Capítulo 2 de una novela inconclusa

[Este texto es la continuación de algo que empezó ayer, en el post de abajo.]

No hay fondo ni superficie. No hay arriba ni abajo. Pataleo en un caldo infinito, tibio, mejor dicho caliente como el agua de una bañera recién preparada. Sería un buen lugar donde dormir, si hubiera aire. Sacudo los brazos, giro sobre mí. El agua resiste mis movimientos, pero nada me apresa. Si sólo supiera hacia dónde ir para respirar.

Toco algo con el pie derecho, seguramente el fondo, y empujo con toda la fuerza que me queda. Doy brazadas. Entonces me doy cuenta del error, y todo se aclara con la velocidad de las mejores intuiciones: lo que he tocado es una pared, el fondo en realidad está hacia allá, la superficie hacia aquí, y si ahora quiebro la cintura en esta dirección, muevo los brazos hacia esa otra y doy un empujón final…

Mi cabeza quiebra algo con un estruendo comparable a los disparos de un minuto atrás. Es la separación de agua y aire. Tengo medio segundo para llenar los pulmones antes de hundirme otra vez, volver a pelear contra el universo y luchar por otro medio segundo de libertad.

Cuando me estabilizo con la cabeza fuera del agua me doy cuenta del gusto que tengo en la boca. El agua es muy salada, pero además contiene algo que me da ganas de vomitar, no sé qué, no puedo reconocerlo aunque me recuerda cosas diversas. Escupo varias veces, pero todo eso es secundario: lo esencial es encontrar algo de qué agarrarme.

La intuición prodigiosa de antes sigue funcionando, porque aún en la oscuridad completa que me rodea sé con toda precisión dónde está la pared que he tocado con el pie, seguramente la misma pared por cuyo borde rodé al agua. Me muevo torpemente hasta encontrarla. Levanto un brazo fuera del agua, aprieto los dedos contra el borde que está apenas unos centímetros más arriba, levanto el otro brazo, y con las dos manos aferradas allá arriba apoyo la frente en la pared para respirar todo lo que necesito. Hago ruido, pero por ahora no me importa.

No sólo tiene mal gusto el agua, también apesta. Debería salir. Pero me duelen los músculos, no tengo el entusiasmo necesario para impulsarme por encima del borde. Y una vocecita un poco infantil me susurra que además voy a tener frío fuera del agua, que está tan cálida, tan cómoda. Sé que no estoy pensando bien, pero eso tampoco me importa.

Pasan segundos o minutos, se me empiezan a cansar los dedos. Algo en mi cabeza se dedica a predecir diversas continuaciones para todo esto, ninguna de ellas segura, ni siquiera plausible. Nada me anuncia el ruido que oigo ahora mismo, una sucesión rápida de golpes suaves, crujidos, gemidos, todo in crescendo, todo acercándose a mí. Siento la tentación de alzar la cabeza por encima del borde, como si fuese capaz de ver en la oscuridad qué es lo que viene. Pero no tengo tiempo de haccerlo. Una cosa grande que grita y se sacude pasa rodando sobre mí, rozándome las manos, y cae en el agua a mis espaldas produciendo un maremoto.

Yo también grito, y enseguida hago fuerza para trepar, para escapar de ahí. Pero antes de que pueda hacerlo una mano me agarra el tobillo izquierdo, y enseguida otra mano la acompaña. Pateo con fuerza y nada, las manos no me van a soltar. Me alejo un poco de la pared para tomar impulso y tiro hacia arriba. Llego a apoyar el pecho en el borde, pero no alcanza y vuelvo a resbalar. Pateo otra vez, y otra, sin resultados. Hago un segundo intento, y enseguida un tercero, y ahora sí, tengo casi todo el abdomen encima del borde, de manera que giro el tórax, levanto la pierna libre, la derecha, hasta ponerla también a salvo, y pateo como puedo varias veces más con la pierna atrapada.

