Cosas que hay en mi biblioteca: Con el título cambiado

No solo pasa con las películas. Acá van dos casos de libros con el título cambiado:

Philip K. Dick, Planetas morales. Título original: The man who japed. Ediciones Cenit, Barcelona, 1960.

Tampoco pasa solo con las traducciones:

Kurt Vonnegut, Utopia 14. Bantam Books, New York, 1954.

Como se ve, en la tapa se aclara: “Published as PLAYER PIANO by Charles Scribner’s Sons”. Casi como si Player piano hubiera sido un título falso, o provisorio, hasta que la novela logró finalmente su título “bueno”.

Cosas que hay en mi biblioteca: El lago y otros cuentos, “de” Ray Bradbury

Ray Bradbury, El lago y otros cuentos. Editorial Pomaire, Barcelona, 1965. (Click para agrandar.)

En agosto de 1971 yo tenía diecisiete años y estaba maravillado con Ray Bradbury. Había leído Crónicas marcianas, El hombre ilustrado, Fahrenheit 451, y probablemente Las doradas manzanas del sol y Remedio para melancólicos. Todo en las ediciones de Minotauro, cuidadas, bien traducidas, respetuosas del autor y del lector. Me encontré con este libro y lo compré entusiasmado. ¡Otra colección de cuentos de Ray Bradbury!

En la contratapa no decía nada, pero como era una edición fina, de tapa dura, con sobrecubierta, había solapa. Seguramente la leí antes de comprar el libro (click para agrandar):

Llegué a casa y me puse a leer. Si confiaba en algo, era en los libros. Si algo no me podía fallar, era un libro. Había pasado y seguiría pasando por ediciones entre malas y espantosas de mi escritores favoritos, las de colecciones como Cenit, Nebulae y otras. Pero les creía a todas. Hasta que recorrí el libro recién comprado y encontré el índice.

El índice no está adelante, a la vista, por supuesto que no. En este libro el índice está atrás, en lo que sería la página 173 si estuviera numerada. Y es así (click para agrandar):

¿Pero cómo? ¿Un cuento de Bradbury, de apenas diez páginas, y después Robert Bloch, Theorore Sturgeon, Edmond Hamilton…? Sí, Sturgeon también me gustaba mucho. Henry Kuttner, que está al final, me gustaba un poco. A los demás no se si los conocía (seguro que conocía a Hamilton, pero no me entusiasmaba). Pero nada de eso era importante. Yo había comprado un libro de cuentos de Ray Bradbury, pero lo que venía era otra cosa. Me sentí profundamente estafado. Leí el libro, porque leía todo lo que compraba. Lo conservé. Pero este libro era basura de la peor calaña, era un engaño malintencionado.

Claro, después que uno ya se enteró, resulta que la solapa no dice en ninguna parte que todos los cuentos sean de Ray Bradbury. Lo que dice es que Bradbury “encabeza esta selección de cuentos”. Pero también se cuida de decir que hay otros autores. La solapa revolotea en torno de la mentira, sin deletrearla y sin desenmascararla.

Impresiona cómo ciertas cosas de adolescencia se quedan con uno para toda la vida. En este caso, lo que me acompaña cuarenta años después es la sensación de asco, rabia, impotencia, que todavía me da cuanto miro este libro.

(Buscándolo en la Web acabo de ver que hay una edición posterior, de Javier Vergara, 1977. La tapa, si cabe, todavía es más engañosa. Tercera Fundación tiene una ficha completa.)

Cosas que hay en mi biblioteca: The mask of Cthulhu, de August Derleth

August Derleth, The mask of Cthulhu. Beagle Books, New York, 1971. (Click para agrandar.)

La tapa se destaca por la variación “horrorífica” sobre la litografía de M. C. Escher:

Cosas que hay en mi biblioteca: Manual del alumno bonaerense

Manual del alumno bonaerense. Tercer grado. Primera edición, segunda tirada. Editorial Kapelusz, Buenos Aires, noviembre de 1962. (Click para agrandar.)

Este fue mi manual de tercer grado. Lo usé tanto que ahora, al hojearlo después de varias décadas, todavía me acuerdo de muchas de las imágenes. A vuelo de pájaro, sorprende la dignidad general del libro. Están las grandes dosis de patriotismo exagerado y simplificado, la omisión cuidadosa de genitales en la parte sobre anatomía, el envejecimiento irremediable de muchos temas. Pero otras cosas, muchas, siguen estando bien, o al menos no despiertan nada peor que comprensión por lo que se pensaba en la época.

