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El fondo del pozo – 15

El fondo del pozo

15

“Los sentidos no perciben las cosas del mundo. Se perciben a sí mismos en las cosas del mundo. Vea. Toque. Oiga. Guste. Huela. Descubrirá las propiedades de sus sentidos, no las propiedades del universo.”
(Consejero, 7391:14)

Cuando llega la hora de la comida todavía estamos inspeccionando las aberturas de la prisión. Es el momento de más calor de todo el verano. El zumbido que anuncia el almuerzo nos sorprende en el fondo de un túnel helado, en el que nos habíamos refugiado, y nos apuramos a salir. Las cápsulas empiezan a caer al mismo tiempo que asomamos la cabeza fuera del túnel. Dejamos nuestras pertenencias en un lugar apropiado y nos sumergimos en la lucha de todos los días.

El escalón superior, el que limita con la pared, sólo se llena de gente durante la caída de las cápsulas. Cada uno de los prisioneros trata de poner la mayor distancia posible con los demás, para abarcar el espacio más grande. Nosotros tenemos algunas ventajas: siendo tres y pensando juntos, nos colocamos en los vértices de un triángulo mayor que el espacio promedio, e impedimos la entrada a todo el que se acerca. Luego tendremos un botín de cápsulas desparramadas por el suelo que pocos prisioneros se atreverían a soñar.

Esta vez las cápsulas tienen gusto a fruta, de modo que es más difícil que de costumbre quedar satisfechos. Cuando terminamos de atajarlas, de juntar los restos y de raspar el suelo con las uñas, alzamos los bultos y nos vamos a descansar a un rincón bastante oscuro, lejos de los fuegos. Las primeras formaciones de humo están suspendidas del aire, y a partir de ahora casi podríamos usarlas como reloj, siguiendo su desarrollo, su crecimiento rápido en torno a los fuegos, su dispersión hacia todos los puntos de la cárcel. La apariencia de limpieza que tenía la prisión al comienzo del verano, hace pocas horas, ya no existe. Los escalones se van llenando de excrementos, particularmente ahora, después de la comida. Los trozos de leña caídos durante el invierno están a medio quemar, y las cenizas se distribuyen uniformemente alrededor de los fuegos. Las corrientes de agua están teñidas de marrón, y arrastran objetos perdidos por los habitantes de los escalones superiores, que otra gente, en los escalones inferiores, trata de pescar antes de que caigan a la fosa central. Podría decirse que la entropía va en aumento, cosa que a Dindir no le gustaría nada si estuviera aquí, y llegará a su punto máximo justo antes del comienzo del invierno. Lo que nadie sospechó jamás, ni siquiera Dindir, es que la entropía tiene mal olor.

Con el estómago lleno conseguimos calmar la corriente eléctrica que nos produjo la visión del grupo que se bañaba, el de introvertidos y extrovertidos. Pero no se va del todo, sigue latente en un rincón del vientre, como un dolor placentero, un principio de asfixia, una fuerza contenida que pronto exigirá que la liberemos. Sabrasú se desconectó, como suele hacer últimamente, para pensar en sus teorías, o para reemplazar la soledad de nuestra mente compartida por la compañía de nuestros pensamientos individuales. Es el inconveniente de pensar juntos, que no habíamos notado antes de entrar a la prisión: si no hay otra gente en la cual confiar, quedamos aislados.

Un rato más tarde nos ponemos de pie, convencidos de que seguir trabajando es el mejor método para olvidar la tensión. Avanzamos pegados a la pared, mientras Calibares ilumina la piedra con la linterna, estudiando los resquicios y las imperfecciones. Aunque nuestro amigo, el de gorro rojo, haya dicho que la tecnología es terreno del Poder, la linterna es probablemente el artefacto más asombroso que hayamos visto: es la misma que compramos a los aldeanos en la cima de la montaña, y jamás tuvimos que recargarla. Por otra parte, no sabríamos cómo hacerlo; es imposible abrirla, y no tenemos la menor idea de cómo funciona. Es increíble que alguna vez la hayamos juzgado primitiva.

Pronto llegamos a la siguiente abertura, una claraboya estrecha que da a una esfera de cristal. La claraboya alcanza apenas para que metamos la cabeza y un brazo con la linterna, y lo hacemos por turno, para observar los reflejos de la luz en el cristal. Jamás pudimos determinar el diámetro de la esfera, ni siquiera arrojando cosas a su interior. Tampoco sabemos qué hay detrás del cristal, donde se forman imágenes de sueño, fantasías que de algún modo parecen sincronizarse con los pensamientos del observador, modelos abstractos de cosas familiares y que sin embargo no podemos identificar. El efecto es hipnótico y cuando uno de nosotros lo contempla los otros dos tienen que sacarle la cabeza de la claraboya por la fuerza. Si pensamos juntos, nuestra mente compartida se sobresalta, y tenemos que desconectarnos para recuperar la tranquilidad.

Esta vez Gadma es la última en mirar. Mientras se recupera del encantamiento, seguimos andando.

Diez metros más adelante hay otra abertura, en la que apenas nos detenemos. Es una puerta de madera, que se abre a un pozo vertical por el que cuelga una soga. La soga es una invitación a bajar, pero no hay que aceptarla. Una vez Calibares empezó a descender, y algo lo agarró por los pies. Tuvimos que tirar con toda nuestra fuerza para salvarlo, y las marcas jamás se le borraron. De modo que sólo abrimos la puerta para asegurarnos de que nada haya cambiado, y la cerramos otra vez.

Así son nuestras expediciones por el perímetro de la prisión. La mayoría de las aberturas han dejado de interesarnos hace tiempo, y si las visitamos es por una cuestión de rutina. Pero a veces encontramos algo nuevo, o recibimos una sorpresa, como ocurrió con el loco del traje de buzo y su regreso del espacio vacío. Un solo acontecimiento de esa clase justifica varias expediciones, aunque quede sin explicar, y ahora nos sentiríamos conformes con lo obtenido aunque recorriéramos otras doscientas aberturas sin encontrar nada interesante.

Sin embargo, la suerte está a nuestro favor, porque un poco más tarde tropezamos con algo que estamos buscando desde hace mucho tiempo. Primero, Calibares ilumina una ranura en la piedra, que no habíamos visto antes. Luego sacamos un trozo de alambre de nuestros bultos, uno de los tantos objetos valiosos que fuimos recolectando desde nuestra llegada a la prisión, y lo metemos por la ranura para ver qué ocurre. Se oye un clic y nos echamos al suelo, pero la ranura decide no atacarnos. Volvemos a mirar, y ahora hay dos ranuras. La segunda también produce un clic, y surge una tercera. Repetimos el procedimiento varias veces más, y pronto nos damos cuenta de que las sucesivas ranuras van dibujando en la piedra el contorno de una puerta. Cuando la puerta queda completa, la empujamos y se abre a una habitación desconocida.

En la habitación hay un laboratorio fotográfico. Está a oscuras, pero la luz de la linterna nos basta para ver lo que contiene. Las cajas de papel sensible se apilan en varios estantes, sobre la pared opuesta a la entrada. A un costado hay una mesa con cubetas y varios frascos de material opaco, y junto a la mesa una pileta y una canilla. Un poco más cerca está la ampliadora, y encima de todo, gobernando el escenario, cuelga una lámpara roja, apagada.

El hallazgo es demasiado bueno como para no sospechar, y nos quedamos unos minutos afuera, esperando descubrir dónde está la trampa. Gadma se pone nerviosa: la mayor parte del bulto que lleva a la espalda, además de las pilas de papel garabateado del informe, consiste en kilómetros de película expuesta y no revelada, donde está registrado todo lo que apuntó con su cámara desde nuestra llegada a Guirnalda. Hasta ahora no tuvimos ocasión de revelar ni un centímetro de esa película, con la que podríamos reconstruir una a una las imágenes del pozo, refrescar la memoria y tal vez explicar algunas de las cosas que ocurrieron. Por eso, Gadma está ansiosa por aprovechar la oportunidad. Nosotros también, pero tenemos un poco más de paciencia, y la agarramos de los brazos para que no se meta corriendo en la habitación.

