pie empujo el de la derecha. La vibración aumenta. Siento un momento de temor por lo que vendrá, pero la nave espacial se pone en movimiento sin otro efecto que apretarme un poco la espalda contra el asiento.

Empiezo así el largo e incómodo viaje a Marte, mientras el mundo exterior sólo percibe una cáscara de Fiat 600 que se mueve lentamente por la calle Olazábal.

Foto por Eduardo Abel Gimenez

El subte es fotogénico (II)

El subte es fotogénico (II)

Foto por Eduardo Abel Gimenez

Foto por Eduardo Abel Gimenez

Ayer tuve que ir a la AFIP

Ayer tuve que ir a la AFIP (aviso que lo más probable es que esto resulte muy aburrido, ya que sólo intento relatar un trámite burocrático con sus mínimas idas y vueltas, trazar un recordatorio para mí mismo con vistas al día en que tenga que repetirlo y me haya olvidado miserablemente de los detalles. Y ahora mejor vuelvo al tema, antes de que mi amigo Mario Levrero crea que le estoy tomando el pelo a su gusto por ese recurso literario que consiste en iniciar una frase e interrumpirla de inmediato con largas aclaraciones, no siempre entre paréntesis, no siempre pertinentes, que lo obligan por último a reiniciar la frase disparadora).

Como decía, ayer fui a la AFIP (Administración Federal de Ingresos Públicos, un ente gigantesco que absorbió a la DGI, o Dirección General Impositiva, y cuya forma es la de una multitud de sucursales con sus respectivas zonas de influencia, a la manera de los warlords afganos sobre quienes aprendimos el año pasado. Si bien son los contadores quienes más frecuentan esas sucursales, a veces un trámite es personal; es decir, hay que hacerlo uno mismo, ya sea porque lo dice la ley o para no pagar más honorarios).

Fui a la AFIP, entonces, a dar un cambio de domicilio (y no me vengan con que me mudé hace dos años y medio, que cómo puede ser que vaya recién ahora a dar el cambio. Ya lo sé. Suelo dejarme estar, y no va a ser justo la AFIP una excepción a la regla. Lo que me preocupa ahora no es ese dejarme estar, al que me he acostumbrado (y por el que ya me han dicho que mis tiempos son como los de la iglesia), lo que me preocupa, decía, es que admitir tal demora en dar un cambio de domicilio acabe constituyendo una falta (o incluso un delito), algo previsto en una ordenanza o una circular o una ley, tal vez la Consitución Argentina, de manera que en pocos momentos más, cuando termine de escribir esto, suenen los golpes en la puerta de mi casa y estén allí los inspectores dispuestsos a llevarme, blandiendo como arma definitiva mi confesión impresa).

Explicaba que fui a la AFIP a dar un cambio de domicilio (para lo cual, mucho antes, me había puesto en contacto con mi contadora, quien a cambio de unos honorarios razonables completó los formularios necesarios, agregó unas instrucciones muy precisas en un papelito verde unido a los formularios con un clip, y me explicó dónde tenía que ir, porque he de confesar también que yo, hasta ayer, no había pisado la AFIP. Tal vez deba aclarar que mi contadora fue siempre crítica del hecho de que no diera antes el cambio de domicilio. Le llevó más de un año conseguir que fuera a dar el cambio en el Registro Nacional de las Personas para que mi nuevo (o ya no tan nuevo) domicilio apareciera en mi documento de identidad, requisito previo a la tan mentada visita a la AFIP, para convencerme de la cual (“para convencerme de la cual” es sin duda una construcción curiosa, torpe por decir lo menos) necesitó otra vez más de un año).

