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Cuando uno maneja

[25/2/2003]

Cuando uno maneja un auto deja de percibir la realidad. Las cosas se dividen en pistas y obstáculos, y la vida consiste en competir por esas pistas con otros espermatozoides idiotas que ya no piensan a dónde van sino cómo y a qué velocidad.

A ambos lados, la gente de a pie se convierte en fotos de personas, fotos borrosas de entidades ajenas al mundo de uno. No hay tiempo para mirar a nadie, para notar la expresión de una cara, el gesto de una mano, la intensidad de ese par de ojos que si no fuéramos conductores podrían cautivarnos.

Hay segmentos de universo que van de esquina a esquina, de semáforo a semáforo, de primera a segunda a tercera. Y el cuerpo de uno se ha convertido en un objeto rígido, la atención de uno está centrada en la patente del auto que va adelante, los nervios de uno están reunidos en el contacto con volante y pedales.

Es una simbiosis, un líquen furioso de humano y máquina en la que cuesta reconocer dónde termina uno y empieza la otra. Un líquen fácil de aborrecer, porque no tiene los mismos derechos que una persona aislada, ni cumple sus deberes. Imposible perdonar al líquen. Imposible aceptarlo. No es un semejante, porque en él la simbiosis es completa, mientras que uno, en el fondo, todavía tiene algo de persona aunque los demás estén en desacuerdo.

De vez en cuando se produce la transformación más inconcebible: un conductor, ahí adelante, por algún motivo abre la puerta y se separa de su auto para convertirse en persona. Pero no lo logra de inmediato. Hay un momento de horror, cuando todavía no ha terminado la metamorfosis, en que impresiona como un gusano que sale de una manzana, como pus que surge de la herida, como una tripa que se escapa del abdomen.

La Jefatura

[25/2/2003]

El comedor era una habitación pequeña con una mesa servida para cinco en el centro. En medio de la mesa, sobre el mantel blanco, había un vaso de vidrio con dos flores artificiales. La ventana daba a un jardín, el jardín a un sendero de cemento, el sendero a una extensión de pasto verde y bien cortado, y el pasto a la alambrada. Más allá de la alambrada estaba ese mundo irreal en que la gente era libre.

La habitación recibía el pomposo nombre de casino de oficiales.

La puerta se abría a un pasillo, y justo enfrente había otro cuarto. Ahí pasaba yo largas horas luchando con la primera novela que leí en inglés, We can build you, de Philip K. Dick. La novela venía después de encerar los pisos de la Jefatura de esa minúscula, ignorada, inútil unidad militar. Ponía litros de cera, y la distribuía por medio de una enceradora que también esperaba la baja. Con ese olor daba lo mismo que las flores del casino no fueran de verdad.

Yo era uno de los seis soldados asignados a la Jefatura del lugar. Otro era un muchacho alto, rubio, con mucha calle y experiencia de mozo en lugares finos, al que el Jefe había rescatado para su servicio porque lo hacía quedar bien con los otros oficiales y algún invitado esporádico.

Se llamaba Víctor, o tal vez Jorge, no estoy seguro. Había traído su propia ropa de mozo, saco y camisa blancos, pantalón y moño negros, y se la ponía exclusivamente para el almuerzo. Llegaba la comida de la cocina, llegaban de a poco los cinco oficiales, y allí estaba Víctor o Jorge para dar jerarquía a la ocasión. Sabía plegar las servilletas de una manera especial, como un origami de tela. Sabía colocar los cubiertos a la manera de un restaurante de lujo. Sabía acomodar en los platos la comida militar para que pareciera comida civil. Y sabía pelar parcialmente las naranjas, cortando la cáscara en gajos o pétalos que luego curvaba sobre sí mismos y enganchaba en la base, con lo que se formaba una especie de flor que a los oficiales les encantaba.

También, y sobre todas las cosas, era el encargado de escupirles el café.

Es que estábamos condenados a las venganzas pequeñas, y, peor todavía, a sólo fantasearlas. Imaginar venganzas era un ejercicio más importante que el orden cerrado de las mañanas y el orden cerrado de las tardes, casi tan importante como el de pasar inadvertidos. Había que ser creativos, discretos, audaces, y luego saber disfrutar de cada idea aunque nadie, nunca, jamás la hubiera llevado a cabo.

Por eso tengo tan presente a Víctor o Jorge, y la ropa de mozo, y los rituales del almuerzo, por esa solitaria venganza exitosa: el café espumoso que nos aliviaba, nos redimía, nos devolvía algo de humanidad. El mejor momento del día.

