Cuentos solitarios

La venta

—Compramos heladeras, televisores viejos, lavarropas, secarropas, estufas.

La voz de megáfono, conocida, repetida día a día, llega desde la otra cuadra. Me asomo al balcón y allá veo la camioneta que avanza lenta, como dando tiempo a la esperanza. Tiene la caja casi vacía, igual que siempre.

—Compramos armarios, bibliotecas, estanterías, alacenas, cajoneras.

Hace días que vengo pensando en esto. Es una lucha: cuando se trata de algo que quiero hacer, lo hago; si no quiero pero debo, lo enfrento; cuando estoy inseguro, pasa esto de postergar y postergar, hasta el último momento. Hoy vence el plazo, así que es la última oportunidad. Lo tengo junto a la puerta, preparado; es cuestión de empujarlo al palier, llamar al ascensor y bajarlo antes de que la camioneta pase de largo.

—Compramos mesas, sillas, bicicletas, triciclos, secadores de pelo, botiquines, frazadas.

Me quedo un momento más en el balcón. ¿Habrá otra alternativa? Tal vez aparezca una idea nueva, algo que no se me ocurrió antes, la magia del pánico de último momento. Arriba está nublado, más oscuro que hace una hora. Abajo, la camioneta se sigue acercando.

No es pesado pero abulta. Casi tan alto como yo. Sé que entra en el ascensor porque tomé las medidas, pero me cuesta meterlo. Una vez adentro tengo que apretarme, achatarme, estrujarme para cerrar la puerta. Ya en la planta baja, oigo la voz demasiado cerca:

—Compramos licuadoras, tostadoras, secarropas, cocinas, microondas, acondicionadores de aire.

Tengo que apurarme, tanto si voy a concretar la venta como si voy a retroceder al abrigo de una solución que todavía desconozco.

Salgo del ascensor, lo dejo abierto y corro a la calle. Hago señas. El conductor de la camioneta me ve, frena. Vuelvo al ascensor, al enfrentamiento final con la duda: no lo voy a ver más. Cierro los ojos, lo abrazo y tiro hacia afuera. Lo empujo hasta la vereda.

El botellero me mira sin decir nada, sin hacer caras, sin sorpresa. Es un hombre viejo, curtido, seguramente anduvo comprando cosas en un carro tirado por un caballo que murió hace décadas.

—¿Cuánto me da por esto?

El hombre mira con cara de póker, arriba, abajo, da una vuelta para mirar el otro lado. Después saca una libretita del bolsillo, una lapicera, y parece que fuera a hacer cuentas pero no; antes de apoyar la lapicera en el papel, contesta como si no me hablara a mí:

—Cien.

No es lo que yo esperaba. Ni la décima parte de lo que yo esperaba. Pero siempre fue así con los botelleros. Y no es por la plata que hago la venta, eso está claro. Se lo daría gratis, si fuera necesario. Tal vez pudiera sacar doscientos, pero no sé discutir precios.

—Bueno.

El hombre guarda la libretita y la lapicera sin haber escrito nada, saca la billetera, pasa unos billetes a la izquierda y luego a la derecha, y elige dos de cincuenta. Me los da. Los guardo en el bolsillo de atrás. Retrocedo dos pasos, como para darle libertad de movimientos.

Al principio el hombre necesita probar el peso, la resistencia al roce, de qué forma es conveniente alzarlo o si será mejor arrastrarlo por el suelo. Después se lo lleva con una soltura que ya quisiera yo haber logrado.

Los veo irse, uno al volante, el otro en la caja. Distingo que el hombre agarra el micrófono.

—Compramos maderas, fierros, telas, caños, baterías de cocina, vajilla.

Me arrepiento. Voy detrás de la camioneta, primero caminando, enseguida al trote. No sé si quiero alcanzarla, pero tampoco puedo dejarla ir. Me parece ver que el hombre guarda el micrófono. Acelero.

La camioneta también acelera. El hombre ya no habla por el megáfono. Corro a la velocidad máxima que me da el cuerpo. Con habilidad, el botellero conserva la distancia. A mitad de la cuadra siguiente tengo que abandonar: me duele el costado, me falta aire. La camioneta sigue a la misma velocidad por otra cuadra, o cuadra y media, y después la aminora.

—Compramos almohadones, cubrecamas.

Vuelvo atrás respirando con fuerza. Por suerte en la calle no hay casi nadie. El ascensor sigue en la planta baja. Entro, subo, me meto en mi departamento. El hueco se hace sentir, de manera que atravieso el living mirando hacia el otro lado. Voy al baño, me demoro todo lo posible.

El día transcurre como quien se va sacando una colección de astillas de los dedos. De noche, con la luz apagada, la escena del botellero que huye se repite en versiones que parecen idénticas pero no: soy cien testigos a la vez, y cada uno necesita poner su toque personal.

A las diez de la mañana vuelve la voz lejana del botellero:

—Compramos heladeras, televisores viejos, lavarropas, secarropas, estufas.

Pensé que esto iba a ocurrir, y tengo decidido no hacer nada. Lo que sí me permito es salir al balcón y mirar. En la otra cuadra, la camioneta se mueve con la lentitud de siempre. El botellero no descargó: veo el bulto en la caja, la silueta es inconfundible. Lo reconozco a pesar de que ahora está cubierto con una lona verde.

Así no puedo. Salgo al palier, llamo el ascensor. Lo están usando: dos mujeres conversan unos pisos más arriba; el cable está quieto.

—Ascensor —reclamo.

Siguen hablando.

—Ascensor —insisto, más fuerte.

Ahora sí me oyen. Se dicen unos chau, chau, cierran las dos puertas. El ascensor baja. Cuando se detiene en mi piso y voy a entrar, resulta que está ocupado por una mujer, un chico y un cochecito de bebé. No hay lugar.

—Perdón —dice la mujer—. Ahora se lo dejo.

Desde el palier no se oye el megáfono del botellero. Tendría que aprovechar el tiempo que tarda el ascensor en llegar a la planta baja para ir rápido hasta el balcón y ver por dónde anda, pero tardo en pensarlo y entonces me parece que lo mejor es seguir donde estoy. A la mujer del cochecito le lleva un tiempo imperdonable desocupar el ascensor; al ascensor, otro tiempo bíblico volver a mi piso.

El botellero también habrá tenido sus demoras, porque cuando llego a la calle veo la camioneta apenas pasada. Le hago señas, pero no me ve: es lógico, mira al frente. Sin embargo, no quiero gritar, o no puedo, porque no sabría cómo llamarlo.

—Compramos sillones, roperos, mesas ratonas, juegos de dormitorio.

Corro por la vereda hasta llegar a la altura de la camioneta y vuelvo a hacer señas. El botellero sigue sin verme. Ahora me da la impresión de que lo hace a propósito; disimula.

No sé si es que acelera apenas o si el cansancio me hace ir más despacio, pero antes de la esquina la camioneta me lleva otra vez unos metros de ventaja. Me sale la voz, al fin, inevitable:

—Botellero.

—Compramos veladores, arañas, lámparas de pie, faroles.

En la caja, la lona tiembla con el viento.

5 La venta

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