Poco a poco la pierna sube, con las manos aún aferradas al tobillo. Cuando el pie se asoma a la superficie una de las manos me suelta, y entonces doy la patada más fuerte de todas. Quedo libre, y ruedo una vez sobre mí para alejarme del agua.

Junto al par de manos que me apresaba dejo atrás jadeos, ruidos de alguien que lucha para sobrevivir. ¿Qué viene ahora? ¿Qué es mejor? ¿Volver al hueco de los hilos de luz y los disparos? ¿Buscar otra vía de escape en la oscuridad? Tal vez seguir la orilla del agua, pero cómo voy a hacerlo con eso que está ahí tratando de hacer lo mismo que yo hice, es decir aferrarse al borde y respirar, respirar, respirar.

Es difícil determinar prioridades. De pronto se me ocurre que lo esencial es saber a qué altura está el techo. Giro hasta quedar boca arriba y estiro un brazo hacia lo alto. Nada. Me siento, con el brazo todavía hacia arriba. Más aire. Hasta es posible que haya espacio suficiente para ponerme de pie. Debería sentir alivio, pero en cambio crece el miedo. En la oscuridad no es nada bueno ignorar los límites, y en este sitio, salvo el piso y el borde del agua donde esa cosa sigue resoplando, no los tengo. Sin límites tampoco hay referencias, y sin referencias no sé hacia donde puedo escapar.

Me da vértigo, como si la gravedad estuviese cambiando y me fuera a caer de lado. En el piso hay cositas que crujen, pero ahora prefiero echarme otra vez boca abajo y aceptarlas de aliadas. Apoyo ambas manos en el cemento, con los dedos bien abiertos, deseando tener ventosas en las yemas. Cierro los ojos con fuerza, para obtener algo de luz aunque sea ilusoria. Mi araña mental hace esfuerzos por tejer la tela: si el agua está ahí y el piso aquí, la habitación de los disparos debe estar hacia allá, y en algún sitio debe haber un techo o de lo contrario vería cielo, sol, estrellas, luna, algo.

Poco a poco dejo que la araña siga su trabajo sola. La conciencia vuelve a cambiar de foco y me doy cuenta de que orientarme en la oscuridad, aunque sea importante, es algo que puede esperar. ¿Qué es lo que no puede esperar, entonces?

—Soy yo —dice la voz de la mujer, salvaje, gruesa, desde del agua—, soy yo, soy yo.

Es como si me hubiese echado toda el agua encima, para barrerme. Me paraliza.

Te salvé —sigue—, ¿no es cierto?

Oigo golpes suaves, algo que frota el suelo. Debe estar buscándome con las manos. Pronto va a salir del agua, y casi no importa en que dirección se mueva: me va a encontrar.

Te salvé —insiste con un susurro decreciente.

No hace falta que grite. Aquí todo se oye como si estuviera amplificado, incluso en medio del murmullo del agua.

Te salvé.

Ahora tengo tanto en qué pensar. ¿Me salvó? ¿Cuándo? ¿Al empujarme? Puede ser. Visto desde otra perspectiva, tal vez el empujón no fue un ataque. En realidad logró sacarnos a ambos del peligro, alejarnos de la quietud forzada, del asesino que agujereaba con balas nuestro cielo. Sin embargo, aunque fuera así, no le debo nada: también se salvó ella. Y el propio concepto de salvarse es relativo. ¿Qué significa salvarse, si todavía no estoy afuera?

Claro que no le debo nada. Mejor que volver a ella es rodar hacia aquí y hacia allá y esperar que la oscuridad le impida seguirme. O avanzar sobre manos y rodillas, como antes, en dirección paralela a la orilla del agua, buscando un problema nuevo para resolver. Sí, esto último es ideal, es lo que casi empiezo a hacer ahora mismo, excepto que me falta el último milímetro de la decisión, la última conexión entre neuronas, el último salto triunfal de la araña de mi cerebro que en este preciso momento está tan paralizada como yo.