Sin embargo, las precauciones no parecen necesarias. Dentro del laboratorio todo está quieto. Afuera, un grupo de hombres sentados en torno a un fuego cercano nos mira con curiosidad. Una nube de humo flota un instante alrededor de nuestras cabezas y luego se asoma al interior del laboratorio. Finalmente, Calibares lo imita. Junto a la puerta, del lado de adentro, hay un interruptor. Calibares lo acciona y salta hacia atrás, mientras la luz roja se enciende. Durante otros diez minutos no hay novedades. Algunos de los hombres que nos miran deciden acercarse para ver qué hacemos, y antes de darnos cuenta quedamos encerrados entre ellos y la habitación.

La cárcel es peligrosa por sí misma, pero nos enseñó que los prisioneros son más peligrosos todavía. Sabrasú acepta que nos conectemos para defendemos mejor, pero Gadma elige antes que nosotros y nos empuja dentro del laboratorio. Cerramos la puerta detrás de nosotros.

Al otro lado los hombres empiezan a golpear, pero los ruidos y los gritos nos llegan amortiguados por la piedra. La puerta tiene una barra de metal que baja y calza en un gancho que hay en la pared. La colocamos en su sitio, y quedamos a salvo de los curiosos.

No tiene sentido preguntarse por qué los carceleros han puesto un laboratorio fotográfico a nuestra disposición. Sus motivos forman parte de la metafísica, y por más que teoricemos no podemos contar con saber la verdad. Amontonamos nuestras cosas en el único rincón vacío, entre la entrada y la ampliadora. Calibares se sienta junto a la puerta, y Sabrasú empieza a recorrer los estantes, sacudiendo las cajas para comprobar que están llenas. Gadma no pierde tiempo: abre las puertas de un armario que estaba oculto detrás de la entrada, encuentra varios tanques de revelado, broches y termómetros, y se lleva todo a la mesa. Luego estudia el contenido de los frascos y prepara una mezcla con lo que hay en uno de ellos y agua. Llena los tanques, saca los rollos de película de entre los bultos, elige algunos y apaga la luz.

Al no haber peligros aparentes, volvemos a desconectarnos. Los curiosos se habrán aburrido, porque ya no se oyen. Lo único que percibimos son los ruidos que hace Gadma mientras revela un rollo de película tras otro, y los va acomodando en la pileta llena de agua. Sabrasú se echa en el suelo, al lado de los estantes, y se duerme. Calibares se queda un rato apoyado en la puerta, y luego también opta por dormirse. Cuando abrimos los ojos todo está en silencio.

—¿Qué pasa? —pregunta Calibares en la oscuridad.

—Los negativos se están secando —dice Gadma—. Hay que esperar.

—¿Ya están todos revelados? —pregunta Sabrasú.

—No —dice Gadma—, una parte. Pero Gadma también necesita descansar.

—¿Podemos prender la luz? —pide Sabrasú.

—Un momento —interrumpe Calibares.

Nos callamos. Hay un susurro casi imperceptible que llega a través de la puerta, como un huracán con sordina.

—Veo que todavía están aquí —dice una voz profunda, acompañada por un grito lejano.

—Te lo dije —responde otra voz—, no pueden escapar.

La segunda voz es aguda, y está matizada por una risa. Nos damos cuenta de que afuera ha llegado el invierno, y las tres cabezas de luz se están divirtiendo otra vez a costa de los prisioneros. Empezamos a temblar, aunque el frío no atraviese la puerta. Es la primera vez que pasamos el invierno fuera del lugar que corresponde a los prisioneros, y no sabemos si los dueños de la cárcel nos permitirán tanta libertad sin castigo. Quietos en nuestros lugares, tratando de no hacer ningún ruido, escuchamos el discurso del pico de águila, los gritos de las víctimas elegidas por las garras, las risas finales y el silencio que cae sobre la prisión. Tenemos los ojos bien abiertos, los puños apretados y las piernas rígidas, y así nos quedamos durante horas, conectándonos y desconectándonos según los vaivenes del miedo. Mucho más tarde el cansancio nos obliga a dormir.

Nos despiertan unos golpes en la puerta, y saltamos de nuestros lugares preparados para luchar. Pero son los curiosos del verano anterior: los reconocemos por los gritos. Nos resulta fácil imaginar su desesperación, después de vernos desaparecer tras una puerta y no regresar. Estarán pensando que encontramos una salida. De todos modos la puerta parece firme, y nos tranquilizamos. Además, el hecho de que haya terminado el invierno y los carceleros nos permitan seguir en este lugar significa que, al menos por el momento, estamos seguros. Gadma enciende la luz y revisa los negativos. Están secos.

Gadma llena algunas cubetas con una mezcla de líquidos y agua y enciende la ampliadora. Todo funciona bien. Sabrasú le alcanza una caja de papel sensible, y Gadma prepara la primera tira de película revelada, colocándola en la ampliadora de manera que el primer negativo queda proyectado en el sitio donde va el papel. Lo pone en foco, y los tres nos inclinamos para ver.

Al principio no entendemos nada: sólo hay unas manchas sin sentido.

—Es la primera fotografía que sacó Gadma —explica Gadma—, en el puerto de Guirnalda.

Entonces vemos los edificios, blancos bajo un cielo negro, recortados en los rincones. Delante de todo está la nave, y Calibares estira una mano como si quisiera acariciarla. El dibujo de luz y sombra le trepa por encima de los dedos, Gadma apaga la ampliadora, coloca un papel y dispara. Luego pasa el papel por los líquidos y lo sumerge en el agua de la pileta. El segundo negativo es muy parecido al primero, y dejamos que Gadma siga trabajando sola.

Un rato más tarde tenemos una colección de fotografías que se lavan en la pileta. Encendemos una luz blanca que hay justo encima, y vemos la ciudad de Guirnalda, el almacén de ramos generales donde hicimos nuestras compras, la nave otra vez. Estamos nosotros mismos, en pose de turistas. Miramos nuestras propias sonrisas, nuestras caras blancas y nuestra ropa de verano recién comprada y sentimos dos cosas contradictorias: rabia, y una nostalgia que casi nos impide respirar.

La siguiente tira de negativos abarca el primer tramo de nuestro paseo en burro, desde la ciudad hasta la montaña. En cada uno la montaña aparece un poco más grande que en el anterior, hasta que una sola fotografía no basta para encerrarla. Nos detenemos un buen rato en estudiar la secuencia, buscando señales de las aldeas. La montaña parece deshabitada.

A Gadma le lleva varias horas copiar todas las fotos que sacó durante nuestra ascensión hasta la cima, y poco a poco vamos perdiendo interés. Empezamos a sentir hambre. Calibares apoya un oído en la puerta para tratar de descubrir si afuera están cayendo las cápsulas. No oye nada.

—La cima —anuncia Gadma más tarde, y nos amontonamos alrededor de la pileta.

—¿Está segura Gadma de que es la cima? —pregunta Sabrasú, observando una foto tras otra.

—Gadma nunca se equivoca en sus anotaciones— contesta Gadma.

—¿Y dónde está la aldea? —pregunta Calibares.

No podemos responderle. En algunas fotos aparecemos nosotros, o nuestros burros. En las demás sólo hay piedras, cielo, pedazos de montaña. Las casas y los aldeanos se perdieron en algún punto entre lo que vieron nuestros ojos y la película. Reconocemos el lugar: la disposición de las piedras, la forma del borde que nos separaba del abismo, todo coincide con nuestro recuerdo de la cima. Pero el lugar está vacío.

Varias fotos seguidas han quedado fuera de foco, y no se entienden: son las correspondientes al momento en que vimos la boca del pozo, cuando Gadma olvidó de pronto cómo manejar la cámara. Pero luego distinguimos claramente la boca. Es tal como la recordamos, aunque no hay rastros de la valla.