Es raro el ordenamiento de temas, que seguramente tendrá que ver con el programa de estudios. Se puede ver en la primera página del índice, con la alternancia de “El Virreinato” con “El trabajo” y “Manuel Belgrano” con “El suelo” (click para agrandar):

Por supuesto, hay cosas graciosas. A veces con intención, a veces porque (creo) hoy no las haríamos así. La que sigue cumple ambas condiciones (click para agrandar):

En general, un reencuentro más placentero de lo que hubiera creído.

Fotos de Jorge

A principios de 1991 fui a Colonia del Sacramento, a visitar a Jorge, mi amigo del alma. Llevé una cámara de fotos que me prestó Douglas, mi otro amigo del alma. Durante los días que pasé en su casa, Jorge y yo nos sacamos mutuamente una cantidad de fotos. Un par de esas fotos llegaron a ser publicadas mucho tiempo después (a través de copias que conservaron Alicia y Juan Ignacio, la familia de Jorge), cosa que me encantó. Pero nunca me animé a ponerlas en mi blog. Ahora que pasaron veinte años (¡veinte años!) me siento lo bastante audaz como para juntar esas dos con algunas más y publicarlas aquí. (Siempre admiré a Mario Levrero, aún antes de conocerlo. Pero en estas fotos quien está es Jorge, mi amigo, y por eso insisto en el nombre íntimo y no el nombre de las tapas de libros.)

En agosto de 2006, a dos años de la muerte de Jorge, esta foto salió, en blanco y negro, en el suplemento especial que le dedicó El País de Montevideo
Esta foto está en la tapa de Conversaciones con Mario Levrero, libro de Pablo Silva Olazábal
Otras fotos de la misma serie:

 

 

 

 

 

 

Aquí con Juan Ignacio Fernández, su hijo
Aquí con Alicia Hoppe, su esposa
Como bonus track, el perro Pongo

El hilo

¡Nuevo libro! El hilo, con imágenes de Claudia Degliuomini y textos míos. Publicado por Libros-álbum del Eclipse, colección que dirige Istvan Schritter. Dice la contratapa:

“El capitán del barco fuera de tiempo, el hombre que arregla ascensores, la noche que espera sentada, la soledad obediente… a todos enhebra el hilo para convertirlos en algo distinto. ¿Hilo narrativo? ¿Hilo conductor? Lo sabremos al final. Las acuarelas de Claudia Degliuomini y los textos de Eduardo Abel Gimenez se cosen en un entredós: mínimas historias que bordan otra historia, la que el libro oculta (¿o devela?).”

Más (y mejores) fotos, en el blog de Claudia.

Reseña de El fondo del pozo

El fondo del pozo es una novela de ciencia ficción, pero una novela especial. Un tinte surrealista tiñe la historia confundiendo a los personajes y, junto con ellos, al lector. Y es que en el interior del pozo, las causas y los efectos tienen sus propias reglas, que nunca se llegan a conocer.”

Bonita reseña de mi novela El fondo del pozo, por José M. Larrea, en la revista online Sudor de Tinta. (La imagen de la tapa está tomada de ahí.)

Hacia el final, una reflexión que me sorprendió. Resulta que los tres personajes principales de la novela “piensan juntos”, es decir tienen una especie de telepatía extraña a la que nunca se llama por ese nombre. Larrea, entonces, dice:

“Es interesante ver cómo los personajes se refieren a esta manera de pensar: según ellos, cuando piensan juntos están conectados y cuando piensan por separado (por algún acontecimiento externo que los conmociona) están desconectados. Basta ver que la novela se publicó en 1985 para quedarse consternado. De alguna manera, El fondo del pozo se anticipó más de veinte años y nos habla directamente a nosotros, a nuestra realidad, en la que las comunidades y redes sociales tienen como idealidad una pertenencia común y un pensamiento compartido. Y si se tiene en cuenta que la habilidad de Sabrasú, Calibares y Gadma fue adquirida (al menos en teoría, ya que nada en esta novela es pasible de ser afirmado) por medio de la manipulación de una máquina, entonces da más que pensar. Este solo hecho justifica que se saque a esta novela del olvido en que está confinada. Y si le sumamos que es entretenida y está buena, tanto mejor.”