Está bien —digo—, está bien. ¿Qué hacemos ahora?

[Sigue acá.]

Capítulo 1 de una novela inconclusa

[26/6/2002]

La mujer apoya su mano sobre la mía, sin querer, y la retira como si se hubiera quemado.

—Perdón —dice en un susurro que suena explosivo en el sitio donde estamos.

La mujer viene a mi derecha, avanzando sobre manos y rodillas, como yo, en la oscuridad. Aquí el techo queda a menos de un metro de altura, y es en realidad el piso de la mansión que tenemos sobre nuestras cabezas. Estamos en un sótano, mejor dicho un hueco, un espacio plano pero extenso, de límites indefinidos. Nos movemos lentamente, tratando de mantenernos uno cerca del otro y a la vez sin tocarnos, sin poder evitar la desconfianza mutua.

No la conozco de antes. No sé su nombre, ni le he visto la cara. Empezamos nuestra relación aquí abajo, escapando. Pero ese no es nuestro problema, nuestro problema es encontrar la salida.

El piso está cubierto de cosas ruidosas, como bolsitas de caramelos: crac al apoyar una mano, crac al apoyar la rodilla, crac, crac, crac. También se oye mi respiración agitada, adentro, afuera, y la de la mujer que me acompaña, más rápida todavía. Por lo demás, el mundo termina a esos pocos centímetros sobre nuestras cabezas.

Apoyo la mano izquierda en algo húmedo, la levanto para secármela en los pantalones, y entonces se oye algo completamente ajeno a nosotros: el crujido de un picaporte, y enseguida el chirriar de unas bisagras. Viene de arriba, de la mansión. Ambos nos quedamos quietos, conteniendo el aliento. Hay un click, y cambia el universo.

La luz, en forma de líneas estrechas y entrecortadas, invade mi cielo: entra por las ranuras que hay entre las maderas que forman el piso. No llega a iluminar el sitio donde estamos, pero traza senderos simétricos en nuestro suelo. Ahora sí parece una prisión, con esas barras luminosas arriba y abajo.

Seguimos inmóviles, yo con la mano húmeda en el aire. La puerta de la habitación de arriba se vuelve a cerrar. Alguien da unos pasos hasta situarse justo encima de nosotros. El sonido es tan nítido que podemos oír el frotar de seda, el aliento de un hombre que, esperamos, no sospecha nuestra presencia.

El hombre arrastra una silla y se sienta un poco adelante y a la derecha de donde estamos: lo sabemos por su sombra que interrumpe las líneas de luz. Tose una vez. Me empieza a doler la rodilla derecha, que está apoyada en algo puntiagudo.

Giro con lentitud la cabeza hacia la mujer, y alcanzo a verle un ojo, o la banda central de un ojo, fijo en el techo. Tiene la cara vuelta hacia mí, y por eso distingo la raya luminosa que le atraviesa en diagonal el ojo izquierdo y la nariz. Está tratando de descubrir algo a través del surco entre dos maderas, así que mueve la pupila a un lado y al otro, casi sin parpadear. Ya no se oye cómo respira.

Espero que tampoco se oiga cómo respiro yo, ensanchando los pulmones hasta el límite con mucha paciencia, luego vaciándolos con más paciencia todavía. Hay un método, tal vez pura ilusión: pienso en dilatar la nariz, pienso en una conexión directa de los pulmones con el exterior, abro muy levemente los brazos para expandir el tórax, y casi no siento el aire que entra. Lo mismo hacia afuera. Y a empezar de nuevo.

El hombre de arriba hace unos ruidos que no puedo identificar. Algo raspa contra algo. Aspirar. Espirar. Segundos después me llega el olor del cigarrillo. Es tan intensa la percepción de lo que ocurre al otro lado de las maderas, a tan poca distancia, que cuesta creer que el hombre no se dé cuenta de que estamos aquí. Y sin embargo debemos seguir ocultos a toda costa.

