A la deriva

Navata

Saqué esta foto, una diapositiva, cerca de Posadas, Misiones, hacia 1970.

2 Río Paraná hacia 1970
Río Paraná, hacia 1970

Ahora la subí a Google Images, para ver si me mostraba algo similar. A veces, Google entiende lo que quiere:

2 Google Images
Según Google, estas imágenes son similares a la de arriba

Refinando un poco la búsqueda, llegué a este espléndido video. También hay un hombre en equilibrio sobre los troncos, que a su vez hacen equilibrio en el barco, pero con un agregado de lo más siglo XXI.

Sip, el hombre va hablando por celular. Lo que perdura es el Paraná, por supuesto, aunque el video no venga de Misiones sino del Delta.

Google no los menciona, pero es inevitable que la memoria nos lleve a los riesgos de las tardes de plenilunio. Machistas, racistas, discriminadores y graciosos como ellos solos, Les Luthiers sacan a relucir su jangada:

Impensable escribir hoy esa letra, ¿no? Enderecemos un poco las cosas con una jangada auténtica:

2 jangada
Google, que hoy no pega una, le atribuye esta foto a una página maravillosa que trata de barcos hundidos en el Paraná; en la página, esta foto no aparece

Cambiar de táctica. La búsqueda “transporte fluvial de madera” lleva sin escalas a las navatas:

2 recurso1282.jpg

“Los troncos, de grandes dimensiones, se atacaban [sic; ¿será atracaban?] unos a otros, entrelazando los maderos con ramas de sarga trenzada, creando grandes barcas, denominadas navatas, que podían tener diversas secciones, un mínimo de una y una máximo de siete. Las barcazas eran tripuladas con grandes remos por valientes chesos que se jugaban la vida luchando contra la bravura de las gélidas aguas del Aragón-Subordán, las piedras, saltos y resto de dificultades que se encontraban en su descenso”.

Menos mal que nos lo explican desde el Valle de Hecho, en los Pirineos, porque la RAE no tiene idea de qué es una navata. Para acelerar la llegada al diccionario, busqué en Google “rae navata”, y Google aprovechó la oportunidad para presentarme al señor John Rae Navata. De veras. Hay gente para todo.

Pero yo no quería alejarme tanto de Misiones, porque tengo muchos recuerdos, buenos recuerdos. Conocí las dos puntas de la provincia. Y para quien piense que Misiones no tiene puntas, me apuro a aclarar:

  • Uno, el extremo lujoso:
2 Cataratas
Aburridos del Sheraton Iguazú Resort & Spa, no tuvimos más remedio que ir a ver cómo caía el agua (abril de 1997)
  • Otro, el Bachillerato de Orientación Polimodal 102, en las afueras de Posadas:
2 BOP 102
Hablando de microficciones (abril de 2015). Gracias al Plan Nacional de Lectura, que me mandó hasta allá, y a Silvia Zapaya, que me llevó a escuelas y un Instituto de Formación Docente, y sacó la foto.

Ahora sí, y como siempre, Google Maps es nuestro amigo:

Tendría que hacer un álbum de cada visita, para poner ambas en su justo valor. La próxima, tal vez.

Mientras, me queda la duda sobre el bueno de John Rae Navata. Lo busco. Nada significativo, salvo esta página de Google+ con su mensaje poco alentador en gris clarito:

2 It looks like you've reached the end

2 Río Paraná hacia 1970

A la deriva

Quimbombó

Wikipedia, página al azar. Caigo en Abelmoschus esculentus, planta conocida con un arcoíris de nombres: quimbombó, quingombó, gombo, molondrón, ocra, okra o bamia, candia, abelmosco.

1 Okra_flower_2
Flor de quimbombó (Wikipedia, dominio público)

Es una malvácea, así que voy a ver.

Familia genial, la de las malváceas. Para empezar, incluye al Hibiscus, que para mí será siempre rosa de la China, y sobre todo la rosa de la China que mi padre puso en el jardín que teníamos en Ramos Mejía.

1 Yo con rosa de la China
Para esta foto de 1969 me acomodé junto a una flor de nuestra rosa de la China, sin cortarla.

Pero resulta que entre las malváceas está nada menos que el algodón. Wikipedia me recibe con esta imagen maravillosa:

1 800px-Vegetable_lamb_(Lee,_1887)
El epígrafe dice: “Representación de la fabulosa planta del algodón en una ilustración del siglo XIX”. (Wikipedia, dominio público.)

El algodón lleva de cabeza a la industria textil. Mi abuelo paterno, Eduardo Gimenez, era obrero textil.

1 abuelo-eduardo
Mi abuelo paterno. Nació en Alcaudete, Jaén, no sé en qué año. Murió en Ramos Mejía en 1942.

Trabajaba en la fábrica La Emilia, San Nicolás, donde nació mi padre en 1924. Murió mucho antes de que yo naciera.

El pueblo La Emilia ahora es ciudad. Está a la orilla del Arroyo del Medio; en la orilla de enfrente empieza la provincia de Santa Fe.

En enero de 1917, La Emilia se inundó. Hay una nota épica en el diario El Norte, escrita por Daniel Erne, que empieza así:

“La Emilia es ahora un pueblo triste. Con rastros de desastres y huellas de dolor. Pero la vida continúa como una mecánica milenaria. Con sol la angustia es la misma. Las marcas que dejó el agua en las viviendas son las menos importantes porque se arreglan con dinero. Las penas del alma no tienen precio”.

Muchas cosas, aquí y ahora, no tienen precio. O casi: hoy mismo, treinta semillas de quimbombó, Abelmoschus esculentus, salen ciento cincuenta pesos en Mercado Libre.