“Vistas dinámicas” en Blogger

Blogger presentó una magnífica colección de formas nuevas de ver un blog. Están disponibles para todos los blogs alojados en blogspot.com. Para encontrarlas hay que agregar /view a la dirección normal del blog, con lo que aparece la primera de esas nuevas presentaciones; para encontrar las siguientes, hay que hacer click en un botón celeste que hay arriba a la derecha, del que se despliegan las opciones correspondientes.

Aquí van descripciones y capturas de pantalla de cómo se ve Ximenez. Son apasionantes las maneras diversas en que se puede mostrar la información. (Click en cada imagen para agrandarla al tamaño real. Los links llevan a las vistas correspondientes de este blog.)

Flipcard

En Flipcard, cada post aparece en una tarjeta cuadrada. Si hay una imagen, lo que se ve es la imagen. Si no la hay, lo que se ve es el título del post. Al pasar el cursor sobre un post, la tarjeta “se da vuelta” (con una animación), muestra la fecha y, si había una imagen, la sustituye por el título del post. Es lo que ocurre en la captura de pantalla con “La calle angosta”, el tercer post de la primera hilera. El número indica la cantidad de comentarios que tiene el post.

Mosaic arma con los posts un entramado de mosaicos de distintos tamaños, según su contenido más una dosis de azar. Si el post tiene imagen, es lo que se ve. Si no, aparece el título y parte del texto. Cuando el cursor pasa sobre un post, se ve un poco más grande. Mosaic no siempre tiene éxito en mostrar un aspecto logrado; por esa razón no puse la parte superior del blog en la captura de pantalla, sino un fragmento de más abajo.

Sidebar es la opción por defecto: se ve con solo agregar /view a la dirección del blog. Es también la más simple. En la columna de la izquierda aparece la lista de títulos de posts, con thumbnails de las imágenes cuando las hay, y la cantidad de comentarios del post seleccionado. También surge el número de comentarios de un post cuando se pasa el cursor sobre el título. En la columna grande aparece sólo el post seleccionado a la izquierda.

Snapshot sólo muestra los posts con imágenes. Si sólo hay texto, el post no aparece. Al pasar el cursor sobre  una imagen se ve el comienzo del texto que la acompaña.

Timeslide

Timeslide reparte los posts en tres columnas. La de la izquierda muestra mayor detalle: fecha, imagen, fragmento de texto. La del centro ya no muestra la fecha ni la imagen. En la de la derecha hay nada más que títulos. Cada post sólo está en una de las columnas, no en las otras. Es decir, no es que un post que aparezca en una de las columnas se repita con menor o mayor detalle en otra. Al pasar el cursor sobre un post de las primeras dos columnas sale la cantidad de comentarios. Sobre la tercera columna, además de ese número también se muestra el comienzo del texto.

Un rasgo de estas “vistas dinámicas”, como las llaman, es la página infinita. Igual que pasa en Facebook y otros sitios, cuando uno llega al pie de la página se carga más contenido, y la página se alarga.

Eso sí, para ver estas cosas hay que tener un navegador moderno: en Internet Explorer 8, por ejemplo, aparece un amable cartel con links a las versiones de Firefox, Chrome, Safari e Internet Explorer que sí las muestran. Tampoco se ven en teléfonos y otros aparatos móviles.

Aquí va un video de presentación de estas vistas, donde se demuestran varias cosas que no incluí arriba:
[youtube https://www.youtube.com/watch?v=fuDuNV4h_ZI]

Umberto Eco y las computadoras en los ochenta

Estamos en el comienzo del capítulo 5 de El péndulo de Foucault, de Umberto Eco. Instalan una computadora en la oficina. Se da el diálogo:

“—No te servirá para nada. ¿No pretenderás copiar ahí los manuscritos que no lees?

“—Sirve para clasificar, para ordenar listas, actualizar fichas. Podría escribir un texto mío, no los de otros.”

