Correo de Imaginaria

Expreso 29

Tercera entrega del Correo de Imaginaria. Revista Expreso Imaginario N° 29, diciembre de 1978. Abajo va el texto digitalizado.

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Las sombras de los árboles

En Imaginaria, las sombras de los árboles tienen vida propia. Claro, no cualquier sombra, ni cualquier árbol. No podemos pretender mucho de un árbol sin personalidad, un árbol que lo único que quiere es crecer hasta donde se espera que crezca, vivir hasta donde la vida no traiga sorpresas.
Pero los otros árboles, las otras sombras, tienen mucho que decir, mucho que hacer.
En Imaginaria, uno puede ser amigo de un árbol o no. Si se es amigo del árbol se es amigo de su sombra. O mejor, la sombra se hace amiga de uno, y lo cubre cuando hace calor, o se corre a un costado y se hace chiquita cuando uno quiere sentarse al sol. Y cuidado con engañarla, cuidado con pedir algo de mala manera.
Como decía, eso pasa solamente con los árboles que saben qué vale la pena.
Si no se es amigo, mejor quedarse en casa. Esto no es mucho problema, porque los que no son amigos de los árboles suelen ser amigos de las paredes, los papeles y las sillas.
La ayuda se extiende también de árbol a árbol. Curiosamente, en Imaginaria no hay árboles que crezcan unos encima de los otros. Jamás vas a encontrar dos troncos que estén demasiado cerca. Vigilan mucho su suelo, saben cuánto necesitan para vivir.
En cambio, las ramas se mezclan en lo alto. Es muy lindo ver, los días de brisa, cómo las hojas de diferentes árboles bailan juntas, murmuran en acordes justos, y cómo las sombras de las hojas te hacen cosquillas en los pies y juegan a esconderte del sol.
Las sombras conocen bien el terreno. Están todo el tiempo explorándolo, y se pueden pasar hasta seis horas tocando una hoja de hierba.
–Todos los días hay cambios –dicen las sombras– y muchas veces en un solo día hay millones de cambios pequeños pero significativos.
Uno se pregunta qué ciencia desarrollan, qué raros fines persiguen con tanto tocar y tocar. A veces parece que estuvieran jugando, nada más.
Se dice que entre juego y juego, las sombras hacen acuerdos con las hormigas, charlan, comparan observaciones y experiencias. Pero no esperes que una sombra te hable de eso, por grande que sea tu amistad con ella. Y una hormiga tampoco, porque hasta ahora nadie descubrió cómo hacer que una hormiga haga lo que uno quiere, ni siquiera en Imaginaria.
Con todo esto, a uno se le podría ocurrir que las sombras se dedican solamente a las cosas pequeñas y que la pasan bien casi todo el tiempo.
–Bueno, sí –contestan–, es lo que nos gusta.
Lo mejor de todo tiene al anochecer. Las sombras se estiran, hacen los últimos ejercicio del día, llegan a los bordes de las plazas y los parques, abrazan todo lo que encuentran. Es su saludo. La alegría las lleva a cansarse mucho, pero no importa, porque entonces ya es de noche. Cuando el sol de Imaginaria se esconde, las sombras se acuestan todas juntas y se ponen a dormir.

Sentido del orden

Lo primero que aprende un imaginariano es a comparar espejos y nadar río arriba. Nadie puede dudar de la utilidad que tiene para cualquier persona, especialmente para una persona de Imaginaria, saber comparar espejos y nadar río arriba. Pero sí se puede preguntar por qué eso primero, en vez de otras cosas.
–¿Y por qué no? –dice el imaginariano común.
–Porque hay cosas más importantes que aprender: hablar, pensar, caminar, elegir…
–Estoy de acuerdo con que son cosas más importantes, pero ¿por qué aprenderlas antes? –y el imaginariano te mira como si le estuvieses proponiendo sembrar nubes o criar lluvias (dos cosas que en Imaginaria no se tienen por posibles, como puede verse).
No trates de convencerlo. Lo que pasa es que en Imaginaria no hay un sentido universal del orden, o de los órdenes. Por lo menos no hay un sentido reconocible. Los imaginarianos no se guían por ninguna ciencia para establecer qué va antes, y qué va después. Ni siquiera se ponen a pensar en eso. Tienen un orden propio, dicen, y no están dispuestos a discutirlo. Tienen su abecedario, su manera de levantar una casa, su manera de educar a los hijos, su manera de no educarlos, su método científico, su idea acerca de qué importa y qué está de más.
Esto vale para cada uno de ellos, y los aleja de sus vecinos, los aleja unos de otros, y a veces hace que sus vidas resulten incomprensibles. Pero ellos dicen que la pasan bastante bien. Y nadie compara espejos mejor que ellos, mientras que la natación (río arriba) es su deporte nacional.

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