La luna y el pelo

[30/7/2002]

—La luna está menguante —dijo el taxista—. Buen momento para cortarse el pelo.

Esa no la sabía —dije.

El taxista dio vuelta la cabeza para mirarme y le sonrió a mi ignorancia.

Si te cortás con la luna en creciente —explicó—, el pelo crece más rápido.

Ah —respondí.

Estaba hermosa la luna, esa noche de sábado, en el aire marítimo.

La idea de la muerte

[29/7/2002]

“Para el occidental contemporáneo, incluso cuando se encuentra bien, la idea de la muerte constituye una especie de ruido de fondo que invade el cerebro cuando se desdibujan los proyectos y los deseos. Con la edad, la presencia del ruido aumenta; puede compararse a un zumbido sordo, a veces acompañado de un chirrido.” (Michel Houellebecq, Las partículas elementales, Barcelona, Anagrama, 1999)

Camarera

[29/7/2002]

El domingo 28 de julio al mediodía, en el restaurante Montecatini Alpe, de la calle Belgrano entre Santa Fe y Corrientes, en Mar del Plata, nos atendió una camarera muy simpática, idéntica a este personaje de Arnold Lobel, que tira monedas a un pozo de los deseos (y el pozo responde “¡Ay!”). (El dibujo es un fragmento de la página 8 del maravilloso libro Historias de ratones, Kalandraka Editora, Pontevedra, 2000.) (En Imaginaria publicamos un cuento completo de ese libro, con la debida autorización de la editorial.)

Nuevas razones para quejarse del hotel

[26/7/2002]

  • La habitación es mucho más chica que la vez anterior, y las grandes “están todas ocupadas”.
  • El ascensor se detiene veinte centímetros por arriba o por abajo de donde debe.
  • El botiquín es un espejito enmarcado en un pedazo de plástico, con un estante también de plástico que alcanza justo para que el vaso con los cepillos de dientes parezca resistir pero acabe cayéndose. El conjunto cuelga de un tornillo clavado en la pared y se balancea como el péndulo de un reloj descompuesto.
  • Dejan hervir el paraguas demasiado tiempo cuando tratan de hacer café.
  • De las cuatro computadoras conectadas a Internet andan tres. De esas tres, dos se cuelgan. La restante es tan lenta que no se distingue si está funcionando o no.
  • En el placard hay cuatro perchas para tres personas. Rsolvemos que el nene no cuenta y usamos dos perchas cada uno.
  • Durante varias horas diarias se oye lo que parece una vieja hamaca de plaza (ñic, ñic…, ñic, ñic…). Y nadie recorre las habitaciones explicando qué cuernos es en realidad.
  • El encargado debe tener veinte años menos que yo.
  • El colchón se hunde hacia la derecha, mientras que en casa se hunde hacia la izquierda. Así, de noche no sé ni quién soy.
  • Las viejas están más viejas. Las jóvenes están más jóvenes. Ya no queda gente en este lugar.
  • El más revoltoso de los chicos es el mío.
  • Las medialunas de manteca son grasosas. Las medialunas de grasa son mantecosas.
  • El estudiante de hotelería que está haciendo una pasantía ya me habló tres veces de la gran oferta para ir al spa.
  • Los extraterrestres no se convierten en seres entrañables como en “Lilo y Stitch”.

Locutorio

[24/7/2002]

Estoy en un locutorio con veintipico de computadoras conectadas a Internet, en Mar del Plata, mirando los carteles. Uno ofrece “BOX PRIVADOS” (sic) en el primer piso. Desanima un poco cuando se piensa en recurrir al otro, “CAFE GRATIS SIRVASE USTED MISMO”, justo al lado.

Vacaciones

[24/7/2002]

Así que esto son las vacaciones. Siempre me olvido. Siempre son demasiado cortas para dejar algo más que un rastro débil, demasiado rosa o demasiado negro para corresponderse con la realidad.

Esta vez ocurre algo especial. Tengo pocas ganas de volver al trabajo. No extraño nada de la rutina. Describir el fenómeno me llevaría otro weblog, así que desisto. Dentro de un rato me voy a dormir.

(Llegó la medianoche. En vez de ser el último post del miércoles, este se convierte en el primero del jueves.)

Situación

[24/7/2002]

Mi mujer está resfriada. Yo tengo problemas de estómago. Mi hijo está convencido de que nada es suficiente. Además, hoy llovió. No podía ser de otro modo nuestro primer día en Mar del Plata.

Microcontent

[22/7/2002]

John Hiler escribió en su Microcontent News un análisis muy útil de los distintos servicios y programas disponibles para quienes quieran tener un weblog.

[22/7/2012]

Duró poco Microcontent News. Una pena, porque era bueno.

Martillos

[22/7/2002]

Pasaba un jarrón por la puerta de casa cuando el martillo, que es un atolondrado, salió sin mirar por dónde iba y lo rompió en mil pedazos.

*

Tengo un martillo que no sirve para nada. Es un clavo.