Tengo cinco puntos de apoyo: la mano derecha, las dos rodillas, las puntas de los pies. Pero la rodilla derecha me duele demasiado. La levanto unos milímetros. Ojalá pudiera volver a apoyar la mano izquierda, pero seguro que si lo hago encontraré otra de esas cosas que crujen. Muevo la pierna apenas un poco, en dirección a la mujer, y apoyo la rodilla otra vez. No hay caso: la cosa puntiaguda quedó pegada a la piel. Ahora, además, me pica la nariz.

Con la nariz, por ahora, no hago nada. Pero llevo lentamente la mano izquierda hacia la rodilla dolorida, mientras vuelvo a levantarla, evitando que la camisa haga ruido al frotar tela contra tela, y saco una cosa pequeña, casi redonda, del punto en que se había clavado en la piel. Ahora sí puedo apoyar la rodilla otra vez. El alivio es tan grande que no sólo me olvido de la nariz sino que empiezo a acariciar proyectos mayores, por ejemplo la tarea de apoyar la mano izquierda en el piso, que hace unos instantes me parecía impracticable.

El ojo de la mujer sigue fijo en su sitio. Creo que ella está completamente inmóvil. Espero que no me descubra cuando apoyo el dedo índice en el piso, ahí donde uno de los hilos de luz indica que hay pocas probabilidades de que algo cruja. El dedo encuentra la superficie lisa del cemento. Lo muevo un poco a la izquierda, y otro poco más, seguramente tres o cuatro centímetros, hasta llegar a algo que sin duda va a hacer ruido si no cambio de dirección. Pero ya sé que hay sitio para dos dedos, así que dejo con cuidado la cosa redonda que saqué de la rodilla y apoyo también el dedo mayor, y en un arrebato de audacia el pulgar. Sin consecuencias, excepto que ahora puedo aliviar la muñeca derecha, dejando que una parte de mi peso caiga sobre el nuevo trípode que acabo de instalar.

El hombre cruza las piernas, o algo así. Carraspea. Puedo oír cuando exhala el humo del cigarrillo, puedo oír cuando se rasca sin duda el pelo, tal vez la nuca, puedo oír cuando mueve un pie para mejorar la posición de las piernas.

Estudio el piso. Íbamos en la dirección correcta, se me ocure, porque las huellas luminosas apuntan al mismo sitio que mi cuerpo. Sobre el piso trazan caminos irregulares, que apenas sugieren montículos y llanos. Puedo contar las protuberancias que aparecen en cada camino, una, dos, tres, cuatro, cinco. Todo termina unos metros más allá, quizás tres, correspondiendo sin duda a donde se acaba la habitación de arriba. Luego sigue más oscuridad.

La mujer ya no parpadea en absoluto. Quisiera sentarme, y se me ocurre que podría empezar echando mi peso sobre los talones, para luego explorar lentamente el espacio que hay a mi izquierda, tal vez incluso mover algunas de las cosas que crujen, con todas las precauciones del mundo, haciendo sitio para cambios progresivos de posición.

Pero no tengo tiempo. Hay un estampido menor: el picaporte que se mueve otra vez. Arriba, el hombre apoya los dos pies en el piso. Un estampido algo mayor: la puerta que se abre de golpe y da contra la pared. El ojo de la mujer desaparece rápídamente en la oscuridad. Ya no veo nada de ella. Una voz grita, allá en la puerta abierta:

—¡Jar tim goc las!

O algo así, en un idioma que no puedo identificar. Seguro que el hombre que está sobre nosotros se pone de pie, porque la silla cae un metro más allá. El dueño de las palabras raras da dos pasos feroces. Y entonces llega el gran estampido: un disparo de arma de fuego. Hay otro paso, y luego un segundo disparo.