Fui ayer a eso de las once de la mañana. Abren a las diez. Saqué número, el 71. Iban por el 34. Esperé un rato, hasta comprobar que llamaban a razón de un número cada cinco minutos. En cuanto calculé que me llevaría tres horas salir de allí (a menos que muchos otros hubieran renunciado antes, pero no lo creía posible porque había un montón de gente, no menos de treinta personas, en las sillas de plástico negro que la AFIP destina a los sufridos contribuyentes), en cuanto hice ese cálculo me di cuenta de que no podría completar el trámite porque tenía otros compromisos, y de que la situación era mucho peor que lo esperado. Tenía que volver hoy, entonces, ya que la contadora había fechado el formulario “agosto de 2003”, y hoy es el último día hábil del mes (por lo cual, hablando de hábil, debo rendirme ante la destreza superior de la contadora para hacerme cumplir lo imposible).

Me preparé como para un picnic: diario, libro, botella de agua, dos barritas de cereal, todo en un bolso negro que hace juego con las sillas. A sugerencia de mi mujer, fui un rato antes de las diez: llegué a las diez menos cuarto. Había cola en la puerta de esa AFIP tan puntual como poderosa, que abriría quince minutos después, pero no tanta como la gente del día anterior. Una buena señal. Y todavía mejor cuando la mayor parte de la cola se dispersó hacia otras secciones y sólo cuatro personas quedaron antes que yo. Tenía el número 23, y para mi gran satisfacción la mujer que atendía llamó al 19.

Digo la mujer que atendía porque en ese momento era una, aunque normalmente (y ya hablo como si fuera un experto en la AFIP, cuando he explicado que ayer fui por primera vez en mi vida y hoy por segunda. Aunque hay que decir que tras visitar dos veces seguidas un mismo espacio burocrático uno se siente con cierto derecho sobre él, como si hubiera atravesado ciertas fronteras, y hasta dan ganas de saludar a los otros clientes (o como se los llame), y hasta al personal de seguridad. Sin duda, si tuviera que volver una tercera vez, lo que por suerte no es el caso, me tomaría el trabajo de ir a saludar a la mujer que me atendió hoy, pero al decir eso creo que me estoy adelantando al transcurrir ordenado de la historia), aunque normalmente, trataba de decir, las que atienden son dos mujeres.

Un par de minutos más tarde llegó la segunda mujer y llamó al número 20. Un hombre vestido al estilo que Kirchner hizo popular (saco cruzado, es decir con doble hilera de botones, pero abierto, vestimenta que hoy en día se puede considerar una declaración de oficialismo) puso un bolso parecido al mío en la silla de adelante y se quedó de pie, mirando al resto de la gente que acababa de entrar o iba entrando (porque olvidé decir que, allá afuera, la cola había crecido bastante detrás de mí (otra expresión torpe, “la cola había crecido bastante detrás de mí”, con su doble sentido que me hace parecer un mono), y que ahora seguía llegando más y más gente, de manera que las sillas negras se cubrían rápidamente). El hombre del saco cruzado, decía, se quedó mirando a todos con un aire de superioridad cuyo único significado podía ser que él tenía el número 21. Y así era, como pudimos comprobar en cuanto la primera de las mujeres que atendían llamó a ese número, cosa que ocurrió con bastante rapidez ya que, al parecer, el trámite del número 19 quedó inconcluso por la falta de algún papel (y ahora veo que allá arriba escribí “la silla de adelante”, sin haber explicado antes que yo me había sentado en una de las sillas de plástico negro, para ser más preciso la primera de la segunda hilera, lo cual quiere decir que el hombre del saco cruzado ocupó con su bolso la primera silla de la primera hilera, en el rincón superior izquierdo del rectángulo que forman las sillas si se las mira desde arriba).

Yo ya había leído el diario afuera, mientras hacía cola (no muy profundamente, lo admito, y me refiero por supuesto a la lectura del diario). Pero no podía permitir que el resto del picnic quedara trunco, y estaba claro que me quedaba poco tiempo. Así que saqué una de las barritas de cereal, que resultó más dura de lo que imaginaba, y mastiqué con rapidez y estoicismo hasta que la mitad quedó en mi estómago y la otra mitad repartida en pequeños trozos incrustados entre los dientes. La segunda mujer llamó al 22, que estaba en poder de un muchacho humildemente sentado en la fila tres. Guardé el papel de la barrita en el bolso y me apuré a sacar la botella de agua. Tomé la mitad, de lo cual me siento bastante orgulloso porque no fue mucho el tiempo que tuve, ya que el número 21 también resultó un trámite inconcluso (a pesar del saco cruzado oficialista) y la primera mujer llamó al 23, mi número, con la voz aburrida de alguien a quien la vida le ha enseñado que todos los números son iguales.

