
Aviso para que después no anden diciendo que alguien se hace pasar por mí. Este es yo; este soy yo.
por Eduardo Abel Gimenez

Aviso para que después no anden diciendo que alguien se hace pasar por mí. Este es yo; este soy yo.
El nene se llama Ian, pero la madre le dice Ianchu. Una sola vez lo llama Ian, cuando lo reta porque le patea las rodillas, y ahí entiendo con claridad que no es, por ejemplo, Iván. Ni Iván, ni Juan, ni otra cosa que justifique ese estornudo final; Ianchu, nomás. Así es la vida.
Están en la parada del 151, en el refugio inaugurado hace poco. Ianchu, que debe tener cuatro o cinco años, está sentado en el banco largo de madera. La madre hace guardia de pie frente a él, con el cuerpo apuntando a la dirección de la que vendrá el colectivo pero la mirada fija en el celular. Lee mensajes, escribe mensajes. Después manda un audio, y así me entero que los mayores de 70 no tienen que pedir turno para tramitar la ciudadanía; buen dato, en una de esas, algún día. Cuando pasa un 113, lo mira a último momento, un poco sobresaltada, y luego vuelve la vista a la pantalla; esto pasa dos veces, con los dos ramales distintos del 113, así que están esperando el 151. Yo también.
Me siento, en la otra punta del banco. “Cuánto tarda el colectivo”, le comenta a Ianchu la mamá, y enseguida: “¿Dejé ir alguno sin darme cuenta?”. Ianchu tarda un poco en contestar; por supuesto, no tiene ni idea. Después contesta: “Pasaron cinco”. “No seas mentiroso”, dice la mamá; se ríe.
En algún momento, tal vez mientras yo me sentaba, guardó el teléfono. Ahora, seguramente aburrida, levanta la mochila del nene, que está en el piso, y la apoya en el banco, entre el nene y yo. La abre. “Voy a mirar el cuaderno de comunicaciones, que escribieron algo”, anuncia. Lo saca, busca, hojea, empieza a leer en voz alta.
Ahora no le presto atención, porque veo que el 151, finalmente, está a la vista. Me levanto, vuelvo a donde estaba antes, levanto el brazo para pararlo. La madre de Ianchu está de espaldas a la calle, sumergida en el cuaderno de comunicaciones. Ianchu patea el aire (las rodillas de la madre quedaron fuera de su alcance), indiferente a todo. Cuando el colectivo está terminando de frenar le digo a la madre: “Acá llegó el 151”.
Es rápida. Me agradece, guarda el cuaderno en la mochila, la cierra y agarra a Ianchu del brazo, todo en el tiempo que le lleva al colectivero abrir la puerta. Los dejo subir primero. Después de pasar la SUBE me vuelve a agradecer.
Hay asiento para Ianchu. Ella se queda de pie al lado de él. Mientras apoya la mochila en el piso del colectivo, ya tiene el celular otra vez en la mano. Me pregunto quién le avisará cuando tengan que bajar.


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(Cien palabras encontradas en Dos fantasías espaciales, de Sergio Bizzio. Mansalva, Buenos Aires, 2015. En esta sección reúno palabras que aparecen hojeando al azar libros que todavía no leí. ¿Darán una idea del tono general?)

Anoche presentamos en Bar La Tribu la nueva colección de libros de Dábale Arroz. Leonardo Oyola habló sobre los libros y sobre nosotros; nos conmovió y nos hizo reír a gusto. Estas preciosas fotos son de Melisa Fernandez Csécs.

Los libros: Fantasmas, de Marina Berri; La vida láctea, de Cris Zurutuza; y mi novela Juicio a las diez.

Después de la introducción, Leo pidió preguntas al público y fue logrando que la timidez inicial se convirtiera en una catarata que nos hizo hablar a todos. Entre Leo y yo están Cris (izquierda) y Marina (derecha). Ahora, el impagable show de Leo:









Mi gran, gran amiga Natalia Méndez, socia en los emprendimientos artesanales de Dábale Arroz. Se hizo cargo, con Juan Pablo Luppi, del puesto de venta de libros.

La sala mucho antes de llenarse. Que se llenó, y cómo.

Juan Pablo Luppi y Cris Zurutuza.

De charla con Franco Vaccarini. Detrás, Juan Pablo Luppi.

La yapa (foto de Natalia Méndez): con la queridísima gente de los talleres de Dos Meninas, que fue a alentar. De izquierda a derecha: Adriana Keselman, Gabriela Szejer, María José de Telleria, Silvina Heianna, Dolores Fernández, Jimena Tello y Magalí Mansilla.
¡Gracias enormes, gigantes, a Leonardo por el trabajo que se tomó, por poner el cuerpo y tantas ganas! ¡A Melisa por llevar la cámara y trabajar de fotógrafa como hace en eventos (por los que cobra, no como a nosotros)! ¡A Juan Pablo y Natalia por ocuparse de la venta de libros! ¡Otra vez a Juan Pablo por la playlist a medida que nos acompañó toda la noche! ¡A todos los amigos y las amigas que pasaron, se quedaron y me hicieron sentir que algo de todo esto está bien!
Además del frasco de microcuentos, la nota habla de los tres libros que hoy vamos a presentar en La Tribu (Lambaré 873, Buenos Aires, a las 19.30): Fantasmas, de Marina Berri; La vida láctea, de Cris Zurutuza; y mi Juicio a las diez. Y también de A la zorra, el emprendimiento de Natalia Méndez con sus geniales animalitos lectores hechos en cerámica. ¡Gracias, Natalia Blanc!
Hace unos días me hizo una entrevista Noelia Gómez, de Infobae. Hoy salió la nota. Hablamos de Dábale Arroz, de los libros nuevos, de la situación del libro, del libro en papel ante el libro digital, del proyecto de Instituto del Libro y unas cuantas cosas más. ¡Gracias, Noelia!
Una página del periódico Puck, Nueva York, 1877. Click para ver grande.

¡Ya viene! Con la ayuda del grande de Leonardo Oyola, este viernes presentamos los libros de Dábale Arroz en La Tribu, Lambaré 873, Buenos Aires.

Esto fue en el taller de escritura que di en General Villegas el jueves pasado, 15 de agosto, dentro del Filbita. María Luján Picabea, del Filbita, lo resumió perfecto para las redes: “Cada palabra tiene normas y explotaciones, agua potable es una norma, agua falsa es una explotación”.
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