Gadma sigue trabajando a toda velocidad. Tratamos de ayudarla, pero lo único que conseguimos es estropear varias copias por exponerlas a la luz blanca antes de pasarlas por el fijador. Nos apartamos. Sabrasú se pone a silbar una melodía improvisada. Calibares da vueltas por los rincones, golpeando las paredes con los puños cerrados.

Poco a poco van surgiendo las fotos siguientes. No son interesantes. Algunas muestran piedras movidas, otras nuestras caras de sorpresa. Finalmente llegan las que corresponden a nuestra recorrida por la casa-laberinto, donde terminamos encontrando a la supuesta Computadora Central. Por lo menos, Gadma asegura que son ésas. Lo único que muestran es un túnel oscuro, o algo que parece un túnel: los negativos apenas están impresionados por la luz escasa de la linterna.

—Esto es ridículo —dice Sabrasú, el primero que se atreve a hablar.

—No vale la pena seguir—dice Calibares—. Gadma es un desastre sacando fotos.

—Así que la culpa es de Gadma —dice Gadma.

—De alguien debe ser —dice Sabrasú.

—Algún defecto de la cámara —propone Calibares.

Nos miramos, apretando los puños. Seguimos teniendo rabia, miedo y nostalgia. Estamos desorientados. El pozo jamás va a terminar de jugar con nosotros. La corriente eléctrica nos sigue recorriendo la espalda. Estamos en un lugar prohibido de la cárcel, dudando de nuestra memoria y de nuestros sentidos, mientras pasa la hora de la comida. No nos atrevemos a salir, ni queremos quedarnos. Necesitamos un desahogo.

Es imposible saber cuál de nosotros se mueve primero, pero de pronto nos abrazamos, rodamos por el suelo, nos enroscamos, nos desenroscamos, nos atornillamos, nos desatornillamos. Otra vez conectados, somos testigos de nuestra mente compartida, que se deja llevar por las sensaciones de seis manos que acarician y seis superficies acariciadas simultáneamente. Nos consolamos, nos desconsolamos, nos apretamos uno contra otro contra otro. Cerramos los ojos para clausurar el resto del mundo. Cada uno de nosotros guía las manos de los demás, somos un único organismo que se lame las heridas, se reconforta, se excita.

Un ruido nos obliga a separarnos. Pero no es el ruido, sino una orden no pronunciada, una señal de la mano que tantas veces controló nuestros pensamientos durante la expedición. La barra que cierra la puerta se está levantando. Sube un centímetro, luego otro, y después dos más. Retrocedemos hasta el rincón de la pileta, nos escondemos detrás de nosotros mismos. La barra termina de alzarse, y la puerta se abre. Entra alguien que al principio no conseguimos distinguir. Su cuerpo está tomando forma, o nuestros sentidos tratan de acomodarse a la nueva percepción. El recién llegado cierra la puerta a sus espaldas, baja la barra y cruza los brazos apenas modelados.

—¿Oyeron hablar del fondo del pozo? —pregunta. Nuestra vista termina de adaptarse. Lo reconocemos. Es el loco del traje de buzo.

El fondo del pozo – 16

El fondo del pozo

16

“La memoria es transversal. Recorre los acontecimientos en una dirección que no es la del espacio ni la del tiempo. Viva. Recuerde. Tendrá dos experiencias diferentes.”
(Consejero, 68:53:106)

El aldeano no se separaba del árbol. Tenía el codo derecho apoyado en la mano izquierda, y se miraba las uñas de la otra mano. Esperaba que reaccionáramos, pero teníamos muchas cosas que digerir antes de empezar a movernos. Nos quedamos un rato largo echados en la tierra. Sentíamos las piedras que se nos clavaban en la piel poco a poco, profundizando la irritación célula por célula, del mismo modo en que las últimas sorpresas del pozo avanzaban por nuestra mente compartida, con dolor.

No estábamos en condiciones de razonar. Ya nos resultaba difícil elegir entre los impulsos que nos tentaban: quedarnos en el suelo para siempre, salir corriendo, dejarnos morir, continuar en nuestro papel de exploradores, abandonar todo y buscar un rincón del universo en el que pudiéramos olvidar y ser olvidados. Nuestro pensamiento estaba cruzado por imágenes fugaces del pozo, de nuestra oficina, de Dindir, Balibar y Hecher, de los momentos que parecían haber influido para que llegáramos a nuestro estado actual, de cansancio y desesperación. Tratamos de recurrir al contrato en busca de ayuda, pero se había transformado en algo vago y distante, como el recuerdo del recuerdo de un sueño. En las últimas horas Sabrasú había olvidado todas las cláusulas, y era como si el contrato no existiera.

Finalmente notamos que el Consejero empezaba a moverse en su nicho. La Computadora Central, el Poder, los aldeanos o quienquiera que fuese se preparaba para enviarnos un mensaje. Esta vez, por algún motivo, no lo soportamos. Nos pusimos de pie.

—Les reservé un trineo —dijo el aldeano, volviendo a la vida como nosotros—, para que puedan…

No terminó de hablar. Entre los tres lo agarramos por el cuello, la cintura y los pies, y nos lo llevamos a un lugar escondido tras las rocas.

—¿Dónde está la salida? —le preguntamos.

—No sé de qué hablan —dijo el aldeano.

Nos dolían los huesos. Una mano invisible nos apretaba la garganta. Calibares agarró la cabeza del aldeano y le metió los dedos en los ojos.

Vamos, rápido —insistimos—. ¿Dónde está la salida?

—¿Quieren tener la amabilidad de soltarme? —dijo el aldeano, mientras los dedos de Calibares se hundían. Gadma empezó a pisarle las manos, primero una, luego la otra. Nos costaba respirar. Teníamos que hacer esfuerzos para mover cada músculo.

—Tengo mucho que hacer —dijo el aldeano—. Me voy a perder la próxima expedición.

Usamos los dientes, las uñas y las botas. Sentíamos los pulmones como si estuvieran llenos de piedras, y no podíamos controlar los esfínteres. Mojamos la ropa, que enseguida se nos pegó a la piel.

—Qué demora inútil —dijo el aldeano—. ¿Quieren el trineo, sí o no?

Usamos los lanzallamas, con los ojos llenos de lágrimas.

—Tengo que trabajar —protestó el aldeano.

Dejamos el cuerpo ahí mismo, y a pesar de que el suelo se negaba a sostenernos juntamos fuerzas para salir a buscar otro candidato. Era nuestra primera experiencia con los métodos violentos, y nos daba cierto placer. Por lo menos, servía para compensar nuestro propio sufrimiento. Lo que no entendíamos era cómo pesábamos tanto, si por adentro nos sentíamos vacíos. Caminábamos hacia la aldea apoyando un pie delante del otro con mucho cuidado, sin apartar la vista de un punto fijo situado al frente. Esperábamos encontrar a una mujer o a un chico, mejor a un chico, que no pudiera negarnos la información.

Pero encontramos otra cosa. Los pobladores salieron: todos al mismo tiempo de sus casas, y avanzaron hacia nosotros codo contra codo, en un frente de varios metros.

—Déjenme a mí —gritó un hombre, el vendedor de sogas.

—No —gritó otro—, ya te dejamos la última vez—éste era el vendedor de cantimploras.

Empezamos a retroceder.

—Yo, yo —dijo una vieja, la representante del cuerpo de guías—. Yo heredé el trineo.

—¿Quién te dijo eso? —le contestó la vendedora de trajes de amianto, junto con el vendedor de linternas, el vendedor de huesos en forma de X y los demás.

—Era mi hijo, estúpidos —dijo la vieja.

El suelo se había vuelto resbaladizo, de modo que apenas conseguíamos movernos, pero los aldeanos seguían corriendo como si nada. Nos alcanzaron un minuto más tarde, cerca de una puerta que daba al pozo, la misma por la que habíamos salido. Mientras nos rodeaban, los gritos aumentaron de volumen. Dejamos que el suelo nos llegara a la cabeza, y nos agarramos a las piedras sueltas para no seguir cayendo.