La otra barrita de cereal quedó en mi bolso, junto al libro. Los dos están ahí todavía, y sin la ayuda de mi contadora tal vez nunca logre sacarlos.

Y ahora podría dar por terminado el relato, ya que a pesar de los malos indicios mi trámite fue plenamente exitoso, si no fuera por una última advertencia que quisiera hacerme a mí mismo para el día en que deba volver a la AFIP: necesitaba fotocopias del documento de identidad, y para eso la mujer que atendía me dijo que podía ir a un kiosco que estaba a dos casas de distancia, y que cuando las tuviera podía volver y dárselas sin hacer la cola otra vez. Pero no es esa la advertencia, no es sobre el documento de identidad y la necesidad de llevar fotocopias. La advertencia es que el kiosco en cuestión estaba cerrado (cuando ya eran casi las diez y media), por lo que tuve que seguir caminando un par de cuadras más, hacer las fotocopias en otro lugar y encontrar que, al regreso, pasadas las diez y media, el kiosco estaba abierto. Se lo comenté a la mujer de la AFIP, y su respuesta fue que “están locos, cierran a las cinco de la tarde, cualquier cosa”. No le dije que entonces podía haberme recomendado algún otro sitio, claro que no. Hay que ser amable, atento, decir gracias y desear los buenos días. De ese modo se puede lograr (y yo lo logré, y de todo corazón puedo decir que estoy contento, lo digo sin ningún cinismo, cosa que me sorprende tener que aclarar pero lo hago porque en este mundo en el que vivimos hoy en día no se puede decir algo así sin generar desconfianza), se puede lograr, decía, una sonrisa.

Qué difícil es lograr un buen crujido cuando más se lo necesita

Qué difícil es lograr un buen crujido cuando más se lo necesita. Uno mueve la cabeza de acá para allá, pero el cuello actúa como un viejo trozo de goma endurecido por el tiempo y no suelta prenda. Los hombros avanzan y retroceden, y nada. La espalda se arquea, se dobla, se tuerce, y ni un solo clic.

Para remediar tanta frustración, la empresa Bear Bones Ltd. (cuyo nombre es un ingenioso juego de palabras entre “bear” y “bare”, que según creemos recordar remite a un juego similar en la película “El libro de la jungla” de Walt Disney, donde un oso amistoso y un niño lampiño hacían amistad mientras bailaban en el bosque), la empresa Bear Bones Ltd., decíamos, ha lanzado su Body Noise Enhancer (BoNE).

El BoNE consiste, paradójicamente, en una pieza única de tela especial que recubre el cuerpo desde la punta de los pies hasta la coronilla, dejando sólo una abertura para la cara. No se debe prestar atención a quienes sugieren que el color negro, el brillo y cierta rigidez del producto convierten al usuario en algo parecido a un insecto y su exoesqueleto. La superficie interna de BoNE está cubierta por multitud de sensores y pequeños dispositivos que emiten un ligero clic ante la presencia de un estímulo eléctrico. Esas minúsculas maravillas de la técnica apenas sobresalen cuando se los ve desde el exterior, no más que la roncha de una picadura de mosquito.

Para evitar mayores tecnicismos, digamos simplemente que BoNE registra todo movimiento corporal y lo convierte en satisfactorios crujidos y chasquidos. Así, basta por ejemplo con flexionar los dedos de los pies para obtener una batería de pops (palabra tomada de la descripción original, en inglés, del producto) que nadie habría soñado. Y ni hablar de lo que puede salir de una espalda dolorida o un cuello estresado. El impacto psicológico de tales resultados, como ya se ha podido comprobar en diversos tests, provoca una instantánea mejoría en toda clase de dolores de origen articular. (Desde ya, se sugiere la utilización de BoNE en ámbitos estrictamente privados, para evitar sobresaltos en los paseantes.)

