Principios de novela

La mancha de luz, de Luisa Axpe

La mujer de Salvador caminó por el pasto cubierto de rocío.

El cuero blando de las sandalias chupó el agua fresca, y se le mojaron los pies. “No me importa” pensó, “igual hace calor”.

Con dos broches en la boca y otros dos en la mano, iba tendiendo la ropa recién lavada. A su alrededor, varias gallinas se pasearon entre curiosas y preca-vidas; alguna se le enredó entre las piernas, pero ella no hizo nada. Sólo pensó que a los pañales no les vendría mal una buena hervida, pero que para eso hacía falta más agua.

Delfina Cardoso pensaba mucho en todas esas cosas; los otros chicos nunca se le habían paspado, les lavaba la cola todas las veces que los cambiaba, y cuando hacía demasiado calor los dejaba así nomás, al aire libre, que disfrutaran.

Las gallinas salieron corriendo espantadas, y Delfina se dio vuelta para retar al Roberto, que siempre las andaba asustando. Pero el Roberto no estaba por allí. Sólo ella y la soga repleta de siluetas descarnadas, olorosas a jabón barato y a lavandina. La cuestión es que las aves se habían asustado, y no de ella. Las miró picotear la tierra con aire de distraídas, y no vio a nadie más.

Entonces miró por sobre el hombro, y esta vez fue ella la que tuvo que correr, huyendo del ánima en pena que acababa de descubrir, a esas horas y con sol.

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