Desde el piso veintitrés el río se ve peligroso. Un velero recorre el horizonte. Suenan pasos en la alfombra gastada y me doy vuelta.
—¿Qué hacés acá? —me pregunta.
—Vengo a verte —contesto.
—¿A mí o al río?
—A los dos.
—Tal vez el río sea más interesante.
—Otra vez con esos juegos. Hacen falta tres ríos como este para…
—No me cargues, por favor.
Se sienta frente al escritorio, dándome la espalda. Pulsa una tecla para que se encienda el monitor y escribe una clave. Vuelvo a mirar el río. Existe una frase perfecta, una respuesta que acaba con todos los trastornos, pero en este preciso momento no se me ocurre.