Miedo

[5/1/2003]

Este médico que trata con pacientes terminales desde hace años tiene, en cierto momento, de una forma irracional, un espantoso miedo a la muerte.

Mañana de domingo

[5/1/2003]

Mañana de domingo, las nueve menos cuarto. Soy el único despierto en mi casa. Es que empiezo temprano a dar vueltas en la cama, a sentirme incómodo, y muchas veces termino levantándome cuando todavía no hace falta. El resultado es que las cosas tardan en acomodarse, todo funciona a medias: la cortina de mi ventana está a medio correr, la puerta de mi habitación a medio abrir, el fragmento de ciudad que queda ahí afuera a media máquina. Hay un cielo medio despejado. Y estoy a medias convencido de que esto que pongo aquí no significa nada.

Entonces (nueve menos siete minutos) aparece mi hijo. Abre un poco más la puerta, tapándose los ojos por la luz. Me dice:

—Voy al baño y después te saludo.

Se va. Escribo estas tres o cuatro últimas líneas, y ahora, en este instante, Gabriel vuelve, se mete entre mis brazos, se rasca la cabeza entre mis ojos y el teclado, y me abraza. Dos minutos después, ahora, iré a prepararle la leche, con lo cual el día se pondrá finalmente a andar.

Cierra la puerta

[4/1/2003]

Cierra la puerta de su casa con llaves, cerrojos, candados, para que nada salga.

[4/1/2013]

El sexto de los textos que se abrieron paso hasta El hilo, el libro que hicimos Claudia Degliuomini y yo.

Los anteriores están acá.

Estas son las páginas correspondientes al de hoy (click para ver la imagen más grande).

Espectáculo

[3/1/2003]

Se levanta el telón. El escenario está a oscuras, mientras la platea sigue iluminada. Todos esperan. No pasa nada. A los pocos minutos arrancan las protestas. A la media hora la gente se empieza a ir. Hay gritos, insultos, silbidos. Piden que les devuelvan la plata de la entrada, pero no hay nadie del teatro. Desaparecieron los acomodadores, los boleteros, el personal de seguridad. Llaman a la policía y viene un par de patrulleros para sumar algo de ruido. Intervienen un juez, que termina clausurando la sala, y varios periodistas, que hacen preguntas y toman fotos. Más tarde quedan algunos curiosos, pero ya no hay nada que hacer en el lugar. Cuando los últimos se van, los verdaderos espectadores aplauden sin entusiasmo.

El guerrero

[2/1/2003]

El guerrero disparó el lanzarrayos y tres extraterrestres se disolvieron en el aire: el que se había disfrazado de árbol, el que se había disfrazado de ventana y el que se había disfrazado de chimenea. Los otros extraterrestres abandonaron las pieles falsas y corrieron, volaron, levitaron, se arrastraron o se teleportaron a sus naves espaciales.

Aliviado, el guerrero giró sobre sí mismo y quedó acostado boca arriba, con la espalda apoyada en el césped. Era cómodo el césped, acolchado, suave. Allá arriba el cielo estaba despejado, azul profundo, pero si lo miraba fijo aparecían esas manchitas esquivas, esos retazos de irrealidad que los ojos le ponían a las cosas lisas y luminosas. Más alto, en algún lugar, la nave madre orbitaba el planeta, repleta de seres malvados pero, afortunadamente, cobardes.

El lanzarrayos era de plástico verde, alargado y redondeado, con una culata de tipo pistola y una luz en la punta que parpadeaba al apretar el gatillo. Pero lo mejor era el ruido, una especie de ronronear de auto, acompañado por una vibración que se transmitía a la mano.

El guerrero apretó el gatillo, distraído, sólo para sentir la vibración y el ronroneo, y luego lo apretó un poco más. Pero ahora no pensaba en extraterrestres, sino en las formas de los árboles que se recortaban contra el cielo azul lleno de manchitas. La brisa agitaba las ramas, y dos árboles enfrentados, uno a la izquierda del guerrero, otro a la derecha, se movían de un lado al otro como atacando y retrocediendo. Era algo hipnótico. Se podía mirar las ramas y las hojas de las ramas durante un largo tiempo, una enorme cantidad de vaivenes, esperando que alguna vez se juntaran.

Otra buena idea para los extraterrestres: disfrazarse de hojas de árbol. El guerrero alzó la mano con su arma y disparó. Como el ronroneo parecía insuficiente, lo ayudó haciendo zumbidos con la boca:

—Zamm, zamm, zamm.

Una mujer gritaba algo, allá en el patio, junto a la casa. No hacía falta entender las palabras, porque siempre eran las mismas. El guerrero esperó un poco, luego se impulsó hacia un lado para apoyarse en manos y rodillas, dio una vuelta carnero y aprovechó el empuje final para ponerse de pie.

—Ya voy —dijo, y se fue a tomar la leche.