Reconozco que yo también me muevo. Pero el cambio de posición de mi mano derecha, el apoyarse de mi mano izquierda, el salto leve de las dos rodillas se confunden con el grito y el desplomarse del hombre que está sobre nosotros. La mujer también se ha movido, he sentido el roce de su cadera contra la mía, pero tampoco ha hecho ruidos que yo pudiera oír. La mano derecha ma ha quedado sobre lo que debe ser una piedra pequeña. La aprieto como si en ella estuviera mi futuro.

Ahora todos estamos inmóviles otra vez, incluidos los del mundo superior. Pero pronto el recién llegado, el portador del arma, avanza hacia el hombre tendido, oigo que le toca la ropa, la cabeza, lo mueve un poco. Hay un resoplar, pero no es del hombre tendido sino del otro, que suena satisfecho y se aleja otra vez. Camina en torno a lo que debe ser un cadáver, describiendo un círculo que lo lleva seguramente por los confines de la habitación. Vuelve atrás. Repite el círculo. Tiene pocas ganas de quedarse quieto, exactamente lo mismo que siento yo y lo mismo que debe sentir la mujer que está a mi lado.

Hay que hacer algo. No lo pienso mucho, porque estoy seguro de que me voy a arrepentir. Levanto la piedra que tengo en la mano derecha y con un movimiento corto pero rápido la lanzo hacia adelante. A un par de metros de distancia choca contra algo metálico. Los disparos no se hacen esperar: cuatro, uno tras otro, trazando un rombo de agujeros luminosos en el piso que hace de techo, allí donde chocó la piedra. Ahora no hay más pasos, hay sólo espera, y sabemos que será imposible para siempre volver a moverse.

La mujer me sorprende. No sé cuál es su plan, ni me he dado cuenta de que se movía, pero debió prepararse durante un largo rato, mientras yo apretaba la piedra. Siento el empujón como si tuviera una fuerza enorme. Es ella, que con las dos manos me impulsa hacia la izquierda. Caigo de lado, con un estruendo terrible de cositas que crujen. No me atrevo a detenerme, así que ruedo una vez sobre mí mismo, otra vez, y otra más. Hay un solo disparo, un solo agujero que apenas alcanzo a ver en un sitio por el que ya pasé. Luego un ruido nervioso de metales y enseguida varios disparos más. Sigo rodando, haciendo crujir todo lo que encuentro, con la cabeza envuelta en los brazos y los ojos bien cerrados aunque dé lo mismo. Estoy seguro de haber pasado los límites de la habitación del hombre armado, porque los disparos cesan y hay otros ruidos allá arriba, gritos, puertas que se abren, pisadas de alguien que corre.

No tengo muchas oportunidades para perfeccionar mis deducciones. Ruedo un poco más, el piso se inclina hacia abajo, trato de frenar pero encuentro un borde por el que me deslizo y caigo al agua.

[Sigue acá.]

Indigo Girls

[26/6/2002]

Para escuchar: Indigo Girls. Tienen disco nuevo: Become you.

[26/6/2012]

En estos diez años, después de Become you, publicaron:

  • All That We Let In (2004)
  • Despite Our Differences (2006)
  • Poseidon and the Bitter Bug (2009)
  • Holly Happy Days (2010)
  • Beauty Queen Sister (2011)

¡Gracias, Wikipedia!

Como como

[26/6/2002]

Junto a la esquina de Juramento y Zapiola, en el barrio de Belgrano, hay una veterinaria que se llama “Como perros y gatos”. Me parece un modo original de librarnos de esos animales que infestan la ciudad. Espero, por la salud del veterinario, que al menos los mastique bien.

Frío / calor

[25/6/2002]

Como le dio frío, prendió la estufa. Como le dio calor, prendió el aire acondicionado. Como le dio frío, se puso un pulóver. Como le dio calor, abrió la ventana. Como le dio frío, se tomó un cognac. Como le dio calor, se mudó al otro hemisferio. Como le dio frío, corrió un rato. Como le dio calor, se dio una ducha helada. Como le dio frío, hibernó.