De pronto los aldeanos se pusieron de acuerdo. Gritaron un poco más, y se quedaron callados. La vieja que decía haber heredado el trineo alzó la cabeza en un gesto de triunfo y dio un paso al frente en nuestra dirección. Nos miró de punta a punta antes de hablar.

—Les reservé un trineo —dijo—, para que puedan bajar al glaciar.

No podíamos movernos, ni contestar. Habíamos olvidado nuestro proyecto violento.

—Muy barato —agregó la vieja, al ver que su oferta no tenía respuesta.

—No quieren el trineo —dijo otra voz, fuera del círculo qué nos rodeaba.

Varios aldeanos se corrieron para abrir paso al que había hablado, y vimos que era el viejo de la cicatriz en la frente. Caminó hasta el centro del círculo y se ubicó de tal modo que sus sandalias quedaron a la altura de nuestras cabezas.

—Lo que quieren es escapar —agregó.

La vieja se echó atrás, hasta confundirse con la muralla de aldeanos. No discutió el derecho del viejo de la cicatriz a estropearle el negocio. Desde nuestra posición, la cabeza del viejo se confundía con el cielo.

—Sin embargo —dijo el viejo—, ese no es el plan. Después de tanto tiempo, deberían haber llegado al fondo del pozo.

Inclinó la cabeza hacia nosotros. La cicatriz estaba roja. El resto de los aldeanos escuchaba en silencio, y el mundo parecía terminar donde terminaba el círculo. El Consejero volvió a despertarse, y esta vez no pudimos contenerlo. Los versículos, los capítulos y las secciones formaron una cascada en nuestra mente. Cuando se detuvieron leímos, 29:87:15: “Obedezca. ” Era el versículo más corto que habíamos visto jamás, y probablemente el más preciso. El Consejero se escondió en su depósito inconsciente, y al mismo tiempo el viejo sonrió, como si supiera lo que ocurría en nuestros pensamientos.

—Todavía están a tiempo —dijo—. Nosotros los vamos a ayudar.

Hizo una seña, y los aldeanos nos levantaron por el aire. Miramos más allá de sus cabezas: estábamos en la cima de la montaña de Guirnalda, como al principio. Al otro lado del abismo estaban el cuadriculado de sembradíos y la ciudad. Las manos de los aldeanos nos masajeaban por abajo, y el viento de las alturas por arriba. Nos llevaron hasta la aldea, rodearon el depósito y nos permitieron ver durante un segundo la boca del pozo.

Después nos tiraron por el borde.

Ahora, en la cárcel donde unas ranuras de la pared llevan a un laboratorio fotográfico, nos parece que hubo otros acontecimientos entre nuestra llegada a Guirnalda y el momento en que nos tiraron al fondo: otro encuentro con la Computadora Central; un viaje interminable por una galería de espejos; un motín en compañía de los otros exploradores, bajo el mando del viejo que había simulado morir a nuestros pies. Recordamos claramente haber caminado por un arroyo de agua helada; haber dormido en agujeros oscuros, con los lanzallamas preparados, oyendo ruidos profundos y lejanos; haber trepado por unas columnas resbaladizas para escapar de una inundación; haber encontrado las flautas junto a un esqueleto anónimo. Pero estos recuerdos no se encadenan en una secuencia. Son fragmentos aislados, como tal vez lo sean todas nuestras experiencias en el pozo. Si conseguimos reunir algunas en un conjunto ordenado, probablemente sea gracias a un engaño de la memoria, no un resultado de lo que vivimos en realidad. Tal vez no haya modo de organizar cronológicamente nuestras experiencias, y existan dos, tres o más conjuntos de. experiencias superpuestos, simultáneos, independientes unos de otros.

Pero esto se nos ocurre ahora. Cuando caíamos por el pozo no tuvimos tiempo de pensar tanto. Estábamos a oscuras, por afuera y por adentro. Nos dejábamos llevar por la fuerza de la gravedad, y por las otras fuerzas que existen en el pozo, casi sin darnos cuenta. No sentíamos más miedo que antes, ni más desesperación. No pensábamos que en esa caída se iban nuestros últimos retazos de vida, porque algo nos decía que no era así. Caímos eternamente, pero en el pozo la eternidad debe tener un límite, porque la caída terminó. Sentimos un golpe seco, y al mismo tiempo se terminaron los dolores y el sufrimiento. Abrimos los ojos a la luz artificial.

Estábamos en la cabina de control de nuestra nave. En la pantalla encendida se veía un ángulo del puerto, y mas allá la ciudad. Nuestras pertenencias se habían desparramado con la caída, y nos rodeaban: la linterna, los rollos de película, la montaña de papel que había escrito Gadma, las mantas. Un murmullo agradable acompañaba la vibración del suelo en que estábamos echados: el motor en funcionamiento.

Tardamos bastante en reaccionar, y antes de que pudiéramos movernos el piso nos atrajo con más fuerza. El puerto y la ciudad se hundieron en la pantalla, y unos minutos más tarde fueron reemplazados por las estrellas. La nave había despegado. Nos alejábamos de Guirnalda a una velocidad que aumentaba a cada segundo.

La cámara exterior de la nave giró, y en la pantalla apareció el disco de Guirnalda. Conseguimos ponernos de pie recién cuando el disco se transformó en un punto. A pesar de la aceleración, nos sentíamos livianos. Habíamos recuperado el control de los músculos.

Lo primero que se nos ocurrió fue armar otra vez nuestros bultos: eran lo único seguro que teníamos. Recolectamos las cosas que nos habían acompañado por el pozo y las amontonamos en un rincón. Luego salimos de la cabina de mando, con las ideas más confusas que nunca, y recorrimos la nave.

Había algunos cambios. La biblioteca ya no estaba, y en su lugar había una máquina de cine, con una colección de películas de dibujos animados. También faltaban algunos elementos de lujo, que habían ayudado a crearnos la ilusión de estar de vacaciones durante nuestro primer viaje: el perfume del baño, el regulador de la luz, el equipo mecánico de gimnasia. Sin embargo, estábamos seguros de que era la misma nave que nos había llevado a Guirnalda: conservaba pequeñas marcas que el uso le había dejado en las paredes y en los muebles.

Los ejemplares del contrato estaban donde los habíamos dejado, apilados en una mesita, entre las camas. Pero también habían cambiado. Todas las hojas estaban cruzadas por un sello enorme, con una sola palabra:

RESCINDIDO

De modo que ésa era la explicación de lo que ocurría. El Centro había decidido retirarnos de la misión, y automáticamente nos encontrábamos de regreso. Por supuesto, no era una explicación razonable. No nos decía de qué modo habíamos llegado a la nave desde el pozo. Pero estábamos dispuestos a aceptarla. No teníamos otra, para elegir.

—De cualquier manera —empezó Gadma.

—Conseguimos lo que queríamos —siguió Sabrasú.

—Pudimos escapar —terminó Calibares.

El viaje fue largo y aburrido. Pasamos los días tratando de relajarnos y de reírnos con las películas de dibujos animados. Nos sentamos durante horas en la máquina de cine, o frente a la pantalla. Pero las estrellas y los personajes de colores nos resultaban parecidos: todo era lo mismo, cuando por nuestra mente pasaban las imágenes mucho más fuertes y definidas del pozo. Cualquier emoción era débil, junto a las que nos provocaban los recuerdos.

El Consejero no volvió a aparecer, ni durante el viaje ni después. Por lo que sabemos, es posible que se lo haya tragado el pozo.

