Correo de Imaginaria

Expreso 33

Cuarta entrega del Correo de Imaginaria. Revista Expreso Imaginario N° 33, abril de 1979. Esta vez, las ilustraciones de la página son de Resorte Hornos. Abajo va el texto digitalizado.

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Foto de Farrell Grehan

Buenas noticias

Cuando un imaginariano recibe buenas noticias, se siente obligado a visitar a su vecino y darle buenas noticias también a él. Esto les pasa a todos los imaginarianos, de modo que la cadena se forma enseguida, y no termina jamás.
El problema más grande es que las buenas noticias deben ser siempre diferentes: cada imaginariano se alegra o se entristece con diferentes cosas; además, si se repitiera lo mismo todo el tiempo, pronto las buenas noticias morirían de viejas.
El esfuerzo que esta renovación continua requiere es fácil de comprender. Día a día, minuto a minuto, ay que estar pensando, inventando, fabricando, encontrando buenas noticias, hay que descubrirlas, crearlas, adaptarlas, redondearlas. Y la cadena de buenas noticias no es una sola, hay muchas, casi tantas como imaginarianos en Imaginaria.
Se puede decir que este ritual consume la mayor parte de las energías del lugar. Sin embargo, tanta actividad tiene su recompensa. Y hay que ver con qué alegría escucha el imaginariano cuando llaman a su puerta, y cuántas cosas ocurren en una sola cuadra cuando, al atardecer, la ronda de buenas noticias se instala en las casas y transforma el universo.

Aire

Cuando una chimenea empieza a echar humo, el aire de Imaginaria se va.
Sabiendo esto, los imaginarianos piensan mucho antes de quemar algo. Hay que tener cuidado con lo que se quema, no porque haya leyes que lo prohíban, o porque se produzcan accidentes. Si uno no tiene cuidado, el aire se va, y después hay que esperar días y días hasta que se decide a volver.
Los incendios son una excepción. Sabiendo cuánto se divierten los imaginarianos con un incendio, el aire se queda.
La cuestión es que los imaginarianos están tan acostumbrados a no quemar nada que ya no necesitan hacerlo, y a nadie le molesta la actitud del aire. No es una actitud egoísta, dicen. Si el aire no se cuidara tanto, Imaginaria tendría muchos más problemas de los que tiene.

Cartas

A los imaginarianos les encanta escribir cartas. Le escriben a todo el mundo. Uno de sus mayores orgullos es mostrar sus colecciones de cartas al no iniciado, sepultarlo bajo toneladas de papel, aplastarlo con palabras en tinta negra y letra prolija.
Se escriben cartas a sí mismos y después las contestan, les escriben a sus vecinos, a habitantes de países que no existen, a los pájaros, le piden al cielo que llueva y a las semillas que crezcan, se cuentan chistes, inventan historias, seudónimos, personajes, le envían poemas al árbol de su jardín, recortes de diarios al mar, usan idiomas que nadie entiende, y todo lo hacen con la mayor seriedad, porque es un pasatiempo nacional.
A veces ocurren accidentes, y es necesario evacuar un edificio de correos o mover con topadoras los trenes repletos de cartas, para aliviar las vías sobrecargadas. Hay días en que los aviones correo eclipsan al sol; y cuando los ríos de papel desbordan, ciudades enteras quedan inundadas, y no hay otro remedio que recurrir a las brigadas de polillas.
Pero los imaginarianos aceptan felices estos riesgos, porque para ellos nada es más importante que poseer un sobre recién llegado, en cuyo dorso se lea: el Mar, el Aire, la Montaña, o Dios.

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