Capítulo 3 de una novela inconclusa

[28/6/2002]

[Este texto es la continuación de algo que viene del post de abajo.]

Ni siquiera estoy seguro de que la mujer también se esté quitando la ropa. Hace los ruidos adecuados, desabrochar, frotar, pero en la oscuridad todo es posible. Yo no tengo zapatos, los perdí en algún momento anterior de la huida, así que empiezo por el pantalón, luego las medias, y por último la camisa. El slip no, queda en su lugar. Después diré que también me lo he sacado, pienso, pero ahora tengo la impresión de que sin el slip quedaré demasiado expuesto, como si ese trozo de tela estuviera blindado. Es igual a los sueños de la infancia, cuando la falta de ropa se convertía rápidamente en pesadilla. Esto, por supuesto, ya es una pesadilla, pero no un sueño.

Es mejor que nos desnudemos —ha dicho la mujer hace un momento—. La ropa mojada es un estorbo.

Tiene razón, por supuesto. Ya empezaba a sentir el peso de las prendas empapadas, y el frío provocado por el agua al evaporarse. Sin ropa nos secaremos antes, y en todo caso podremos volver a vestirnos cuando la ropa también se seque, si es que nos lleva tanto tiempo salir de este sitio.

La voz de la mujer es como esas telas suaves por un lado y ásperas por el otro. Como lija sobre seda. Como un entrechocar de piedras y campanas. Sale de algún sitio muy profundo y por eso es grave, pero se traba en las complejidades de la garganta, se modifica entre los dientes, la estorba la lengua, y cuando atraviesa los labios trae capa sobre capa de certezas e incertidumbres, de sonidos bien articulados y palabras a medio decir. No sé si percibiría todo esto si pudiera verle la cara, pero resulta que esa voz es lo único que reconozco de ella con toda certeza, y no puedo dejar de analizarla.

Tropecé con la mujer hace mucho tiempo, tal vez una hora entera, ya sin luz. Yo me arrastraba por un tubo, moviéndome a la manera de un gusano torpe o una cucaracha con pocas patas. De vez en cuando adelantaba una mano para tantear si había obstáculos delante, y en una de esas ocasiones tropecé con una cosa blanda que de inmediato se retrajo. Estiré el brazo un poco más, hubo otro contacto efímero y un segundo después algo me aferró la muñeca y la giró violentamente. Más allá alguien gruñía con el esfuerzo.

Resistí. Estiré el otro brazo y atrapé el brazo ajeno que me sujetaba. Hubo un forcejeo acompañado de más gruñidos.

Soltame —exigió la voz de la mujer, la primera palabra que le oí.

Soltame vos —exigí yo.

Como respuesta, usó su mano libre para agarrarme del pelo. Grité, y a continuación hubo un instante de parálisis, de silencio, mientras la situación luchaba por encontrar un nuevo punto de equilibrio.

No sos un guardia —dijo ella, segura de sí misma.

Esperé un momento. Nada cambió.

Vos tampoco —dije, un poco estúpidamente, porque en este sitio todos los guardias son hombres.

Me soltó de pronto y oí que se alejaba, retrocediendo por el tubo.

Un momento —pedí, por algún motivo, y ella dejó de escapar de mí.

No hablamos mucho, no era necesario. Se me ocurre que en ralidad no hablamos en absoluto, y sólo me imaginé un par de frases que tenían poco sentido. Pero no puede ser cierto, porque supe que ella venía del sitio al cual yo quería ir, y yo venía del sitio al cual ella quería ir, de manera que ambos estábamos equivocados. Nos quedamos un rato ahí quietos, atrapados, oyendo nuestras respectivas respiraciones. Hasta que recordé que unos metros atrás había palpado un tubo secundario, más estrecho, que salía del principal. De algún modo nos pusimos de acuerdo y fuimos por allí. Ella iba adelante. Poco después salimos al hueco de las cositas crujientes.