Tratábamos de no pensar en lo que nos esperaba en Varanira. Así como nos alegraba haber escapado del pozo, nos preocupaba la idea de recibir algún castigo por faltas cometidas sin darnos cuenta. No conocíamos antecedentes comparables con nuestro caso, en los que se hubiera rescindido un contrato de exploración. Y si no había castigos pendientes, tampoco nos entusiasmaba la perspectiva de volver a la oficina. Más allá de los golpes recibidos, sentíamos que el pozo nos había cambiado; de otro modo, no se explicaba que hubiésemos rechazado la ayuda del Consejero, antes de atacar al aldeano que se miraba las uñas; o que hubiésemos llegado a dudar de la Computadora Central, confundiéndola con un Poder mencionado por alguien en quien nada nos obligaba a confiar. Además, Calibares estaba inquieto, soñando con nuevas expediciones, descubrimientos, momentos de audacia; Sabrasú se quejaba del vacío de su memoria, donde no había nada para reemplazar las Ordenanzas que se evaporaban sin remedio, y decía que el Centro se le alejaba cada día más; Gadma seguía corrigiendo su informe, agregando detalles y detalles, y no daba la impresión de querer hacer otra cosa en su vida. En esas condiciones, la oficina nos parecía un lugar ajeno, propio de un Calibares, un Sabrasú y una Gadma más pequeños, más ignorantes, pendientes de un universo que sólo les llegaba por noticias indirectas, cuando nosotros ya habíamos salido de la cáscara para tocarlo con nuestras propias manos.

De todos modos, ahora sabemos que la nave nos llevaba hacia un destino que no podíamos modificar. Lo que hiciéramos más adelante, a pesar de todo lo aprendido, seguía sin depender de nosotros.

Aterrizamos en el puerto de Varanira después de muchos días. Nos recibió un grupo de agentes del Centro, que no hizo preguntas ni nos permitió hacerlas. Acompañados por ellos, hicimos el viaje en tren desde el puerto hasta el edificio, caminamos como antes por la costanera y entramos al edificio por una puerta pequeña, que no habíamos visto nunca.

La puerta daba a una oficina como la nuestra, aunque con más polvo y más papeles. Detrás de un escritorio había un hombre gordo, que nos miró apenas el tiempo suficiente para saber cuántos éramos. Abrió un cajón, sacó tres fajos de papeles y los tiró sobre el escritorio.

—Firmen —dijo.

No nos movimos. El gordo levantó la vista una vez más, y volvió a bajarla. Detrás de nosotros, uno dé los agentes que nos acompañaban tosió.

—Firmen —repitió el gordo.

Aspiramos hondo, y nos acercamos al escritorio. Una vida entera de reflejos condicionados no podía quedar olvidada en un instante. Tomamos las lapiceras que nos dio el gordo y firmamos. El gordo volvió a guardar los papeles, y sacó del cajón otros tres fajos iguales. Nos entregó nuestras copias del nuevo contrato, y nos miró por tercera vez.

—¿Y ahora qué hacemos? —le preguntamos.

—Irán al departamento orbital —dijo.

—¿El departamento orbital? —preguntamos—. ¿Qué es eso?

—Lo que su nombre indica —dijo el gordo—. Un departamento del Centro, en órbita.

No insistimos, pero no porque el tema hubiera dejado de interesarnos, sino porque nuestros acompañantes nos empujaron de nuevo fuera de la oficina. El parque y la costanera estaban vacíos, y hasta la ciudad, al otro lado del río, se veía tranquila. El edificio parecía opaco bajo la capa de nubes que cubría el cielo, y no nos produjo ninguna emoción. Ya no formábamos parte de él. El hecho de que estuviéramos en Varanira no significaba que habíamos regresado. Tal vez no tuviéramos ningún lugar al que regresar. Seguíamos perteneciendo al Centro, porque habíamos firmado un contrato, pero el Centro ya no era un lugar fijo en el espacio y en el tiempo, desde el cual Sabrasú podía ver la telaraña de influencias tejida entre las estrellas sino sólo la telaraña; el punto de apoyo había desaparecido, y ahora quedaba una sustancia pegajosa y etérea, casi invisible, que nos tenía atrapados y nos obligaba a movernos a la deriva con ella. Comprendimos todo esto sin razonarlo, percibiéndolo como percibíamos las manos de nuestros acompañantes cerradas alrededor de nuestros brazos, empujándonos hacia la estación de trenes.

Tornamos el tren y volvimos al puerto. Nos dejábamos llevar sin decir palabra, porque en cierto sentido no eran nuestros acompañantes quienes nos obligaban a movernos, sino las fuerzas naturales, catalízadas por el Centro. Así, de un modo automático, ajeno a nuestra voluntad y a la voluntad de quienes nos guiaban, entramos a la misma nave que nos había llevado a Guirnalda. La puerta se cerró detrás y otra vez nos quedamos solos. Oímos el murmullo conocido del motor, y la suave tensión del despegue.

Esta vez el viaje duró pocos minutos. Apenas nos adaptamos a la nueva situación, y cuando se nos ocurrió leer el contrato, la pantalla nos distrajo: mostraba un cilindro gigantesco, suspendido entre las estrellas. Comparándolo con las naves que revoloteaban a su alrededor, calculamos que tenía varios kilómetros de diámetro, y era todavía más alto que ancho. Giraba lentamente sobre un eje paralelo a las dos bases circulares, mientras crecía hasta ocupar toda la pantalla.

La nave se acopló al cilindro por el centro de una base, luego de una aproximación cuidadosa que llevó casi medía hora. Optamos por no movernos de la cabina de control, pero tampoco ahora tuvimos tiempo de leer el contrato. Varios agentes del cilindro entraron a la nave y nos llevaron por la fuerza, dándonos justo el tiempo necesario para juntar nuestros bultos, los mismos que habíamos cargado a través del pozo de Guirnalda. Ellos, o las fuerzas naturales, nos arrastraron por varios pasillos, hasta una oficina donde revisaron nuestras pertenencias, quitaron algunas cosas y agregaron otras, cambiaron nuestras mantas por las suyas, y luego hasta un lugar abierto, en el que el paisaje era tan inmenso que nos mareó.

Estábamos en una especie de terraza, desde donde se veía el interior hueco del cilindro. La base, que por afuera era lisa, por adentro estaba tapizada de edificios y máquinas. Pero lo más sorprendente estaba arriba, en la dirección de la otra base: a mucha altura había unas nubes verdosas, fosforescentes, que brillaban contra la oscuridad de más allá. A través de un hueco en las nubes se veían varias luces titilantes.

—Fuegos —dijo un agente del cilindro. Se reía. Durante varios segundos nos permitieron observar el panorama. Luego nos metieron otra vez en los pasillos, y finalmente en una cabina cerrada: un ascensor.

Los agentes se ataron con unas correas que colgaban de las paredes y uno de ellos apretó un botón. Notamos el tirón del ascensor al ponerse en marcha, y luego empezamos a sentirnos cada vez más livianos, a medida que nos acercábamos al eje del cilindro. En la mitad del viaje, cuando estábamos cerca del eje, nuestros movimientos nos hacían volar por el aire. Los agentes, que seguían atados, trataban de contener la risa. Luego el techo del ascensor se convirtió en suelo, los agentes se desataron y poco a poco recuperamos nuestro peso.

La puerta se abrió a un túnel de piedra, y nos dimos cuenta de que el ascensor se había detenido. Los agentes se pusieron serios.

—Salgan —dijo uno.

Obedecimos, y cuando la puerta volvió a cerrarse detrás de nosotros vimos que los agentes se habían quedado adentro. El ascensor subió, dejando el rastro de luces circulares que luego conoceríamos tan bien. Recorrimos el túnel y salimos a la prisión. Nos llevó un buen rato comprender la distribución de los escalones de piedra, y distinguir a los demás prisioneros a la luz de los fuegos. Nadie fue a recibirnos. Nos sentamos junto a la pared, y revisamos los bultos, para ver qué había quedado. No faltaba nada importante, salvo las copias del contrato: no estaban por ninguna parte.

Después pasaron miles de veranos y miles de inviernos, durante los cuales aprendimos a vivir en este lugar. Desde entonces llegamos a dos conclusiones importantes. La primera fue inmediata: con el Centro transformado en una telaraña imprecisa, y sin conocer nuestro propio contrato, lo único que nos quedaba era tratar de escapar. La segunda nos llevó mas tiempo: el viejo de la cicatriz, finalmente, había dicho la verdad. Habíamos llegado al fondo del pozo.

