Vida social (2018)

Picnic de Palabras

El 9 de septiembre participé en Picnic de Palabras, el encuentro que cada mes hace Selva Bianchi en la plaza Martín Fierro de Buenos Aires.

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“Flyer” (como se dice ahora) con el que Selva Bianchi promovió el encuentro en Facebook. La imagen es de Claudia Degliuomini, y forma parte de nuestro libro El hilo.

Durante cada Picnic de Palabras, la gente con chicos que tiene ganas se acerca y comparte lecturas y charla. Así es el panorama habitual (esta foto y las que siguen son de Ani Trebino):

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Selva me dijo que esta señora no se pierde ningún Picnic de Palabras:

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Tuve tiempo de conversar largo y tendido con Selva:

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Y con su marido, el músico Javier Cohen, con quien me hubiera quedado charlando hasta la noche sobre su trabajo con la obra de Aníbal Troilo:

8 16 Con Javier Cohen

Pero buena parte del tiempo lo pasé leyendo de mis libros. El público era mínimo y excelente. Me gusta leer en voz alta, y muchas veces el mejor público está formado por una sola persona.

Estoy agradecido a Selva Bianchi por la oportunidad; es algo que haría todas las semanas. Y a Ani Trebino por contarme con entusiasmo sobre los pollitos que acababan de nacer en su laboratorio de biología.

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Vida social (2018)

Homenaje a Mario Levrero

Los días 12 y 13 de mayo hubo un homenaje a Mario Levrero en la Feria del Libro de Buenos Aires. Participé en una larga “conversación moderada por Gabriel Sosa. Con Carla Varlotta, Gonzalo Leitón, Eduardo Giménez, Alicia Hoppe, Juan Ignacio Fernández, Felipe Polleri y Elvio Gandolfo” (citando el programa). Un par de días después hice un post detallado al respecto.

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NEA 2000 y Cangallo Schule

En mayo de este año fui a dos escuelas, a conversar con chicos que leyeron mi novela Mis días con el dragón (Crecer Creando). Organizó las visitas (y me acompañó, me llevó, me trajo, sacó las fotos) Patricia Giordano.

El 16 estuve en la NEA 2000, a un par de cuadras de mi casa. Voy casi cada año, desde 2012 o 2013. Los chicos de cuarto grado llenan la biblioteca.

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El 29 estuve en la Cangallo Schule, por primera vez. También en la biblioteca.

5 Cangallo Schule

Voy poco a escuelas. Cuando voy, la mayoría de las veces es con Patricia, y los chicos leyeron Mis días con el dragón. Un gustazo.

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Hablando con Mario Méndez sobre ciencia ficción

El 3 de septiembre participé en el “Laboratorio de análisis y producción de Literatura infantil y juvenil” que Mario Méndez desarrolló durante varios meses en La Nube, dentro del Programa Bibliotecas Para Armar. La transcripción de la charla apareció luego en el blog del Programa: un montón de texto asombroso, casi una novela corta.

Son dos partes, a las que Mario aplicó títulos más que apropiados:

“El argumento de que la ciencia ficción se basaba en presupuestos científicos sólidos y reales fue un verso para vender y para darle legitimidad”

Un repaso por la historia de la ciencia ficción, con eje en lo que pasó en la Argentina y especialmente en la obra de Francisco Porrúa con su editorial Minotauro. (Sobre esta primera parte ya posteé algo acá en la Mágica Web.)

“Más que la idea, es la expresión de la idea lo que importa”

Una extensa sección de preguntas y respuestas sobre una variedad de temas.

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Foto del blog Libro de Arena, del Programa Bibliotecas Para Armar. Junto a mí, Mario Méndez.
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De visita en la FADU

El 16 de octubre participé en una clase de la Cátedra de Ilustración de Daniel Roldán, que forma parte de la Carrera de Diseño en la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo. Este era el panorama, en un montaje torpe de tres fotos que saqué con el contraluz brutal de las ventanas que dan hacia el río, en ese lugar maravilloso que es Ciudad Universitaria (click para agrandar).

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Compartí la visita con colegas a los que quiero de verdad: Juan Lima, Nicolás Schuff y Florencia Gattari. Aquí estamos los cuatro en escena, junto con Daniel Roldán (a la izquierda) y la editora Ana Lucía Salgado (a la derecha). La foto es de Fiona Brown, alumna de la cátedra.

3 6 Foto de Fiona Brown (alumna de la cátedra)

Como cada año, los alumnos hicieron proyectos de libros ilustrados a partir de textos de diversos autores. De ahí la invitación. La cátedra seleccionó textos de Florencia, Nico, Juan, además de uno mío y otro de Iris Rivera (que ese día no pudo ir). Durante un par de horas, cada uno de nosotros vio algunos de los proyectos elaborados con el texto propio y tuvo la oportunidad de conversar con los autores. Con la libertad que da el no estar mirando hacia las editoriales, las ideas de los estudiantes fueron audaces, inesperadas, creativas, inspiradoras. Daba ganas de quedarse a vivir ahí para fundar un mundo distinto.

Abajo reproduzco “El rinoceronte”, el cuento mío sobre el que trabajaron. Apareció originalmente acá, en el blog, hace quince años. También forma parte del libro-caja artesanal que hice con Natalia Méndez, Rinoceronte y otros especímenes:

Rinoceronte premiere2

Cada nueva versión tiene pequeños cambios, como siempre. Esta es la más reciente:

El rinoceronte

En algún lugar del África tropical, dos rinocerontes se aburrían mortalmente.

—¿Y ahora qué podemos hacer? —preguntó el primero.

