Van volcando el contenido de los cajones en una pila inmensa. Cada grupo de cosas conserva su unidad, de manera que es posible ver miles de formas de cajón desprovistas de contenedor, unas sobre otras, de aquí al cielo.
Son cinco, de los que el mejor está en segundo lugar. El primero es más pesado que el cuarto, que a su vez tiene menos cola que el tercero. El último nunca está solo, cosa que no se puede decir del segundo. Hay dos rojos, dos con ranuras, uno triste, tres a los que les falta agua, uno encendido, dos con algo metálico. El más desparejo está detrás del menos sabio. El menos gordo está delante del más duro. Uno de ellos tiene muchas ganas de irse para no volver.
Hay que expulsar de golpe el aire de los pulmones, y ver cómo esa pequeña nube que por ahora es casi nada se aleja de uno, se une a un grupo de nubes equivalentes, y sale a conocer el mundo.
Hay que pasarse el tiempo acomodando todo. Esto arriba, lo otro a la derecha, una cosa al norte, otra cosa abajo, otra a la izquierda, otra al oeste, que en diagonal, que en curva, que recto, torcido, junto, separado, allá, acá, adelante. Todo hay que acomodar, y no sólo una vez sino muchas, todo el tiempo, hora tras día tras semana tras mes. Y si algo queda acomodado, entonces viene alguien y lo empuja, lo patea, lo ignora, le dice cosas, lo cambia de lugar queriendo o sin querer, y a empezar de nuevo. Y es inútil, lo peor es que uno sabe que es inútil. Y terminan llamando a esto entropía.
Ayer saqué algunas fotos. Salieron casi todas mal, pero esta me gusta:

Hilera tras hilera de hebras de lana, colgadas del techo. Algunas dan la impresión de tener luz propia, como si contuvieran un fragmento de cielo. Un sitio extraño, una atmósfera cambiante. El sueño de un decorador demente, o el resultado del trabajo de alguien cuyo oficio sería difícil de describir.
Bueno, no. Me avergüenza mentir. Lo de arriba es un fragmento de una foto movida. Quise sacar un árbol, y lo que apareció fue esto:

El fragmento en cuestión está por arriba a la izquierda, aunque hay muchas “lanas” en otras partes. En esta medida tal vez cueste creerlo, pero en la imagen original (click para verla; abre en otra ventana) aparecen con toda claridad.
Ahora que vuelvo a ver las fotos, me encuentro con que hay una de adoquines que zafa, así como está, iluminada por el sol de la tarde:

Pero ¿para qué zafa? ¿Qué tienen estos adoquines que no hayan tenido millones de adoquines antes? ¿Las diagonales? ¿El ángulo de la luz? ¿La ausencia de un foco preciso? No, nada. No vale la pena ocuparse de esta foto. Así, en general, son las cosas de la vida.
Lo que no sabe la persona que llama por teléfono, sólo por esta vez, sólo en este preciso momento, y esto no volverá a ocurrir, lo prometo, es que no soy una máquina.
A veces pienso que debería ponerme a escribir frases que, en la intención al menos, tengan destino de célebres.
“La soledad es un arma que apunta hacia adentro.”
¿Qué tal, eh?
“El mejor amigo es aquel que habla menos que uno.”
Bueno, ahí se me coló algo de cinismo. Es difícil de evitar.
“El amor es al vino como la luciérnaga a la esperanza.”
¿Qué? ¿Acaso se tienen que entender, además?
“No dejes de trabajar porque el invierno no acabe nunca.”
Sí, conformismo también. Y cuanto más rastrero, mejor. Es parte de la receta, ¿no?
“Quien calla primero podrá agarrar otra porción de pizza.”
Pero siempre acabo reconociendo que, después de todo, tal vez esto no sea para mí.
Del lugar más alto cae una hebra de lana blanca. No hay viento, así que se mueve en una línea recta que apunta directamente a tu pelo. A último momento se oye algún ruido, detrás de nosotros, que te hace dar vuelta. La hebra, ya lejos de vos, sigue hacia el suelo y se pierde la única oportunidad de trascender.
Árboles. Cielo azul. Gente de a dos. Sólo el agua del lago se mueve.
¿Por qué no acuñar monedas con el valor de un boleto de colectivo? No sé cuánto hace que los colectivos de Buenos Aires cobran 80 centavos por los viajes más frecuentes. Si desde entonces existiera una moneda de 80 centavos, el beneficio para pasajeros y empresas habría sido enorme. Y el día que los colectivos aumentan, se dejarían de acuñar esas monedas (que no por eso dejarían de circular, al menos por un tiempo) para empezar a acuñar otras con el nuevo valor. Desde ya, nada impediría que las monedas de 80 se usaran para cualquier otra transacción, en cualquier parte del país.
Sí, también podría haber una moneda de 70 para los viajes en subte. Pero en el subte se vende las tarjetas antes de que uno viaje, y en la cantidad que uno pida. Por lo tanto, la moneda de 70 no es una necesidad tan grande.