La película La noche de los muertos vivos (Night of the living dead) pasó al dominio público. Se puede bajar del Internet Archive.

(Y también se puede capturar imágenes, publicarlas, y en general jugar con el material a pleno disfrute.)
por Eduardo Abel Gimenez
La película La noche de los muertos vivos (Night of the living dead) pasó al dominio público. Se puede bajar del Internet Archive.

(Y también se puede capturar imágenes, publicarlas, y en general jugar con el material a pleno disfrute.)
En enero de 1983 grabé mi primer cassette de música, Juegos imposibles. Fue en el estudio Tubal de Villa Adelina, con Lito Vitale como técnico de grabación y mezcla. Compuse todos los temas y toqué todos los instrumentos (con alguna excepción que voy a aclarar más abajo).
Aquí está la tapa que diseñó Pablo Pérez, desplegada (hacer click para verla grande y legible):
En total son 43 minutos de música.
Nota del 2 de marzo de 2018: Subí todo en videos a YouTube. Acá está la playlist completa:
Lado 1

La melodía viene de “Leu chansonet ‘e vil”, de Guiraut de Bornehl (Francia, siglo XII), que estaba en un disco que ahora no encuentro por ninguna parte. Hay guitarra (cuerdas de nylon, como en todo el resto del cassette), tres flautas dulces y una pandereta.
Lito Vitale dijo que no se había imaginado que yo iba a grabar música medieval. Pensó que hacía una especie de folk a lo León Gieco, supongo que por mi aspecto de aquella época. En realidad, no grabé música medieval: hay fuertes influencias de esa época, pero sólo en algunos temas. Otros apuntan en direcciones bastante diferentes.
Una especie de milonga abolerada, con un toque árabe por ahí. Hay cuatro guitarras.
Tras pasarme del rock sinfónico a Neil Young y disfrutar de un período medieval y renacentista, me dieron ganas de jugar con los géneros, disfrutar de las armonías más tontas y dejar de hacerme problemas. Me imaginé que en el resultado se iba a notar una intención más o menos irónica, pero creo que no, que salió serio y directo.
Esto viene de las reuniones de Navidad en el patio de la casa de mis padres, con tíos y, particularmente, mis abuelos gallegos. Fue mi intento de hacer música más o menos gallega, usando flautas dulces, una melódica y unas castañuelas con mango. Tras grabar este tema se lo quise mostrar a mi abuela, que por entonces tenía 83 años, sin decirle que lo había hecho yo. Su comentario fue imborrable: “¡Qué muiñiera tan fea!”
La primera canción del cassette. La canta Cecilia Gauna, amiga de muchos años con quien formamos un dúo musical entre 1977 y 1984. Toqué la guitarra. El título en realidad era “Encuentro”, pero cuando fui a SADAIC a registrar todos los temas me dijeron que ya estaba usado y lo tuve que cambiar (en esa época no podía haber en la Argentina dos temas con el mismo nombre).
La letra de esta y de las otras dos canciones del cassette está en la tapa (se pueden leer viendo la versión grande). La grabación, con sus defectos y virtudes, salió en directo de la primera y única toma.
Otra canción, pero esta vez canté yo mismo. Hay dos guitarras y una flauta.
Charango, bombo legüero y pincullo (o pincuyo, pinkuyo, pinkullo). Pero no es música latinoamericana sino árabe. La pequeña frase musical que se repite viene de una grabación antropológica (de un disco que tampoco encuentro, caramba) hecha en algún lugar desértico. También hay un pandero.
La tercera y última canción del cassette. Otra vez con la voz de Cecilia Gauna. Aquí también metió mano SADAIC. El título original era “Tu imaginación”.
Además de guitarra y charango hay unas notas del Polimoog que Lito Vitale tenía en el estudio. Me moría por usarlo, y esta fue la oportunidad.
(Antes publiqué una versión en vivo de esta misma canción. Está acá.)
Lado 2

