[13/5/2003]
En el acuario había un cardumen de peces pequeños completamente quietos. Parecían uno de esos adornos con peces, pájaros o mariposas de papel, cada uno suspendido de un palito, todo el sistema en equilibrio, un colgante así en medio de una habitación vacía en la que nadie se atreviera a respirar.
Todos los peces apuntaban en la misma dirección, miraban el mismo punto, esperando algún estímulo que les hiciera mover las aletas. Algún otro pez más grande pasaba cerca, pero no era suficiente. Tal vez más tarde, cuando llegara la comida, o apagaran la luz, o un terremoto destruyese la pecera. Mientras tanto pasaban los minutos, la gente iba y venía, y los peces del cardumen, paralelos unos a otros, inmóviles, no encontraban razones para hacer nada.
Yo era uno de ellos.

