Escasez de relojes

[30/6/2002]

Acabo de ir a un kiosco que está a una cuadra y media de casa. En el camino me preguntaron la hora dos veces. Es la escasez de relojes de los domingos a la tarde, un problema creciente del que ya se ha alertado en muchas ocasiones. Considero que el gobierno debería actuar a la brevedad.

Babelfish

[30/6/2002]

“Today I was changing to little figures in the corner of Monroe and City of La Paz, with another adult people who also enjoyed the best moment the week. I obtained 49 of that needed to my son to complete the album of world-wide Korea-Japan. Now only it needs 63. It is that I never saw an album with so many little figures: nothing less than 576.” (Este absurdo es el resultado de pasar algo que anoté ayer en esta página por Babelfish, de Altavista, un servicio al que todavía hay gente que se toma en serio.)

[30/6/2012]

El link a Babelfish ahora trata de llevar al traductor de Bing, pero no lo logra. Cambiando un poco las cosas, el link correcto es este.

Ahora, el resultado de pasar el mismo texto por el traductor de Bing:

“Today I was changing figurines on the corner of Monroe and city of peace with other adult people who also enjoyed the best time of the week. I got 49 that missing my son to complete the album of the world cups. Now missing only 63. It is that I never saw an album with so many figurines: nothing less than 576.”

El paso del tiempo

[29/6/2002]

La medida perfecta del paso del tiempo y su significado la da el envejecimiento progresivo, y a la vez la vigencia impecable, de aquella frase de Roger Waters en The Wall: “I’ve got fifteen channels of shit on the TV to choose from.”

[29/6/2012]

Durante un tiempo breve se pudo modernizar la frase diciendo “fifty” en vez de “fifteen”. Pero ahora no hay remedio, creo.

Cambiando figuritas

[29/6/2002]

Hoy estuve cambiando figuritas en la esquina de Monroe y Ciudad de la Paz, con otra gente adulta que también disfrutaba el mejor momento de la semana. Conseguí 49 de las que le faltaban a mi hijo para completar el álbum del mundial Corea-Japón. Ahora sólo le faltan 63. Es que nunca vi un álbum con tantas figuritas: nada menos que 576.

Hortografia

[29/6/2002]

Hace unos días anoté que mi hijo y sus compañeros de escuela no hablan castellano, hablan caste. Ahora aparece un artículo que, entre otras cosas, trata de lo mismo: Estoi kontra la hortografia, de Marcos Winocur (vía Libro de Notas).

Caníbal de la dulzura

[29/6/2002]

A mi hijo le gusta jugar en el website de Billiken (las golosinas). Para que pueda hacerlo y enviar sus resultados, hubo que poner una dirección de email. A esa dirección, ahora, mandan la propaganda de la empresa. Ayer vino esta delicia:

Llegaron los Body Parts!

Pedazos de cuerpo hechos gomitas
con el más rico sabor de las Golosinas Billiken!!!
Pedíselas a tu kioskero amigo y convertite
en un caníbal de la dulzura.

[29/6/2012]

Hay esperanzas. El sitio no existe más. Y no encuentro por ninguna parte referencias a esos Body Parts.

El libro de Lanata

[29/6/2002]

Qué cosa el libro de Lanata, mejor dicho la edición del libro de Lanata.

En la tapa, el título aparece todo en minúsculas: “argentinos”. En el lomo, en mayúscula-minúsculas: “Argentinos”. Y en el cabezal de cada página interior, en mayúsculas: “ARGENTINOS”. No es que el diseño lo exija, aclaro por si hiciera falta.

Adentro, Lanata elige llamar a ciertas personas por su nombre completo, en vez del que por un motivo u otro les ha ido dando la costumbre. En particular, a Bernardino González Rivadavia y a Juan Manuel Ortiz de Rosas. Y bueno. Pero dudo que sea una elección el no abrir ningún signo de exclamación. Original! Insólito! Y, a la larga, molesto!

[29/6/2002]

Me refería a este libro (el tomo 1). En ese momento parecía que todo el mundo lo estaba leyendo.

Bad software

[28/6/2002]

Why software is so bad … and what’s being done to fix it (MSNBC, via Arts & Letters Daily.)

[28/6/2012]

Encontré el artículo en PDF.

