Cuando uno maneja un auto deja de percibir la realidad. Las cosas se dividen en pistas y obstáculos, y la vida consiste en competir por esas pistas con otros espermatozoides idiotas que ya no piensan a dónde van sino cómo y a qué velocidad.
A ambos lados, la gente de a pie se convierte en fotos de personas, fotos borrosas de entidades ajenas al mundo de uno. No hay tiempo para mirar a nadie, para notar la expresión de una cara, el gesto de una mano, la intensidad de ese par de ojos que si no fuéramos conductores podrían cautivarnos.
Hay segmentos de universo que van de esquina a esquina, de semáforo a semáforo, de primera a segunda a tercera. Y el cuerpo de uno se ha convertido en un objeto rígido, la atención de uno está centrada en la patente del auto que va adelante, los nervios de uno están reunidos en el contacto con volante y pedales.
Es una simbiosis, un líquen furioso de humano y máquina en la que cuesta reconocer dónde termina uno y empieza la otra. Un líquen fácil de aborrecer, porque no tiene los mismos derechos que una persona aislada, ni cumple sus deberes. Imposible perdonar al líquen. Imposible aceptarlo. No es un semejante, porque en él la simbiosis es completa, mientras que uno, en el fondo, todavía tiene algo de persona aunque los demás estén en desacuerdo.
De vez en cuando se produce la transformación más inconcebible: un conductor, ahí adelante, por algún motivo abre la puerta y se separa de su auto para convertirse en persona. Pero no lo logra de inmediato. Hay un momento de horror, cuando todavía no ha terminado la metamorfosis, en que impresiona como un gusano que sale de una manzana, como pus que surge de la herida, como una tripa que se escapa del abdomen.