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Foto del artículo en venta en Mercado Libre.
Cuentos solitarios

Nombres

Hay una gotera lenta, en alguna parte, allá arriba, por encima de la oscuridad que me rodea. Estoy contando las gotas que caen. Voy por la diecisiete, aunque olvidé las anteriores. No sé cuándo empecé a contar, así que no puedo confiar en el cálculo. No sé nada, en realidad, y por lo tanto no puedo confiar en nada. Excepto que estoy en la oscuridad y hay una gotera lenta, y la gota que acaba de caer es la número dieciocho.

Estoy sentado. No hay respaldo, por lo menos hasta donde me atrevo a probar. Algo me retiene las manos a la espalda, probablemente esposas. Nunca tuve las manos esposadas. Me dan ganas de llorar pero las lágrimas no salen, y entonces pienso otra vez en la gotera, y esta gota es la número veintitrés, aunque no soy consciente de haber pasado por las cuatro anteriores.

Delante de mí se abre una puerta, con un chillido de animal. Se forma un rectángulo blanco brillante, tan luminoso que, finalmente, me saltan las lágrimas. Entrecierro los ojos, miro a un lado, vuelvo a mirar al frente. Veinticuatro gotas. En medio de la luz se forma la figura de una persona, que avanza y cierra la puerta tras de sí con otro chillido. Oscuridad otra vez, pero breve, porque la persona enciende una linterna y me apunta a los ojos. Es hora de cerrarlos del todo.

—Tu nombre es —dice esa persona con voz de mujer, y pronuncia mi nombre.

—Sí —contesto—. Por favor, apague la linterna.

La apaga. Hay un silencio largo, excepto por la gota veintiséis. La veinticinco cayó entre el momento en que se cerró la puerta y el momento en que se encendió la linterna.

—No —dice la mujer—. No es ese. Tu nombre es —y ahora sí pronuncia mi nombre.

Digo que ahora sí porque me doy cuenta de que el otro no era mi nombre, aunque yo lo creyera. Mi nombre real es este otro, este que la mujer me acaba de devolver. Debería sentirme agradecido, pero no. Odio a esa mujer, la odio con todas las fuerzas y quisiera decírselo.

La gotera se está acelerando. Ahora cayeron las gotas veintisiete y veintiocho. No sé por qué las sigo contando, pero no lo puedo evitar. También muevo los pies, sin ruido, tratando de encontrar un ritmo que acierte con la próxima caída de una gota. Lo hago desde el comienzo, desde aquel diecisiete del principio de los tiempos, hasta ahora sin lograrlo.

La mujer camina hacia mi izquierda. Muevo la cabeza para acompañar los pasos, tratando de imaginar su forma. Anda con total seguridad, como si pudiera ver sin luz, o conociera el sitio de memoria. Sube dos escalones, me doy cuenta porque el ruido de los zapatos es diferente, y da tres pasos más, hacia mis espaldas. Hay dos chasquidos consecutivos, el de la gota treinta y el de un interruptor.

Me duele la cabeza. Es algo nuevo, un dolor repentino que parte de la base de la nuca y en un segundo se divide en dos ramas, me recorre los parietales y se une a sí mismo en el centro de la frente. Inclino la cara hacia adelante, inclino también el cuerpo, escondo la cabeza entre las rodillas y luego la vuelvo a levantar porque necesito aire. Miro hacia arriba, y entre la gota treinta y uno y el dolor queda espacio para temer que algo caiga desde allá arriba, desde la oscuridad donde no sé qué hay, y me entre en los ojos. Así que abajo otra vez, otra vez hacia las rodillas, con los ojos cerrados. El dolor se va.

Antes dije el principio de los tiempos, pero sigo sin saber nada de ese momento. Primero habrá existido la gotera, y luego los números necesarios para contar las gotas. Sin embargo, las gotas no se cuentan a sí mismas, hace falta alguien que las cuente, y será por eso que estoy aquí.

Treinta y dos. Por el ruido, parece que las gotas cayeran sobre mi cabeza. Están ahí, exactamente en mi cenit, próximas. Pero no siento nada.

Aparece un resplandor rojizo, de manera que vuelvo a abrir los ojos. Se encendieron luces a mi derecha. Estoy en un espacio enorme, una especie de depósito. Primero hay una serie de bultos negros, iluminados a contraluz, que no puedo identificar. Luego veo varias cámaras de filmación, algo que parece una grúa pequeña, gente de espaldas, también a contraluz, que maneja aparatos. Por detrás de todo está el living de una casa, al que le falta la pared del frente. Dentro del living hay gente. Actores. Son los más iluminados, y los únicos a quienes la luz les da en la cara. Están hablando, pero no entiendo lo que dicen. Cae la gota treinta y tres.

—Mm —digo, probando si aún tengo voz.

Nadie me oye. Espero a que haya caído la gota treinta y cuatro antes de hacerlo un poco más fuerte.

—Mmm.

Algo me raspa en la garganta y me da tos. Uno de los que manejan aparatos, el más próximo, se vuelve hacia mí y hace un gesto con las manos. Quiere que me calle.

Empiezo con un susurro:

—Socorro.

No es suficiente. Subo apenas el volumen:

—Socorro.

Tampoco. Cae la gota treinta y cinco. Los actores siguen su rutina. Mis manos siguen esposadas. Aspiro hondo y digo con voz plena, sin gritar:

—Socorro.

El hombre que antes se había dado vuelta camina hacia mí con paso rápido.

—No puede estar acá —dice en voz baja—. ¿Quién lo dejó entrar?

—No sé —contesto.

Saca un aparato de la cintura y pulsa un botón.

—Hay un intruso —le dice al aparato, sin alzar la voz, y lo vuelve a poner en su sitio. Me mira otra vez—. Van a venir a buscarlo —dice—. No haga ruido.