Día

[28/6/2002]

En ese país el gobierno anuncia cada madrugada qué día de la semana será. Uno se levanta si saber si empezará un lunes o un sábado, un viernes o un domingo. Están quienes piden semanas normales, y están quienes prefieren la espontaneidad. Están quienes apoyan la función del gobierno, y están quienes quieren que el pueblo tome las decisiones. Está quien pone siempre el despertador, por las dudas, y está quien no lo pone nunca.

Capítulo 3 de una novela inconclusa

[28/6/2002]

[Este texto es la continuación de algo que viene del post de abajo.]

Ni siquiera estoy seguro de que la mujer también se esté quitando la ropa. Hace los ruidos adecuados, desabrochar, frotar, pero en la oscuridad todo es posible. Yo no tengo zapatos, los perdí en algún momento anterior de la huida, así que empiezo por el pantalón, luego las medias, y por último la camisa. El slip no, queda en su lugar. Después diré que también me lo he sacado, pienso, pero ahora tengo la impresión de que sin el slip quedaré demasiado expuesto, como si ese trozo de tela estuviera blindado. Es igual a los sueños de la infancia, cuando la falta de ropa se convertía rápidamente en pesadilla. Esto, por supuesto, ya es una pesadilla, pero no un sueño.

Es mejor que nos desnudemos —ha dicho la mujer hace un momento—. La ropa mojada es un estorbo.

Tiene razón, por supuesto. Ya empezaba a sentir el peso de las prendas empapadas, y el frío provocado por el agua al evaporarse. Sin ropa nos secaremos antes, y en todo caso podremos volver a vestirnos cuando la ropa también se seque, si es que nos lleva tanto tiempo salir de este sitio.

La voz de la mujer es como esas telas suaves por un lado y ásperas por el otro. Como lija sobre seda. Como un entrechocar de piedras y campanas. Sale de algún sitio muy profundo y por eso es grave, pero se traba en las complejidades de la garganta, se modifica entre los dientes, la estorba la lengua, y cuando atraviesa los labios trae capa sobre capa de certezas e incertidumbres, de sonidos bien articulados y palabras a medio decir. No sé si percibiría todo esto si pudiera verle la cara, pero resulta que esa voz es lo único que reconozco de ella con toda certeza, y no puedo dejar de analizarla.

Tropecé con la mujer hace mucho tiempo, tal vez una hora entera, ya sin luz. Yo me arrastraba por un tubo, moviéndome a la manera de un gusano torpe o una cucaracha con pocas patas. De vez en cuando adelantaba una mano para tantear si había obstáculos delante, y en una de esas ocasiones tropecé con una cosa blanda que de inmediato se retrajo. Estiré el brazo un poco más, hubo otro contacto efímero y un segundo después algo me aferró la muñeca y la giró violentamente. Más allá alguien gruñía con el esfuerzo.

Resistí. Estiré el otro brazo y atrapé el brazo ajeno que me sujetaba. Hubo un forcejeo acompañado de más gruñidos.

Soltame —exigió la voz de la mujer, la primera palabra que le oí.

Soltame vos —exigí yo.

Como respuesta, usó su mano libre para agarrarme del pelo. Grité, y a continuación hubo un instante de parálisis, de silencio, mientras la situación luchaba por encontrar un nuevo punto de equilibrio.

No sos un guardia —dijo ella, segura de sí misma.

Esperé un momento. Nada cambió.

Vos tampoco —dije, un poco estúpidamente, porque en este sitio todos los guardias son hombres.

Me soltó de pronto y oí que se alejaba, retrocediendo por el tubo.

Un momento —pedí, por algún motivo, y ella dejó de escapar de mí.

No hablamos mucho, no era necesario. Se me ocurre que en ralidad no hablamos en absoluto, y sólo me imaginé un par de frases que tenían poco sentido. Pero no puede ser cierto, porque supe que ella venía del sitio al cual yo quería ir, y yo venía del sitio al cual ella quería ir, de manera que ambos estábamos equivocados. Nos quedamos un rato ahí quietos, atrapados, oyendo nuestras respectivas respiraciones. Hasta que recordé que unos metros atrás había palpado un tubo secundario, más estrecho, que salía del principal. De algún modo nos pusimos de acuerdo y fuimos por allí. Ella iba adelante. Poco después salimos al hueco de las cositas crujientes.