Ahora, sentado en el piso, apoyo la ropa a mi lado y me paso las manos por el pelo aún mojado. No nos hemos movido de donde estábamos. El agua caliente y fétida nos acompaña con su murmullo de olas aficionadas. No hay nada más, ninguna señal de los carceleros o del asesino de un rato antes.

La mujer también está sentada, o al menos eso sugieren los ruidos que me llegan de ella. Tal vez debería encontrar algo sensual en la situación: ambos desnudos, yo casi, ella tal vez del todo, en la oscuridad, mojados, solos. Podría estirar la mano y tocarla, descubrir la línea del cuello bajo el pelo, el hombro. En vez de oír su aliento podría sentirlo en mi cara. En vez de imaginar sus manos podría obtener una caricia. Pero son cosas de otro mundo, de otra época, cosas imaginarias. Me asustan, en realidad, me dan un escalofrío. Tal vez sería mejor estar solo, pienso y no es la primera vez. Entonces el contacto que imagino podría tener otro sentido: podría empujarla, aprovechando que el agua está a sus espaldas, oír cómo cae y salir con la mayor velocidad posible en alguna dirección arbitraria. Si me atreviera a hacerlo no sería mala idea. Pero todo puede fracasar, de un modo u otro todo ha fracasado ya. La oscuridad que me rodea encuentra un fenómeno simétrico en la oscuridad que tengo adentro.

La mujer aspira hondo, suelta el aire de tal modo que deduzco que ha apretado los labios, y habla.

Vamos a seguir la orilla —dice.

¿Por qué? —pregunto.

¿Por qué no?

—¿En qué dirección?

Eso me da igual.

¿Caminando?

Uno de nosotros va a ir adelante, de rodillas, tanteando el terreno. El otro atrás, caminando. Nos vamos a turnar.

Pienso en discutir, pero no vale la pena. No sé desde cuándo ella es la jefa, o hasta cuándo lo seguirá siendo. Todo puede cambiar en cualquier momento, cuando sea necesario, o cuando la situación lo imponga. De momento, ella al menos tiene un plan, o lo que simula ser un plan, o el comienzo de algo que tal vez, con suerte, en el futuro próximo termine siendo un plan. Y lo ha puesto en palabras, lo ha hecho explícito, lo ha llevado mucho más allá que mis ideas primitivas. Por todo eso es mejor dejarme guiar, es más prometedor, y también más económico.

Estamos en esos segundos de vacilación antes de ponernos en marcha, todavía sentados, cuando el entorno vuelve a cambiar. Sin ruido, sin aviso previo, sin nada que lo anuncie, sin contexto, se enciende la luz. No es posible, y sin embargo ocurre: primero es algo que me cuesta entender, algo agresivo que se apodera de mí y que apenas identifico cuando cierro los ojos por reflejo y noto el cambio. Vuelvo a abrirlos con dificultad, parpadeando mucho por la falta de costumbre.

Es una luz blanca, intensa. Pero eso no significa que pueda ver mucho. Hay niebla, todo es niebla. El piso desaparece a pasos de mí en una nube grisácea. Una línea apenas perceptible indica la orilla del agua, y más allá nada. Hacia arriba también se ve gris. Hilos de vapor se desplazan en distintas direcciones, lentamente. Lo único tangible, lo único que me acompaña en este repentino infierno de claridad, es la mujer.

Está completamente vestida. Lleva pantalones y remera negros, con los brazos descubiertos. El pelo también es negro, le llega a los hombros a partir de una raya trazada un poco a la izquierda del centro, y lo sacuden los movimientos frenéticos de la cabeza con que ella también absorbe las nuevas percepciones. Es maciza, fuerte, grande. Tiene hombros anchos y cuadrados. Pero la cara es pequeña, muy pálida, con la frente un poco abultada y la nariz redondeada en la punta. Los ojos están fruncidos, seguramente como los míos, bajo unas cejas rectas y espesas. La boca es de labios gruesos, el inferior curvado hacia abajo hasta casi tocar la pera.

No tiene más de quince años.

[Sigue, con suerte, otro día.]

Author: Eduardo Abel Gimenez

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