Principios de novela

El sabotaje amoroso, de Amélie Nothomb (traducción de Sergi Pàmies)

A galope tendido de mi caballo, cabalgaba entre los ventiladores.

Tenía siete años. Nada resultaba más agradable que sentir aquel exceso de aire en el cerebro. Cuanto más silbaba la velocidad, más entraba el oxígeno arrasándolo todo.

Mi corcel desembocó en la plaza del Gran Ventilador, vulgarmente conocida como plaza de Tiananmen. Dobló hacia la derecha, por el bulevar de la Fealdad Habitable.

Yo sujetaba las riendas con una sola mano. La otra se entregaba a una exégesis de mi inmensidad interior, elogiando ora la grupa del caballo, ora el cielo de Pekín.

La elegancia de mi cabalgadura dejaba sin habla a transeúntes, escupitajos, asnos y ventiladores.

No era necesario espolear mi montura. China la había creado a mi imagen y semejanza: era una entusiasta de las grandes velocidades. Carburaba con el fervor íntimo y la admiración de las masas.

Desde el primer día había comprendido el axioma: en la Ciudad de los Ventiladores, todo lo que no era espléndido era horrible.

Lo cual equivale a decir que casi todo era horrible.

Corolario inmediato: yo era la belleza del mundo.

Y no sólo porque aquellos siete años de piel, carne, cabellos y osamenta bastaran para eclipsar a las mismísimas criaturas de ensueño de los jardines de Alá y del gueto de la comunidad internacional.

La belleza del mundo se materializaba en mi larga pavana ofrecida al día, en la velocidad de mi caballo, en mi cráneo desplegado como una vela encarada hacia los ventiladores.

Pekín olía a vómito de niño.

En el bulevar de la Fealdad Habitable, el retumbo del galope era lo único que tapaba los carraspeos, la prohibición de comunicarse con los chinos y el espantoso vacío de las miradas.

Ante la proximidad del recinto, el corcel aminoró la marcha para que los guardias pudieran identificarme. No les parecí más sospechosa que de costumbre.

Penetré en el seno del gueto de San Li Tun, donde vivía desde la invención de la escritura, es decir: desde hacía casi dos años, allá por el neolítico, bajo el régimen de la Banda de los Cuatro.

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