Otro martillo, en cambio, de cabeza blanda y liviana, como gomaespuma, es ideal para martillarse los dedos, porque no duele.

*

Un ejército de ingenieros y arquitectos logró dar a las paredes de mi edificio el mayor índice de permeabilidad al martillazo de todo el mundo. Cuando alguien, en cualquier departamento, pega un martillazo, el ruido alcanza simultáneamente y con igual intensidad todos los otros departamentos. El fenómeno, además, mantiene el anonimato del autor: imposible saber de dónde viene tal estruendo.

El bicho peludo

[22/7/2002]

Interrumpimos nuestra programación habitual para dar espacio a un relato de Mario Levrero, que el autor me envió por email con la autorización explícita para publicarlo aquí, y la aclaración de que todavía es un borrador.

El bicho peludo
por Mario Levrero

Abrí la puerta del apartamento para salir, y se metió rápidamente un bicho negro, peludo; demasiado grande para araña, pensé. Tenía que ser un perro chico, un cachorrito. Cerré la puerta y empecé a buscarlo; se había escondido. Durante un rato no hubo forma de encontrarlo. Al fin, al mover un sillón, salió de atrás a toda velocidad y volvió a esconderse. Me armé de paciencia y seguí buscando, pero me cansé sin haberlo encontrado. Como tenía que salir, salí. Al volver, dos horas más tarde, el bicho seguía escondido. En la cocina puse un plato en el piso y le eché un poco de leche. Me senté en un sillón del living y me quedé quieto, esperando. Desde ahí podía ver la puerta de la cocina, abierta, y el plato en el suelo. En algún momento tendría que aparecer, pensaba yo.

Y apareció, mucho más tarde, moviéndose con cautela; venía desde el corredor que da al dormitorio. Se metió en la cocina pero no le prestó atención al plato con leche. Se movía con rapidez y con gran liviandad, casi como si flotara, explorando la cocina, que sin duda no había podido explorar en mi ausencia porque la puerta había quedado cerrada. Después salió de la cocina y se quedó mirándome cerca de la puerta. Digo que me miraba, pero no sé con qué, tenía tanto pelo que no se le veían los ojos. Hasta me pareció que no tenía ojos. Tampoco llegué a verle patas; parecía que fuese sólo una masa de pelos negros.

Cuando me fui a acostar, cerré la puerta del dormitorio para que no se metiera. Nunca cierro esa puerta porque me gusta que circule bastante aire, y con la puerta cerrada me parece que me asfixio, por más que siempre se cuela alguna corriente de aire entre las junturas de las ventanas. Cuando desperté al otro día, el bicho estaba en la cama, a los pies de la cama, como enrollado sobre sí mismo sobre la frazada. Pensé que lo iba a agarrar dormido, y me pregunté que haría con él cuando lo agarrara. Pero apenas me moví, se movió, y se filtró rápidamente por abajo de la puerta. Es una puerta de madera, y no de metal como la de la cocina, y hay como un dedo de luz entre la parte inferior de la hoja y el piso. Entendí entonces que no era un perro. Era sólo pelo. Después lo pude comprobar, mirándolo al trasluz cuando se paseaba por el alféizar de alguna ventana; no había propiamente un cuerpo, ni patas, ni ojos, ni nada. Tampoco comía ni bebía nada. Y no sé si dormía, o si de noche simplemente se acomodaba a los pies de la cama buscando compañía. Ni siquiera buscaba calor, porque se ponía lejos de mi cuerpo.

Nunca me picó, ni me mordió, ni me hizo daño alguno; pero tampoco hicimos amistad. Siempre que trataba de acercarme, se movía muy rápido para ponerse fuera de mi alcance. Después de algunos intentos, no volví a insistir. Ya vendrá solo, pensé, pero nunca vino.

Mientras estuvo en mi casa, durante un par de años, nadie alcanzó a verlo; ni siquiera la empleada, que venía dos veces por semana, en alguna de sus limpiezas a fondo. No sé dónde se escondería. Mis visitas nunca sospecharon su existencia, ni siquiera las mujeres que ocasionalmente se quedaban a dormir; esas noches el bicho no aparecía en el dormitorio. Y al día siguiente no se mostraba resentido ni variaba en lo más mínimo su conducta de siempre.

Una tarde de verano estaba apoyado en el alféizar de la ventana más grande del living, su lugar favorito. Las otras ventanas estaban también abiertas, por el calor. Hubo un soplo de viento que formó una fuerte corriente de aire en el apartamento y se lo llevó; lo vi alejarse con la ráfaga y después ir descendiendo lentamente hasta que otra ráfaga lo levantaba y lo hacía cambiar de dirección. Yo lo seguí con la vista hasta que dejé de verlo.

[22/7/2012]

Estaba recién escrito. Apareció por primera vez en la Mágica Web. Después Jorge lo incluyó en el libro Los carros de fuego (Trilce, Montevideo, 2003).