Ahora, sentado en el piso, apoyo la ropa a mi lado y me paso las manos por el pelo aún mojado. No nos hemos movido de donde estábamos. El agua caliente y fétida nos acompaña con su murmullo de olas aficionadas. No hay nada más, ninguna señal de los carceleros o del asesino de un rato antes.

La mujer también está sentada, o al menos eso sugieren los ruidos que me llegan de ella. Tal vez debería encontrar algo sensual en la situación: ambos desnudos, yo casi, ella tal vez del todo, en la oscuridad, mojados, solos. Podría estirar la mano y tocarla, descubrir la línea del cuello bajo el pelo, el hombro. En vez de oír su aliento podría sentirlo en mi cara. En vez de imaginar sus manos podría obtener una caricia. Pero son cosas de otro mundo, de otra época, cosas imaginarias. Me asustan, en realidad, me dan un escalofrío. Tal vez sería mejor estar solo, pienso y no es la primera vez. Entonces el contacto que imagino podría tener otro sentido: podría empujarla, aprovechando que el agua está a sus espaldas, oír cómo cae y salir con la mayor velocidad posible en alguna dirección arbitraria. Si me atreviera a hacerlo no sería mala idea. Pero todo puede fracasar, de un modo u otro todo ha fracasado ya. La oscuridad que me rodea encuentra un fenómeno simétrico en la oscuridad que tengo adentro.

La mujer aspira hondo, suelta el aire de tal modo que deduzco que ha apretado los labios, y habla.

Vamos a seguir la orilla —dice.

¿Por qué? —pregunto.

¿Por qué no?

—¿En qué dirección?

Eso me da igual.

¿Caminando?

Uno de nosotros va a ir adelante, de rodillas, tanteando el terreno. El otro atrás, caminando. Nos vamos a turnar.

Pienso en discutir, pero no vale la pena. No sé desde cuándo ella es la jefa, o hasta cuándo lo seguirá siendo. Todo puede cambiar en cualquier momento, cuando sea necesario, o cuando la situación lo imponga. De momento, ella al menos tiene un plan, o lo que simula ser un plan, o el comienzo de algo que tal vez, con suerte, en el futuro próximo termine siendo un plan. Y lo ha puesto en palabras, lo ha hecho explícito, lo ha llevado mucho más allá que mis ideas primitivas. Por todo eso es mejor dejarme guiar, es más prometedor, y también más económico.

Estamos en esos segundos de vacilación antes de ponernos en marcha, todavía sentados, cuando el entorno vuelve a cambiar. Sin ruido, sin aviso previo, sin nada que lo anuncie, sin contexto, se enciende la luz. No es posible, y sin embargo ocurre: primero es algo que me cuesta entender, algo agresivo que se apodera de mí y que apenas identifico cuando cierro los ojos por reflejo y noto el cambio. Vuelvo a abrirlos con dificultad, parpadeando mucho por la falta de costumbre.

Es una luz blanca, intensa. Pero eso no significa que pueda ver mucho. Hay niebla, todo es niebla. El piso desaparece a pasos de mí en una nube grisácea. Una línea apenas perceptible indica la orilla del agua, y más allá nada. Hacia arriba también se ve gris. Hilos de vapor se desplazan en distintas direcciones, lentamente. Lo único tangible, lo único que me acompaña en este repentino infierno de claridad, es la mujer.

Está completamente vestida. Lleva pantalones y remera negros, con los brazos descubiertos. El pelo también es negro, le llega a los hombros a partir de una raya trazada un poco a la izquierda del centro, y lo sacuden los movimientos frenéticos de la cabeza con que ella también absorbe las nuevas percepciones. Es maciza, fuerte, grande. Tiene hombros anchos y cuadrados. Pero la cara es pequeña, muy pálida, con la frente un poco abultada y la nariz redondeada en la punta. Los ojos están fruncidos, seguramente como los míos, bajo unas cejas rectas y espesas. La boca es de labios gruesos, el inferior curvado hacia abajo hasta casi tocar la pera.

No tiene más de quince años.

[Sigue, con suerte, otro día.]