El fondo del pozo – 17

El fondo del pozo

17

“Todo es pasajero. La verdad depende del momento. Baje los ojos. Incline la cabeza. Cuente hasta diez. Descubrirá otra verdad.”
(Consejero, 74:96:3)

Tenemos ganas de atacar. Queremos dar un salto de animal sobre el loco y aplastarlo entre el suelo y nuestras manos. Nos gustaría hundir las uñas en su cara, y después en las caras de todos los prisioneros, y luego trepar de algún modo hasta el techo y meter los dedos en los ojos de los carceleros hasta tener sus cerebros en los puños, para estrujarlos y escurrirlos como esponjas. Luego podríamos salir del departamento orbital y buscar a los aldeanos para asarlos con sus propios lanzallamas, empezando por el viejo de la cicatriz, y más tarde volver a Varanira, y pasar por Coracor y por todas las sucursales del Centro, desparramando la venganza que necesitamos. Sería justo. Pero en cambio nos arreglamos la ropa, para disimular, y nos apretamos contra la pileta.

El loco del traje de buzo parece más alto y más fuerte que antes, como si desde nuestro último encuentro se hubiera ocupado de hacer gimnasia. No le quedan rastros del invierno que pasó sin abrigo, ni de la caída por los escalones. El traje brilla, tal vez por las chispas que lo rodean. Las chispas entraron tras él, escapando de los fuegos que afuera, en la prisión, se siguen encendiendo para que los prisioneros puedan ver la piedra que los encierra.

El loco nos hizo una pregunta. Como seguimos sin contestarle, la repite:

—¿Oyeron hablar del fondo del pozo?

Recordamos las épocas pasadas en el pozo de Guirnalda, cuando una mano mental nos controlaba. Ahora sentimos lo mismo. La mano mental escarba en nuestra mente compartida, nos impide desconectarnos, nos modifica los pensamientos. Paralizados en este rincón del laboratorio, descubrimos que nuestro pequeño mundo autosuficiente, construido a partir de nuestra llegada a la prisión, se está cayendo a pedazos. Debimos sospecharlo antes, cuando vimos que las fotos contradecían nuestros recuerdos, o antes, cuando la puerta abierta nos mostró el laboratorio: los primeros indicios de otra catástrofe, como la que nos sacó de la oficina hace tanto tiempo. Ahora que el mundo vuelve a cambiar, queremos recuperar la paz de nuestra vida como prisioneros, la tranquilidad de las caras de luz visitándonos cada invierno, la seguridad de conocer lo que va a ocurrir mañana, porque no será distinto de lo que ocurre hoy. Algo parecido a la vida en la oficina de Varanira, con la diferencia de que ahora nos sentimos mas adultos, y el recuerdo de la infancia, con la Computadora Central y el Consejero como tutores, no nos hace felices.

—¿Oyeron hablar del fondo del pozo? —insiste el loco. Las cosas que pensamos deben ser cosas prohibidas, porque la mano mental mueve un dedo y nuestra atención cambia de objetivo. La mano mental acaba de encontrar el nicho inconsciente donde la supuesta Computadora Central guardó el Consejero, y con un masaje lo devuelve a la vida. Nos sobresaltamos con la visión de los versículos que se pasean ante nuestra mirada interior. La mano mental nos obliga a sentir alivio. Sonreímos. La carrera se detiene en eL último versículo del último capítulo de la última sección. Leemos, 127:127:127: “No hay enemigos. Baje las armas.”

Un recuerdo vago nos pone nerviosos. Hace un tiempo, en La oficina, cuando Hecher consultó al Consejero, este mismo versículo parecía diferente. Ya no podemos asegurar nada, pero un fragmento de nuestra mente está convencido de que entonces decía: “Hay un enemigo. Luche.” ¿Acaso el Consejero cambió? ¿O el Consejero escondido en nuestra mente no es el que nos acompañaba en la oficina?

—¿Oyeron hablar del fondo del pozo? —sigue diciendo eL loco del traje de buzo, con los brazos cruzados sobre el pecho.

EL loco está creciendo, y amenaza con cubrir todo el espacio que nos separa de él. A varios metros de distancia conseguimos distinguir uno por uno los pelos dispersos de su barba. Las chispas vuelan alrededor de su cara, formando figuras, dándole vida. Es la única luz que tenemos, ahora que la lámpara roja del techo se apagó. No nos extrañaría que el laboratorio haya sido una ilusión como tantas otras que hemos visto, de esas que no se pueden distinguir de la realidad.

La mano mental ya nos ha dado demasiada libertad. Ahora se transforma en un puño: es ella quien nos estruja y escurre los cerebros. Lo único que nos interesa es escuchar al loco. Respondemos a su pregunta con un movimiento de cabeza, que tanto significa sí como no. El loco ha crecido tanto que la cabeza le llega aL techo. Se sienta con la espalda apoyada en la puerta, y mete las manos en los bolsillos que, curiosamente, tiene su traje de buzo. Sin dejar de mirarnos, pone la expresión que usa cada vez que va a comenzar uno de sus relatos absurdos: una mezcla de entusiasmo en sus ojos redondos con algo de admiración por sí mismo en las comisuras de la boca.

—Hay quienes aseguran —dice el loco— que existen dos pozos, y por lo tanto dos fondos diferentes. Uno estaría gobernado por el Poder, y otro por el Antipoder. Pero es un error. En el universo entero sólo hay lugar para un pozo, al que todo pertenece. Lo blanco y lo negro, lo oscuro y lo luminoso, cada elemento de lo existente forma parte de ese pozo.

EL loco se ríe, contento con sus propias palabras. Entre los labios, iluminada por las chispas, asoma una hilera completa de dientes, algo imposible entre los prisioneros. Cada diente tiene el largo de un dedo.

—El Centro también pertenece al pozo —dice el loco—, aunque en general está lejos del fondo. Al fondo llegan los elegidos, los que de algún modo colaboran en un gran experimento que se lleva a cabo desde el comienzo de los tiempos.

De pronto se oye una explosión. No debía estar en los planes del loco, porque se pone de pie y su cabeza atraviesa el techo, que a la luz de las chispas parece de papel. La puerta cae hacia adentro, en medio de una tormenta de polvo, humo y calor, y lo golpea en las piernas. Tenemos que movernos a un costado para evitar que caiga sobre nosotros. Al mismo tiempo, la luz roja se enciende y el laboratorio vuelve a aparecer. Gadma grita. Sabrasú también. Calibares está demasiado desorientado para gritar. Nos desconectamos durante un segundo, y nos volvemos a conectar. El loco, pequeño como siempre, flaco y con la cara llena de marcas, está echado a nuestro lado. Tal vez haya muerto. Por la abertura que ha dejado la puerta al saltar, detrás de la tormenta, entran tres personas. No son los curiosos del día anterior. Son Dindir, Balibar y Hecher.

—No se imaginan —dice Hecher.

—Cuánto nos costó —sigue Dindir.

—Encontrarlos en este sitio —termina Balibar.

Se quedan de pie frente a nosotros. Dindir recorre la habitación con su ojo sano, como si quisiera tomar posesión de todo. Balibar deja que el labio superior le baile sobre los dientes, y mantiene la vista fija en nosotros. Hecher mira al loco, mientras se limpia el polvo de la cicatriz. Llevan los mismos mamelucos que tenían en Varanira, el muestrario universal de sus viajes, pero parecen mas delgadas, más altas y más viejas que antes. El tiempo también existe para ellas.