La novela se publicó en 1988. Sin duda fue escrita durante los años inmediatamente anteriores. Eco acusa recibo de la nueva tecnología, y aunque no se pone a describirla vemos atisbos. Un cuarto de siglo más sabios, descubrimos que todavía había diskettes, por ejemplo, y no discos rígidos. Pero esos detalles no son los que importan. El diálogo de arriba muestra un cambio más profundo, un cambio cultural, social, de mentalidad: por entonces la computadora estaba hecha para que uno metiera datos en ella, no para obtenerlos. Clasificar, ordenar listas, actualizar fichas. Todo hecho por uno mismo, nada de Google. Escribir un texto, y las opciones eran que fuera propio o copiado de otros, pero siempre escribirlo. Nada de leerlo.

Era así. Sin embargo, el signo más grande del cambio aparece unas páginas después. En esa época, si uno tenía una computadora debía poder programarla. Eso nos cuenta Eco sin saberlo, mientras cree relatar un intento de obtener los distintos nombres de Dios. Visto desde hoy, no es obvio que sus personajes, el dueño de la computadora y su amigo el narrador, tengan que saber Basic. Sin aviso ni conciencia de época, así como hoy en día uno podría mencionar a Facebook, Eco le endilga a Belbo lo que sigue:

“[—]Pues bien, mira en este manual, tengo un pequeño programa en Basic que permite permutar todas las secuencias de cuatro letras.”

Y después:

Está bien, Belbo no escribe el programa, lo toma de un manual. Pero lo entiende. Y más todavía, el narrador (que se dedica como Eco y Belbo a las letras, a la filología, a lo medieval, y no a programar) pone pronto las manos en la masa:

“Tenía que componer un programa para anagramas de seis letras, y bastaba con modificar el que ya tenía para cuatro. […] Volví a subir, dejé los bocadillos en un rincón, pasé enseguida al whisky, inserté el disco de sistema para el Basic, compuse el programa para las seis letras, con los errores habituales, por lo que tardé más de media hora, pero hacia las dos y media el programa estaba funcionando y la pantalla hacía desfilar ante mis ojos los setecientos veinte nombres de Dios.”

Por si hace falta, doy fe de que era así. Tuve computadoras en los ochenta, y las programé. En Basic. Si hubiera leído El péndulo de Foucault en 1988 nada de esto me hubiera sorprendido. O sí, pero en otro sentido: ¡qué al día está Umberto Eco!

Los años siguientes fueron la historia de cómo la mayoría de nosotros dejamos de programar nuestras computadoras. Si hoy Eco se pusiera a escribir ese capítulo, no mencionaría el Basic (ni, ya que estamos, modernizaría el relato con una dosis de JavaScript o C++). Buscaría un programa online, y por supuesto que lo encontraría.

Si queremos generalizar, toda novela es un relato involuntario de ciertos aspectos de época. Entiendo. Esto no es distinto. Y ni siquiera terminé de leer El péndulo de Foucault, que encaro por primera vez en la vida. Pero me llamó la atención y tuve ganas de compartirlo.

Nota del día siguiente: Hay dos errores de tipeo en el código, por culpa de la semejanza entre la letra I mayúscula y el número 1. Donce dice “80 IF I3=11 THEN 120″ debe decir “80 IF I3=I1 THEN 120″. Y donde dice “90 IF I3=12 THEN 120″ debe decir “80 IF I3=I2 THEN 120″. Sí, se ve muy parecido. Me hace acordar que muchas máquinas de escribir carecían de número 1: había que usar la ele minúscula. Fue un largo y difícil aprendizaje, con la llegada de las computadoras y la necesidad de programarlas, acostumbrarse a que un 1 y una l no eran lo mismo.

La invasión de las palomas gigantes

El lunes empieza sin mayores esperanzas, como suele ocurrir con los días, y va empeorando de a poco aunque nadie se ocupe de juzgarlo. A las seis de la tarde se esta yendo sin gloria, cuando aparecen las primeras aves. Son cuatro, mezcladas con los autos y la gente en la esquina de dos avenidas muy transitadas. Algunos creen que al principio son cinco, y que una se pierde rápidamente en el interior de una obra en construcción. Es posible. Pero las seguras son cuatro, y en algo tenemos que creer aunque no sirva para nada.

—Parecen palomas, pero de un metro de altura —dice alguien por televisión. La cámara enfoca una paloma gigante, que mira con la cabeza inclinada. Cuando el entrevistado termina su frase, la paloma corre hacia el camarógrafo y le picotea la entrepierna.

Dos aves atacan a un motociclista que se les va encima y lo hacen caer. La cuarta sube a un colectivo: el conductor escapa mientras la gente se amontona en la parte de atrás, peleando por bajar.