Silencio. El sol se avanzó unos segundos de arco por allá lejos, a punto de ponerse, en el cielo despejado.

—No tengo idea —dijo el segundo rinoceronte.

Quietos sobre la tierra árida, rodeados por hierbas poco apetitosas, los rinocerontes olfatearon, olfatearon, volvieron a olfatear.

—Ni una hembra —dijo el primero.

El segundo emitió un suave bramido, más una queja que otra cosa. Siguió olfateando.

A muchos metros de allí, algún otro animal movió un arbusto. Pero los rinocerontes no lo vieron.

—Un poco más a la izquierda —dijo el segundo rinoceronte, dirigiéndose al pájaro que le picoteaba el lomo. Pero el pájaro hablaba otro idioma, y siguió haciendo a su propio gusto.

Apareció una nube, una oveja aérea, por el lejano cielo de la izquierda. Avanzó hacia el lejano cielo de arriba y luego se escurrió por el lejano cielo de la derecha.

El sol tocó fondo. Se puso más rojo.

—Tengo sed —dijo el primer rinoceronte.

—Mm —se quejó el segundo—. Me da pereza ir al río.

—A mí también —dijo el primero—. Además me olvidé dónde está.

Silencio. Una portentosa muestra de caca de rinoceronte cayó de las postrimerías del segundo de los Diceros bicornis, para delicia de algunos millones de bichos de distintas especies.

—Te juego una carrera hasta el árbol —dijo el primer rinoceronte.

—¿Qué árbol? —preguntó el segundo.

—Aquel —señaló el primero con el cuerno.

El segundo rinoceronte miró en dirección a una borrosa sucesión de manchas. Tardó en contestar.

—Bueno —dijo finalmente.

—A la una, a las dos y…

—¡A las tres! —dijeron juntos los rinocerontes en un especial arrebato de entusiasmo, y allá partieron en un galope que empezó siendo digno y terminó en un arrastrar de patas. El pájaro que hablaba en otro idioma salió espantado.

Llegaron cerca del árbol. Empate. Por las dudas, olfatearon otra vez, y olfatearon, y olfatearon.

—Acá tampoco hay hembras —dijo el primer rinoceronte.

—Mm.

Hubo otra pausa. El cielo siguió despejado. El horizonte no se acercó ni se alejó. El sol se hundía como un jabón radiactivo en una pileta de aceite frío.

—¿Y ahora? —preguntó el segundo rinoceronte—. ¿Qué podemos hacer?

El primer rinoceronte se tomó su tiempo para responder. Estaba por decir algo evasivo cuando un pensamiento diferente le picó en un punto situado en medio y un poco por debajo de las orejas. Sacudió la cabeza, no mucho. El pensamiento siguió allí. Esperó un poco más, mientras el sol terminaba de morir.

—Un momento —dijo al fin—. Acabo de recordar que los rinocerontes somos animales solitarios.

—Mm —dijo el segundo rinoceronte—. Es verdad.

Y se disolvió en el aire, como hecho de humo.

Vida social (2018)

Feria del Libro de Villa La Angostura

Del 17 al 21 de octubre estuve en Villa La Angostura, invitado por la Biblioteca Popular Osvaldo Bayer y Calibroscopio a la feria del libro que hacen allá todos los años. Mi tarea fue conversar con chicos de quinto, sexto y séptimo grado de las escuelas públicas de la zona.

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Así, con este clima, fueron los encuentros. El truco para lograr semejante ambiente fue apropiarme del escenario de la sala donde nos tocaba estar. Visto desde un poco más lejos:

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Escenario iluminado a medias, luces de la sala bajas y, sobre todo, chicos entusiastas y atentos: así cualquiera puede. Fueron ocho grupos diferentes; con cada uno estuve cuarenta minutos. Preparé varios temas: poesía, microcuentos, cómo se hace un libro. Los fui alternando de un grupo a otro. Lo que mejor resultó, de lejos, fue la poesía.

Los chicos de un grupo, luego de la charla, me pidieron que les firmara los brazos, como tatuajes. De entrada me resistí un poco, pero luego compartí la diversión con ellos; al fin y al cabo, en un par de días los brazos les iban a quedar como antes.

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A pocos metros, la feria era un movimiento intenso y constante de chicos.

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Ahí estaban Judith, Santiago, Mercedes. Lo de ellos sí que era trabajo. Luego, en los almuerzos y cenas compartidos, intercambiábamos anécdotas y chistes. También estuvieron Istvan Schritter, Diana Tarnofky, Eduardo Sacheri. Pero el alma de todo era Laura, bibliotecaria de la Osvaldo Bayer, una persona con la que uno se siente mejor solo por haberla conocido. Mención especial para el resto de la gente de la biblioteca; lástima que vivan tan lejos.

El Centro de Convenciones, donde estábamos, es un lugar precioso:

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Claro que también el paisaje es precioso. Los primeros días, las nubes no dejaron ver mucho:

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Pero tuvieron el buen gusto de ir apartándose de a poco:

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Hasta que el sábado, mi día libre para pasear, el clima fue espléndido. Bajamos al lago y almorzamos sentados en un tronco:

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Subí al mirador que está cerca de la entrada del Parque Nacional Arrayanes, ahí nomás:

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(La foto me la sacó otro turista asombrado, de entre las personas con quienes compartí la vista en ese momento.)

El paisaje, desde allá arriba, borra de la cabeza todo lo demás que uno haya traído:

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Gracias a las distintas personas que sacaron las fotos en las que aparezco. Y gracias a Calibroscopio y a la Biblioteca Osvaldo Bayer por haberme llevado. Gracias, gracias. Lo voy a seguir diciendo hasta que me vuelvan a invitar.