Así, amigos, la tecnología viene una vez más a mejorar nuestras vidas de maneras impensadas, a elevar la condición humana otro escalón por encima de las miserias cotidianas. Demos las gracias a quienes con tanta pasión y entrega dedican lo mejor de su creatividad al bienestar del prójimo. ¡Adelante, Bear Bones Ltd., y que sigan los (crac) éxitos!

El subte es fotogénico

El subte es fotogénico

Foto por Eduardo Abel Gimenez

Foto por Eduardo Abel Gimenez

Calles de Belgrano

Calles de Belgrano

Eduardo Abel Gimenez

Una historieta sin guión, por decirlo de un modo simpático.

Hay que tener un completo dominio de los hombros

Hay que tener un completo dominio de los hombros. Al inclinar un hombro hacia abajo el ala se despliega, los dos metros de varillas y plumas. El aleteo se produce con un movimiento suave del hombro hacia adelante y hacia atrás. Si se inclina un poco el hombro hacia adelante (lo que ocurre cuando se echa el codo hacia atrás), el ala se inclina también hacia adelante; el efecto contrario se logra inclinando el hombro hacia atrás. La sensibilidad de las alas abre posibilidades aún inexploradas: movimientos giratorios del hombro producen efectos poderosos, diferentes según la intensidad del giro, el énfasis puesto en cada punto de la curva, o la fuerza muscular que uno tenga. Dejamos la exploración de esos universos a cada usuario. Por último, un golpe rápido del hombro en dirección a la oreja (sin llegar a tocarla) hace que el ala se pliegue y se trabe en esa posición, con lo que uno queda libre para usar los hombros con otros fines.

*

Se puso las alas, bien plegadas, y las ocultó lo mejor posible bajo el saco. Salió temprano del departamento, cuando aún era casi de noche y nadie podía fijarse mucho en ese par de bultos en su espalda. Caminó hasta la estación del subte, se escurrió junto a la pared hasta los molinetes y tomó un tren bastante lleno. Se apretó de espaldas a una puerta, del lado contrario a los andenes. Cuando llegó a destino se movió a último momento, así que nadie tuvo mucho tiempo para verlo de atrás.

Entró a la oficina con su propia llave, antes que nadie, y se metió en su cuarto, al fondo. Encendió la computadora, y sin quitarse el saco se acomodó en la silla por el resto del día. Movió, actualizó, revisó archivos. Recibió, escribió, reenvió emails. Cuando alguien entraba para dejar un papel o llevárselo, echaba los hombros rápidamente hacia atrás y se ponía de frente a la puerta.

Al mediodía pidió comida por teléfono, la recibió allí mismo un rato más tarde y comió a solas, con la excusa de que tenía demasiado trabajo.

Nada cambió durante la tarde, y no fue extraño que se quedara después de hora porque lo hacía con frecuencia. Salió cuando el sol se había puesto, para repetir paso a paso, en sentido inverso, el viaje de la madrugada.

Ya en su casa se quitó el saco, lo colgó del perchero y se echó en el sillón. Las alas emitieron un crujido suave, que lo hizo saltar de miedo. Pero eran irrompibles. Volvió a apoyarse en el respaldo, esta vez con suavidad, agarró el control remoto y prendió la tele.

Un noticiero y medio más tarde se alimentó otra vez de comida telefónica (que recibió con el saco puesto), y siguió viendo la tele hasta que los ojos le picaron. A las once de la noche se cepilló los dientes, se miró un momento al espejo y por último fue al dormitorio. Justo antes de acostarse se quitó las alas, agotado pero feliz.

Palabra gusano

Creo que esto es viejo, pero ahí va.

¿Alguien conoce una palabra gusano más larga que “reconoceremos”? No valen consonantes con altos y bajos, no valen i ni ñ ni tilde, y no sé qué pensar de la z.