El Chango Reina

—El Chango Reina. Ese era bueno.

—¿Quién?

—El Chango Reina.

—No lo conozco.

—Era el mejor. Tocaba con dos dedos.

—¿Tocaba con dos dedos y era el mejor?

—Lo escuchás y te querés morir.

—Eso no me parece bueno.

—¿Qué cosa?

—Que te quieras morir.

—Te querés morir cuando ya viviste todo lo que querías.

—Pero también cuando sabés que no podrás vivir todo lo que querías.

—No es el caso.

—O cuando ya no aguantás lo que estás viviendo.

—Yo soy feliz.

—¿Y te querés morir por ser feliz?

—No, por haber oído al Chango Reina.

—¿Ese también se murió?

—Hace cincuenta años.

—Porque quiso, me imagino.

Se puede calcular

Se puede calcular cuánto tiempo lleva un auto parado en el mismo sitio por la cantidad de papeles de propaganda que tiene enganchados en los limpiaparabrisas.

La pantalla se nubla

La pantalla se nubla. Tengo sueño. Hay un relato en desarrollo atrás de ese vidrio curvo, pero pasa unos cinco centímetros por arriba de mi cabeza, errando el blanco. Hay una copa de vino aquí en el suelo, junto a mi pie izquierdo, que levanto y le regalo a mi mujer. Me despido del día y me voy a dormir.

Dejo la puerta entrecerrada, como siempre. Pero esta vez queda demasiado cerca del marco. Viene una corriente de aire, tal vez proveniente del relato que sigue allá dentro del televisor, y la golpea con suavidad. Nada grave. Apenas lo suficiente para que me dé vuelta en la cama y decida reaccionar, moverme, abrir la puerta un par de centímetros para que no vuelva a golpearse. Sin embargo, no lo hago: a esta hora, cuando trato de dormirme, es cuando tengo la cabeza más llena, cuando más cosas ocurren dentro de mí, y me olvido rápido de las decisiones.

La puerta se golpea otra vez, un ruido manso, delicado, muy irritante. Ahora sí, pongo un pie en el piso, giro la espalda con el dolor habitual en ese músculo cuyo nombre me gustaría saber, y un segundo más tarde estoy perfeccionando la distancia entre la puerta y el marco, midiéndola con los dedos de la mano derecha. Cuatro dedos, y la puerta no volverá a golpearse.

Ahora sí, me acuesto a pensar en muchas cosas frente a la luz apagada y, con suerte, dormir hasta mañana. Mañana es en realidad mi hijo Gabriel, que a las dos y cuarto viene a visitarme porque ha tenido una pesadilla. La vida es errática.

Miradas

Foto por Eduardo Abel Gimenez

Espejo espejito

Foto por Eduardo Abel Gimenez

Las nubes del día

Foto por Eduardo Abel Gimenez

Foto por Eduardo Abel Gimenez

Interminable

Eran las 32:75 de un día interminable.

Imaginaria inaugura un foro de discusión sobre literatura infantil y juvenil

Imaginaria inaugura un foro de discusión sobre literatura infantil y juvenil en el sitio de EducaRed. Soy el administrador y moderador. Durante los próximos días tendremos como invitado especial a Luis María Pescetti. Me gustaría mucho encontrar por allí a algunos lectores de este weblog.

Empezó la noche de un viernes

Empezó la noche de un viernes, sin darse cuenta, cuando cruzó la calle delante de un Fiat Uno blanco que venía a toda velocidad. La conductora del Fiat pegó un volantazo de último momento, empezó a frenar unos metros después de haberlo pasado, gritó algo por la ventanilla abierta y acabó yéndose como había venido, sin perdonar a los neumáticos.

Cuando llegó a la otra vereda supo que había descubierto algo.

A la mañana siguiente cruzó frente a un Volkswagen Polo de color más rojo que la sangre. No venía tan rápido, pero pasó más cerca. El conductor ni siquiera reaccionó.

Se quedó unos instantes en la vereda de enfrente, y en cuanto vio venir una camioneta Isuzu negra se preparó. Midió los tiempos, y a último momento saltó hacia adelante. Pasó justo. Nadie habría podido medir la distancia entre el paragolpes y su rodilla izquierda. A bordo de la camioneta iba una mujer con dos chicos. Tocó un bocinazo tardío, giró en dirección contraria, estuvo a punto de llevarse un árbol por delante y paró a media cuadra de distancia.

Hasta ese momento, la mejor experiencia.

Durante los días siguientes corrió frente a varios modelos de Renault, Ford, Chevrolet. Apenas esquivó un Honda. Estuvo a punto de caer bajo un viejo Opel. Ensayó, con poca emoción, una Harley Davidson que casi terminó estrellándose. Cuando ya todo parecía hecho, se le ocurrió empezar con las avenidas de doble mano.

Eligió otro Fiat Uno, también blanco, que venía a bastante velocidad por el carril de la izquierda. Corrió, pasó justo, y se detuvo en seco medio metro después, midiendo las distancias con toda exactitud porque por la mano contraria venía una manada de metal con ganas de sangre.

Un éxito. Varios conductores gritaron. Hubo bocinazos que rivalizaron con las frenadas a ver cuál hacía el ruido más fuerte. Y todo mientras él respiraba agitado en las líneas amarillas.

Lo siguiente fue un colectivo. El 113, que venía pidiendo espacios libres desde un par de cuadras más allá, pasando semáforos casi rojos. Fue fácil. El colectivero ni siquiera cambió el rumbo, ni pisó el freno, ni tocó la bocina.

Ahora tenía por delante un universo nuevo. No sólo cada línea de colectivos, sino toda clase de combinaciones entre colectivos y calles y avenidas de diversos anchos. Y luego de a pares: un colectivo y una camioneta. Y tríos: una moto entre un auto y un colectivo.

Las promesas de una larga y provechosa carrera le dieron vértigo.

Pidiendo

Foto por Eduardo Abel Gimenez