Regresa a su puesto. Han caído algunas gotas más, porque la cuenta interior va por el treinta y nueve, pero no las conté conscientemente. Entonces recuerdo a la mujer que vino antes y miro a mi alrededor. Ya no está. A la luz crepuscular de las lamparitas lejanas puedo ver los escalones que subió, puedo ver el interruptor. Pero ni rastros de la mujer. Cuarenta gotas.

Se abre la puerta, entra la ráfaga de luz y con la luz dos personas apuradas. Una de ellas me cubre la cabeza con una capucha, la otra se asegura de que mis manos sigan esposadas. Susurran entre ellos: son dos hombres. Pero hablan en un idioma que no conozco. Sacuden un poco el banco en que estoy sentado, me levantan, me vuelven a sentar. Hay mucho movimiento y casi ningún ruido, pero no parece que vayamos a ninguna parte, porque la gotera sigue sobre mí, persistente entre los susurros y las sacudidas.

Cuarenta y ocho gotas, y entonces me sacan la capucha. Estoy en un cuarto gris de paredes descascaradas, iluminado por tubos fluorescentes. Frente a mí hay un escritorio con tapa de fórmica. Al otro lado del escritorio, un policía de bigotes, calvo, me mira con las manos cruzadas frente a él. Dejó la gorra a un lado, sobre una pila de papeles. Una corriente de aire mueve el papel de arriba, que se iría volando si la gorra no lo mantuviera en su sitio. Cae la gota cuarenta y nueve, allá en el techo. Cae la gota cincuenta. Todos tenemos mucha paciencia.

—Su nombre es —empieza por último el policía, y dice otro nombre, diferente de los que usó antes la mujer. Pero él es quien tiene la razón: lo que dice es mi nombre, y no entiendo cómo lo sabe.

—Sí —respondo.

Cincuenta y una gotas. La gotera se sigue acelerando. Si al principio era un tac … … … tac … … … tac, ahora es un tac … tac … tac. El policía agarra el papel que se movía bajo la gorra y lo pone frente a su propia barriga, que ahora veo que sobresale como una sandía. Mientras sujeta el papel con una mano, con la otra abre un cajón, busca una lapicera, y empieza a tomar notas. Parece que estuviera describiendo mis rasgos, porque de vez en cuando me mira y luego vuelve a escribir: observa mi pelo y escribe, observa mi oreja izquierda y escribe, observa mi cuello y escribe. No hace preguntas, lo cual parece bastante apropiado porque no creo que tenga respuestas para darle.

Yo trato de hacer coincidir mis meñiques, uno contra el otro, tarea mucho más difícil de lo que parece. Con las manos aún esposadas a la espalda y los dedos apuntando hacia abajo, toco índice con índice, mayor con mayor, anular con anular, y cuando quiero tocar meñique con meñique el de la mano derecha queda más atrás que el de la izquierda. Empiezo otra vez, índice contra índice y así, hasta que los meñiques fallan de nuevo. Esto se repite intento tras intento, gota tras gota, mientras el policía hace su trabajo.

Pasa un rato largo. La cuenta va por ochenta y siete, y no estoy nada seguro de cómo llegué a ese número, cuando el policía se incorpora, mira a alguien que está detrás de mí, y la capucha vuelve a taparlo todo.

Me ponen de pie entre dos, cada uno alzándome de un brazo. Sin soltarme, me hacen caminar. Damos unos pasos, giramos, damos unos pasos más, volvemos a girar, y así sucesivamente. Me doy cuenta de que estamos andando en círculos, pero no veo razones para protestar. La gota número cien llega como si fuera un alivio. Siento un modesto renacer mientras cuento ciento uno, ciento dos, ciento tres.

Cuando se cansan de dar vueltas me acuestan en una camilla, boca abajo. Oigo un chasquido y noto que tengo las manos libres. Oigo el ruido de las esposas, también ellas liberadas, que caen al suelo. Pero dejo los brazos a ambos lados del cuerpo, para no abusar de la suerte.

—Va a sentir un pinchazo —dice una voz femenina con tono neutro.

La profecía se cumple en un punto del antebrazo derecho, del lado de adentro, a unos centímetros por encima de la muñeca. Me clavan algo y lo dejan ahí, y luego ponen una cinta adhesiva para que permanezca en su sitio. Pero sigo sin ver nada. Ciento seis. Oigo pasos que se alejan. Me parece que estoy solo, pero entonces alguien me quita la capucha. No hay diferencia: el sitio está a oscuras. Y, salvo la gotera, en silencio. Quien me quitó la capucha se aleja sin hacer ruido. Ciento siete gotas, siempre en el cenit.

Tengo ganas de hacer pis.

Doy vuelta la cabeza y me doy cuenta de que no todo es oscuridad. Hay una línea de luz pálida, a la altura del suelo. Es la parte inferior de una puerta.

Tengo que ir con cuidado. Primero me pongo boca arriba y espero. Ciento ocho gotas. Ciento nueve. Luego me siento. Las piernas me cuelgan por el borde de la camilla. Ciento diez, ciento once gotas. Es un gusto tener las manos apoyadas en las rodillas. Tableteo un poco con los dedos. Ciento doce gotas.

De pronto recuerdo algo que ha quedado sin resolver. Levanto las manos y las pongo a la altura de los ojos, palma contra palma, con los dedos separados. No puedo verlas, pero la posición es más cómoda que a la espalda, con las esposas puestas. Junto índice con índice, mayor con mayor, anular con anular, y casi sin darme cuenta también meñique con meñique. Al primer intento.

Ciento quince gotas. Me deslizo hasta el suelo y levanto los brazos. Siento un tirón del antebrazo derecho, y un momento después oigo el estrépito de algo metálico que cae. Me había olvidado del pinchazo y sus significados. Ahora tengo que esperar por si viene alguien.

Ciento dieciséis gotas. No viene nadie. Debo esperar más. Ciento diecisiete gotas. Ciento dieciocho. Qué números tan largos.