Listas

[24/2/2003]

A veces se me juntan muchas cosas por hacer. Como ahora. Entonces las pongo en una lista. Es algo que me pasa muy cada tanto, eso de preparar una lista. Y es una experiencia rara. A medida que agrego cosas aumenta la sensación de que no hay manera de cumplir con todo. Hay items que se van a resolver solos, o que van a desaparecer de una forma o de otra. Y hay items que jamás voy a cumplir, por lo menos durante la vida útil de esta lista. Es que la misma lista, en algún momento no muy lejano, se va a hundir en el pantano de otros asuntos pendientes, un pantano muy profundo que existe en mi cabeza, jamás por escrito, y en el que figuran, entre infinitos de cosas, listas incumplidas del pasado.

Armas

[23/2/2003]

Hay países que tienen armas de destrucción más IVA.

Para el autor, el tiempo pasa

[22/2/2003]

En alguna página de Vivir para contarla, García Márquez escribió que acababa de morir su madre, a una edad muy avanzada, casi al mismo tiempo que él terminaba ese tomo de sus memorias.

Muchas páginas después se cuenta de unos muebles que Gabito regaló a sus padres, y que alrededor de medio siglo más tarde todavía están en uso. Sin que lo diga directamente, se entiende que es su madre quien todavía usa los muebles.

Al llegar a este segundo momento tengo la sensación imparable de que el libro está vivo. No sólo eso: ha dado un coletazo de serpiente. Es el efecto, que por algún motivo se me hace temible, de descubrir el paso del tiempo en la vida del narrador.

Quien escribió sobre los muebles “en uso” no sabía nada del momento en que, un tiempo más tarde, pero al corregir una página anterior, escribiría sobre la muerte de su madre. Ese narrador tenía menos conocimientos que yo, el lector. Ignoraba cosas que sólo un narrador más tardío llegaría a anotar. Y no era su intención que yo me diera cuenta.

Estamos acostumbrados a que el narrador exista en un tiempo nulo. Es como si hubiera escrito su libro (cualquier libro) en un día, un minuto, un segundo. En el libro el tiempo pasa, pero no así en la voz del narrador. Más todavía, si algún revisor final del libro de García Márquez hubiera encontrado ese detalle de los muebles, esa ignorancia impensable, seguramente habría buscado el modo de corregirla.

Hay formas literarias en las que el tiempo en el presente del autor es esencial, como los diarios personales. Pero se trata de una excepción. Lo usual es que el narrador hable de otros tiempos, incluso si se trata de su propia existencia.

Hay entonces, en la literatura, una dimensión a la que no tenemos acceso. La puerta tiene un cartel que dice “Prohibida la entrada”, y la han cerrado con todas las llaves del mundo. Asusta un poco que de pronto aparezca entreabierta.

En el baño

[21/2/2003]

En el baño las cosas suenan tan exageradas como en las películas.

Autos

[20/2/2003]

Es bajo, gordo, calvo, de maneras un tanto bruscas. Se acerca a los sesenta. Discute en las reuniones de consorcio. Guarda en la cochera del edificio un Alfa Romeo que, por la patente, será modelo ’99. El otro día llegó con el sistema de audio a todo volumen, reventando cristales, exhibiendo a los oídos del mundo entero el hit más reciente de algún baladista pop. Hoy vi que en la parte de atrás del auto, sobre la patente, puso un letrero muy prolijo en letras claras sobre la pintura oscura del metal: www.metetelacamara@enelorto.gov.ar.

*

Vi una patente maravillosa: BBS 666. El dueño del auto, consciente de al menos una parte del significado, puso esta leyenda en el vidrio de atrás: “The number of the beast.”

Acento

[19/2/2003]

El otro día le hablé a mi mujer del Movable Type. Por culpa del acento que tengo cuando pronuncio en inglés, primero entendió que el programa se llamaba Moo-bubble Type. Y luego, Moo-babble Type.

Otoño

[19/2/2003]

Con esta especie de otoño que febrero nos trajo es fácil olvidar que todavía tendremos semanas y semanas de calor insoportable antes de la llegada de un otoño de verdad.

Tapar con música

[19/2/2003]

Cuando me viene a la cabeza un recuerdo vergonzante lo tapo con música. De pronto me acuerdo de algo que hice o dije o pensé, generalmente muchos años atrás, de lo que me avergüenzo tanto que me resulta insoportable. Entonces aparece el DJ que tengo escondido y pone en mi interior música bien fuerte, bajo y batería, o mejor dicho percusión electrónica: algo intenso, monótono, a un volumen imaginario que impide por completo seguir pensando. La molestia se hace tan grande que a los pocos segundos me olvido de todo y ya estoy pensando en otra cosa.