Etiqueta: Mágica Web

Un auto que va dejando rastros

Un auto que va dejando rastros (la patente del día)

Foto por Eduardo Abel Gimenez

(Armé una sección del weblog con las sucesivas “patentes del día” que fui encontrando. Se la puede ver haciendo click en el link. Hay cosas mucho más maravillosas con las que perder el tiempo, pero ésta al menos parece inocua.)

La gente arco iris

La gente arco iris

Foto por Eduardo Abel Gimenez

Foto por Eduardo Abel Gimenez

Foto por Eduardo Abel Gimenez

Foto por Eduardo Abel Gimenez

Después de la lluvia y el viento de ayer

Después de la lluvia y el viento de ayer, el aire quedó tan limpio que parece que no estuviera. Supongo que así se verán las cosas en la luna.

Repartidora de volantes

Repartidora de volantes

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Le costaba mucho mantener el equilibrio

Le costaba mucho mantener el equilibrio, así que fue al médico a que le agrandara los pies.

Qué buena canción

Qué buena canción: Clem Snide, “Your favorite music”.

Your favorite music, well, it just makes you sad.
But you like it ‘cause you feel special that way.

Las risas del final, bueno, te ponen los pelos de punta.

La vida te pone los pelos de punta

La vida te pone los pelos de punta

Foto por Eduardo Abel Gimenez

Recorrió la habitación con el aerosol

Recorrió la habitación con el aerosol, rociando los rincones, los zócalos, encima de la cama, abajo de la cama, las dos mesitas de luz, las puertas del placard, el interior del placard, las molduras del cielo raso. Cuando terminó, trajo un tupper grande y unas pinzas de depilar, y empezó la búsqueda. Paralizados y corporizados por el líquido del aerosol, los pequeños fantasmas eran fáciles de atrapar. Abría por ejemplo un cajón del placard, metía las pinzas y sacaba uno o dos fantasmitas temblorosos y chorreantes, que iban a parar al tupper. Así y todo, le llevó no menos de una hora llenar el tupper de fantasmas. Ahí dio la cosecha por terminada.

Entonces fue a la cocina, cubrió el tupper con una película plástica y lo metió en el microondas. Bip, bip, bip: cinco minutos. Mientras pasaba el tiempo colgó la ropa lavada, puso agua para un café, fue al baño. Cuando los cinco minutos se cumplieron sacó el tupper y le quitó la película protectora. Ahora los fantasmitas parecían hechos de porcelana, con dos diminutos ojos negros pintados y el resto cubierto de barniz blanco.

Durante el fin de semana los vendería a dos pesos cada uno en la feria artesanal.

Las puertas del paraíso

[3/8/2003]

Sueño

Soñé que quería ir a una exposición, una gran Feria como la del libro pero de otra cosa, no sé de qué. Subí a un taxi y le dije al conductor “A Toledo y Manila”, que era la esquina de esa Buenos Aires onírica en que estaba el centro de exposiciones.

Anduvimos un buen rato. Mientras tanto, yo pensaba en el nuevo disco triple que acababan de grabar los Beatles, del que tenía un ejemplar en casa pero que por algún motivo todavía no había oído. Entonces el primero de los discos empezaba a sonar en el taxi, una canción de Lennon. Por un momento pensé que le había dado el disco al taxista, e incluso que no me lo iba a devolver, pero nada de eso, era la radio, y por la mitad del tema un locutor estúpido se puso a hablar de algo.

El reloj del taxi marcaba siete pesos con cuarenta y nueve cuando el taxista paró en la esquina de dos avenidas empedradas, con mucho tránsito, sobre la mano izquierda. El lugar me resultaba desconocido.

—¿Es acá? —pregunté.

—¿Qué cosa?

—La exposición.

—No —dijo el taxista, que parecía un poco distraído—, la verdad es que no.

—Bueno, no importa. Puedo caminar un poco.

—Pero más bien tendrá que tomar un colectivo —dijo el taxista, mirando hacia una serie de paradas que se divisaban sobre la otra avenida, a nuestra derecha.

—¿Cómo un colectivo? —protesté—. ¿Tan lejos estamos?

—Qué barrio éste —dijo el taxista, o algo así—. ¿Sabe que acá la gente tiene pocos CDs o DVDs?

—No, no lo sé —respondí—. Por favor, dígame dónde es la exposición.

El taxista, que debía tener unos sesenta años y el bigote bien negro, siguió hablando de algo que ya no recuerdo, así que me bajé. El taxi no era negro y amarillo, sino negro y rojo.

—Qué loco está este tipo —dije, cuando ya no podía oírme.

Caminé unos metros hasta la otra avenida y paré un segundo taxi. Era una especie de Ford Falcon muy viejo, muy bajo, con una visera enorme sobre el parabrisas. Me senté como siempre en el asiento trasero, pero por algún motivo el taxista estaba sentado junto a mí, y en realidad era el asiento delantero, un lugar muy cómodo, muy agradable, tanto como la charla del propio taxista, de la que no me quedó nada.

Dimos vueltas durante un largo rato antes de que me diera cuenta de que no le había dicho dónde íbamos.

—A la avenida Toledo —dije.

—¿Toledo y qué? —preguntó el taxista, y entonces comprendí que me había olvidado completamente del nombre de la otra calle.

—No sé. Voy a una exposición que está sobre Toledo.

—¿Qué exposición?

Pero eso tampoco lo sabía. ¿Y ahora qué?

—¿Es muy larga la avenida Toledo? —le pregunté al taxista, pensando en ir a una punta y recorrerla cuadra por cuadra hasta encontrar la exposición.

Pero el taxista hizo un gesto desalentador.

—¿Me puede decir algunos cruces principales? —dije ahora, esperando poder reconocer la calle que había olvidado.

El taxista se puso a pensar. Pero entonces yo estaba hablando por teléfono con una amiga, a quien acababa de contarle el problema y me insistía en que al menos tenía que saber de qué exposición se trataba. El teléfono era en realidad unos auriculares. La cabeza me daba vueltas con ideas para descubrir a dónde tenía que ir, pero nada parecía efectivo. Además, me estaba quedando sin pilas.

En realidad, los Beatles no habían grabado ningún disco nuevo.