Correo de Imaginaria

Expreso 36

Séptima entrega del Correo de Imaginaria. Revista Expreso Imaginario N° 36, julio de 1979. Ilustraciones de Resorte Hornos. Abajo va el texto digitalizado.

7 Expreso 36

7 Expreso 36 Tapa
Foto de tapa: Uberto Sagramoso

Los significados

Entre las muchas regiones de Imaginaria hay una, muy pequeña, a la cual se le suele llamar (…). Esta palabra, imposible de escribir y pronunciar, se dice levantando los hombros y poniendo el labio inferior un poco por encima y contra el labio superior, mientras se abren mucho los ojos. No se le conoce equivalencia oral, aunque muchas veces significa lo mismo que la frase “vaya uno a saber”.
Ocurre que ni los mismos habitantes de esa región tienen un nombre fijo para darle, por más que a lo largo de los años la hayan llamado de diez mil maneras diferentes. Es que su idioma conserva (a veces) los significados, pero nunca las palabras. Las palabras cambian todos los días.
Nadie sabe cómo consiguen entenderse, pero se entienden. Si hoy uno de ellos saluda con “Pies fríos” y otro contesta “Es tarde”, mañana el diálogo será: “Todo blanco” y “Mejor no”, mientras que ayer fue “Tengo miedo de la oscuridad” y “Tos”. El saludo es siempre el mismo, pero las palabras pueden ser éstas u otras que no se les parezcan en nada.
Cuando se pregunta a un habitante de (…) si esta rareza del idioma le trae algún tipo de dificultades, contesta algo incomprensible.
Se sabe, eso sí, que la sola idea de compilar un diccionario que contenga las palabras de su idioma los pone enfermos, los marea, les hace caer el pelo, estornudar, pedir agua para no ahogarse. Ni siquiera son capaces de imaginar un diccionario de significados, porque para escribir significados hacen falta más palabras, y allí las palabras envejecen tan rápido como los diarios.
Una vez, sin embargo, un grupo de científicos trató de pasar a la historia creando el primer diccionario de (…). Comenzaron reuniéndose muy temprano, para que las nuevas palabras estuvieran más frescas y así tener más tiempo para compilarlas. Pero apenas llegaban a la tercera página cuando ya había que empezar todo de nuevo. Entonces pensaron que tenían que encontrar un sistema mucho más rápido para procesar los datos, y recurrieron al gran Computador Central de Imaginaria.
Con mucha paciencia, alimentaron al Computador con significados puros, sin usar una sola palabra, apretando botones, moviendo perillas, construyendo teclas especiales, llenando cintas y cintas de memoria con todos los significados que fueron capaces de descubrir. No les preocupó el hecho de que este trabajo les llevara muchos años ya que los significados variaban muchísimo menos que las palabras, y estaban bastante seguros de que cuando terminaran todavía se conservarían sanos y frescos.
Finalmente movieron la última palanca, apretaron el último botón, y el computador procesó todos los datos en una décima de segundo, y los imprimió en una cinta de papel de varios kilómetros de largo.
Cuando vieron la cinta, los científicos se desesperaron. Estaba llena de los símbolos y ausencias de símbolos que el computador sabía usar, y en esos símbolos, y en esas ausencias de símbolos estaban todos los significados presentes en el idioma de (…), pero en realidad lo único que habían conseguido era inventar nuevas palabras. Palabras un poco diferentes de las comunes, pero palabras al fin. Al día siguiente, el primer diccionario de (…) era tan incomprensible como una novela de cualquier escritor de la región.
–Lo que necesitamos –dijo uno– es un resultado que sea inequívoco.
–Absoluto –dijo otro.
–Invariable –agregaron los demás.
Entonces estuvieron mucho tiempo pensando, hasta que encontraron la solución. Empezaron con la tarea de descubrir qué significados no variaban nunca, desechando aquellos que podían desaparecer con el tiempo, unificando los que en realidad decían lo mismo de diferente manera, eliminando los que podían resultar confusos, ambivalentes, parciales, tendenciosos, subjetivos, pasajeros o contradictorios, en la seguridad de que la existencia de tantos significados prescindibles era lo que complicaba las cosas. De este modo, y después de ocho años más de trabajo, llegaron a la conclusión de que con un solo significado englobaban a todos. Mejor dicho, que ese Significado en realidad era todos los significados, y alcanzaba para todo lo que un habitante de (…) pudiera percibir o imaginar.
Los científicos se abrazaron, hicieron un brindis, y uno de ellos, el más anciano, se acerco al gran Computador Central de Imaginaria y apretó una sola tecla. Casi instantáneamente, el Computador dejó caer un cuadradito de papel en cuyo centro había un punto.
–¿Qué cosa es más invariable que un punto? –dijo uno.
–¿Qué cosa es mas absoluta? –dijo otro.
–¿Qué cosa es más inequívoca? –agregaron los demás.
Inmediatamente, los científicos guardaron el cuadradito de papel en un cofre cerrado con varias llaves y regresaron a (…).
La noticia de su hazaña llegó a (…) varios días antes que ellos y los festejos fueron continuos. Todos los habitantes de la región estaban contentos, y nadie se puso enfermo, ni se mareó, a nadie se le cayó el pelo, nadie estornudó ni pidió agua para no ahogarse.
Al final de su viaje, los científicos encontraron una ciudad muy distinta de la que conocían, llena de banderas y gente que les daba la bienvenida. El alcalde organizó una fiesta en la plaza principal, después de la cual, ante la presencia de todos los habitantes de (…), los científicos sacaron las llaves y abrieron el cofre.
El más anciano tomó el cuadradito de papel, y se lo dio al alcalde. El alcalde lo miró, lo dio vuelta, lo pesó ante la mirada de todos, lo dobló, lo desdobló y lo entregó otra vez al científico más anciano, diciendo la palabra imposible de escribir y pronunciar. Desde lejos se podía ver que estaba muy nervioso. El científico más anciano miró el papel, lo dio vuelta, lo pesó, lo dobló, lo desdobló y lo entregó a los otros científicos, repitiendo: “(…)”. Los otros científicos, uno por uno, una y otra vez, hicieron exactamente lo mismo, llenos de angustia.
En el papel había sólo un punto, que como todos saben no significa nada.

[Nota de 2018: Quien quiera encontrar algún parentesco con The Hitchhiker’s Guide to the Galaxy y la computadora que llegó al número 42 como la respuesta a la vida, el universo y todo, tenga en cuenta que la novela se publicó por primera vez unos meses después que este texto. Los primeros seis episodios del programa de radio son del año anterior, aunque no sé si incluían eso del 42. En cualquier caso, podemos pensar tranquilos que ni Douglas Adams se inspiró en mí, ni que yo me inspiré en él.]

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