—¿Por qué ponés todas las canciones juntas en el lado 1? —me preguntó Lito Vitale.
—Porque el lado 2 es una suite —le contesté.
—Ah.
Y los dos muy serios. Estaba de moda hacer suites instrumentales, y yo me había mandado una de diez partes. En esta primera parte, guitarra, flautas dulces y pandereta.
De lo más medieval del cassette. Pandero en primer plano, pandereta, varias flautas dulces y una guitarra.
Tiene el mismo tempo que el tema anterior, y para aprovechar eso le pedí a Lito que dejara exactamente un compás entre el final de “La elección del calendario” y el principio de “Más tarde ese día”. Lo hizo a mano, cortando y pegando cinta. En esta versión respeté esa pequeña joyita técnica, y se puede disfrutar escuchando ambos temas seguidos, sin hueco entre ellos.
Para justificar el nombre de “suite”, en esta parte hay una variación del tema de “La elección del calendario”. Y para justificar el título, tiene una estructura simétrica, como en espejo.
Este y varios otros títulos vienen de textos que escribí para el “Correo de Imaginaria”, la sección que tuve durante años en la revista Expreso Imaginario.
Una danza de aspecto muy medieval. Toqué la flauta, mientras Cecilia Gauna tocaba un tamborcito africano y cantaba (sin letra).
El tamborcito africano fue un préstamo de mi amigo Orestes Lattaro, actor. Hace unos veinte años que no lo veo, ni sé nada de él. Todavía tengo el tambor, y la verdad es que sigo plenamente dispuesto a devolvérselo.
Una guitarra y dos flautas que hacen contrapunto.
Otra variación del tema inicial. Tres o cuatro guitarras, no me acuerdo, con el ritmo del “Bolero” de Ravel empleado para otros fines. Si lo había usado King Crimson, ¿por qué yo no?
Un tema con variaciones, en flauta dulce. Además hay guitarra y diversos instrumentos de percusión. Creo que fue la música favorita de mi madre durante mucho tiempo.
El título es otro de los que vienen del “Correo de Imaginaria”. Pero también usé la idea de esos “espejismos de utilería” en El fondo del pozo, una novela.
Guitarras y flautas dulces, con algunas disonancias.
Una especie de danza renacentista. Otra vez toqué la flauta mientras Cecilia Gauna cantaba sin letra. Ella misma hizo el arreglo de su parte.
“El Perof” se llamaba nuestro dúo. Nunca quise explicar de dónde vino ese nombre, y creo que tampoco lo voy a hacer ahora.
El comienzo de este tema era parte de una canción, a la que le eliminé la letra porque era horrible. Tiene mucho de música juglaresca. En el final hay un bombo legüero golpeado con las manos, que Lito Vitale, con su gran talento para la mezcla, hizo sonar como los dioses. Además, guitarra, flautas dulces y pandereta.
Y aquí se acaba. Lo voy a decir, tratando de que no me dé vergüenza: veintiún años más tarde me siento orgulloso de este trabajo.
Cuando al fin se decide y corre la cortina con un gesto brusco, lo que encuentra detrás es otra cortina.
El insomnio es una manera de hacer que el tiempo se detenga. Lo difícil es que ese logro sirva para algo.
Camina con el agua hasta la cintura, contra la corriente. Mira un punto en el horizonte, donde el último barco se toma un tiempo infinito hasta desaparecer. Suena música de David Byrne.
Detrás está el oeste, y en el oeste una ciudad que crece sin pobladores. Los edificios se hinchan, las calles se ensanchan, la basura se expande.
Por algún motivo, tres palabras del libro que estaba leyendo le vuelven a la cabeza: evolución, devolución, revolución. Durante la lectura le parecía una combinación inteligente.
La vida es una serie de chistes de un cuadro, sin conexión entre sí.
Lo cubren con láminas de acero, le adosan extremidades mecánicas, le implantan luces, diales, pantallas, le agregan un motor, le pintan Made in algún lado, lo obligan a cumplir normas industriales, todo para que los demás crean que es una máquina.
Dos vueltas y media a los sesenta canales parece ser el límite de mi resistencia al zapping, cuando el dolor de cabeza se convierte en motivo de depresión, el pulgar de la mano derecha se adormece, la protagonista de un drama llega a tener los mismos ojos que una relatora de noticias, la luz del techo molesta, el reflejo de la tele en un cuadro que cuelga de la pared pasa a ser motivo de interés, me dan ganas de bajar el volumen a cero, recuerdo otros rounds con el zapping y todos se me suman en el hígado, paso un canal más y me digo éste es el último, el último de verdad, el último de los últimos, y entonces me muero.
Nuestro amigo ha dicho que vive en el 42 de esta calle, pero a ambos lados los números son impares.
Caminamos del 1 al 73, de un extremo al otro, y nada. Volvemos atrás. Cuando pasamos junto al 17 oímos ruido de vidrios rotos.
Recién entonces se nos ocurre mirar hacia arriba.
Es un buen terreno, pero hay demasiadas piedras. Empezamos a limpiarlo.
En el lado inferior de la primera piedra que levantamos encontramos unas inscripciones en bajorrelieve. Son los números del 0 al 9, distribuidos en un círculo a la manera de horas del reloj. El dibujo detallado de una flecha atraviesa el círculo, partiendo del seis y apuntando al uno.
También hay un pequeño ciempiés, pero escapa antes de que podamos atraparlo.
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