Parecen muchas más que cuatro porque son rápidas y cambian de lugar todo el tiempo. Y porque son gigantes. Una de ellas despliega esas alas enormes que tienen y levanta vuelo. Desde el balcón de un segundo piso se convierte en la imagen que el mundo reconocerá en el futuro, el ícono de este lunes, a través de una foto tomada desde un teléfono celular.

En este momento, si uno busca en Google “paloma gigante” encuentra trece mil resultados. Dentro de unos días serán más de seis millones.

Por la radio pasan otra canción sobre el amor perdido, que nadie quiere escuchar.

* * *

Tengo sesenta años y estoy parado en la puerta de un bazar, mirando lo que ocurre. Una paloma gigante pasa corriendo junto a mí y se mete en el local. Me doy vuelta para mirarla y tropiezo con una mujer de unos cincuenta años, labios finos pintados de rojo, pelo corto teñido de rubio, vestido azul brillante que le llega un poco por arriba de las rodillas. La mujer de azul me entrega un bate de béisbol y señala hacia la paloma.

—Haga algo —grita. Como ve que me quedo quieto, aclara: —Soy la dueña del bazar.

Por culpa de la sorpresa me encuentro con el bate en las manos antes de poder decir que no. Entro al local. La paloma gigante camina entre las estanterías llenas de platos y azucareras. Dos chicas de camisa blanca y pollera gris miran desde atrás de un mostrador. Agarro el bate con más fuerza y me acerco a la paloma, que sigue avanzando sin prestarme atención. Miro atrás: la dueña del local me alienta con un gesto de las manos.

El bate apenas cabe entre los saleros de porcelana y las fruteras de cristal. La paloma se mueve con libertad porque sabe menos que yo de lo que se rompe y lo que no, o no le importa. Movimientos de paloma: vaivén de la cabeza, mirada a un lado, mirada al otro, picoteo del piso. Pero todo gigante. Un metro de altura. Apoyo el bate en el hombro derecho y avanzo otro poco.

Suena música. Me permito mirar atrás por un instante y veo que son las vendedoras, que se han puesto a cantar a dúo, en voz baja, mientras golpetean con los dedos en el mostrador. Tal vez quieran alentarme, pienso.

La paloma se arrincona a sí misma entre una pared de copas y otra de cacerolas. ¿Se puede decir que me da la espalda? ¿O que veo su cola? ¿O que mira en dirección contraria a mí? Lo que corresponda. Levanto el bate, apenas por encima de la cabeza, y lo sostengo así, inmóvil, unos segundos. La paloma se da vuelta y me mira. Retrocedo un paso y me escondo a medias detrás de la punta de la góndola. La paloma empieza a acercarse.

La música de las vendedoras se está haciendo más intensa. Cantan sin palabras, golpean con ambas manos y con los pies. La dueña está unos metros detrás de mí, con los brazos en jarra (creo que es la primera vez que uso esta expresión). Por mi lado no cambia nada: sigo escondido tras la punta de la góndola. La paloma me mira.

Transcurre un compás de la música. Transcurre otro compás y medio. La paloma está por hacer alguna otra cosa, no puede quedarse tanto tiempo quieta, no es propio de un ave, ni siquiera si es gigante.

Siento que me quitan el bate de las manos. Es la dueña, que ha venido taconeando por el pasillo al ritmo de las vendedoras, sin que yo quisiera darme cuenta. Esgrime el bate a la manera de un profesional, como he visto hacerlo unas cuantas veces por televisión. La paloma arremete contra ella. La música se hace potente, feroz. Creo que hasta yo podría descargar un golpe mortal con esa música como respaldo. Por suerte no tengo que hacerlo. Cuando la paloma llega a la intersección de las góndolas, la mujer mueve el bate con todas sus fuerzas y se lo estrella en el costado de la cabeza. La paloma cae sin hacer ruido.

Fin de la música. Las vendedoras vitorean y aplauden. Yo miro hacia otro lado, aunque me parece que no queda ningún lado al que se pueda mirar.

Ni un solo vaso ha sido herido en la ejecución de esta escena.