El día empieza bien

[25/6/2002]

El día empieza bien. Está saliendo el sol entre los techos, creando un cielo brillante y limpio. Mucha luz. Gabriel se levantó de buen humor, haciendo chistes (más de movimiento que de lenguaje: está descubriendo un modelo de movimiento corporal tomado de los dibujos animados, realmente gracioso). Ya está en la escuela. No hace tanto frío.

Dolores Keane

[24/6/2002]

Para escuchar: Dolores Keane. (Qué pena la foto ridícula de la página inicial de su sitio.)

[24/6/2012]

Qué cosa que el sitio de Dolores Keane no exista más. Nuevos links:

Claro, en 2002 no había YouTube. Ahora sí:

  [youtube https://www.youtube.com/watch?v=6qdL31uqwBM]

Electric Sufi

[24/6/2002]

Para escuchar: Dhafer Youssef. El disco: Electric Sufi.

[24/6/2012]

El sitio de Dhafer Youssef, con videos.

Cuántas cosas escucha uno que con el tiempo no se acuerda más.

Philip K. Dick en Time

[24/6/2002]

Philip K. Dick. His dark vision of the future is now (Time, via Evhead).

[24/6/2012]

El artículo cambió de dirección. His dark vision of the future is [still] now.

Ritmo de escritura

[24/6/2002]

Cuando escribía a máquina podía empezar una página de una novela cuatro, ocho, dieciséis veces. Ponía el papel en la Olivetti (una Lexicon 80 pesada, llena de metal, admirable), empezaba a tipear, y unas líneas más tarde me daba cuenta de que algo andaba mal. Sacaba el papel, ponía otro y arrancaba de nuevo. Así llegaba al agotamiento o a un éxito relativo. A veces copiaba media página de la versión anterior, para alcanzar el sitio conflictivo con un poco de velocidad y ahí avanzar otras pocas líneas. Era como moverme en un pantano, buscando un camino que tal vez no existiera metido en el barro hasta el ombligo.

Ese sistema horrible me había dado sin embargo un tempo, un ritmo de escritura que extrañé mucho cuando empecé a usar computadora. Porque mientras tipeaba por vigésima vez un párrafo, por adentro pensaba en lo que venía después, las ideas se iban acomodando, tenía tiempo para juntar aire. Con la computadora, de pronto, me encontré con que ese tiempo no existía. Para corregir algo bastaban segundos, no largos minutos. Todo el tiempo usado en escribir era útil, por decirlo de algún modo, y mi cerebro no tenía esos largos intermedios para recargarse.

Por una época lo resolví imprimiendo. Ponía la impresora de matriz de puntos a hacer su siembra ruidosa y mientras tanto pensaba. Después cortaba las hojas del formulario continuo, les sacaba los bordes agujereados, las emparejaba… Para más tarde hacer algunas correcciones que las dejaban completamente inútiles.

No sé cómo se resolvió el conflicto. Pasaron muchos años, en los que no siempre escribí (más bien lo contrario), y ahora todos los ritmos cambiaron. Escribo mucho más rápido que antes. Estoy acostumbrado a subir y bajar por el texto como una araña, tejiendo aquí y allá, modificando palabras, giros, ritmos, acomodando lo anterior a lo nuevo. Ni pienso en imprimir. Y si tengo que retipear algo, por ejemplo debido a un error del sistema, me desespero.

El mayor cambio que noto está en el nivel de sufrimiento. Ahora es nulo, o casi nulo. Escribir resulta profundamente placentero. Antes, lo placentero era haber escrito, más que el acto en sí. Pero no quiero adjudicarle todo a la computadora: creo que otra razón importante para este cambio es que no pretendo, por ahora, escribir una novela. Aunque la tentación empieza a agitarse allá en lo profundo.