La música de hoy

  • Neil Young, “After the gold rush” (1970)
  • Neil Young, “Harvest” (1972)
  • Neil Young, “On the beach” (1974)
  • Solas, “The hour before dawn” (2000)
  • Karan Casey, “Distant shore” (2003)

F 41-45

Subido a la silla de los pacientes, auscultaba la pared con el estetoscopio, tratando de descubrir si al otro lado había algo.

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Como una enfermedad, la vejez se extendía por su organismo de manera despareja: las manos eran más viejas que la nariz, y la nariz más que las orejas.

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El sistema de defensa se puso en guardia, analizó el sonido y se aquietó otra vez, frustrado a la manera de las máquinas.

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Saludé a la mujer del portero, que espiaba mis movimientos con vistas a quién sabe qué clase de informes nocturnos.

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Andaba a los saltos entre piletas de hierro líquido y géiseres de agua hirviente, apoyando un pie en un hueco de la roca, una mano en el borde de un andamio, otro pie en un balde boca abajo, otra mano en una viga floja, y así sucesivamente, evitando las peores corrientes de aire.

La música de hoy

  • Joni Mitchell, “Court & spark” (1974)
  • Graham Nash, “Songs for beginners” (1971)
  • David Crosby & Graham Nash, “Wind on the water” (1975)

81-85

F 36-40

De pronto, sin saber cuándo se produce el cambio, me encuentro de un lado o del otro, y en ningún momento soy capaz de recordar cuál es mi lado verdadero, el lado del cual provengo.

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Detrás de él, el tubo neumático estornudó de un modo tan humano que lo hizo sonreír.

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Al otro lado de la calle, mi propio balcón se distinguía de los demás por la toalla color naranja: un buen motivo para no descolgarla.

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Apoyó una mano en el escritorio y se inclinó para recoger el papel con la otra, flexionando rodillas, codo y cintura del modo más armónico que pudo, sin sobrepasar los límites de la seguridad.

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Los ruidos de la calle llegaban amplificados por algún fenómeno acústico, pero sin definición, como surgidos de una máquina de hacer ruido más que de la actividad de la gente.

76-80

F 31-35

No sabía hasta qué punto los guardianes que había al otro lado del teclado eran capaces de leer entre líneas, pero en los momentos de pesimismo llegaba a temer lo peor.

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Tuvo ganas de estornudar, tal vez a causa de los detalles insólitos de la situación, pero se contuvo.

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La araña volvía a asomarse y a meterse adentro: se veían dos patas, luego ninguna, luego tres y la cabeza, luego una sola.

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Las ventanas abiertas y las ventanas cerradas de los otros edificios daban un ejemplo ideal de distribución aleatoria.

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Un poco antes del fondo se abría otro agujero, perpendicular al primero, que corría hacia la izquierda.

71-75

F 26-30

El ventilador de techo devuelve hacia mi nariz cada una de las volutas de humo que con extraordinario placer el oficial lanza al espacio.

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El ruido avanzaba en formación de combate sobre el polvo del piso, las grietas de las paredes y las cáscaras del techo: ninguna fuerza parecía capaz de contener esa invasión impalpable pero feroz, que ya había alcanzado los últimos rincones y sin embargo seguía expandiéndose como un gas caliente.

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Juntó el coraje necesario, fue hasta la puerta y la entreabrió apenas lo suficiente para espiar con un ojo.

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Las sombras de la pantalla dibujaban más sombras en las caras y en el techo, marcando arrugas y desniveles.

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Era un día de sol, de esos en que uno empieza creyendo que va a llover porque una neblina carbonosa, propia de la ciudad, se las ingeínia para opacar las cosas y hacerlas más pesadas.

66-70