* * *

Hacia las ocho de la noche las palomas gigantes están muertas, en el pavimento, en la estación de subte (donde fue a parar la misma del colectivo, obviamente especializada en medios de transporte) y en el bazar. La policía trata de mostrar que está a cargo de la situación: pone vallas, dirige el tránsito, se niega a responder preguntas. La televisión sigue entrevistando gente (otro camarógrafo). La gente solo habla de esto, pero se puede decir que el barrio ha quedado en calma. Durante varias horas no pasa nada más.

De madrugada, los diarios impresos presentan la noticia en primera plana, pero en un lugar secundario. No es lo más importante que tienen para decir. “Cuatro palomas gigantes en la ciudad”, titula uno. Y otro, con espíritu sensacionalista: “Cinco palomas gigantes en la ciudad”. Al amanecer, cuando todavía los están distribuyendo, esos diarios ya son irremediablemente viejos.

Es que, para entonces, en la ciudad hay muchos cientos de palomas gigantes.

* * *

Tengo diez años y miro hacia afuera por la ventana de mi cuarto. Soy tan chico que todavía no sé lo que no sé, y si puedo decir esto es porque alguien lo escribe por mí, no soy realmente yo quien está detrás de estas palabras sino un intermediario que editorializa y cambia el sentido de las cosas.

Miro hacia afuera por la ventana de mi cuarto. Es temprano. Me acabo de levantar y viene la hora de ir a la escuela. Miércoles. El pasto está oscuro, casi como de noche, y en cambio el árbol está iluminado por el sol. Una paloma gigante viene volando y aterriza en medio del jardín. Que yo sepa es la primera del barrio, sino no habría clases. La cabeza le llega a la altura de las rosas. Oigo que mamá dice algo desde la cocina, pero no entiendo las palabras. Enseguida viene otra paloma, y después otra más, y otras dos. Son agresivas las palomas, no sé si ya me di cuenta o es el escritor quien lo dice, así que se picotean unas a otras, se marcan espacios y jerarquías. Paloma Número Uno tiene derecho a picotear la mejor tierra. Pero Paloma Número Cinco mira desde las baldosas, donde no hay nada.

Me siento en la cama y me pongo las zapatillas apurado. Ahora mamá habla más fuerte que antes, pero no creo que me esté llamando, más bien parece que le dice algo a papá. Tendría que ir a la cocina, pero en cambio vuelvo a mirar por la ventana.

Entonces vienen las palomas número seis a número cien. O algo semejante, no las puedo contar. Cien palomas gigantes en el jardín ya no caben, ya no pueden determinar jerarquías ni numerarse con prolijidad. ¿A quién le toca ser Paloma Número Setenta Y Tres? Se enciman, se aletean, se patalean. Las más fuertes quedan en una capa superior, haciendo equilibrio en los lomos y cabezas de las más débiles.

Hasta que llegan las palomas número ciento uno a número ochocientos. No sé cuántas, en realidad. Lo que sé, y esto apenas lo pienso pero me sorprende, es que puedo oír a mamá a través del ruido de las palomas. Así que está gritando.

Claro, hasta ahora no dije nada del ruido. Tendría que haber dicho, porque además de agresivas, las palomas gigantes son ruidosas, y más cuando hay mil quinientas, tres mil, peleando por el espacio. Los aleteos, los golpes, las caídas son nada: el rugido es lo peor. Como el mar. Cada paloma gigante ruge a la manera de una gota, pero la suma de gotas forma esas olas que destruyen murallas.

Ya no es solo que están unas sobre otras, ni unas sobre otras sobre otras sobre otras. Ocupan todo el espacio en tres dimensiones, se convierten en un líquido, un líquido viscoso que de a poco va llenando el recipiente del jardín hasta derramarse por encima de las paredes a los otros jardines. Cómo van a protestar los vecinos cuando se enteren.

Ahora no oigo a mamá. Tendría que haber ido a la cocina mientras su voz me abría paso. Pienso: ya voy, enseguida. Pero tengo que mirar la ola de palomas gigantes que ruedan sobre sí mismas, que a fuerza de derrame y rugido llega a mi ventana, golpea el vidrio…

Mamá, la ola está de mi lado.

Doy un paso atrás, y para que vean que me muevo rápido les cuento que sigo dando pasos atrás hasta golpearme contra el placard. Apuesto que ustedes no hubieran podido hacerlo. Igual no alcanza. La ola, líquida y profunda como es, me encuentra y me lleva consigo.