Con mucho cuidado me quito la cinta adhesiva y la aguja, vuelvo a alzar los brazos y empiezo a andar hacia la puerta. No hay nada que se interponga en el camino. Acaricio la puerta del centro hacia los bordes, y luego hacia abajo, hasta que mi mano izquierda da con el picaporte. Sin mover esa mano, acerco la otra y la uso para girar el picaporte con lentitud. La puerta se abre lo suficiente para que yo asome un ojo al mundo exterior.

Hay un pasillo de paredes blancas, poco iluminado. Está vacío. Parece parte de un hospital. Enfrente hay otra puerta, con el número 123, justo la cantidad de gotas que conté hasta ahora, en caracteres metálicos. A la derecha de esa puerta hay un matafuegos colgado de la pared, y un poco más allá empieza una hilera de asientos negros, de plástico, unidos entre sí por tubos de metal.

Ciento veinticuatro gotas, y las ganas de hacer pis me obligan a moverme.
Abro la puerta del todo, asomo la cabeza fuera de la habitación y miro en ambas direcciones. Ahora estoy seguro de que estoy en un hospital. El pasillo sigue pocos metros hacia la izquierda, muchos metros hacia la derecha, y en ambos extremos termina en otro pasillo transversal. No hay más ruidos que el de la gotera y los míos.

Me miro a mí mismo. Estoy cubierto con una bata blanca de mangas cortas que me cubre hasta los pies, sin bolsillos. En los pies, un par de pantuflas blandas. Sin necesidad de ver, me doy cuenta de que no tengo ropa interior. Tampoco tengo reloj, pero no siento que me haga falta.

Ciento veintisiete gotas. La gotera ahora hace tac tac tac, y sigue su marcha a velocidad creciente. Salgo hacia la izquierda, por donde el pasillo termina pronto, y camino hasta el pasillo siguiente, que sigue en ambas direcciones. La gotera, por algún motivo, me acompaña. Allá tampoco hay nadie. Giro a la derecha y camino rápido hasta una puerta doble, de vaivén, que da a unas escaleras.

No se ve ninguna indicación de que haya baños cerca. Atravieso la puerta, dejo que se cierre y me asomo por el hueco de las escaleras. Aquí la luz es aún más tenue que en los pasillos. Sigo solo. Me pongo frente a un rincón, detrás de la puerta, levanto la bata con ambas manos por encima de la cintura, echo los hombros hacia atrás, las caderas hacia adelante y aflojo los músculos. El chorro oscurece un triángulo isósceles de pared blanca, y enmascara las gotas ciento cuarenta y cinco a ciento cincuenta y dos. Pero las cuento sin necesidad de oírlas, porque ahora la velocidad de la gotera me permite seguir el ritmo con bastante precisión.

Suelto el borde de la bata y bajo las escaleras. La gotera ahora hace tatatatata. Empieza a ser difícil contar número por número, y entonces me decido a contar sólo las gotas pares, ciento cincuenta y ocho, ciento sesenta, ciento sesenta y dos.

La planta baja está tan desierta como el piso de arriba. Hay mostradores, sillones, espejos, ascensores, y nadie que los use o los atienda. Frente a las escaleras se ve una pared de vidrio, y más allá la oscuridad. Seguro que es el exterior, y seguro que es de noche.

Me acerco a un mostrador para mirar al otro lado. Hay unos papeles, una lapicera, un teléfono. Estiro el brazo para levantar el tubo, pero no llego a hacerlo. ¿A quién puedo llamar? No recuerdo el número de nadie.

Giro hacia la pared de vidrio y camino. Ciento noventa y cuatro, noventa y seis, noventa y ocho, doscientos. Hay un movimiento a mi derecha, y me doy cuenta de que acabo de pasar frente a un espejo. Me detengo. Ahora podría volver un paso atrás y mirarme, reconocerme, saber más de mí. Pero es más importante la pared de vidrio, la negrura de la noche que está al otro lado. Es más importante la gotera que ya hace tttttttttt.

Me rindo. No tengo más remedio que estimar el número de gotas, porque están cayendo demasiado rápido para contar una por una. Voy de cinco en cinco omitiendo pensar en los centenares. Treinta, treinta y cinco, cuarenta.

En medio de la pared de vidrio hay una puerta. Lo único que la identifica es un letrero chico que dice EMPUJE. Antes de abrirla miro hacia afuera, pero solo veo el cemento del primer metro de suelo. Después está todo negro. Empujo y me asomo al exterior.

En cuanto saco la cabeza ocurren dos cosas. Un golpe de aire frío me hace parpadear y cerrar la boca. Y la gotera se termina. Vuelvo a meter la cabeza adentro. La gotera continúa. Ochenta, noventa, trescientos, diez, veinte. Ahora suena a rrrrrrrrrrr. Esto no puede seguir así por mucho tiempo. Saco la cabeza al silencio, la meto otra vez, cincuenta, cuatrocientos, cuatro cincuenta, y entonces abro la puerta del todo, salto al exterior y la cierro detrás de mí.

Sin la gotera el mundo es más solitario, y también más grande. Se oye el viento en los árboles, pero todo es invisible. Doy un paso y me paro en el borde del mundo. Más allá no hay luz.

Estiro los brazos al frente y doy otro paso. Estoy en un camino de polvo de ladrillo. Es inconfundible, por el tamaño de las piedritas que se me clavan en las pantuflas blandas.

Sigo andando con cuidado, arrastrando un poco los pies, tanteando al frente con las manos. Noto que llevo la cabeza echada hacia atrás, la mirada fija en un punto alto, y me obligo a bajarla, como si así pudiera ver algo. Tras un rato me detengo otra vez y me doy vuelta para mirar atrás. A lo lejos está la pared de vidrio, pequeña, luminosa, y tras ella la planta baja del hospital. Vuelvo a mirar al frente.

