Mis amigos de otros mundos

El espejo caprichoso

Los espejos del planeta Furgunji tienen dos características únicas en la galaxia. a) Sólo trabajan cuando están acostados. b) Jamás reflejan las cosas tal como son. Acabamos de llegar a la ciudad de Gurgunja, capital del planeta Furgunji, y la vemos reflejada en un espejo furgunjiano, acostado allá abajo. Hay diez diferencias entre la ciudad verdadera y el espejo. ¿Podés encontrarlas?

Este juego para resolver forma parte de Mis amigos de otros mundos, un libro de la serie El laberinto de los juegos, que hicimos Douglas Wright y yo para Libros del Quirquincho a principios de los 90, y que salió en forma de fascículos en Página/12. Douglas rehizo el color en 2017.

A continuación, una ayuda para resolver el juego, parte del “Equipo de emergencia” del libro: una página con pistas para quienes ven difícil llegar a buen puerto.

Y por último, la solución.

Crítico de palabras

El crítico de palabras. Hoy: aguantar

Qué porquería de palabra. Qué asco. Como un caracol vivo en medio de la ensalada.

Los labios se fruncen, la lengua se encoge, y no pasa nada. No suena un beso, no se tocan los dientes. Hay que decirla en voz alta sintiendo los músculos de la boca para descubrir la frustración que se esconde en esta palabra.

Aguantar. ¿Echar agua? ¿Quitar o poner un guante? El origen apunta a la segunda, pero el baldazo de agua fría es lo que más se siente.

Dice la Real Academia, en uno de sus arrebatos cómicos: “6. tr. Taurom. Dicho de un diestro: Adelantar el pie izquierdo, en la suerte de matar, para citar al toro conservando esta postura hasta dar la estocada, y resistiendo cuanto le es posible la embestida, de la cual se libra con el movimiento de la muleta y del cuerpo”.

Dice la hinchada: apoyar a un equipo de fútbol, a una banda de rock, no importa lo que haga, de manera acrítica, aun sabiendo que se cae en lo más bajo de la escala (de cualquier escala que venga al caso), porque es lo que hay que hacer, porque es la única manera de demostrar algún valor, algún coraje, porque es el camino para alcanzar la pertenencia a algo, no importa a qué.

Aguantame: esperame sin salpicar, sin tirarme un guante.

Me aguanto: acepto maltrato, hambre, políticas dañinas.

En palabras de la Real Academia, “en la suerte de matar”.

Basta, se acabó. No hay que aguantar nada. Y si hay que aguantar algo, por lo menos que sea con otra palabra.

En China mandaban a las mujeres a bucear para recoger moluscos (abulones, orejas de mar), porque se creía que las mujeres podían aguantar más la respiración. (Obra del siglo XIX por Katsushika Hokusai, con un poema de Sangi Takamura, tomada de Wikipedia.)
Crítico de palabras

El crítico de palabras. Hoy: En pares

1. Rodondendro y edredón son dos palabras tan afines que deberían nombrar cosas semejantes. Parecen parte de un idioma diferente, sonoro, estentóreo (“¡Rodondendro y edredón! ¿Dónde, dónde? ¡En derredor!”). Sin embargo, no solo sus significados son divergentes: también las asociaciones que me despiertan, esas que probablemente vienen de cuando era chico y todavía andaba adivinando qué era qué. Edredón siempre me sonó a química, a efedrina. Rododendro, en cambio, podría ser un roedor exótico, un animal de largos dientes que hace agujeros en el desierto de un libro ilustrado de la década del 60.
2. Tengo una relación pésima con la palabra peyorativo. Se me mezcla con epopeya. Me pasa que quiero decir que algo es peyorativo, y la palabra no me sale, y lucho pero no hay caso, me viene a la cabeza la palabra epopeya, que se le parece tanto en la rareza, y la cosa no cierra. Epopeya es un tapón, un corcho que me impide ver más allá y me obliga a renunciar a la frase, a veces a la conversación entera.

—Lo dijo en sentido epopeya.

—¡Pero eso es muy epopeya!

Ya sé que no es culpa de peyorativo, sino de mi cerebro. Pero que nadie diga que se trata de una palabra amable con las personas.

3. Cuando era chico creía que las almendras eran las redondas, y las avellanas las alargadas. La confusión duró mucho tiempo. Aún hoy, cuando miro almendras, tengo que pensarlo dos veces para no decir avellanas.

También de chico recibí en clase de inglés una lista de pares de palabras opuestas. Entre ellas, black y white. Mirando los dibujos me daba cuenta de que eran negro y blanco, pero no en qué orden. Por similitud, deduje que black debía ser blanco (las dos empiezan con “bla”, ¿no es cierto?). Me enteré del error al día siguiente, pero tardé años en terminar de creerlo.

Las cosas no deberían venir en pares. El cerebro es demasiado complejo para ocuparse con eficiencia de algo así.

“Lost in Grey Matter”, por Malo Tocquer (claramente inspirado en Escher).