* * *

No vienen de ningún lado. Nadie ve de dónde vienen. No se sabe ni se sabrá. Lo lamento.

* * *

La cámara, montada en un helicóptero, muestra el océano de palomas gigantes que está cubriendo la ciudad. Algunos edificios sobresalen como islas puntiagudas. El color es gris, y es también rojo. El reportero grita por sobre el ruido del helicóptero, tratando de aportar algo a lo que se ve, sin lograrlo: “asombroso”, “terrorífico”, “inexplicable”, todo así.

El piloto del helicóptero tarda demasiado en comprender que lo que hay delante no es una nube. Quedan palomas gigantes por llegar, por descubrir, por mostrar.

La transmisión interrumpida, emitida en directo, se convierte en el video más visto del día en YouTube.

* * *

Tengo treinta años y estoy soñando con lo que haré de mi vida, como siempre. La paloma gigante me acompaña en el cuarto. La dejé entrar por capricho, por ir en contra de esa urgencia terrible que mostraba la televisión, la urgencia de patearlas, dispararles, cortarles la cabeza, matarlas o morir.

Todavía digo “mi cuarto”, pero no, es mi casa. Mi departamento de un ambiente. Vivo solo desde hace poco. Aquí mi cuarto lo es todo. Tengo kitchenette y baño. Y ahora, una paloma gigante.

Le hablo a mi paloma.

—Me gustaría tanto arreglar las cosas —le digo—. ¿Podemos cooperar?

La paloma camina como todas las palomas, con ese movimiento de cabeza ridículo que el tamaño excesivo convierte casi en monumental. Aunque también puede decirse que lo monumental siempre acaba convertido en ridículo. No contesta, claro, porque las palomas no hablan, ni siquiera esta.

—Es evidente que ustedes tampoco controlan la situación —le digo—, porque se mueren tanto como nos matan a nosotros. Pero la televisión las trata como el enemigo, los tweets también, mis amigos en Facebook solo piensan en destrozarlas, en vez de entender que ustedes y nosotros estamos juntos en el mismo problema.

La paloma gira la cabeza y me mira, con el cuello torcido, sin mover el cuerpo. Tal vez me entienda.

Este es el momento clave, estoy seguro. Ahora es cuando encuentro el sentido de todo, el objeto de mis búsquedas, la razón para el estudio y la reflexión. Sé que nadie en la ciudad piensa en las palomas como pienso yo. Nadie en esta ciudad imbécil, suicida, ciega. Solo yo, sin nadie que me oiga salvo el ave de ojos redondos que comparte mi espacio.

—Dame una señal, paloma —le digo—. Un gesto. ¿Te das cuenta de que estamos en el mismo lado del problema? ¿Te das cuenta de que debemos encontrar una solución?

Si hay una señal no la distingo. La paloma vuelve a caminar en torno al cuarto. De pie sobre una silla, le dejo todo el espacio posible.

Tengo la ventana cerrada, así que no puedo ver lo que ocurre afuera. No hace falta, lo vi hace un rato y no puede haber cambiado tanto. Mi paloma y yo estamos a salvo aquí, lo sepa ella o no lo sepa, y tengo que aprovechar el rato que nos queda para salvar el mundo.

—Paloma —le digo—, tenemos que pensar juntos. Ahí afuera no hay lugar para la razón. A esta altura nadie, paloma o persona, puede hacer otra cosa que morir del modo en que estpa muriendo. Tenemos la oportunidad, vos y yo, juntos, de lograr algo distinto. ¿Me estás escuchando?

La paloma despliega las alas y vuelca la taza de té que había sobre la mesa.

* * *

El viernes, a cuatro días de la llegada de las palomas, no se reciben señales de la ciudad. Nadie contesta teléfonos ni aparece en Internet. Desde la distancia (por ejemplo, desde un satélite en órbita baja o desde un avión en vuelo alto) se ve que algunas palomas todavía están en movimiento. Pero no personas. Ya no llegan palomas nuevas, parece que se acabaron.

Todas las palomas gigantes se han concentrado aquí. Las únicas que hay en el resto del mundo son las que se han llevado militares extranjeros para estudiarlas. La población de la Tierra respira con cierto alivio, pensando que la invasión ya no se va a extender, aunque nadie puede estar seguro de que no se reinicie en otro lado.

Al amanecer del día siguiente, el sol que nos queda se sigue alejando, como si nada.