Me encuentro con la luz de una linterna, a varios metros de distancia, que me ilumina la cara. Cierro los ojos, alzo un poco más las manos.

—Tu nombre es —dice una voz cascada, la de un anciano. Y pronuncia mi nombre, el cuarto, el verdadero.

7 Nombres

Cuentos solitarios

Leyendo un libro

Estoy sentado en el lado derecho del sofá, leyendo un libro. Me pica el lóbulo de la oreja izquierda. Cambio el libro de mano para rascarme, y descubro que detrás del lóbulo acostumbrado tengo otro igual, que es el que me pica.

Dejo el libro abierto, boca abajo, en el brazo del sofá, con la idea de levantarme e ir a verme en un espejo, pero me distraigo al notar que del nuevo lóbulo sale un pelo largo y grueso. Empiezo a seguir el pelo, apretándolo entre los dedos índice y pulgar. A unos treinta centímetros de la oreja el pelo pega un tirón: algo lo retiene desde abajo, al otro lado de mis dedos. Giro la cabeza mientras sigo la trayectoria del pelo, hasta comprobar que sale del almohadón que corresponde al asiento de la mitad izquierda del sofá. Trato de arrancar el pelo del almohadón, pero está demasiado firme. Suelto el pelo y levanto el almohadón con ambas manos.

Bajo el almohadón se abre un pozo ancho y profundo, del que sale olor a podrido. Una serie de huecos en la pared del pozo indican la posibilidad de bajar. Adentro del pozo está oscuro y húmedo. Alcanzo a ver un bicho que se escurre por debajo del otro almohadón, el que corresponde al respaldo de la mitad izquierda del sofá.

Me pongo de pie de una manera brusca. Con el movimiento, sin querer, tiro el libro al piso. Voy a la cocina, con el primer almohadón bajo el brazo y el pelo colgando de mi segundo lóbulo izquierdo. Con la mano que ahora tengo libre abro el cajón de los cubiertos y saco un cuchillo, de los que tienen serrucho. Apoyo el almohadón en la mesada, busco el pelo, lo mantengo bien tirante entre la mano y la tela, y me pongo a serrucharlo. Se corta enseguida. Sin soltarlo, devuelvo al cuchillo al cajón y camino en dirección al baño.

A mis espaldas, desde el living, se oye algo parecido al aire que escapa de un globo inflado, pero distante, como transmitido por un caño muy largo. Sin darme vuelta recorro el pasillo y entro al baño. Me miro al espejo. A primera vista no noto otros cambios en mí, más que el lóbulo extra. Abro el botiquín y saco una tijerita para uñas. Aprieto el pelo otra vez entre los dedos, lo más cerca posible de la oreja, acerco la tijerita y corto.

El dolor me indica rápidamente que tuve mala puntería. Cierro los ojos. Dejo caer la tijerita. Me agarro la oreja con ambas manos. Cuando vuelvo a abrir los ojos, la sangre ya me llega a los codos y gotea sobre la pileta. Agarro la toalla de baño, la más grande, y la aprieto con fuerza contra la oreja.

El ruido de globo que se desinfla se interrumpe, reemplazado por ruido de pisadas: un deslizarse seguido del crujido de un zapato, otro deslizarse, otro crujido, como de alguien que tiene problemas para caminar. Cierro la puerta del baño, la trabo, y vuelvo a mirarme al espejo. La toalla está roja y empapada de sangre. La separo de mi cabeza, y la oreja aparece limpia y seca. Tiro la toalla a la bañadera y me miro con más atención. El segundo lóbulo tiene un par de centímetros más que antes.

Levanto la tijerita del piso, vuelvo a agarrar el pelo y ensayo otro corte, esta vez con éxito. Apoyo la tijerita en el borde de la pileta y abro la canilla con la idea de lavarme la sangre. Al mismo tiempo, afuera del baño, las pisadas se detienen. Cierro la canilla. La sangre que me cubre los brazos ya empieza a secarse.

Hay un momento de silencio. Otro. Otro más. Por debajo de la puerta se desliza una hoja de papel. Parece estar en blanco. El papel toca los dedos de mi pie derecho y se detiene. De nuevo silencio. Todavía tengo una punta del pelo entre los dedos. La otra punta se pierde en algún lugar sobre el fondo de baldosas negras. Empiezo a inclinarme para recoger el papel. Un movimiento en el borde de la visión me hace detener antes de alcanzar el suelo.

Giro la cabeza a la izquierda, todavía inclinado, la mano derecha extendida hacia abajo. El bicho que escapó del agujero del sofá, u otro de su misma especie, camina por el espejo. Le calculo unos cinco centímetros de largo. Mayormente negro, tiene rayas transversales de un verde muy vivo, desde la cabeza hasta la cola. No es un insecto: más bien parece un ciempiés, delgado y flexible. La cabeza es esférica, desproporcionadamente grande, y oscila de un lado a otro como buscando algo. Tras recorrer una buena parte del espejo, el bicho se detiene y empieza a hundirse en la superficie que lo refleja. No está cavando, no está rompiendo: se hunde. Desaparece la cabeza, luego las rayas verdes, una por una, y finalmente la cola.

Abro el botiquín, para ver del lado de adentro, y no encuentro rastros del bicho. Lo cierro con un chasquido, justo antes de recordar que estaba tratando de no hacer ruido. Entonces sí, termino el movimiento que había empezado y levanto el papel.

Del lado inferior hay un dibujo infantil, que recuerda vagamente el bicho que acabo de ver. Junto al bicho hay una tijera abierta, rodeada por las rayas de movimiento que usan los dibujantes de historietas. El dibujo sugiere la idea de cortar el bicho por el medio. Dejo el papel sobre la tapa del inodoro, y al mismo tiempo me doy cuenta de que solté el pelo sin querer. Estiro la mano hacia la puerta, hasta recordar que afuera hay alguien, y vuelvo a retraerla.

