Moléculas de diario

Onda verde

El taxista aceleraba todo lo posible, esa noche en que la avenida Córdoba estaba vacía. Al acercarse a una esquina, con el semáforo todavía en rojo, frenaba con ganas y me obligaba a agarrarme del asiento delantero para no irme de trompa. Esperaba un par de segundos, y en cuanto el semáforo empezaba a cambiar aceleraba otra vez al máximo, para repetir el ritual en la esquina siguiente. Así esquina tras esquina.

—Qué mal anda la onda verde —me dijo durante uno de esos ciclos, enojado, girando la cabeza hacia mí—. Los semáforos te ven venir y no reaccionan.

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Lateralidad

Soy un lector con problemas de lateralidad. Me sumerjo en una escena, imagino vívidamente los detalles, la posición relativa de personajes y objetos, la relación entre las distintas partes que componen la narración, y de pronto sobreviene el desastre: “Bart miró a Stu, que estaba a su izquierda.” No, no y no: Stu estaba a la derecha de Bart. Y si tenía que estar a la izquierda, ¿por qué no me avisaron antes? Con la imaginación hecha pedazos, puede llevarme un rato largo reconstruir la escena, y nunca voy a dejar de pensar que ahora, por culpa del autor, la veo reflejada en un espejo.

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Mensaje

(Escrito en 2004, con otra tecnología para mensajes de audio. Pensé en adaptarlo, pero no.)

Cuando el celular termina de cargarse lo desconecto y lo enciendo. Enseguida empieza con esos ruidos con que me informa que hay un mensaje. Marco el número para escucharlo. Es una voz de hombre, una voz triste, algo cascada, que transmite desesperación en una sola palabra:

—¡Betty!

Nada más. Sin pensarlo pulso la tecla para borrar el mensaje, y me arrepiento al instante. Debí conservar ese mensaje, para escucharlo otra vez, para coleccionarlo. Quizá incluso para grabarlo, hacer un archivo de audio y ponerlo acá. Pero ya está. Es tarde. Otro objeto de arte se ha perdido. No es tan grave. Más grave es que en algún lugar de esta ciudad haya alguien que de Betty sólo conserva un número de celular, y además equivocado.

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Entrada y Salida

Voy al banco a pagar una cuenta. Hay dos puertas de vidrio, una al lado de la otra. La izquierda dice Entrada, y más chico Empuje. Empujo, pero del lado equivocado, de manera que me llevo la puerta por delante. Entonces Empujo del otro lado y entro a un espacio vidriado, donde hay un cajero Banelco y otra puerta de vidrio que también dice Entrada, pero no Empuje sino Tire. La miro dos veces antes de Tirar, y así consigo Tirar del lado correcto. Ahora estoy en el interior del banco. No hay clientes en las cajas. Pago enseguida y doy media vuelta para salir. Ahora me toca ir por una puerta que dice Salida y Empuje. De vidrio. Ya las conozco, esas puertas, de manera que me lleva apenas un momento encontrar de qué lado se Empuja. Así llego a un breve pasillo, todo vidriado, que termina en la última puerta, que está a la altura de la primera, lleva a la calle y dice Salida y Tire. Tiro y Salgo. Y todo el tiempo me estuvo mirando el tipo de seguridad.

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Ascensor

Un error, una trampa del cerebro. Llegando a casa, me doy cuenta de que no recuerdo haber bajado en el ascensor de la oficina donde estuve: mi memoria reciente me sitúa cerrando la puerta de la oficina, y después caminando por la vereda, sin registro de la etapa del ascensor. Me siento en falta, como si no hubiera hecho una tarea pendiente, o hubiera dejado a alguien esperando. Siento un nudo en el estómago. ¿Cómo pude olvidarme de bajar en el ascensor? En un segundo, o menos, me digo que si estoy aquí es porque bajé en el ascensor, lo recuerde o no. Es evidente, no hay otra posibilidad. Pero me resulta difícil convencerme a mí mismo. Queda una cierta intranquilidad, que horas más tarde no termina de despejarse.

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Serio

Tengo las llaves en el bolsillo del pantalón. Mientras camino por la calle golpeteo las llaves con las puntas de los dedos, haciendo ritmos. Suenan como una pandereta. Eso cuando no hay nadie cerca. Cuando viene alguien enderezo la espalda, bajo las cejas, acomodo la mochila en el hombro izquierdo y en general actúo tan serio y preocupado como se debe estar en estos tiempos.

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Madrugada

Por un momento entendí cómo sería salir a la calle y quedarme a vivir ahí. Creo que era un sueño. Fue esta madrugada, un poco antes de las seis, despierto pero queriendo dormir, mientras miraba las rayas rojas del despertador que dibujaban números globalmente comprensibles para mi cabeza globalmente incomprensora. Pero antes de que la idea se acomodara cambió el minuto y quedó un vacío. Entonces pensé en escribir un soneto, dibujar un árbol, fotografiar el muñeco de Snoopy escritor, y no hice nada de eso. Comienzo confuso del día, comienzo del día confuso, puntos en el horizonte que no terminan de hacerse barcos.

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