Eucaliptos

[2/1/2003]

Acabo de comprar una resma de papel marca Report. En medio de la lista de ventajas que trae usar ese papel (que aparecen al dorso del envoltorio), me encuentro que está hecho de “bosque renovable de eucaliptos”. Con lo que me gustan los eucaliptos, el olor, la sombra, los troncos de varios colores, el aspecto que tienen en torno al lago de Palermo donde estuvimos ayer dando una vuelta. Imprimir en ese papel va a ser como llenarle la cara de sellos a un amigo.

Gabriel dibuja seres voladores

[1/1/2003]

1:

2:

El 2002 no quiere terminar

[1/1/2003]

En este weblog parece que el 2002 no quiere terminar. Todavía sigo agregando cosas a un post de tres días atrás, que a esta altura va tomando proporciones bíblicas (bueno, admito que me gusta exagerar; me gusta muchísimo exagerar). Se trata de frases donde una misma sílaba se repite varias veces consecutivas. Hay desarrollos variados, con colaboradores también variados, y el record actual es de 14 apariciones consecutivas de una misma sílaba, algo impensado hace poco. Además, el tema tiene nombre: cacafonías. Pasen y vean.

[1/1/2013]

Las cacafoníaas están aquí, en MW+X.

Mi máquina del tiempo

[31/12/2002]

Mi máquina del tiempo sólo funciona cuando no me doy cuenta. Me distraigo, llevo algo así como una vida normal, con lo que haya de vida y lo que haya de normal, parpadeo unas veces con los ojos llenos de polvo y pantalla, y cuando levanto la vista para ver el calendario descubro que lo hizo otra vez, que se puso en marcha sin avisarme y sin mi consentimiento. Pero es tarde para quejas. Como tantas veces, sólo me queda decir:

—Caramba, ya pasó otro año.

K viaja en el tiempo

[30/12/2002]

Era un día nublado, como hoy, pero no llovía. Caluroso, también, al estilo del viernes pasado. Lo especial podía haber sido que K cumpliera veinticinco años, pero no, eso pasó de largo. Si el día merece ser mencionado es porque fue entonces que, debido a un accidente incomprensible, K viajó hacia atrás en el tiempo. Nada doloroso, dijo, al menos en lo corporal. Las leyes de la física, tan misteriosamente asociadas a las convenciones humanas, hicieron que se trasladara a lo largo de un siglo exacto, hasta 1902.

Días nublados o no, calores o fríos, cumpleaños, domingos o feriados, la cuestión es que nunca se repitieron las condiciones iniciales del accidente temporal, de manera que K no pudo regresar. Vivió largamente, a sol y a sombra, en una época que no le correspondía. Murió en 1954, el año de mi nacimiento, como si eso tuviera algo que ver.

El diario de mañana tal vez fuera creíble, pero ¿el diario de dentro de un siglo? K encontró difícil convencer a los otros de su origen en el futuro. Apenas lo logró con unos pocos íntimos, particularmente con la familia que esforzadamente llegó a formar. Los demás, siguiendo las reglas propias de estos casos, creyeron que estaba loco o era un farsante.

Frustrado por las dificultades que esto le creaba en su relación con el prójimo, se metió en algunos talleres literarios y tras aprender la técnica indispensable escribió un libro con sus memorias. Lo mandó imprimir por su cuenta y riesgo. Era otoño, las hojas caían con vientos del pasado en una época insegura. Así, uno por uno, casi todos los ejemplares que consiguió pagar se fueron perdiendo sin dejar rastros.

Lo que K lamentó profundamente fue haber aprendido tan poco de historia. Tenía una idea general de lo que iba a ocurrir, pero los detalles se le escapaban: ¿1934 o 1943? ¿Hacia el este, o hacia el oeste? ¿La bolsa de Nueva York? A veces cometía tan gruesos errores en sus predicciones que él mismo dudaba de su cordura. Así que, ya en los años de madurez, optó por cambiar de actitud y disfrutar de la vida; tras quemar el resto de los ejemplares de su libro y divorciarse de su mujer, trepó a un tren de carga y partió con rumbo incierto. Reapareció años más tarde, en otro país, regenteando un circo. Fue su primera actividad interesante, por lo que ya podemos dejarlo en paz, a él y a sus huesos.

El tiempo siguió pasando sin ayuda de K, hasta dar la vuelta completa. En el año 2002, el mismo día y a la misma hora de su desaparición con rumbo al pasado, se encontró en una vieja biblioteca un ejemplar del libro que K escribió allá a principios del siglo veinte. Debe ser el único que se salvó. Detalla con precisión milimétrica sus recuerdos del año 2002, las nuevas tecnologías, la situación política y militar del mundo, los avances de la ciencia, la vida social. No sé si K habrá elegido mal los talleres literarios, o si el tiempo se defiende de las paradojas con armas propias, porque está casi todo equivocado.