En ese mismo instante oigo el ruido de algo metálico, como una herramienta, que cae al piso al otro lado, y de inmediato la puerta se abre sola. Retrocedo hasta chocar con la bañadera. Echado hacia atrás, me apoyo con una mano en la pared del fondo del baño.

Sin motivo aparente pienso en el libro que estaba leyendo, y en que al caer seguramente se perdió la página por la que iba.

6 Leyendo un libro

Cuentos solitarios

La venta

—Compramos heladeras, televisores viejos, lavarropas, secarropas, estufas.

La voz de megáfono, conocida, repetida día a día, llega desde la otra cuadra. Me asomo al balcón y allá veo la camioneta que avanza lenta, como dando tiempo a la esperanza. Tiene la caja casi vacía, igual que siempre.

—Compramos armarios, bibliotecas, estanterías, alacenas, cajoneras.

Hace días que vengo pensando en esto. Es una lucha: cuando se trata de algo que quiero hacer, lo hago; si no quiero pero debo, lo enfrento; cuando estoy inseguro, pasa esto de postergar y postergar, hasta el último momento. Hoy vence el plazo, así que es la última oportunidad. Lo tengo junto a la puerta, preparado; es cuestión de empujarlo al palier, llamar al ascensor y bajarlo antes de que la camioneta pase de largo.

—Compramos mesas, sillas, bicicletas, triciclos, secadores de pelo, botiquines, frazadas.

Me quedo un momento más en el balcón. ¿Habrá otra alternativa? Tal vez aparezca una idea nueva, algo que no se me ocurrió antes, la magia del pánico de último momento. Arriba está nublado, más oscuro que hace una hora. Abajo, la camioneta se sigue acercando.

No es pesado pero abulta. Casi tan alto como yo. Sé que entra en el ascensor porque tomé las medidas, pero me cuesta meterlo. Una vez adentro tengo que apretarme, achatarme, estrujarme para cerrar la puerta. Ya en la planta baja, oigo la voz demasiado cerca:

—Compramos licuadoras, tostadoras, secarropas, cocinas, microondas, acondicionadores de aire.

Tengo que apurarme, tanto si voy a concretar la venta como si voy a retroceder al abrigo de una solución que todavía desconozco.

Salgo del ascensor, lo dejo abierto y corro a la calle. Hago señas. El conductor de la camioneta me ve, frena. Vuelvo al ascensor, al enfrentamiento final con la duda: no lo voy a ver más. Cierro los ojos, lo abrazo y tiro hacia afuera. Lo empujo hasta la vereda.

El botellero me mira sin decir nada, sin hacer caras, sin sorpresa. Es un hombre viejo, curtido, seguramente anduvo comprando cosas en un carro tirado por un caballo que murió hace décadas.

—¿Cuánto me da por esto?

El hombre mira con cara de póker, arriba, abajo, da una vuelta para mirar el otro lado. Después saca una libretita del bolsillo, una lapicera, y parece que fuera a hacer cuentas pero no; antes de apoyar la lapicera en el papel, contesta como si no me hablara a mí:

—Cien.

No es lo que yo esperaba. Ni la décima parte de lo que yo esperaba. Pero siempre fue así con los botelleros. Y no es por la plata que hago la venta, eso está claro. Se lo daría gratis, si fuera necesario. Tal vez pudiera sacar doscientos, pero no sé discutir precios.

—Bueno.

El hombre guarda la libretita y la lapicera sin haber escrito nada, saca la billetera, pasa unos billetes a la izquierda y luego a la derecha, y elige dos de cincuenta. Me los da. Los guardo en el bolsillo de atrás. Retrocedo dos pasos, como para darle libertad de movimientos.

Al principio el hombre necesita probar el peso, la resistencia al roce, de qué forma es conveniente alzarlo o si será mejor arrastrarlo por el suelo. Después se lo lleva con una soltura que ya quisiera yo haber logrado.

Los veo irse, uno al volante, el otro en la caja. Distingo que el hombre agarra el micrófono.

—Compramos maderas, fierros, telas, caños, baterías de cocina, vajilla.

Me arrepiento. Voy detrás de la camioneta, primero caminando, enseguida al trote. No sé si quiero alcanzarla, pero tampoco puedo dejarla ir. Me parece ver que el hombre guarda el micrófono. Acelero.

La camioneta también acelera. El hombre ya no habla por el megáfono. Corro a la velocidad máxima que me da el cuerpo. Con habilidad, el botellero conserva la distancia. A mitad de la cuadra siguiente tengo que abandonar: me duele el costado, me falta aire. La camioneta sigue a la misma velocidad por otra cuadra, o cuadra y media, y después la aminora.

—Compramos almohadones, cubrecamas.

Vuelvo atrás respirando con fuerza. Por suerte en la calle no hay casi nadie. El ascensor sigue en la planta baja. Entro, subo, me meto en mi departamento. El hueco se hace sentir, de manera que atravieso el living mirando hacia el otro lado. Voy al baño, me demoro todo lo posible.

El día transcurre como quien se va sacando una colección de astillas de los dedos. De noche, con la luz apagada, la escena del botellero que huye se repite en versiones que parecen idénticas pero no: soy cien testigos a la vez, y cada uno necesita poner su toque personal.

A las diez de la mañana vuelve la voz lejana del botellero:

—Compramos heladeras, televisores viejos, lavarropas, secarropas, estufas.

Pensé que esto iba a ocurrir, y tengo decidido no hacer nada. Lo que sí me permito es salir al balcón y mirar. En la otra cuadra, la camioneta se mueve con la lentitud de siempre. El botellero no descargó: veo el bulto en la caja, la silueta es inconfundible. Lo reconozco a pesar de que ahora está cubierto con una lona verde.