Todavía estamos quietos. La explosión se llevó la mano mental, pero hay algo que nos sigue paralizando. Del mismo modo en que el entrenamiento de la oficina no nos sirvió en Guirnalda, y el entrenamiento de Guirnalda no nos sirvió en la prisión, ahora comprendemos que el entrenamiento de la prisión tampoco sirve para esta escena que nos toca vivir. Y no queremos otro entrenamiento. No queremos aprender. Lo único que nos interesa es salir de esta habitación, volver a la cárcel, a los inviernos y los veranos de un día, los fuegos y las cabezas de luz, y sentarnos a esperar la hora de la comida. Pero entonces tendríamos que ponernos de pie, pasar junto a Dindir y compañía, atravesar el hueco de la puerta, y todo eso es más de lo que estamos dispuestos a enfrentar. Entre tantas cosas confusas, entre tantas acciones posibles que se abren ante nosotros, lo único que conseguimos es preguntar:

—¿Por qué hablan así?

Dindir, Balibar y Hecher no contestan. En cambio, se dedican a poner la puerta mas o menos donde estaba, mientras el polvo cae hacia el suelo y las últimas chispas se apagan. Se mueven con una sincronización perfecta, y al verlas no necesitamos que nos respondan.

—¿Desde cuándo piensan juntas? —preguntamos.

—Desde que salimos de Varanira —contestan—. Nos aplicamos el mismo tratamiento que les hicimos a ustedes.

—¿Qué tratamiento? `

Sacan un rollo de soga de alguna parte y se ponen a atar al loco, aunque no parezca hacer falta: el loco tiene los ojos y la boca abiertos, y por cada agujero de su cuerpo sale un hilo de sangre.

—Ahora podemos decirlo —responden Dindir, Balibar y Hecher, compartiendo las frases como nosotros—, porque no tenemos ningún contrato que nos obligue a guardar secretos. El objetivo de nuestra expedición a Varanira fue conseguir que ustedes pensaran juntos. Para eso servían los aparatos que distribuyó Dindir en su oficina.

Mientras ellas hablan, los violines atacan una. marcha en fortissimo. Vienen de todas partes y de ninguna, y ahora sí nos sentimos como en el pozo. En cualquier momento, detrás de los violines, puede aparecer el viejo de la cicatriz, o la vieja representante del cuerpo de guías, o el vendedor de sogas, para convencernos de emprender una nueva etapa en nuestro descenso. Pero no podemos bajar mas. Debe haber un error en algún lado.

Dindir, Balibar y Hecher no dan la impresión de oír los violines. Terminan de atar al loco y lo hacen rodar hasta que queda bajo la ampliadora. Luego Dindir se sienta frente a nosotros, Balibar se queda haciendo guardia junto al loco y Hecher se acerca a mirar las fotos que están sobre nuestras cabezas, en la pileta. Esta vez no hay micrófonos, cámaras ni aparatos entre ellas y nosotros, pero de todos modos nos dominan. Seguramente es un efecto de los violines.

—Nosotros nacimos pensando juntos —conseguimos decir, haciendo un esfuerzo.

—Esa es la propiedad más sorprendente de los aparatos —dicen—. Obligan a reestructurar la memoria —los violines acompañan su discurso: ahora tocan una música de misterio. La situación nos recuerda otro discurso, el de la supuesta Computadora Central; escondidos tras la pantalla y la voz de barítono, también entonces hubo violines—. Una vez creada la conexión de donde surge la mente compartida, la memoria no tiene otro remedio que reordenarse, moviéndose hacia atrás en el tiempo, hasta interpretar de una manera diferente todo lo ocurrido antes. Por eso tuvimos que interrogarlos a fondo. Fue un modo de ayudarlos a hacer ese trabajo de reconstrucción, y también la manera de asegurarnos de que los aparatos funcionaban.

Los violines se callan. Hecher saca una foto del agua, se la muestra a Dindir y luego a Balibar, y la devuelve a su sitio. Mientras tanto, siguen hablando. Lo que dicen es un disparate, pero, como suele ocurrir con los disparates, tiene algo de sentido. Todavía recordamos el interrogatorio, y el modo en que nuestra propia historia nos sorprendía. Sin embargo, no conseguimos interesarnos en sus explicaciones. Acabamos de pensar en los carceleros, que deben estar allá arriba, en sus nidos de águila, observándonos, controlando la situación, divirtiéndose con nosotros. La visita de Dindir y compañía debe tener algún sentido para ellos, una utilidad. De otro modo no la habrían permitido.

—La cuestión —dicen las tres—, es que nosotras mismas quedamos asombradas por el resultado del experimento. Mientras volvíamos a Coracor, Hecher se las ingenió para someternos a la acción de los aparatos sin que Balibar y Dindir se dieran cuenta. Cuando comprendimos lo que había ocurrido ya era tarde para volver atrás —las tres sonríen al mismo tiempo—. Y tampoco queríamos volver atrás, porque pensar juntas es algo extraordinario. Descubrimos en nuestra mente compartida facultades que nunca habíamos imaginado.

La sangre del loco avanza por el suelo como un río, y Balibar se corre a un costado para que no le moje los pies. Sin los violines, el relato nos recuerda las fábulas del loco. Hasta nos parece encontrar un parecido entre la voz de las tres exploradoras y la voz del loco.

—La única dificultad —dicen las tres— fue conseguir un equilibrio entre los recuerdos contradictorios que nos quedaron: por un lado, el intento de nuestra memoria de construir toda una vida pensando juntas, y por el otro, nuestro conocimiento de la verdad. Nos llevó todo el viaje acomodarnos a esta nueva situación.

Hecher se cansa de las fotos y va a sentarse con Dindir. A la luz roja las tres tienen el color de la sangre del loco. Se nos ocurre preguntarles por qué han venido a contarnos todo esto, pero no vale la pena. Aunque tengan algo en común con el loco y con la supuesta Computadora Central, a lo que más se parece su presencia es a las visitas de las cabezas de luz. Las palabras que pronuncian nos llegan como ruido, un ruido más que se suma a los que nos han rodeado siempre. En el techo, los carceleros deben estar manejando sus máquinas fantasmales, creando la ilusión de una Dindir que parpadea con su único ojo bueno, de un río de sangre que avanza, de un laboratorio fotográfico donde las fotos no salen como deben. Pero así como no nos atrevemos a cerrar los ojos para no ver, tampoco podemos cerrar los oídos.

—A todo esto —dicen las tres—, nos habíamos llevado de Varanira un ejemplar del Consejero, y lo leímos de punta a punta. Los varanires tienen razón al respetarlo, pero no por los motivos que suponen. El Consejero, leído ordenadamente, da una descripción del universo. Los versículos parecen arbitrarios, pero esto es porque el universo es arbitrario. Un capítulo se contradice con el siguiente, pero el universo también se contradice. El Consejero contiene todas las verdades y todas las mentiras, y todo lo que está entre la verdad y la mentira —escapando de la sangre del loco, Balibar termina por apoyarse en la puerta—. Y si tuvimos el coraje y la paciencia necesarios para leerlo hasta el final fue porque en él encontramos una pista sobre la importancia real de nuestra expedición a Varanira. De un modo vago pero comprensible, el Consejero nos explicó para qué servía que ustedes pensaran juntos.

Detrás de nosotros, al otro lado de la pared, hay movimientos. Los percibimos en la periferia de los sentidos, como una vibración o un murmullo. Tal vez sean las máquinas de los carceleros. O los habitantes del fondo del pozo. O el producto de alguna nueva leyenda, todavía demasiado inmaduro para tener una forma definida.

—Según el Consejero —dicen las exploradoras—, existe una contrapartida del Centro, cuyo objetivo no es luchar contra el aumento de la entropía, sino todo lo contrario. Luego de crecer de modo independiente durante un tiempo, el Anticentro descubrió que para seguir creciendo debía infiltrarse en el Centro.

Durante un segundo nos parece que quien habla es el hombre del gorro rojo, en la sala de reuniones, al pie de la escalera. Era él quien creía en un Centro paralelo al Centro, en un Poder paralelo al Poder. Las mismas cosas que según el loco no existen, el enemigo que la nueva versión del Consejero desconoce. Mientras tanto, la vibración y el murmullo escondidos más allá de la pared se acercan. Hay pasos, voces, como los pasos y las voces que percibíamos desde nuestra oficina en Varanira, desde los rincones del pozo, desde los escalones de la prisión.