Crítico de palabras

El crítico de palabras. Hoy: conminar

Si quisiera conminar no me saldría.

La impresión que tengo es que cada palabra requiere un músculo. Y ejercitar el idioma es como llevar a cabo esas acciones complicadas en las que ni tenemos que pensar: reírnos de un sarcasmo, bajar una escalera caracol, lavar los platos con dolor de espalda. Montones de músculos en acción, y nosotros como si nada.

De vez en cuando tropezamos con algo que requiere un esfuerzo especial, y entonces, por ejemplo, se nos ocurre preestablecer, o conmiserarnos, y hasta contextualizar. Son músculos pequeños, indetectables, que se ponen en marcha tras varias protestas, pero al menos existen, están ahí a la espera de que una señal lo bastante intensa los despierte.

En cambio, conminar… No creo tener un músculo para eso.

Dibujo perteneciente a De humani corporis fabrica libri septem, de Andreas Vesalius, publicado en 1943. Wellcome Collection, bajo licencia CC BY 4.0.

Un mes de libros

Libros de mi adolescencia (1-7)

Primeros posts para el mes de libros de Un mes de.

1 de febrero:

La naranja mecánica, de Anthony Burgess, que leí en octubre de 1972 (le puse la fecha), dos meses después de lo que dice el pie de imprenta de esta primera edición en castellano.

2 de febrero:

La ciudad y las estrellas (The City and the Stars). Arthur Clarke. Traducción de Francisco Cazorla. Colección Nebulae, E.D.H.A.S.A., Barcelona, 1967. Lo leí en 1968, a los 14 años. Hace exactamente tres años, el 2 de febrero de 2015, subí varias fotos de este libro a mi blog Un libro por día.

3 de febrero:

El hombre ilustrado, de Ray Bradbury. Minotauro, Buenos Aires. Es la cuarta edición, impresa en abril de 1969. Lo leí a los quince años.

4 de febrero:

Número 1 de la revista-libro Nueva Dimensión, Barcelona, enero-febrero 1968. Lo leí en el 69 (tardaban en llegar las cosas, por acá). Tengo los 148 números de Nueva Dimensión, más los extras.

5 de febrero:

Opus dos, de Angélica Gorodischer, Minotauro, 1967. Su segundo libro, su primera novela. Lo leí en 1971.

6 de febrero:

Una libra de carne / Los indios estaban cabreros, de Agustín Cuzzani, CEAL, 1967. Durante un par de meses, en el 71, formé parte de un grupo de teatro. Tratábamos de hacer Una libra de carne, pero no llegamos lejos. Mi papel era “Visitador médico”.

7 de febrero:

Ciudad de ilusiones, de Ursula K. Le Guin. Grupo Editor de Buenos Aires, 1974. Lo leí a punto de cumplir los veinte.

Crítico de palabras

El crítico de palabras. Hoy: perplejo

La palabra perplejo se pega a la lengua como chicle. Con “perple” nos enroscamos, nos enredamos, nos tropezamos, y no alcanza el escupitajo final de ese “jo” para liberarnos.

Así y todo, es una palabra bellísima, a los ojos, al oído, al tacto.

¿Y el significado? Si apareciera en un idioma que conocemos poco, jamás lo deduciríamos del contexto. En nuestro propio idioma es como una isla, un fragmento separado del resto, donde no encontramos raíces ni asociaciones. (No digo en latín. Digo en nuestro idioma. No sé latín. Muchos no sabemos latín.)

Ese carácter de isla queda acentuado por la falta de palabras derivadas. Sólo hay un sustantivo, encima feúcho: perplejidad. Si al menos fuera perplejía, o perplejancia: suenan mejor, traen otra ideas. O si también hubiera un verbo: perplejar, perplejarse. ¿De qué otra manera se describe la transición del no-perplejo al perplejo? “Quedé perplejo”, se lee por ahí, como si fuera un salto cuántico, algo que no se puede dividir. ¿De qué manera quedé perplejo? ¿Qué ocurrió durante el proceso? “Fue entonces que me empecé a perplejar”.

Palabra isla, palabra paria. Maltratada. Al definirla, el Diccionario de la Real Academia da muestras de una torpeza insuperable: “1. adj. Dudoso, incierto, irresoluto, confuso”. ¡Parece que se refiriera a una cosa! “Era un asunto perplejo”. “Me hizo una propuesta perpleja”.

Perplejos, nos alejamos (como decían Les Luthiers) “sin comprender de qué se ríe”.

La isla Bouvet, la más remota del planeta. No hay más que mar por 1.600 kilómetros a la redonda. Esta es una foto pintada de 1898.
Crítico de palabras

El crítico de palabras. Hoy: Confines

A pesar de la apariencia, confín y sinfín no son opuestos.

Con su carga de final a cuestas, los confines también pueden ser eternos.

Para Liliana Bodoc (1958-2018). Negativo de un fragmento de mapa dibujado por Gonzalo Kenny.