Así no puedo. Salgo al palier, llamo el ascensor. Lo están usando: dos mujeres conversan unos pisos más arriba; el cable está quieto.

—Ascensor —reclamo.

Siguen hablando.

—Ascensor —insisto, más fuerte.

Ahora sí me oyen. Se dicen unos chau, chau, cierran las dos puertas. El ascensor baja. Cuando se detiene en mi piso y voy a entrar, resulta que está ocupado por una mujer, un chico y un cochecito de bebé. No hay lugar.

—Perdón —dice la mujer—. Ahora se lo dejo.

Desde el palier no se oye el megáfono del botellero. Tendría que aprovechar el tiempo que tarda el ascensor en llegar a la planta baja para ir rápido hasta el balcón y ver por dónde anda, pero tardo en pensarlo y entonces me parece que lo mejor es seguir donde estoy. A la mujer del cochecito le lleva un tiempo imperdonable desocupar el ascensor; al ascensor, otro tiempo bíblico volver a mi piso.

El botellero también habrá tenido sus demoras, porque cuando llego a la calle veo la camioneta apenas pasada. Le hago señas, pero no me ve: es lógico, mira al frente. Sin embargo, no quiero gritar, o no puedo, porque no sabría cómo llamarlo.

—Compramos sillones, roperos, mesas ratonas, juegos de dormitorio.

Corro por la vereda hasta llegar a la altura de la camioneta y vuelvo a hacer señas. El botellero sigue sin verme. Ahora me da la impresión de que lo hace a propósito; disimula.

No sé si es que acelera apenas o si el cansancio me hace ir más despacio, pero antes de la esquina la camioneta me lleva otra vez unos metros de ventaja. Me sale la voz, al fin, inevitable:

—Botellero.

—Compramos veladores, arañas, lámparas de pie, faroles.

En la caja, la lona tiembla con el viento.

5 La venta

Cuentos solitarios

La calle angosta

La calle se hace cada vez más angosta. Es de noche. El empedrado se va convirtiendo en escalera. Las ventanas de un lado se van asomando a las ventanas del otro. Los techos se inclinan, los balcones se tocan. Unos pasos más atrás, si extendía los brazos, tocaba las paredes enfrentadas con la punta de los dedos. Ahora las toco con los codos. Sobre mí, la luna menguante apenas encuentra lugar para asomarse. No puedo volver atrás, porque atrás estoy yo esperándome a mí mismo.

Enseguida rozo las paredes con los hombros. Me pongo de costado y avanzo otro metro hasta chocar con el límite. No puedo ir más allá, aunque la calle continúa angostándose hasta alcanzar la abstracción geométrica. Paso la mano por la pared. El dedo índice toca un hueco blando, escarba, lo convierte en agujero. Meto el puño entero, empujo hacia arriba para hacer un surco en los ladrillos. Agrego la otra mano, y entre las dos hago que la pared se abra. Entro.

Al otro lado está oscuro. Huele a pasto recién cortado. El piso es pegajoso, parece barro. Camino con las manos delante de mí, arrastrando los pies. Las botas hacen un ruido mitad raspado y mitad succión. De vez en cuando tropiezo con una roca y tengo que dar un rodeo. Los ojos se me acostumbran a la oscuridad, y veo una claridad tenue en el barro del suelo, como el reflejo de luces que vinieran de arriba. Pero arriba está negro, no hay nada. La luna quedó atrapada en la calle angosta. Sigo andando.

Se oye una música lejana, un tambor y notas largas como de violín. Las notas van cambiando siempre, sin repeticiones. Los pies se me acomodan solos al ritmo del tambor, y mi andar en la oscuridad se va convirtiendo en una danza. La dirección de la que proviene la música va cambiando. A veces parece estar adelante, a veces a un lado, a veces arriba.

Ahora hace calor. Antes, en la calle, estaba fresco. Ahora no, el aire está inmóvil y me cae el sudor por la cara. El calor proviene de la derecha, pero sin luz no puedo ver qué lo provoca. Pienso en alejarme de él, dejarlo a mi espalda, pero no quiero cambiar de dirección.

Entonces toco el techo con la cabeza. Va en bajada, así que si sigo caminando tendré que inclinarme. Tanteo alrededor con las manos: el techo baja en todas las direcciones. También hacia atrás. De manera que sigo en la misma dirección que antes, pero ahora, en vez de llevar las manos extendidas ante mí las arrastro por el techo.

La fuente de calor empieza a quedar atrás. O tal vez estoy girando y no me doy cuenta.

Se me ocurre, por primera vez, que no vale la pena seguir andando. No me detengo, pero pienso que en lugar de arrastrar los pies e inclinarme cada vez más según la pendiente del techo podría sentarme a descansar. Tal vez seguiría la música con la punta de un pie, pero por lo demás relajaría los músculos. Apoyaría las manos en el suelo, detrás de mí, hundiría la cabeza entre los hombros y cerraría los ojos. Es tentador, y sin embargo no me atrevo.

El olor a pasto cortado se ha ido convirtiendo en flores viejas, o algo dulce y moribundo. Ahora ando tan inclinado que la cabeza me queda a la altura del ombligo. Me pongo de rodillas y sigo avanzando, sin perder el ritmo. Siento el barro que se me pega en las manos, formando una capa cada vez más gruesa. Rodeo otra roca. Aunque el barro es blando y tengo pantalones, las rodillas me duelen.

El techo me vuelve a rozar la cabeza. La bajo, avanzo un poco más. El techo me roza la espalda.

Hay un cambio en la temperatura y en los ecos de la música. Algo ha cambiado por encima de mí. Me detengo y tanteo en busca del techo. Ya no está. Me pongo de pie y muevo las manos a mi alrededor. Estoy dentro de un tubo vertical apenas más ancho que mis hombros. Frente a mí, en la pared del tubo, hay peldaños.

