Chanzas

[24/7/2002]

Ayer armé tres paginitas con chanzas que fui posteando en este weblog (qué cosa las palabras; “chanza” siempre me sonó a “chancho”; “postear” a “bosta”; tal vez sea una obsesión). Bueno, esas páginas están en la sección Palabras y otros inventos del sitio, y son:

  • Respuestas para acertijos que tal vez nunca llegue a inventar (“Alberto, porque Bernardo le cae mal a Claudia, y Edelmiro no usa chaleco los viernes.” Un motivo por el que esto me gusta es que, tras leerlo, en algún weblog se escribió que La Mágica Web es “demasiado matemático”, o algo así).
  • Refrases (“El pez por la boca muerde.” Esta incluye aportes de quienes hicieron comentarios a mis posts).
  • La hora del payaso (“El capitán se hunde con su barco. El capitán de la industria, con su banco.” Esta también tiene algún aporte de amigos, pero menos).

Supongo que reciclar justamente la parte más liviana y tranquila del weblog es un modo de combatir los bajones.

[24/7/2012]

Siempre la necesidad de recopilar. Siempre la de combatir los bajones.

Traducción automática

[23/8/2002]

Esta página en supuesto inglés, sobre un grupo musical, es una joya de la traducción automática. Y está publicada en serio, como si no contuviera tantos chistes excelentes. Tres ejemplos:

“The group touches to subjects of the best groups of gypsy music”

“Ivan Dimitrov (Gadulka) It was born in Bulgaria”

“L’Orkestina tries to disclose and to make to the public each one accessible of these styles creating a playful atmosphere and améno.”

(Gracias a Marcial Souto por el link, y por descubrir esta música.)

[23/8/2012]

Como tantas buenas cosas, la página ya no existe. Si uno busca “The group touches to subjects of the best groups of gypsy music”, el único resultado que da Google es el post original en la Mágica Web.

Cosas que no se hacen

[21/8/2002]

Hay cosas que no se hacen. Irse a dormir masticando un chicle es la más estúpida que se me ocurre en este momento.

Cerca

[21/8/2002]

De noche, en la cama, con los ojos cerrados, las cosas parecen estar más cerca.

El monstruo

[21/8/2002]

El monstruo que duerme abajo de mi cama tiene la costumbre de roncar. A veces, cuando lo pincho con una varilla de metal para que se calle, reacciona con un zarpazo o un mordisco. Pero en general se limita a gruñir y darse vuelta, para seguir roncando un minuto más tarde.

Despertar

[21/8/2002]

Estaba remando de regreso cuando me empecé a despertar. Primero desaparecieron los remos. Luego la sensación de movimiento. Por último, el bote. Abrí los ojos justo antes de caerme al agua.

Dientes

[21/8/2002]

Cuando a un chico se le cae un diente viene el Ratón Pérez y le deja algo de plata. En cambio, cuando a un adulto se le cae un diente (y en esto nos pusimos de acuerdo Marcial Souto y yo, hace un rato, hablando por teléfono), viene una rata gris amarronada, recién salida de las cloacas, y le deja una horrible factura del dentista.

Hablan

[21/8/2002]

Hablan. El bebé llora. Él y ella hablan. Y el bebé llora. Siguen hablando, los dos, frente a frente en la mesa del bar, mientras el bebé llora con suavidad en el cochecito, un poco más cerca de ella que de él pero lejos de ambos. No dejan de hablar, ni él ni ella. No deja de llorar, el bebé. Hablan un poco más, otro poco más. Llora un poco más, otro poco más. Qué otra cosa tienen por delante más que hablar. Qué otra cosa tiene por delante más que llorar. Ya casi estamos en septiembre.

Más de seis meses

[20/8/2002]

Hace más de seis meses que empecé este weblog. Ya no cumplo con aquella especie de compromiso, que asumí conmigo mismo al comienzo, de agregar algo todos los días. Pero es cada vez más fuerte la sensación de que sin el weblog me faltaría algo importante, muy difícil de explicar.

El viejo ciego

[20/8/2012]

Todos los días, a eso de las nueve de la mañana, el viejo ciego caminaba lentamente hasta el final de la pared, en la esquina, donde el bastón llegaba a asomarse al vacío. Nunca iba más allá. Se quedaba unos minutos parado, negando con la cabeza, y entonces daba media vuelta y desandaba sus pasos.

Yo miraba todo desde el kiosco de enfrente, esperando que otras personas, con mejores ojos que el viejo ciego, se dejaran tentar por los colores de las golosinas.

Una vez, mientras el viejo le decía que no al agujero sin forma que tenía delante, salté de mi silla sin pensarlo y me acerqué a él.

—Buenos días —le dije—. ¿Quiere cruzar la calle?

La cara se le iluminó. Giró la cabeza hasta mirar en una dirección que quedaba a treinta grados de mí, como suelen hacer los ciegos, y dijo:

—Si, hijo, sí.

Tanteando un poco logró tomarme el brazo, y ahí fuimos, primero a bajar el cordón, luego a recorrer el asfalto, por último a subir el otro cordón.

—Muchas gracias —dijo el viejo.

No respondí. Me soltó el brazo y se fue en busca de la otra pared, en ese nuevo mundo que empezó a explorar de inmediato.

Volví al kiosco, justo a tiempo para recibir el llamado telefónico. Las noticias me obligaron a cerrar el kiosco lo más rápido posible y, en pocos minutos, salir corriendo en dirección contraria a la que había seguido el viejo ciego. Unas horas más tarde estaba en un avión, viajando a otro continente.

Yo, después de varios años, sigo sin haber regresado. El viejo, no lo sé.