—La orden que recibimos —dicen las exploradoras—, de ir a Varanira, interferir con una sucursal del Centro y obligarlos a ustedes a pensar juntos, fue parte de esa infiltración. No lo descubrimos a tiempo porque esa orden nos llegó por los medios habituales, a través del Sorteo. No teníamos razones para sospechar.

Hay una pausa, un silencio durante el cual el aire se espesa y se calienta. Es como el instante en que el pie se detiene a pocos centímetros por encima de un insecto, haciendo puntería. Imitando a las tres cabezas de luz, las tres exploradoras sonríen. Luego se inclinan hacia adelante, para acercarse a nosotros.

—Y ahora lo más importante —dicen—. La razón por la que ustedes debían pensar juntos era…

Un grito nos impide oír el resto de la frase. Es lo mismo de siempre, el mismo final que tuvo la promesa del pico de águila, cuando nos quiso hacer creer que revelaría el modo de escapar de la prisión. Otra vez, la sincronización es perfecta: el grito de la víctima oculta la revelación. Pero ahora la víctima somos nosotros mismos. Es nuestro propio grito el que nos ensordece. Las tres exploradoras quedan inmovilizadas, como las estatuas del viejo de la cicatriz, mientras nosotros nos ponemos de pie.

Si gritamos es porque no podemos oír más. En nuestra mente compartida hay demasiadas leyendas acumuladas. De pronto nos damos cuenta de que lo único que conocemos del mundo son leyendas, que no hay otra cosa que leyendas girando permanentemente a nuestro alrededor. En cada momento dé nuestra vida hubo un loco con traje de buzo contándonos cuentos, una historia de gotas vivas o de cerebros eólicos distrayéndonos de la acción real.

La Computadora Central, en Varanira; el origen del Consejero; las explicaciones sobre el funcionamiento del Centro; el sistema del karma; la ciudad al otro lado del río; las otras sucursales del Centro formando una telaraña entre las estrellas, eran todas leyendas. El pozo de Guirnalda era un universo de leyendas.

Los aldeanos, empezando por el viejo de la cicatriz, nos contaron leyendas. Dindir y compañía, mientras invadían nuestro mundo de planillas y números; el supuesto dueño del pozo; las cabezas de luz; el hombre del gorro rojo; todos nos contaron leyendas. Fueron leyendas los poderes del hueso en forma de X, el hombre de la voz gangosa que aparentemente dibujó nuestra oficina, los versículos del Consejero paseando por nuestra mente, las Ordenanzas, los contratos; el Palacio de los Espejismos de Utilería, la caída de Gadma, los dioses, la nostalgia de las rocas, las ilusiones de cada abertura de la prisión que exploramos. De nada tenemos pruebas, en nada podemos confiar. Siempre aparece el equivalente de una fotografía revelada para sacarnos del engaño y meternos en un engaño nuevo.

Pero lo que realmente nos hace gritar es que las leyendas no son pasivas. Luchan entre ellas. Hay ejércitos de leyendas que libran batallas eternas para decidir cuál se impone a la realidad. Y nuestra percepción de las cosas depende de qué ejército lleva las de ganar en un momento u otro. Presenciarnos el espectáculo de las leyendas victoriosas, hasta que otro ejército las supera y el espectáculo cambia. Sus maniobras nos arrastran como una marea, para dejarnos en una playa desconocida hasta que la siguiente marea nos envuelva otra vez.

Dejamos de gritar cuando el dolor de las gargantas se hace insoportable. Cumplido su cometido, Dindir, Balibar y Hecher se mueven otra vez, se ponen de pie, abren la puerta y salen de la habitación. Al mismo tiempo, la sangre del loco retrocede, y el cuerpo empieza a agitarse. Antes de que el loco termine de romper las cuerdas, Dindir y compañía ya están corriendo por los escalones de la prisión, y un segundo después se pierden entre los fuegos.

Queremos ir en alguna dirección, pero no sabemos cuál elegir. Entonces volvemos a sentarnos. Detrás, los movimientos continúan: ya han encontrado un tono, y ahora se perciben parejos y sostenidos. Delante, el loco consigue levantarse. Debe quedarle poca sangre, porque está pálido. Nos señala.

—¿Oyeron hablar del fondo del pozo? —pregunta. Apenas puede mantener el equilibrio. A su espalda, más allá de la puerta, empiezan a aparecer las cabezas de los curiosos más valientes. Alrededor de las cabezas se ven las aureolas de los fuegos y los pases trágicos del humo. Arriba están las nubes fosforescentes, y mucho más arriba los dueños invisibles del espectáculo, si es que ellos a su vez no son títeres de otras manos, más poderosas.

—¿Oyeron hablar del fondo del pozo? —insiste el loco. No sabemos de quién será la victoria esta vez, pero no es nuestra. No nos quedan fuerzas. Usamos las últimas energías para arrancar el collar con el hueso en forma de X del cuello de Gadma y tirarlo hacia los curiosos. Alguien lo ataja. Peor para él. Oímos un ruido y, sin levantarnos, damos media vuelta: en la pared que está junto a la pileta se está abriendo una ranura. Por algún motivo, Calibares conserva la linterna. La enciende y la apunta al interior de la ranura. No se ve nada.

—¿Oyeron hablar del fondo del pozo?

La ranura crece hasta que se transforma en otra puerta. Del otro lado, los movimientos invisibles nos llaman. Nos arrastramos hacia adelante y nos metemos en la oscuridad. En su nicho inconsciente, el Consejero empieza a moverse al azar, como los vehículos de la ciudad que veíamos al otro lado del río. El loco también se arrastra, siguiéndonos.

—¿Oyeron hablar del fondo del pozo?

En la prisión, los curiosos corren. Pero la ranura se cierra antes de que puedan alcanzarla.

Seis por ocho

(Es muy importante leer esto rítmicamente, en riguroso compás de 6 x 8, marcando con los pies o una mano o la cabeza, dejándose llevar, simplemente permitiendo que se acumule.)

El cable de acero no tiene cuidado en el sueño del mar. Y la miel en el Norte se pone violeta, no cubre las nubes, descansa en el único pez del lugar. Una tarde de enero hubo un poco de paz pero Celia se fue tan temprano que el turno del viejo cambió de repente y temblaron las rocas, despacio y seguras y siempre tan plenas. Después se cansó la tormenta. Después se cubrieron las lunas igual que el desierto. Después hubo rondas de miedo y canciones de ranas y nadie sembró muchas dudas. Vestirse de azul, prevenirse de ayer, inclinarse de a poco en la piedra más triste debajo del mapa ilegible. Te cuento que hay más cucarachas, más flores enormes, arañas con patas quebradas. Hay más ilusiones y menos promesas y más pararrayos y menos caminos. Jugaba con algo pequeño, con algo con forma de dado. La luz me engañaba. Cincuenta palmeras crecieron de golpe a la entrada del club de sombreros extraños. Dejábamos todo por una moneda de bronce empañada y marchita.

(Pausa para respirar…)

Árbol

“En cierta forma, escribir es parecido a crear un árbol: hay que procurar que el texto sea tan natural, tan atractivo e importante en sí mismo como para que el lector olvide que alguien lo hizo.” (Ana María Shua, en el suplemento Ñ de Clarín de hoy.)

Mirada

Foto por Eduardo Abel Gimenez

Un párrafo

Pensé en escribir un párrafo
cualquiera
en prosa
como siempre

después
quitarle los signos de puntuación
cortarlo como si fuera en versos
y obtener así

un poema

pero me parece que
si lo hago
es trampa

Poca sombra

Foto por Eduardo Abel Gimenez

Temía que alguien de ojos rojos

Temía que alguien de ojos rojos la esperara oculto en la esquina y la asaltara en mitad de la noche. Ropa negra, silencio, poca luna. Un gesto, un golpe. Miedo a todo, pero más que nada a los ojos rojos. Tiró de la sábana hasta taparse la frente, se abrazó a sí misma, y cerró sus propios ojos rojos para tratar de dormir.