Me limpio las manos en la pared y en la ropa. Empiezo a subir. La música se queda abajo, cada vez más tenue, de manera que ya no puedo seguir el ritmo. Los peldaños son rugosos, ásperos, y están muy poco separados entre sí. Tengo que saltear la mayoría.

El olor dulce va en aumento.

Ahora sí me gustaría sentarme. Acostarme incluso. Pero para eso tengo que salir del tubo, y no puedo volver a bajar porque allá bajo estoy yo mismo, esperándome. Sigo subiendo.

Mi cabeza choca contra algo que cede, como una membrana. Empujo con la mano y cede más. Apoyo la espalda en la pared del tubo, afirmo los pies en un peldaño y empujo con ambas manos. La membrana estalla.

La luz me enceguece. El ruido me asalta hasta casi hacerme caer. Tengo que cerrar los ojos con fuerza. Los aflojo muy de a poco, encandilado por el rojo de los párpados, hasta que consigo entreabrirlos. Cada tanto hay una sombra momentánea, como un parpadeo que no fuera mío, acompañada por un crecimiento feroz del ruido. Apenas capaz de ver, subo unos centímetros más y asomo la cabeza a la claridad.

El tubo desemboca en medio de una avenida. Los autos van a mucha velocidad. La mayoría me esquiva, pero de vez en cuando uno pasa justo sobre mí. A unos metros, a la izquierda, está la vereda. Un perro suelto se detiene a mi altura y me mira.

Es primavera. Los árboles están cubiertos de flores azules.

Estudio el ritmo de los autos, y no le encuentro razón. Espero mucho tiempo, mientras el miedo a los autos empieza a ceder. No tengo otro camino, porque allá abajo me sigo esperando. Hay un hueco en el tránsito. Apoyo las manos en el pavimento, salgo del tubo rodando, me pongo de pie y corro a dejarme caer en la vereda. El perro me lame la cara.

Ahora tengo que empezar todo de vuelta.

4 La calle angosta

Cuentos solitarios

Práctica

—Sí, señor. No, señor. Sí, señor.

El chico está sentado en la silla de plástico, frente a la mesa de metal que ocupa el centro del cuarto. Tiene puestos pantalones de gimnasia largos, color bordó, con una raya amarilla al costado, y una chomba blanca con un escudo amarillo y bordó en el lado izquierdo del pecho. El pelo corto deja ver las orejas abiertas y un lunar en la frente. El chico mantiene las manos apoyadas en los costados de la silla, con las palmas hacia abajo y los dedos hacia adentro, de manera que queden bajo las piernas; así no se tientan.

—No, señor. Sí, señor. No, señor.

La mesa es un escritorio al que alguien le extirpó los cajones. El vidrio que tiene encima está rajado, de manera que una esquina se convirtió en isla. Sobre el vidrio hay un teléfono viejo, negro, con cable y disco. El tubo descansa sobre el aparato como un cadáver. El disco, desprovisto de dedos que lo usen, junta polvo. Lo que mantiene al teléfono en pie es la posibilidad, remota pero auténtica, de que un día de estos alguien lo haga sonar. Cerca del teléfono yace una carpeta grande de tapa color rosa, cerrada. Por el borde de la carpeta, como una enagua, aparece la punta de un papel mal acomodado. Tiene un sello: el número 79. Al otro lado de la mesa, la silla de madera con asiento tapizado en cuerina verde está vacía.

—Sí, señor. No, señor. Sí, señor.

No hay ecos. La voz muere al salir de la boca. Mientras habla, el chico mueve la cabeza de arriba abajo y de izquierda a derecha, alternadamente. Tiene ritmo. Conserva los ojos fijos en un punto de la pared, donde hay un agujero pequeño del que tal vez salga una araña. Las piernas le cuelgan en el aire, y a veces las balancea de atrás para adelante; cuando se da cuenta, las aquieta. Las zapatillas le pesan en torno a los pies: si estuviera en el agua, lo hundirían. El chico evita el respaldo; cada vez que lo toca por accidente, vuelve a alejarse.

—No, señor. Sí, señor. No, señor.

La habitación parece toda ángulos. Techo, piso y paredes se hinchan en el centro y retroceden en los bordes. Hay un espacio oscuro, impenetrable, en el fondo de cada rincón. La única ventana está cerrada, con la persiana baja. A través de las rendijas se ve que afuera es de día. No hay cortinas, pero sí están los ganchos de los que deberían colgar; esos ganchos que saben convertir la ausencia en culpa. La luz de la habitación proviene de un tubo fluorescente, que apunta hacia la ventana como si fuera a acusarla de algo. Las sombras caen en vertical, agotadas. No hay otros muebles que la mesa y las sillas.

—Sí, señor. No, señor. Sí, señor.

El lugar huele a pan viejo, a tostadas frías. A plástico caliente. A remolacha. El aire se entretiene en movimientos lentos, paseando variedades mínimas por la nariz del chico. En los límites, las paredes están descascaradas con precisión, como si alguien viniera cada día a quitar un trozo de pintura con las uñas. El efecto es una colección de grises alternados con un amarillo verdoso, el color original que asoma desde adentro. Si alguien se ocupara de escribirlas, serían las paredes de un baño público.

—No, señor. Sí, señor. No, señor.

La puerta está cerrada, pero no con llave: la llave está en el agujero de la cerradura, del lado de adentro. El picaporte cuelga a cuarenta y cinco grados, listo para desprenderse. Junto a la puerta está el interruptor de la luz, envuelto en una mancha negra. La puerta tiene un papel pinchado con dos alfileres, con un texto lavado por el tiempo del que solo se distingue el título: “Instrucciones”. Cada tanto se oyen pasos al otro lado. Pasos de gigantes que siempre siguen de largo.

3 Práctica